Gilman, Sheldon y Aldunate: Sexualidades futuras, cautiverios y liberaciones

CERO

En medio del realismo del siglo XIX, Charlotte Perkins Gilman elige expresarse a través de la alegoría. En su momento, la ciencia ficción1 es un vehículo para propagar los ingenios futuristas de Jules Verne y HG Wells, eternamente boquiabiertos por las invenciones mecánicas que se les ocurren relato a relato. Pero ella la usa para hablar de sí misma. Para mediados del siglo xx, la proliferación de revistas de ciencia ficción, cientos, que circulan en paraderos de buses  y  librerías ha generado un ecosistema pulp en el que los relatos de evasión adolescente comparten estantes, editoriales y delirantes ilustraciones de portada con las ficciones de autores cuyas ambiciones son, por decirlo así, «más literarias». En medio de esa jungla de papel barato y novelas que se venden a centavos, Alice Sheldon se esconde tras el antifaz de James Tiptree Jr. para que publicar cuentos de ciencia ficción no le cueste su trabajo en la CIA. Desde ese alias, reflexiona acerca de un futuro en permanente replanteamiento de los roles de género.

En pleno auge del boom latinoamericano, Elena Aldunate se adentra en fantasías que están bien lejos del imaginario rural exacerbado por el realismo mágico.

Las tres escriben en contra de su tiempo.2

 

UNO

Es junio de 1887 y a Charlotte Perkins Gilman le cuesta dormir. Cuando logra entrar en aquel otro lugar que la saca de su cautiverio, sueña a medias con la realidad de antes, la realidad que ya no es suya. Imagina que escribe, que está con su hija, que camina por el parque. Anota largos discursos en el aire, mientras mira las paredes vacías de la única habitación en la que hace semanas trascurre su vida. Si mira por la ventana puede intuir la astillada orilla del río Providence. Se imagina tanteando el agua, descalza, y casi puede ver, proyectadas en el techo de su encierro, las formas efímeras que la luz líquida dibuja sobre la piel de sus pies.

Recuerda todo aquello que le han quitado. Y recuerda que es mejor para ella que así sea.

 

DOS

Cuando le diagnosticaron «agotamiento severo» después de su primer parto, su doctor le prescribió reposo absoluto, abandonar la escritura, reducir al mínimo el contacto con su recién nacida y confinar sus actividades intelectuales a dos horas diarias. Estuvo a punto de sufrir un colapso emocional gracias a esta receta.

Más tarde, en 1892, escribiría The Yellow Wallpaper (publicado por Siglo XXI en México como El tapiz amarillo en 2002), elogiado por Lovecraft como «un clásico que delinea sutilmente la locura que acecha a una mujer que habita en la odiosa habitación en la que un loco estuvo alguna vez confinado».3

La protagonista es una mujer a la que, como a Gilman, su doctor le receta reposo absoluto, abandonar la escritura y reducir al mínimo el contacto con sus hijos. A los pocos días de esta nefasta terapia, la mujer comienza a intuir formas en el odioso papel que cubre las paredes de la habitación en la que pasa su encierro. El papel mural se convierte en el instrumento de una tortura minuciosa: sus matices se le antojan enfermizos a la protagonista y hasta le parece que de él emana un olor horrendo. Más tarde, comienza a adivinar que tras los confusos arabescos, que no parecen seguir ningún patrón y cambian día a día, se agazapa una mujer desnuda, en cuatro patas, que se aferra a los dibujos del tapiz como si fueran los barrotes de una celda. El desenlace del relato puede leerse como el descenso final hacia la locura, o bien como un instante de liberación absoluta.

 

TRES

Charlotte Perkins Gilman le envió  un ejemplar a su doctor. Nunca recibió respuesta. Pero encontró una manera más eficaz de lidiar con la experiencia en su primera novela.

 

CUATRO


Tal como escribe Ann J. Lane en el prefacio  de  Herland (1915, publicada en castellano como Dellas en España por Abraxas, el 2000), «The Yellow Wallpaper presenta a una mujer viviendo un tormento, Herland la muestra en juego. La criatura enjaulada del primer relato alcanza la libertad, y por lo tanto la cordura, en el segundo».4

Herland es una novela alegórica, que se suma a la tendencia en boga entre los intelectuales socialistas de fines del siglo xix de expresar una ideología a través de relatos utópicos, como The Iron Heel, de Jack London.5

 

CINCO

Lo primero que  encuentran  los tres exploradores blancos que  protagonizan Herland es un río. El trío no quedaría mal en una película de bajo presupuesto de los años 50: un científico millonario, un doctor interesado en la botánica y un sociólogo, que es el narrador. Los habitantes de la selva que los hombres están cartografiando dicen que el río es rojo. Y que en el país de las montañas sólo viven mujeres. Los exploradores se dan cuenta de que las aguas están teñidas por un pigmento que alguien, más arriba en el cauce, usa para dar color a las ropas. Más tarde, encuentran un trapo flotando en la orilla. «Pero era una tela bien tejida, con un patrón, y de un escarlata nítido que no había palidecido con el agua. Ninguna tribu salvaje de la que hubiésemos oído fabricaba una tela así».

