Historia “personal” de la crítica literaria en Chile

UNO Corrían los últimos años de la década del 60 cuando ingresé al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, para seguir estudios de literatura y paralelamente arqueología. Fueron años en que en los estudios literarios se estaba produciendo un relevo, luego de casi una década de forcejeo entre las dos almas que habitan a la crítica, el alma artística y el alma cientificista. Ricardo Latcham se había retirado, pero estaba Fernando Alegría como profesor de literatura chilena y latinoamericana, y el profesor Doddis y Eleazar Huerta como profesores de Literatura Española, y Roque Esteban Scarpa en Literatura General. Todos ellos se identificaban con el impresionismo crítico, y representaban la enseñanza de la literatura como ejercicio del gusto y de la sensibilidad. Clases sazonadas con anécdotas, en que se hablaba tanto del autor como de la obra, paseos por la biografía, datos sueltos y vivencias, sin más sistema que la intuición o los rasgos de carácter y de la personalidad del académico que impartía la enseñanza. Frente a este impresionismo crítico de corte biográfico estaba la generación de relevo, profesores como Cedomil Goic, Jorge Guzmán y Mario Rodríguez, académicos que representaban la postura de los estudios literarios y de la crítica concebidos como un saber objetivo y sistemático. Entre estos dos paradigmas, que tienen como ideal dos modelos de discurso: por una parte el discurso “artístico” sobre la literatura y por otra el discurso “científico”, nos movíamos los alumnos, que por supuesto éramos firmes partidarios de la generación de relevo y de la ciencia literaria ¿Habíase visto algo más ñoño y retardatario que el impresionismo biográfico? Pedíamos cátedras paralelas e incluso estuvimos a punto de hacer una huelga para que no se quedase en Chile Fernando Alegría. Nuestra bandera teórica respecto a la especificidad del discurso literario como objeto que merecía ser estudiado al amparo de una teoría rigurosa, era La estructura de la obra literaria de Félix Martínez Bonatti (libro que de vez en cuando llevábamos bajo el brazo pero que malamente leíamos y apenas entendíamos); también Wolfang Kayser y Wellek y Warren, que sí entendíamos, pues se trataba de autores que en su defensa del estudio intrínseco de lo literario eran y siguen siendo comprensibles. Queríamos ciencia, rigor y sistema: y así, de la mano de la generación de relevo –y a veces del pie– nos fuimos abriendo a una constelación de corrientes críticas europeas, corrientes que en el viejo mundo se habían dado con variación cronológica pero que aquí coexistían, se daban de modo casi simultáneo. Ahí estaba la estilística de Leo Spitzer y Amado Alonso, la corriente estructuralista pasando por el protoestructuralismo de los formalistas rusos y el estructuralismo checo del Círculo de Praga. También nos interesaba el tratamiento de las formas genéricas y los cuentos populares de André Jolles y de Vladimir Propp. Veíamos en todos ellos distintas modalidades de la ciencia literaria, y nos aproximábamos a Saussurre y a la lingüística o a Lévi-Strauss y a la antropología como disciplinas que aportaban elementos teóricos y un paradigma de cientificidad. También nos interesaba el estructuralismo semiótico francés, autores como Todorov y Greimas y sobre todo Roland Barthes, a quien leíamos con fruición como el Pope mayor de la crítica y de los estudios literarios concebidos como ejercicio del intelecto. Barthes nos daba armas para ariscar la nariz y mantener una cierta soberbia: los estudios literarios y la crítica constituían un discurso hasta cierto punto superior a las propias novelas, poemas y cuentos. Barthes amaba el espíritu de sistema, pero tenía la gracia y la inteligencia para ser asistemático; era un estructuralista que se daba el lujo de soslayar la estructura, un “homme des lettres” que a pesar de serlo jugaba con la literatura. Frente a estas catedrales a quienes nos fueron introduciendo la generación de relevo, nuestros antiguos profesores resultaban unos trastos viejos, ni siquiera sabían diferenciar entre autor y narrador, entre poeta y hablante lírico. Para qué hablar de narratología o de narrador diegético. Desde esa soberbia teórico-metodológica, y amparados en la reforma universitaria, los jubilamos casi a todos, y las emprendimos incluso contra Roque Esteban Scarpa y su Instituto de Literatura Comparada, al que percibíamos como un centro de “señoras cuicas” con exdiscípulos de una academia literaria del Saint George, personajes para nosotros sin rigor que garrapateaban vaguedades sobre autores que considerábamos –y estoy hablando de los años duros de la Unidad Popular– poco significativos, intrascendentes, por la sencilla razón de que no eran latinoamericanos, autores como Proust y Ezra Pound, entre otros.

