Hacia una cronología del diario íntimo en Chile

Un libro publicado en 1823 lleva por título Diario de un joven norte-americano detenido en Chile durante el período revolucionario de 1817 a 1819. Su autor, un tal J. F. Coffin, quien llegó a Talcahuano en agosto de 1817 a bordo de un bergantín cargado con armas, fue apresado por las autoridades realistas y obligado a permanecer en la provincia de Concepción durante dos años, lapso en el cual pudo realizar elocuentes descripciones. En junio de 1818, anotó: “…una vez paseándome en Concepción con la esposa de un oficial de graduación, le vi emplear los dedos de una mano para sonarse, siendo que en la otra llevaba doblado un hermoso pañuelo de batista”. Aunque probablemente sea el primer diario escrito en Chile, el de Coffin es más bien un diario de viaje, un género tal vez deudor de los diarios de navegación que los oficiales de marina solían y suelen llevar en su cuaderno bitácora.

A este tipo de diarios, en los que se acostumbra detallar las impresiones de los viajeros, pertenecen también Diario de un viaje a California (1848-1849), de Vicente Pérez Rosales, Páginas de mi diario durante tres años de viaje (1853-1855), de Benjamín Vicuña Mackenna, e incluso el subtitulado “diario íntimo” Entre dos siglos (1937), de la destacada escritora, y figura clave del pensamiento feminista de principios del siglo pasado, Inés Echeverría de Larraín, Iris, en el que la autora entrega una versión editada, sin registro de fechas, de los diarios escritos en cuadernos durante su primer viaje a España junto a su esposo, en 1900.

A diferencia del diario de viaje, el diario íntimo no se circunscribe a sucesos excepcionales, como puede serlo la estadía en un lugar determinado. Al contrario, el diario íntimo no rehúye el tedio o la ruina cotidiana y, por tanto, está sujeto sólo al montaje final, no a la selección de sus fragmentos, como lo está también la vida del diarista, cuyo guión será editado definitivamente tras su muerte. El escritor de un diario íntimo es un ser que habla de sí mismo y que, por estar anclado temporal y espacialmente, fija instantáneas fugaces desde su conciencia, una conciencia que mira y se mira, y escribe acerca de lo que ve dentro y fuera de sí, desde un lugar cualquiera, pero siempre zarandeado por el calendario.

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En Chile, el origen de los diarios íntimos parece estar relacionado con la escritura de memorias y autobiografías, géneros cultivados principalmente por algunas escritoras aristócratas de pensamiento feminista, incluida la mencionada Iris, a principios del siglo XX. Entre estas “escritoras espiritualistas” se encuentran María Flora Yáñez, hermana de Juan Emar; María Luisa Fernández, madre de Vicente Huidobro, quien afirmaba llevar una labor literaria íntima de textos que le “salían del alma” y que no debían publicarse; Martina Barros, esposa del escritor Augusto Orrego Luco, y la escritora Mariana Cox de Stuven, Shade.El diario de vida para estas autoras era un camino para la expresión de la espiritualidad, y es probable que aún existan algunos que no hayan sido publicados.

A continuación, entregamos una ordenación temporal de un grupo representativo de diarios íntimos publicados en Chile, que comenzaron a escribirse a partir de la década de 1910 y han continuado desarrollándose con diversos énfasis y estilos hasta nuestros días.

