Historia y generaciones

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Durante el siglo XIX, en un Chile que vivía bajo la gran influencia de la iglesia católica, una nueva generación comenzó a traducir, leer y practicar el espiritismo. Personajes como Rosario Orrego y Arturo Prat, figuras de la élite y también del pueblo participaron en diversos grupos para intentar contactar a los espíritus. Mientras tanto, otra parte de la población chilena, que veía al catolicismo como la única conexión con Dios, puso el grito en el cielo e intentó con todas sus fuerzas prohibir y castigar estas prácticas que consideraban paganas.

La pugna hizo que se publicaran revistas de lado y lado, donde se discutieron sin muchas conclusiones los por qué sí y por qué no de la práctica espiritista. Al final nadie llegó a ninguna conclusión y no pasó nada terrible. Nadie se fue al infierno y la iglesia católica no desapareció.

Este ejemplo, entre miles más, representa una clásica disputa de ideas y prácticas que siempre han estado presentes en la historia de las sociedades. Pero quizás no ha sido tan estudiado por los historiadores ese elemento permanente en la historia que es la incomprensión entre generaciones, ese desacople por los distintos tiempos en que las generaciones viven, nacen y mueren. Los objetos de esas disputas van configurando nuevas maneras de entender las épocas, e impregnan los elementos que necesitaremos para entenderlas.

Como todo en la Historia, el problema de las generaciones está relacionado con dos aspectos fundamentales. El primero es el tiempo y lo segundo, que deviene de él, es el cambio de los significantes e incluso de los paradigmas. Heidegger señalaba que era el tiempo el que creaba la Historia y, por tanto, a los sujetos históricos que protagonizan su época. Pensemos en la aparición del concepto de juventud como evidencia de una diferencia generacional, a diferencia de un medioevo en que los hijos ejercían la misma profesión que sus padres y en general tenían vidas y creencias muy parecidas, porque el cambio histórico era mucho más lento que ahora.

El problema del tiempo es una de las temáticas que más han cruzado el pensamiento de la humanidad y es un problema, justamente, porque muchas veces pareciera que el paso del tiempo nos deja perplejos y, al envejecer, vamos observando un mundo que no es el que creíamos nuestro, sino otro distinto, cuyas reglas no identificamos bien. En muchas ocasiones el tiempo hace que no sepamos cómo jugar en el tablero que alguna vez creímos dominar a la perfección. Como decía el filósofo Julián Marías: «Los tiempos son históricos porque no son tiempos

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cualesquiera, mera duración, sino que tienen una determinada cualidad que los distingue; cada época es una forma de vida entre otras y las supone y las supera». ¹

¿Cómo entender aquello que no habla del todo nuestro lenguaje? ¿Cómo se entienden jóvenes, adultos y ancianos en un mundo que pareciera ser de todos y que corre en tiempos distintos? Esta incomprensión ante el cambio es natural, aparece muchas veces en la Historia y en ocasiones lo hace para cambiarla, para impulsar la movilidad. Que esa movilidad sea buena o mala dependerá desde dónde la estamos mirando y de nuestros juicios. Quiero detenerme en un par de ejemplos de esta incomprensión movilizadora. 

Durante las guerras de independencia en Latinoamérica, el científico Alexander von Humboldt recorrió varios territorios del continente y concluyó que el movimiento independentista era posible por el advenimiento de una nueva generación. John Lynch, historiador estudioso de las revoluciones latinoamericanas, lo describe así en su biografía de Simón Bolívar:

[Von Humboldt] advirtió en la élite de Caracas dos tendencias distintas, asociadas a una diferencia generacional: mientras la generación mayor se caracterizaba por su apego al pasado, la defensa de sus privilegios y la firmeza de su aversión a la Ilustración, la generación más joven se preocupaba menos por el presente que por el futuro, se sentía atraída por las tendencias e ideas novedosas y firmemente comprometida con la razón y los valores ilustrados. Simón Bolívar nació en el primer grupo y se graduó en el segundo.²

Bolívar y tantos otros libertadores criticaron fieramente a la generación anterior, que estaba cómoda con el rey de España, algo que compartían sus contemporáneos en otros lugares de Latinoamérica. Años después, también los libertadores, prácticamente todos ellos, fueron criticados por las nuevas generaciones, que los tildaron de tiranos aferrados al poder. Deberían haber hecho las cosas de otro modo, se les criticaba. ¿Suena familiar?

Una Historia día a día

El clásico ejemplo de enfrentamiento entre jóvenes y adultos nos lleva a Francia en pleno mayo de 1968. Miles de jóvenes salieron a marchar en contra del capitalismo, el consumo y el autoritarismo, haciendo confluir en consignas diversas una crítica a la sociedad en que habían nacido. Una de las frases que impregnaron las paredes parisinas fue Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar .

Una crítica al pasado y una perspectiva de futuro. Un quiebre con valores e ideas de la generación anterior que ya no tenían sentido para ellos, que ya no estaban funcionando porque la sociedad era distinta. Esas grandes protestas en el centro del Occidente más acomodado, y

La sospecha de nuestras propias creencias también podría ser una puerta para enfrentarse de manera más flexible con el mundo.

cuando las economías de posguerra ya se habían recuperado y había vuelto la prosperidad, obligaron al mundo a ver a los jóvenes ya no como continuadores de las obras de sus padres, sino como sujetos históricos distintos, que tenían otra manera de comprender su tiempo y otras propuestas para satisfacer sus demandas. Demandas que, por cierto, no eran las que tenían sus padres.