 

SEIS

Los expedicionarios viajan río arriba. Un asombro sigue a otro:

«–Pero parecen… vaya, ¡esto es tierra civilizada! –exclamé–. Tiene que haber hombres.

–Por supuesto que hay hombres –dijo Terry–. Vamos, vamos a encontrarlos».

 

SIETE

No sólo no hay hombres en Herland, la «ciudad de los césares» que propone Gilman en su relato. Las mujeres se reproducen por partenogénesis y sólo dan a luz a hembras. Repelen con violencia los avances de los hombres en su territorio, y tienen una sociedad sin conflictos. Son felices.

 

OCHO

Charlotte Perkins Gilman fue una de las pioneras del feminismo en Estados Unidos. Pensaba que la mente femenina era tan capaz como la masculina de abstraerse, preocuparse, sentir o soñar: «El cerebro no es un órgano sexuado. Si es por eso, perfectamente podrían hablarme de un hígado femenino».6 Cuando le diagnosticaron un cáncer incurable, decidió tomar una sobredosis de cloroformo. Murió, dicen, rápidamente y en paz, en agosto de 1935.

 

NUEVE

James Tiptree Jr. vive escribiendo cartas y relatos. De los autores de su generación, es uno de los que más intercambia correspondencia con sus seguidores y otros autores.7 Intercambia pensamientos, reseña libros ajenos para revistas, aconseja a jóvenes aspirantes a escritores. Y se las arregla para publicar sus propios relatos.

James Tiptree Jr. vive escribiendo porque, de hecho, sólo existe en las palabras, en los golpes de las teclas de la máquina de escribir sobre el papel.

 

DIEZ

Primero, Alice Bradley inventó a Alice  Bradley: en un comienzo, esposa precoz, después crítica de arte, finalmente una pintora reacia a vender sus cuadros, negocio que le parecía vulgar. Luego, Alice inventó a Alice Sheldon: mayor de inteligencia del Ejército, divorciada, vuelta a casar con Huntington «Ting» Sheldon, el agente de la CIA que la convertiría a ella misma en agente. Fue entonces que Alice inventó a James Tiptree Jr., para poder escribir ciencia ficción. Años más tarde, inventó a Racoona, una discípula de James.

Alice era James, y también Alice era Racoona. Pero nadie supo nunca quién era Alice.

 

ONCE

«Se ha sugerido que Tiptree en realidad es una mujer, una teoría que me parece absurda, porque para mí hay algo ineluctablemente masculino en la prosa de Tiptree».8

Quizá la equívoca certeza del prologuista Robert Silverberg, que escribió la frase en su introducción a un volumen de cuentos de Tiptree, proviniera del hecho de que Sheldon usaba ese alias para escribir ficciones en las que el sexo futuro, humano o alienígena, era un asunto central. Una sexualidad extraña que presentaba, a la manera del reflejo deforme de un salón de espejos de feria, una mirada sobre la sexualidad de su época. Y no había demasiadas mujeres que hicieran aquello en los sesenta.

 

DOCE

Pero las había, por supuesto, y las habría:  Joanna Russ escribió en The Female Man (1967) la historia de un futuro en el que los machos y las hembras (porque convenciones como «hombres» y «mujeres» habían desaparecido con el resto de la sociedad como la conocemos) estaban en un estado de guerra permanente, las acciones bélicas de ambos ejércitos disputándose una frontera en la mitad exacta del mundo.9 Kate Wilhelm casi ganó un premio Nebula en 1967 por «Baby, you were great», un relato en el que la tecnología permite experimentar la conciencia de otros como quien ve una película: aquí, un director de cásting busca a una mujer que acepte la violación dócilmente, para grabar sus sensaciones. Octavia Butler presentaba en su trilogía Xenogenesis (publicada entre 1987 y 1989) el encuentro entre la humanidad y una raza extraterrestre con tres sexos, ninguno asimilable a las ideas de femenino y masculino, en la que la procreación ocurría entre dos individuos y la gestación en el tercero.