JUAN EMAR. Lector del diario de Delacroix, Juan Emar dejó cuadernos que abarcan desde 1911 hasta 1963. En ellos registró muchos pormenores del día a día, y también detalles acerca de sus relaciones con la familia, con otros escritores y con su propia obra. El 15 de abril de 1916, anota acerca del método que le procura la escritura de su diario: “Antes de escribir aquí en mis cuadernos, anoto el tema que desarrollaré en mi libreta. (…) Mis anotaciones están destinadas a dormir en la libreta a veces más de medio año, esperando un buen ánimo que quiera despertarles y darles vida. Al anotar, pues, parto de la base de que allí las dejaré olvidadas largo tiempo y que por lo tanto, la esencia misma de ellas, la sensación que me produjeron habrá de olvidarse, quedando estampado en el papel sólo el cuerpo de ellas, el cuerpo sin su alma que ha ido a esconderse en las sombras del olvido. Sé que tendré después que escribir sobre recuerdos y no sombras del olvido. Entonces, sin darme cuenta yo mismo recurrí en mis anotaciones al medio que me evocara la sensación, el alma, anotando no las ideas mismas sino más bien las cosas que me las evocaron (…) Cada momento es uno y no vuelve. Tiene su vida propia y esa vida es la sensación que produce. Por eso pues al anotar me era preciso anotar lo que produjo la sensación más que la idea misma. Anoté pues: ‘Se come a las 6½’. Y nada más. Y la sensación fugaz de un instante me quedó grabada para siempre”. Parte de estos escritos se publicaron en M(i) v(ida) (2006), libro que es presentado en la portada como una obra de Álvaro Yánez Bianchi, el verdadero nombre de Juan Emar, y que reúne el contenido de los diarios escritos entre los 18 y los 24 años, desde 1911 hasta 1917. Los textos fueron extraídos de ocho de los 79 cuadernos que la Fundación Juan Emar donó al archivo del escritor de la Biblioteca Nacional, que fueron ordenados en seis partes: (Diario de Torcuato), Diario. Año de 1913, M (i) v (ida), Diario de un solitario, Ideas y Obs. Manp.

A diferencia del diario de viaje, el diario íntimo no se circunscribe a sucesos excepcionales, como puede serlo la estadía en un lugar determinado. Al contrario, el diario íntimo no rehúye el tedio o la ruina cotidiana y, por tanto, está sujeto sólo al montaje final, no a la selección de sus fragmentos, como lo está también la vida del diarista, cuyo guión será editado definitivamente tras su muerte.

LILY IÑÍGUEZ MATTE. Joven aristócrata nacida en Francia en 1902, Lily era hija del diplomático Pedro Felipe Iñíguez y de la escultora Rebeca Matte. Pasó la mayor parte de su breve vida en Europa, en la época en que París era la capital cultural del mundo. Enfermó tempranamente de tuberculosis y llevó un diario íntimo desde los once años, en 1913, hasta su muerte, en 1926, cuando tenía 24 años. La publicación chilena de sus Páginas de un diario, en 1954, estuvo a cargo de Graciela Espinosa de Calm, quien tradujo el libro, escrito originalmente en francés con el título Pages d’un journal. La gran ambición de Lily Iñíguez era ser escritora. De ese modo, pretendía compartir con su madre la vena creativa heredada por los descendientes, como ella, de Andrés Bello: “pondré empeño en escribir (…) para lo que quiero llegar a ser: una escritora”. En sus diarios, la joven realiza una indagación cotidiana de sí misma “para intentar comprenderse tanto como conocerse, oponiendo a lo relativo y al sentimiento de evanescencia el único absoluto que le queda, el sentimiento de su propia existencia”. Los cuadernos de Lily Iñíguez pueden dividirse en dos períodos: La infancia, etapa que inicia a la edad de 11 años, y La juventud, a partir de los 19 años; cada una de estas etapas está registrada en cinco cuadernos. En todos ellos, la autora alude constantemente a su muerte inevitable: “Llevamos dentro de nosotros un cementerio secreto donde silenciosamente depositamos las amistades y las ilusiones muertas”.

TERESA WILMS MONTT. La escritora cuya obra se recopiló en Chile en forma póstuma, en 1922, escribió cuatro diarios entre 1915 y 1921. Rebelde y provocadora del orden social al que pertenecía, Teresa se internó cada vez más en la soledad y en el vacío de una existencia trashumante y errática, para caer irrefrenablemente en el suicidio. En el Diario I Iniciación (Meditations Inithiatiques, manuscrito en francés, no fechado), se expresa la niña que se siente rechazada por sus padres –quienes la reprenden cada vez que la encuentran con un libro–, a través de imágenes feroces: “morir debe ser una cosa deliciosa, como hundirse en un baño tibio en las noches heladas”. El Diario II Bajo las campanas, escrito durante su reclusión en el convento de la Preciosa Sangre de Santiago, por decisión de sus padres y alejada de sus hijas, va desde 1915 a 1916, está dedicado casi exclusivamente a su esposo Vicente Balmaceda, a quien escribe: “No sabes las diversas impresiones que me causas: será tal vez según el estado de ánimo. Hay veces que me pongo infantil y quisiera reírme mucho; otras, estoy muy grave con una dulce melancolía; otras, me dejas desesperada con ganas de arrancarme para irme a tu lado y el modo más permanente es un infinito desconsuelo que me hace llorar resignada, con deseos de morir”. Teresa logró fugarse del convento, con la ayuda del poeta Vicente Huidobro. Ambos partieron hacia Argentina y luego hacia Europa, iniciando ella un peregrinaje sin retorno. El tercer tomo, Diario III Otros cielos, otras prisiones, abarca su viaje desde Buenos Aires a Nueva York, entre 1917 y 1918, mientras que el cuarto, Diario IV Peregrinaje y finitud, fue escrito entre Buenos Aires y Europa (Madrid, Londres, Liverpool y París), entre los años 1918 y 1921. Los diarios de Teresa fueron editados por Ruth González e incluidos en las Obras completas de la escritora, en 1994.