Por lo general, los significantes de generaciones distintas se mezclan y conviven. Las personas van adoptando nuevas ideas, nuevas modas o nuevos estilos de vida y aquellos que no los rechazan de sopetón tienden a intentar –a veces a la fuerza– apropiarlos a sus propias perspectivas. A principios del siglo XX, la sociedad chilena vio cómo se masificaba el automóvil, y no solo para los hombres, también para las mujeres. Una parte de la población expresó su indignación opinando en la prensa que la mujer no debía estar al volante, por su «distracción», por no tener la capacidad para aprender a manejar y por otras razones que hoy nos parecen ridículas. Por supuesto que muchos tiraron a la basura estos argumentos y comenzaron a hablar, a propósito de esta gran innovación tecnológica, de la igualdad entre hombres y mujeres.

Ante el despliegue de argumentos contrapuestos, la gran mayoría de la sociedad se situó en una extraña zona gris. Una zona mental donde convivía el acuerdo con que las mujeres manejaran pero al mismo tiempo persistían ideas sobre las diferencias insalvables entre hombres y mujeres, partiendo por la creencia en que ambos géneros tenían cerebros distintos. Lo grafica muy bien un artículo del año 1927 donde señalan:

Hoy los tiempos han cambiado mucho. La mujer conduce su coche como el más vigoroso de los hombres. Adquiere ella misma su auto con una competencia extraordinaria en la elección de marca, y conoce la panne irritante, felizmente menos frecuente cada día. El coche es hoy
algo indispensable para la mujer  moderna, que ya no desdeña la mecánica, sino todo lo contrario, puesto que sabe manejar perfectamente el volante y conoce a conciencia todos los secretos del motor. Ocasiones hay, sin embargo, en las que su audacia; su conocimiento en la materia de conducir autos, se estrella ante una panne extraña, que obliga a determinadas y fatigosas reparaciones. En este caso, la mujer no puede tenderse debajo del coche, ni martirizar sus dedos, cuidadosamente pulidos, manejando llaves inglesas y otros útiles rodos pesados. No; felizmente, la mujer no ha llegado aún a esto. Ciertas cosas quedan reservadas para el sexo
fuerte…³

Estos ejemplos muestran que las diferencias y los desajustes que provocan se han repetido hasta el cansancio, ¿qué hacemos con este problema? Podríamos simplemente aceptar que los significantes cambian y que hay que escucharnos e intentar entender cómo el otro entiende su tiempo histórico y cómo interpreta lo que pasa en el día a día. Podríamos hacerlo, pero el ser humano nunca ha sido muy talentoso para entender lo que considera distinto. Quizás el truco es,

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justamente, pensar en el tiempo como una superposición de lenguajes y de significantes que van cambiando con los años y que van conformando una Historia día a día. La sospecha de nuestras propias creencias también podría ser una puerta para enfrentarse de manera más flexible con el mundo que cambia cada vez más rápido. Los historiadores sabemos, aunque no nos guste, que no hay verdades absolutas y todo tiene un punto de vista. Como decía George Orwell en 1984: «Cuanto te engañas a ti mismo pensando que ves algo, asumes que todos están viendo lo mismo que tú».

Quizás es más fácil decirlo siendo parte de las nuevas generaciones, porque, en general, son ellas las que consideran el pasado como algo que debe ser superado, y no como otro momento histórico que también tiene sus significantes propios. El pasado no se supera, porque no se borra: es un punto para observar, aprender y entender el presente. Las experiencias históricas no pueden ser en vano, y la experiencia de otros sujetos y otras generaciones tampoco. El ejercicio, y su misma dificultad, es que la comprensión de mundos distintos vaya de lado y lado, y desde todas las perspectivas posibles.

Un ejemplo muy conmovedor de esta idea se vio en 1984 con la lucha obrera ante las privatizaciones lideradas por Margaret Thatcher en Reino Unido. La pérdida de empleos que produjo esta oleada de reformas neoliberales derivó en una huelga de obreros que duraría un año. A esta huelga se unió el colectivo LGBTQ, que también había sido perseguido por las autoridades conservadoras. Esa unión de dos mundos generacional y culturalmente tan distintos entre sí, e incluso antagónicos, permitió que las protestas se extendieran y la sociedad inglesa se hiciera parte de un movimiento de crítica al gobierno y al modelo económico y social que imperaba que se extendió mucho más allá de un sector determinado. Y, al mismo tiempo, permitió que personas que habitaban tiempos y mundos distintos se comprendieran y pudieran unirse y luchar por sus demandas particulares. Una vez concluidas las protestas de los obreros británicos, estos se unieron a sus jóvenes compañeros de lucha y protestaron ahora por los derechos de la comunidad LGBTQ en la Marcha por el Orgullo Gay.

Es innegable que todos los seres humanos tendemos a juntarnos con personas que se parecen a nosotros. Pero lo que la Historia enseña es que eso nunca ha sido suficiente para generar sociedades diversas y tolerantes. La incomprensión es algo que está presente, y es probable que siempre lo esté. Lo importante es nuestra actitud ante la extrañeza que nos genera ese otro. Es nuestra capacidad de flexibilizar nuestras creencias, ponernos en duda, ir a escuchar a aquellos contemporáneos que no hablan del todo nuestro idioma, sean nuevas o viejas generaciones, y entablar constantemente diálogos con el pasado lo que nos permite asumir que un hecho tiene mil interpretaciones. Las verdades absolutas solo nos han traído dictaduras, guerras y masacres. El diálogo permanente es lo que nos permite observar sin tantas angustias cómo el mundo cambia, una y otra vez.


1 «El método histórico de las generaciones», Revista de Occidente, Madrid, 1949, p. 20.

2 John Lynch, Simón Bolívar, Bogotá, Planeta, 2019, p. 6.

3 «La mujer moderna y el automóvil», en Suplemento Actualidades El
Heraldo 9, mayo de 1927, p. 1.

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