Alice Sheldon conecta con todas ellas. Les escribe, ellas le escriben de vuelta. Se leen. Forman un circuito de disidencia postal. Mientras, ella explora sus propias sexualidades extraterrestres.

 

TRECE

«El primer Yyeir que vi me hizo tirar lejos lo que estaba haciendo y caminar detrás de él como si fuera un sabueso hambriento. Has visto las fotos, por supuesto. Son como sueños perdidos. El hombre se enamora y ama aquello que desaparece… es el olor, eso no se puede deducir de las imágenes (…) No puedes tener sexo con ellos, lo sabes. No hay cómo. Se reproducen por la luz, o algo así, nadie sabe muy bien cómo».10

 

CATORCE

«Aunque Sheldon y Ting eran devotos el uno del otro, lo más probable es que su matrimonio de treinta años fuera asexual», escribe su biógrafa Julie Phillips. Y anota que desde la adolescencia sintió atracción por mujeres.

«Me gustan mucho algunos hombres, pero desde el principio, antes de saber nada, siempre fueron las chicas y las mujeres las que me prendían».11

 

QUINCE

En el centro de un movimiento que busca transformar la ciencia ficción en un campo de experimentación literaria, Sheldon explora estructuras que trascienden los estrechos límites de la narrativa funcional. Escribe con voces múltiples, construye relatos a partir de cartas o informes. Su primera novela, Up the Walls of the World (1978), está escrita por completo en tiempo presente:

«Fría, fría y solitaria, la presencia maligna navega los cauces estelares. Es inmensa y oscura, y casi inmaterial: sus poderes  están más allá de los de cualquier otra cosa consciente. Y está sufriendo.»12

Álvaro Bisama advierte cierto anhelo «nabokoviano» en la prosa de Tiptree, que quizá sea la clave para entender la relevancia que logró su ficción entre los fans del género, y el desdén que despertó entre los críticos literarios más mainstream de su época.13

 

DIECISÉIS

En A Momentary Taste of Being, Sheldon explora la idea de que la humanidad completa es la mitad de algo, un gameto que sólo cumple su finalidad en una especie de cópula con otra raza. Pero el contacto, finalmente, hace que la existencia humana pierda todo sentido:

«Causa de la muerte: aguda… oh, ¿de qué se muere la cola de un espermatozoide? Aguda pérdida de la habilidad de seguir viviendo. Aguda irrelevancia post-funcional. Síntomas: quizás querrás saber los síntomas. Tal vez te interese. Los síntomas comienzan tras un breve contacto con cierta forma de vida del planeta Alfa.

¿Mencioné que sí hubo un breve contacto físico, aparentemente a través de la frente?».14

 

DIECISIETE

Sheldon nunca fue a una premiación. Sus seguidores la conocían por sus relatos y su correspondencia. Cuando la «desenmascararon», por culpa de un seguidor demasiado escrupuloso que unió cabos a partir de una carta, dejó paulatinamente de escribir. En 1987, a los 71 años, mató de un tiro en la cabeza a su esposo, afectado por una enfermedad degenerativa, luego llamó a su abogado para contarle lo que había hecho, se cubrió la cabeza con una toalla y se disparó en la sien derecha. Su mano izquierda todavía aferraba la de su marido cuando los encontraron.

 

DIECIOCHO

Roberto Bolaño escribió en Amuleto que «Alice Sheldon será una escritora de masas en el año 2017. (…) Y la vocecita decía qué curioso, qué curioso, algunos de los autores que nombras no los he leído.

¿Como cuál?, preguntaba yo.

Y, la Alice Sheldon esa, por ejemplo, no tengo idea de quién es».

 

DIECINUEVE

«¿Le tiene miedo a la muerte?

–No. Sí le tengo miedo al dolor, a la vejación que significa perder las facultades, eso lo vi cuando murió mi padre: el no poder hablar, el repetir, el no poder pensar. Equivale al robot de la película 2001, que le van sacando los circuitos y él va diciendo “Tengo miedo, tengo miedo”».15

Elena Aldunate murió el 17 de abril del 2005.