Estoy haciendo algo de caricatura para sacar a flote sentimientos semiocultos que en esos años pululaban por nuestras cabezas imbuidas de arrogancia juvenil. En los hechos, sin embargo, entre mediados de la década del 60 y comienzos del 70 se produjo un proceso de modernización de la crítica y de los estudios literarios, que fue paralelo a la modernización de otras disciplinas humanísticas. Construimos durante este proceso un objeto prístino: el texto, la literariedad. Cualquiera hayan sido los estratos o niveles de la obra, teníamos perfectamente claro la oposición entre lo ficticio y lo real: el mundo de la literatura era ficticio y por lo tanto diferente del mundo real. El lenguaje de la literatura era imaginario y, por ende, diferente del lenguaje real. Toda ella requería sistematicidad y rigor. ¿Habíase visto algo más inaceptable que el error cometido por Alone, quien había tenido nada menos que la osadía de escribir una Historia personal de la literatura chilena? Eso no tenía ningún valor frente a La novela chilena de Cedomil Goic o a su Historia de la literatura hispanoamericana. En uno no había más que gusto, intuición y sensibilidad personal, en el otro supuestos teóricos y metodología, aunque fuese con el hálito darwiniano de la lucha de las generaciones; era sistema, era rigor, era ciencia, y por esa bandera nosotros habíamos luchado. Nuestros propósitos terminaron por imponerse, una de las almas de la crítica, la del discurso artístico, la del gusto y la sensibilidad personal había sido –por lo menos en la universidad– derrotada.

DOS El proceso de lo que entendemos como modernización de los estudios literarios y de la crítica se extendió más allá de las aulas universitarias: sobre todo si visualizamos a la crítica como un espectro amplio que se desplaza entre la teoría literaria que se asume como una estructura de pensamiento en cierta medida autosuficiente, y la crítica concebida como un ejercicio de mediación entre los textos y el público lector, lo que llamamos crítica periodística. Si bien no cabe duda que el proceso de modernización aportó a los estudios literarios, en la medida que resaltó y complejizó la autonomía de la obra y se tradujo en un examen racional capaz de analizar y desconstruir –en algunos casos con extraordinaria sofisticación– el reloj ficticio, reveló también sus limitaciones. Hubo extremos de fetichismo de cientificidad, una jerga cada vez más autosuficiente y enredada, y trabajos o tesis que incluso formalmente aplicaban el 0.0.1 y luego el 0.0.2 y así sucesivamente. El afán extremo de la ciencia literaria llegó a transformarla en un discurso a veces opaco e incomprensible. La crítica periodística también se vio traspasada por este fenómeno: se buscaba describir objetivamente –valga la redundancia– al objeto, poner de relieve su estructura, y se empezaron a utilizar conceptos como estructura narrativa o hablante lírico. Pero donde el asunto reveló toda su fragilidad fue en los textos de estudios literarios: muchos profesores que se formaron con nosotros fueron autores de textos de estudio para la asignatura de castellano en los liceos y colegios del país, textos que tomaban la literatura como un pretexto para que los alumnos identificaran al hablante lírico, al narrador básico, o a la estructura de la obra. Era en el fondo la misma operación que habíamos padecido nosotros cuando estudiábamos con aquellos profesores que en lugar de hacernos gozar de la lectura, utilizaban los poemas y cuentos para que identificáramos tal o cual tipo de oración, de sujeto o de complemento directo. En definitiva el rigor que propiciábamos en los estudios literarios, tuvo también una dimensión de rigor mortis, un ejercicio de soberbia que alejó a muchos estudiantes de la literatura y del mero placer de la lectura.