HERNÁN DÍAZ ARRIETA (ALONE). Crítico literario y escritor, en su juventud escribió una novela organizada como diario, La sombra inquieta (1915), en la que el narrador expone sus vivencias espirituales vinculadas a su amor por una mujer mayor. A los 19 años, Alone había iniciado una profunda amistad con la escritora Mariana Cox Stuven, Shade, quien era veinte años mayor que él. La novela fue publicada un año después de la muerte de Mariana y fue catalogada como una defensa de Alone en favor de la cuestionada Shade. El alter ego de Alone escribe en su diario: “¿Cuándo la veré? A veces, experimento como una sed imperiosa de su presencia y trasladándome con la imaginación a su casa, converso con ella, le hago mil confidencias, escucho sus contestaciones siempre llenas de tan graciosa tristeza. Son los momentos más deliciosos”. Fuera de la ficción, Alone se había dedicado a escribir, desde los 16 años, sus pensamientos privados en un diario íntimo, en el que registró, además, una cantidad inmensa de información sobre los escritores nacionales. Sus notas fueron publicadas en 2001, con el título Diario íntimo, 1917-1947, y muestran a un escritor mucho más sensual que el crítico literario: “La actitud erótica, el mayor de los placeres, el goce por excelencia y antonomasia, tan superior a los otros que, al lado suyo, todos los demás resultan pálidos, llega a su fin, está por extinguirse, entre terrores higiénicos, entre consultas médicas”. De forma similar, la lectura crítica y la escritura ocupan en su diario un lugar asociado con el placer: “Hace tiempo buscaba un libro para leer, un libro largo, largo de esos que duran, por cuyas páginas entra uno como por una avenida, sin verle el término (…) Existen libros perturbadores, incitantes, como los hay serenos, de palabra lenta y clara, adaptables al cuerpo, que nos abrigan y sonríen.”

LUIS OYARZÚN. Llevó su diario durante 33 años, entre 1920 y 1972, el que fue publicado en 1995 por Leonidas Morales. Escribió su mayor parte en el transcurso de sus viajes a través de Chile, América, Europa y Asia. Se dice que acostumbraba llevar consigo sus cuadernos de notas y que les leía pasajes descriptivos, humorísticos o irónicos a sus amigos, en bares, en una casa o donde fuera. De este modo se echó a correr la leyenda acerca del “Diario de Oyarzún”, el mismo que sirvió a su autor de materia prima para una serie de títulos: Diario de Oriente (1960), Mudanzas del tiempo (1962), Los días ocultos (1955), más un libro póstumo que él mismo preparara y en el que eliminó las fechas: Defensa de la tierra (1973). Además de viajero, Oyarzún fue profesor de estética y filosofía y decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile y, desde 1971, director del departamento de extensión cultural de la Universidad Austral, en Valdivia, ciudad donde murió, aquejado por una hemorragia interna. El 5 de noviembre de 1972 escribió: “…el alcohólico. Siente la ansiedad. No del alcohol sino de la infusión amorosa. La ansiedad del absoluto. Que el hígado sufra las consecuencias, es más un asunto del hígado que del alma. (…) El mundo permanece y uno pasa. ¿Quién se acordará de mí en 100 años, o de este perro que ladra con toda la autoridad de su deseo?”. El día antes de su fallecimiento, Oyarzún registró: “Los enfermos se repelen entre sí. El espacio de los enfermos es distinto. Como el tiempo, es irregular y accidentado. Son espacio y tiempo angustiosos”. Su Diario íntimo, a expensas del “máximo desorden” del autor y de pérdidas involuntarias de sus recopiladores, reúne, no obstante, parte sustancial de sus anotaciones.