 

VEINTE

A María Elena Aldunate le están haciendo  otra entrevista, en la oficina que está al fondo de la casa donde vive y desde cuya ventana puede ver el jardín. Ha dado muchas en más de cuatro décadas de carrera como escritora. Recuerda las preguntas mientras acaricia a uno de sus gatos. Ella y la periodista conversaron acerca de su última serie de relatos, sobre un extraterrestre llamado Ur que visita a adolescentes, cada una inspirada por una de sus nietas. Le tomaron una foto, en la que sale apoyada contra el dintel de la ventana, con el verde detrás. Ella sonríe a medias, como suele hacerlo en las fotos para la prensa. En ningún momento de la entrevista se dijeron las palabras «ciencia ficción».

 

VEINTIUNO

María Elena Aldunate creció un poco a la sombra de su padre, el poeta y matemático Arturo Aldunate Philips, Premio Nacional de Literatura en 1976. Como ella misma cuenta, «consideraba a mi padre como una especie de Dios: ese caballero que andaba a caballo, que hablaba con Neruda, que conversaba con tremendos intelectuales… ¡Y yo que jamás pensé que iba a ser escritora! Ahora creo que de niña debo haber sufrido algo parecido a una dislexia, porque tenía tan mala letra y tan mala ortografía que mi papá me retaba enojadísimo (…) Todavía tengo pésima ortografía. Aprendí que “hombre” no es “onvre”, pero no sé mucho más».16

 

VEINTIDÓS

En «Juana y la cibernética» (1967), Aldunate combina el  silencio de Juana, una operaria que se queda encerrada en un taller textil durante el largo fin de semana de Año Nuevo, con la ruidosa pulsión de las máquinas con las que trabaja. Ese contrapunto alcanza su clímax en la realización maquinal, «cibernética», de la sexualidad postergada y reprimida de Juana, en una escena que parece prefigurar las fantasías biomecánicas del cine de David Cronenberg: «Nuevamente sus manos aprisionan el émbolo y la vibración la invade. Sus hombros, sus pechos, su cuerpo entero es impulsado adelante, atrás, vibrando, vibrando; derecha, izquierda, vibrando. Un deseo tiránico se apodera de ella. Quiere sentir; no importa qué, pero sentir violentamente…».17

 

VEINTITRÉS

La búsqueda de sensibilidades interiores, silenciosas, emparenta a Aldunate con el callado mundo que explora María Luisa Bombal. Los personajes femeninos de sus relatos experimentan explosiones emocionales que nadie más registra. Pero en su ficción siempre está presente el mecanismo, la «cibernética», cierta idea imprecisa de futuro, que tomó prestada de la ciencia ficción al uso norteamericano, para apropiársela y hablar de algo más. De su propia experiencia de lo femenino.

 

VEINTICUATRO

«Cuatro años de una experiencia matrimonial incontable. Yo era hija única y él también. Era terriblemente neurótico. Nos fuimos a vivir a Graneros. Era un infierno. Tuve dos hijos. Me separé. Dijeron de mí de todo lo imaginable: que estaba loca, que andaba con hombres, en fin. Y me quitaron los niños durante siete años».18

 

VEINTICINCO

En «La bella durmiente», el relato que abre su colección Angélica y el delfín, de 1976, Aldunate imagina a una mujer de nuestro tiempo que es dolorosamente reanimada en un futuro post-atómico, convertida en una «mujer fósil»: «… con repentino impulso, toma a la mujer de los hombros para… ¿abrazarla? ¿calmarla? ¿sentirla? mientras algo se funde en su pecho, naciendo».19

 

VEINTISÉIS

Aldunate transita un lugar fronterizo. Confía en el orden que le ha inculcado su padre e intuye que la voz de las mujeres es la voz del futuro: «Encuentra que los movimientos feministas son una soberana estupidez: “La mujer ha perdido cualquier cantidad de ventajas, y lo que es peor, jamás va a ser igual al hombre. No se trata de que sea más o menos inteligente. El problema es que biológicamente es distinta. La menstruación, el embarazo, la hacen ya un ser diferente”».20

 

VEINTISIETE

«Vivimos en una época de desequilibrio», me  dijo alguna vez la cantautora chilena Camila Moreno. «La energía de la naturaleza, que conecta con lo femenino, está en un conflicto con una lógica que representa un orden masculino, absoluto, que lo quiere abarcar todo. La mujer está más cerca de lo misterioso, de lo lunar, de la noche. Y el sistema entero está en guerra contra la  noche».

 

VEINTIOCHO

«¿Qué es para ti la magia?