TRES Vale la pena a estas alturas incorporar otra variable que incidió en el proceso de modernización de los estudios y la crítica literaria, no sólo en Chile sino en toda América Latina. Se trata de la variable que podríamos llamar “clima de época”. Recuerdo que los primeros días que ingresé al pedagógico me encontré no sólo con el forcejeo entre la nueva ciencia literaria y el antiguo impresionismo biográfico, sino también con un mundo que al menos para mí era completamente desconocido. En el patio central de lo que hoy día es la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, habían camillas atendidas por la Fech y por estudiantes de medicina. El Centro de Alumnos del antiguo Instituto Pedagógico pedía por altoparlantes voluntarios para entregar sangre para la guerra en Vietnam. Pocos días después se organizó un acto por Angela Davies, y cantó un grupo que más tarde sería la base del conjunto Quilapayún. Cuba se convirtió en el santuario y la Casa de las Américas en uno de los centros neurálgicos del boom de la literatura latinoamericana. De allí –aunque se atacara a Neruda– se difundía a autores como el primer Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Ernesto Cardenal, Ernesto Sabato, Miguel Angel Asturias, Juan Carlos Onetti, José Lezama Lima, Augusto Roa Bastos y José María Arguedas. Verdaderos monstruos de la literatura que nos hacían vibrar de emoción: éramos partidarios fervorosos de uno o de otro. Recuerdo incluso que algunas primeras ediciones de estos autores se publicaron en la colección Letras de América de la Editorial Universitaria que dirigía el profesor Pedro Lastra. Vibrábamos porque nos sentíamos latinoamericanos antes que chilenos. Algunos tomaban partido por Rayuela, o por Cien años de soledad, o por Sobre héroes y tumbas o Pedro Páramo, en parte por las obras mismas, pero también porque los autores eran escritores capaces de articular un discurso interesante y de opinar sobre los temas y utopías más candentes del momento. Paradojalmente, los que habíamos levantado la bandera de la ciencia literaria y de la diferencia entre el mundo ficticio y el mundo real, pasamos a ser parte de la avalancha de la utopía, de la conciencia de que había llegado la hora definitiva para Latinoamérica. La categoría más que difusa de “compromiso” y la sintonía con los aires de la época fue de modo explícito o implícito un parámetro de los juicios literarios, con castigo para el que resultó a la postre el más genial de los autores: Borges. Sentíamos que estábamos ante una literatura con una fuerte apelación identitaria que propendía a la integración y transformación simbólica del continente. Teníamos y vivíamos la convicción de que la tormentosa historia de América Latina había entrado en una etapa resolutiva, de hecho el macrorrelato de una utopía socialista latinoamericana explicaba en parte el propio boom como también los alineamientos, tensiones, polémicas, roces y epítetos que se dieron entre los escritores que formaron parte del fenómeno. La crítica académica –de modo solapado– y la crítica periodística, de modo directo, fueron la caja de resonancia del proceso. Con este trasfondo en una oscura noche santiaguina el poeta Waldo Rojas le propinó en el otrora Club Peruano de la Alameda un puñetazo al crítico uruguayo Emir Rodriguez Monegal, por haber creado la Revista Mundo Nuevo que competía con Casa de las Américas. Estábamos ante una literatura con una causa que exigía una crítica con una causa.

Fue, por lo menos hasta 1973, un clima cultural en que la política y el espacio continental ocupaban un lugar preponderante, especialmente para la juventud. Sentíamos que allí estaba el terreno de lo épico, del imaginario utópico, del espíritu de vanguardia. Se trataba por supuesto de un clima intelectual muy diferente al que vivimos hoy en día, en que de alguna manera la racionalidad económica determina el campo de lo político y la disputa política se ha reducido a una administración de lo existente. El problema era mayúsculo y casi esquizofrénico: teníamos que conciliar La estructura de la obra literaria de Martínez Bonatti (que a esas alturas ya habíamos, por fin, leído) con Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Ariel Dorfman lo zanjó de alguna manera, al hacer un estudio semiestructuralista del Pato Donald, sosteniendo la curiosa y frankfurtiana tesis de que si no nos desembarazábamos de las revistas de monitos de Walt Disney, la Unidad Popular estaba a la larga destinada al fracaso.

CUATRO En el campo de los estudios literarios y de la modernización de la crítica se fue produciendo una separación de aguas. Por una parte estaban las corrientes que suponían una radical autonomía del fenómeno literario y que por lo tanto privilegiaban el texto como único horizonte legítimo de la crítica. Dentro de esta corriente coexistían una aproximación formalista y otra fenomenológica hermenéutica y, más tarde, una semiótica. Pero por otro lado se fue afianzando otra corriente que relevaba una comprensión contextualizadora, una perspectiva de crítica sociohistórica que buscaba darle un fundamento teórico y racional al análisis de la literatura y del fenómeno literario como signos de una sociedad y una historia en vías de transformación. Dentro de esta vertiente sociohistórica importaban autores como Hauser, Luckacs o Goldman, los pensadores de la Escuela de Frankfurt, y, más tarde, los estudios de recepción.