ALFONSO CALDERÓN. Tenía 9 años y vivía en Lautaro cuando el 24 de enero de 1939 ocurrió el terremoto de Chillán. Al día siguiente, escribió: “He decidido comenzar a escribir mi diario. Anotaré aquí todo lo que me pasa, lo que leo, lo que no le cuento a nadie, lo que ocurre dentro de mi cabeza. El asunto es que a veces quisiera ser muchas personas. Me miro en el espejo y pregunto al que allí está quién soy. A veces siento que el Conde Caníbal, Erico, el niño de las cavernas, Daniel Flaxton junto al viejo Daniel, Jim y no el doctor Livesey, Robinson Crusoe…”. Desde esa época temprana, Alfonso Calderón se mantuvo fiel a las exigencias de su diario, que alcanzó las dos mil páginas y fue publicado en cinco entregas, sin orden cronológico. Máscaras sobre máscaras (1991-1992) apareció en 1993.

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En la primera anotación incluida en ese volumen, fechada en Santiago, el 1 de enero de 1992, Calderón, buen lector de los diarios de Paul Klee, Virginia Wolf y los hermanos Goncourt, entre otros, comenta: “Dual, engañoso, el ‘Diario’ es un doble. Me permite asistir a mis cambios. No sólo muda uno el punto de vista sobre el mundo, sino el sistema de conjeturas… Uno se deja caer sobre la página, a diario, y se observa. Czeslaw Milosz habló una vez de “pieles secas de serpientes”. Quizás mis ‘Diarios’ no sean sino eso”. A su segundo diario, El vuelo de la mariposa saturnina (1964-1974), publicado en 1994, le siguieron La valija de Rimbaud (1939-1951), de 1995, título que recoge sus primeras impresiones infantiles, Cayó una estrella (1952-1963), publicado en 1996, y El olivo viejo que lloraba (1975-1986), aparecido en 1999.

JOSÉ DONOSO. Tras su muerte, en 1996, su hija Pilar comenzó la revisión de su legado: cuadernos con diarios que el autor inició cuando tenía 42 años, en 1966, borradores de sus cuentos y novelas, correspondencia y relatos inéditos, todos documentos que el autor había vendido a las universidades de Iowa y Princeton. De entre sus “papeles” de Princeton Pilar extrajo el material para publicar la póstuma novela Lagartija sin cola. La revisión de los diarios contenidos en los cuadernos de Donoso sorprendió a su hija, quien publicó en Dossier Nº 7 un adelanto de la biografía aún inédita de su padre, escrita a partir de esos documentos y a la que tituló Correr el tupido velo. En lo que conocemos de esos escritos, el autor expone la represión de su deseo homosexual, los sentimientos ambivalentes hacia su hija, el hastío que le provocaba la convivencia con su esposa María Pilar y algunos comentarios acerca de sus novelas y cuadernos: “…me produce tanto placer esta tinta negra y estos bolígrafos con que escribo y las carpetas que uso”. Entre 1986 y 1990, Donoso publicó 41 fragmentos extraídos de sus diarios, que abarcaban una década de su vida (1980-1990), en el periódico madrileño ABC, y que fueron recogidos en el libro Diarios, ensayos, crónicas. La cocina de la escritura (2009). En un fragmento de sus notas, del año 1982, Donoso explica el porqué de sus anotaciones: “Sé que estos cuadernos no morirán conmigo. Por eso tengo miedo que mucho de lo que digo aquí sea trampa, mentira, pose, manierismo. Esta página –es maravilloso y terrible pensarlo– me sobrevivirá en los sótanos climatizados, antibomba de hidrógeno, donde se guarda, me complace decirlo, justo al lado de los originales de Lewis Carroll, de Alicia en el país de la maravillas (…). Sin duda, este hecho me hará falsear un poco –espero que sea muy poco– la imagen de mí mismo que pretendo dar, pero voy a rajarme para que no sea así. Que lo que quede aquí sea la verdad, y así, esta carne viva mía que son mis diarios, me sobrevivan, además de las fantasías de mis libros”.