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Fue precisamente la teoría de la recepción la que abrió paso a la idea de la mutabilidad del objeto estético, desvinculando esta mutabilidad del texto (que permanece fijo) y vinculándola a transformaciones en el proceso de lectura, y al rol que desempeña la lectura en cuanto instancia conformadora de sentidos. Por otra parte la separación tajante entre mundo ficticio y mundo real empezó a ser corroída y puesta en tela de juicio por autores como Derrida. La ficción ya no estaba sólo en la literatura sino también en otros tipos de textos: en textos filosóficos e incluso en textos históricos, que tal como señalará Hayden White, en su Metahistoria, se asocian a géneros literarios y tienen un fuerte componente ficticio. El canon de lo literario se fue así ampliando, se perdió la certeza de qué exactamente era lo literario. Son los prolegómenos del paso de la crítica literaria a la crítica cultural. El objeto de los estudios literarios ya no serían sólo las obras pertinentes a los géneros tradicionales, sino simplemente “textos”, o mejor todavía “discursos”, todo tipo de discursos. Podría pensarse que este clima en sus distintos ires y venires se dio sólo en las aulas académicas, pero ello no fue así. En Chile y en otros países la crítica periodística fue afectada por estos procesos y se produjo una suerte de osmosis entre lo que ocurría con la crítica académica y la crítica que se hacía en los medios. Piénsese, por ejemplo, en el caso de Chile con el estructuralismo eclesiástico de José Miguel Ibañez y en el barthianismo inteligente de Martín Cerda, o en la vinculación de críticos como Yerko Moretic con las ideas de Luckacs. O en la presencia de profesores universitarios como Luis Iñigo Madrigal, Federico Schopf, Ariel Dorfman, Grínor Rojo, Antonio Skarmeta y José Promis en los medios de comunicación. Gracias a esta interacción puede sostenerse que la década que precedió al quiebre de la democracia en Chile fue una de las etapas más importantes para la crítica y los estudios literarios. Por primera vez esta actividad dejó de identificarse con un par de críticos oficiales de algún periódico, ofreciendo en cambio un perfil variado y múltiple que, teniendo como eje a la Universidad, y me refiero a casi todas las universidades públicas del país, se proyectó a través de diversos canales por todos los pliegues del abanico. Fueron años de actividad crítica pluralista, abierta a distintas vertientes de pensamiento, con tensiones y polémicas, pero con el propósito común de superar el impresionismo crítico subjetivista y constituirse en una disciplina más o menos sistemática que se arriesga, que si bien en más de una oportunidad cayó en el rigor mortis fue también capaz de complejizar el discurso sobre la literatura y sobre su propio quehacer, y que en su dimensión de crítica con una causa, buscó trascender el espacio de lo literario equivocándose a veces a fondo, pero también haciendo un esfuerzo por buscar un anclaje en las opciones sociopolíticas de la década.

CINCO Con el golpe de 1973 se produjo un desarticulación de la renovación crítica y un encapsulamiento de la crítica académica en sus propios reductos, con el consiguiente predominio de los críticos oficiales de los períodicos adictos al régimen. El control del espacio publico significó una sustitución de un universo literario predominantemente latinoamericano por otro más anémico de corte euronorteamericano, en que sí cabían autores como Jorge Luis Borges. El estrechamiento y la inhibición del universo ideológico cultural que trajo consigo el golpe, afectó profundamente no sólo al campo literario sino al campo cultural en su conjunto. Particularmente en los años de censura previa, que operó, no lo olvidemos, durante casi una década, afectando a toda la producción intelectual y artística de la época. La Universidad para los pocos que se quedaron en ella se convirtió en un refugio y en el mejor de los casos en un incentivo para buscar fórmulas de “decir sin decir”.

Cabe sin embargo hacer dos reflexiones sobre este período, reflexiones que dicen relación con lo que hoy en día ocurre. La primera tiene que ver con lo que en un momento fue trágico pero hoy día se menciona con cierto dejo de ironía: la beca Pinochet. Para muchos, el golpe significó la posibilidad de continuar estudios en universidades de Estados Unidos o europeas, ejerciendo incluso la docencia, lo que permitió abrir posibilidades de becas para alumnos chilenos que fueron, estudiaron y volvieron. Así como Europa había sido el eje de la renovación de la crítica en la década de los 60, ahora lo fue Estados Unidos. Allí se instalaron, entre otros, Foucault y Derrida. Allí se produjo una pugna por la apertura del canon. Allí se desarrolló el proceso del multiculturalismo, de los estudios culturales (pues lo de Birminghan en Inglaterra estuvo más bien vinculado a las ciencias sociales que a las humanidades), de los estudios postcoloniales. En Estados Unidos, paradojalmente el país demonio de la década de los 60, se produjo también un desarrollo de una crítica que tiene como objeto el estudio de una literatura con una causa: me refiero a la crítica feminista. Allí se produjo además un rico y variado cruce transdisciplinario, de partida entre los distintos sectores de las humanidades y también con algunas disciplinas de las ciencias sociales y los estudios de comunicación. El proceso, aunque significó una apertura del canon, tuvo también sus costos. Tal vez lo más problemático fue la puesta en duda o el olvido de la especificidad estética de lo que llamamos “literatura”, especificidad que no siempre se encuentra en los “discursos”. Sé de un profesor chileno que vive en Estados Unidos que está empeñado desde hace un tiempo en dilucidar la dimensión simbólica y ficticia de la Constitución de 1980, y de profesores de literatura francesa que escriben libros sobre la obsesión norteamericana con la gordura, o shakespereanos que se especializan en el trasvestismo en la obra del gran dramaturgo inglés. Son estos extremos los que le han abierto la posibilidad de contar con una gran audiencia al conservadurismo académico encarnado por Harold Bloom. Ahora bien, este proceso, con sus más y sus menos, se ha proyectado y se está proyectando en Chile y América Latina. Cabe señalar, por otra parte, que el fenómeno, salvo en el caso de la crítica feminista, ha estado más bien confinado a las aulas universitarias, y no se ha producido una osmosis hacia las otras dimensiones de la crítica, como ocurrió en la década del 60.

SEIS El segundo fenómeno del que debemos tomar conciencia y que merece una reflexión, es el paulatino cambio de lugar de la crítica y de los estudios literarios, incluso de la propia literatura. La matriz ilustrada en que emergió la crítica como actividad diferenciada, está hoy día en crisis o por lo menos puesta en la mira. Y también está en crisis la cultura letrada y el proyecto iluminista. La figura del intelectual, tal como se produjo en la modernidad clásica, ha entrado en su ocaso, aunque algunas de sus funciones, como la mirada cuestionadora, sigue vigente pero con escasa repercusión. El proyecto de la modernidad basado en el desarrollo de una ciencia objetiva, una ley y un arte autónomos y regulados por lógicas propias, es cada vez más una ficción. El protagonismo del sujeto moderno como lugar de la enunciación racional de la verdad está en duros aprietos, acogotado por el paradigma massmediatico y por el mercado. La literatura, por lo menos la literatura creativa que se arriesga y construye mundos posibles, se ve disminuida y corroída por una multitud de libros de autoayuda, de sensacionalismo o simplemente bestellers. Los medios de comunicación de masas se han transformado en instrumentos hegemónicos en tanto transmisores y portadores de lo simbólico. Son ellos los que cada vez más abren los nichos de mercado que aprovecha la industria editorial. Recuerdo que en la época de Pinochet la revista Libros del mes practicaba una crítica literaria con una metodología muy especial: el director hacía ostentación de que tenía un equipo de críticos que se reunían y comentaban cada obra que decidían criticar, pero quien terminaba escribiendo la crítica era el único del grupo que no la había leído. El director de la revista justificaba esta operación señalando que se procedía de este modo por razones de mercado, la posibilidad de recoger diversas descripciones y evaluaciones sin comprometerse con ninguna de ellas terminaba en un compendio que seguramente dejaba satisfechos a la mayoría de los lectores. De una u otra manera, con limitaciones de espacio y caracteres, con el predominio de lo periodístico sensacionalista sobre lo literario, se ha impuesto, al menos en la mayoría de los medios, una perspectiva de mercado, en que crecen las secciones dedicadas al rubro espectáculo y a la farándula y se restringen los espacios dedicados a la cultura letrada. Lo que se hace en la vertiente académica de la crítica y de los estudios literarios no logra penetrar estos circuitos, que quedan por lo general enghettados y convertidos en una actividad narcicista, a no ser que se esté dispuesto a hacer el “show de los libros”.