CLAUDIO BERTONI. Siguiendo la máxima de Delacroix, vía Albert Camus, que señala que todos los días que no se han anotado equivalen a días perdidos, este poeta y artista visual lleva desde hace más 30 años un minucioso registro de su vida, registro que provee, a su vez, el material poético que ha ido dando forma a los diversos libros que conforman su obra hasta hoy. El primer tomo de su diario reúne las notas escritas en una veintena de cuadernos marca Torre, fechadas entre 1976 y 1978, y fue publicado con el título Rápido antes de llorar, una cita de Samuel Beckett, en 2007. Casi cotidianamente, Bertoni toma nota de todo lo que ve, piensa, lee, siente o imagina, con certera precisión, sin censura ni límites, escribiendo incluso aquello que nadie se atrevería a apuntar. Notas breves algunas, como la del 9 de febrero de 1978 –“Cuando pienso en escribirte (y debo hacerlo ahora) un escalofrío me atraviesa los testículos y el ano”–, o extensos soliloquios, recuerdos o cartas, plagados de pormenores, para detallar tanto las acciones rutinarias como los (al parecer) nudos centrales de su experiencia: el amor, el sexo, el dolor, la pérdida. Describe, por ejemplo, la visión de su madre muerta, bajo el subtítulo “Recuerdos”, en junio de 1978: “Debajo de una sábana sucia en una especie de altar encima de una especie de mesón de carnicería “ésa es”, le veo una pantorrilla por una rajadura “no la podré ver” el enfermero quita la sábana nos acercamos tiene hormigas en la cara en los muslos y el pecho el enfermero la limpia como a una estatua con un trapo y después con papel de diario…”. Confesiones, miedos, obsesiones, deficiencias, cobardías, todo cabe en la primera entrega del diario de Bertoni, esa que prefigura las que vendrán en el futuro.

GONZALO MILLÁN. El poeta enfrentó la noticia de su cáncer al pulmón escribiendo el diario que se publicaría en julio de 2007, ocho meses después de su muerte, con el título Veneno de escorpión azul, y cuya edición estuvo a cargo de la poeta María Inés Zaldívar, compañera de Millán, y del periodista Andrés Braithwaite. Entre el 20 de mayo y el 2 de octubre de 2006, su autor registró minuciosamente –indicando, además de la fecha, la hora exacta de las anotaciones– los sucesos cotidianos, las reflexiones, las premoniciones y los recuerdos. De este modo opuso la escritura a la muerte: textos urgentes, en prosa o en verso, para poblar un tramo vertiginoso del calendario. El 21 de mayo, a las dos de la tarde, y después de haber leído el suplemento dominical y de haber fumado un par de cigarrillos Kent, escribe: “Te has desprendido de la masa de hielo y en adelante serás un flotante / flotarás como témpano solitario y errabundo. El cambio que introduce el peligro / amenaza de muerte. El fin.” El veneno de escorpión azul, que Millán utilizó para combatir la enfermedad, se convirtió en la metáfora que contuvo los fragmentos de un discurso vivo destinado, como el cuerpo, a la paulatina declinación y la disolución. El lunes 11 de septiembre, a las 11 de la mañana, después de registrar el aniversario 33 del golpe militar y tras desayunar (con la idea de traducir a un par de poetas japoneses de la corte Heian), el poeta ironiza acerca de su proyecto de retener el tiempo, sin detenerlo, en la escritura: “Las palabras ya me esperan sentadas / en hileras serviciales por la mañana. / Son las palabras de nadie y de todos / en busca de empleo. / Todas ambicionan figurar en un poema, / en un cuento, en una moraleja, / en un aforismo que sea”. Cuatro días después, el 15 de septiembre, a las 7 y media de la tarde, reflexiona: “Supongo que en algún momento no conseguiré asir las palabras y las tendré por toda la lengua como hormigas o microbios pululando sin pronunciación ni recuerdo posible. Así poco a poco iré olvidando los aprendidos lenguajes (usados y desusados) vigentes, desaparecerán vocabularios enteros como desfoliadas selvas. Diccionarios enteros arderán. Bibliotecas completas bajo el napalm del olvido”. Doce días antes de morir, Millán escribió la última nota de su diario, quince minutos antes de las ocho de la tarde: “Se jubiló el duende con mi enfermedad. Lo vi anotar algo en unos papeles arrugados. Me voy a Portugal, dijo sin mayores explicaciones. Había la voz de un fado esperando por mí”.

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