El mercado se ha transformado en asignador de valor literario. A propósito del último Premio Nacional de Literatura, el escritor Roberto Ampuero, en una columna de La Tercera, argumentaba que debemos hacernos cargo de la globalización y que la literatura chilena también se ha globalizado, y que somos conocidos en el extranjero por nuestros vinos y por Isabel Allende, y por ende ella era merecedora del Premio Nacional. Vale decir el mercado, las ventas, son y debieran ser un valor a tomar en cuenta por el jurado. No estamos alegando ni demonizando al mercado, es un factor que existe, y en algunos casos, como en el redescubrimiento europeo y francés de Francisco Coloane, el nicho de mercado de un autor “del fin del mundo” juega un papel positivo para la literatura. El problema es cuando se fetichiza el mercado y las ventas se convierten en un indicador de calidad o de mérito literario. Lamentablemente en el campo literario entendido como campo cultural y concebido como un sistema de relaciones que incluye a los editores, agentes, críticos y público, es decir como un campo que determina las condiciones específicas de producción, circulación y consumo de los productos literarios, lamentablemnte, decíamos, el argumento del mercado como asignación de calidad tiende cada vez más a ganar posiciones.

SIETE Hemos llegado, por último, después de este apretado recorrido, al momento presente. Valga entonces la necesidad de compartir algunas reflexiones. En primer lugar creo que hay que aprender del pasado, en términos de cultivar nuestro oficio con cierta humildad, huyendo de todo mesianismo, ya sea cientificista o en defensa de una causa. En segundo lugar pienso que si bien debemos utilizar de modo ecléctico todas las corrientes y aportes a los que hemos hecho referencia, no debemos olvidar que el campo literario está amenazado y que junto con abrirnos a distintas dimensiones contemporáneas de la crítica, la mejor manera de defenderlo es rescatando y poniendo de relieve la dimensión específicamente estética y cultural de la gran literatura. Contribuir a que ella hable por sí sola. Pero al mismo tiempo aprovechar nuevos espacios de relaciones que permitan validarla. La literatura como fuente histórica o como instancia que nos abre y devela la realidad. La literatura como saber filosófico. La literatura como compendio de humanidad. La carencia de utopías, la hiperinflación de la cultura de masas, el reblandecimiento massmediatico y la balcanización de América Latina, son todos factores de contexto que han incidido en la pérdida de perfil de lo literario y por consiguiente de la crítica.

OCHO A pesar de todo lo que hemos dicho sobre la crítica (tanto la académica como la periodística) seguimos pensando que cumple importantes funciones, precisamente por las características de un contexto amenazante. Nos referimos a la crítica entendida como una doble mediación, por una parte como una actividad de mediación entre la obra o las obras y el lector, y por otra, entre el propio crítico y el lector o público. En la primera mediación será necesario que la crítica cumpla con una función informativa, que entregue una descripción de la obra en cualquiera de sus niveles: género, argumento, estructura o lenguaje. En segundo lugar debe cumplir con una función hermenéutica que postule o aclare sentidos o interpretaciones integradoras o epífanicas, que permitan vislumbrar la voluntad compositiva que subyace a cada obra; debe cumplir también una función intelectual, vale decir, proponer una determinada perspectiva de lectura que vincule y ponga en relación obras dadas con un conjunto mayor; por última dentro de esta mediación con los lectores la crítica y los estudios literarios deben cumplir también una función valorativa ya sea de modo implícito en el caso de la crítica académica o explícito y directo en el caso de la crítica periodística.

La obra literaria es también un pretexto para que el crítico hable de sí mismo a través de su oficio (por ello hablamos de doble mediación), en este sentido la crítica literaria cumple o debe cumplir una función artística, debe hacer patente la voluntad de estilo del crítico, construir un discurso que él mismo sea estéticamente significativo, que exprese su personalidad y que haga patente una voluntad de estilo. Cumplir con todas estas funciones en un espacio de 30 a 50 líneas y de 6000 caracteres es un desafío no menor. Pero que debiera ser asumido por la crítica. No debemos perder de vista que habitamos un campo que –en los tiempos de la cultura audiovisual y digital– ha perdido legitimidad, y que en tales circunstancias deberíamos hacer lo posible por resaltar sus valores. Se hace necesario por ende no descuidar la dimensión estética e intelectual de lo que el viejo y pedestre sentido común entiende por literatura y sobre todo por buena y gran literatura.

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