La sabiduría de la tierra, ancestral, hermética. Creo en hadas y duendes, pero pienso que todo eso murió, porque la civilización se ha vuelto demasiado materialista».21

 

VEINTINUEVE

Gilman, Sheldon y Aldunate se encuentran en un lugar disidente, una contraescritura que no está declarada. Este interés pone en tensión sus relaciones particulares con el establishment literario como cada una lo experimenta, en su época. Su punto de vista divergente tiende a manifestarse de maneras caóticas, contradictorias. Como escribe Joanna Russ: «No tengo estructura. Mis pensamientos brotan sin forma, como el fluido menstrual, es todo muy femenino y profundo y lleno de esencias, es muy primitivo y lleno de “y”, lleno de oraciones que no terminan nunca».22

 

TREINTA

y final. Despachos de un futuro demasiado familiar.

 

Los recientes brotes de femicidio, mundiales pero localizados, parecen representar una recurrencia de brotes similares en grupos o sectas que no son raros en la historia del mundo en tiempos de estrés psíquico.23

Hombre prende fuego a mujer en bus de Lima y deja 10 heridos: El presunto victimario se fugó por la puerta trasera del ómnibus en medio de la batahola creada por el incendio, llevando en su mano la botella de yogurt donde tenía camuflado el combustible. La Tercera, 25 de abril de 2018.

He clavado tus cartas en toda la casa, me hacen sentir menos sola.

«Te juro que nunca más va a pasar. Eres el amor de mi vida. Perdóname», le escribió su novio a Raquel, luego de agredirla. Ella lo perdonó. Cinco semanas después, tras un ataque de ira, este mismo hombre que le recitaba su amor la mató  a golpes. «Cartas de amor de hombres que golpean a sus parejas», El Nuevo Herald, 15 de abril de 2015.

Cuando un hombre mata a su esposa es asesinato, pero cuando lo hacen muchos lo llamamos estilo de vida. Creo que se está propagando, pero nadie sabe nada porque los medios están un poco amordazados.

A cada mujer se le ordenó desvestirse y acostarse en una cama para masajes, mientras otras tres la sujetaban por los hombros y las piernas. Según una de ellas, su «ama», una oficial de NXIVM de nombre Laura Salzman, les dio instrucciones para que dijeran «Ama, por favor, márcame, será un honor». «Inside a Secretive Group Where Women Are Branded». New York Times, 17 de octubre de 2017.

En Naciones Unidas alguien propuso una convención sobre –no lo vas a creer– los femicidas. Parece una marca de desodorante.

El diario El Mundo ha retirado de su página web un artículo de opinión publicado en su versión impresa firmado por Salvador Sostres en el que el polémico periodista trata de disculpar la actitud del «asesino de la webcam».

En su texto, titulado «Un chico normal», Sostres plantea que nadie, [ni siquiera] él, puede asegurar que no tendría una reacción como la del joven si su pareja dice que el hijo que espera es de otro. «El Mundo retira un artículo en el que Sostres disculpa un crimen machista». Público, 7 de abril de 2011.

Una dificultad potencial para nuestra especie ha estado siempre implícita en la estrecha vinculación entre la expresión conductual de la agresión/ predación y la reproducción sexual en el macho. Esta vinculación estrecha implica a) muchos de los mismos caminos neuromusculares que se utilizan tanto en la persecución predatoria como en la sexual, aferrar, montar, etc., y b) estados similares de excitación adrenergética que se activan en ambos. La misma vinculación se ve en los machos de muchas otras especies; en algunos, las expresiones de la agresión y la copulación se alternan o incluso coexisten (…) En este sentido, cabría observar que la misma condición es común en la patología funcional masculina, en aquellos casos en que el asesinato se produce como respuesta al, y aparente satisfacción del, deseo sexual.

Hombre con condena por muerte de una mujer fue formalizado por golpear a su pareja en motel de Temuco: El exestudiante de Ingeniería saltó a la luz pública en 2011 luego de ser condenado por el homicidio de la ciudadana colombiana Martha Hurtado Montaño, tras golpearla con un madero y posteriormente asfixiarla con la fuerza de sus brazos. El Austral, 21 de abril de 2018.

¿No es raro que no hagamos nada? Sólo nos dejamos matar de a dos y de a tres. O más, ahora que empezaron con los refugios. Como conejos hipnotizados. Somos una raza desdentada. ¿Sabes que antes nunca dije «somos» refiriéndome a las mujeres?

Estas imágenes por tanto nos presentan una visión sesgada, parcial y fragmentaria del modo en que se desarrollaron los hechos en el interior del habitáculo; tomadas a conveniencia de los procesados, interrumpidas abruptamente –vídeos seis y siete–, cuando la denunciante está agazapada, acorralada contra la pared por dos de los procesados y gritando. Del sumario de la sentencia Nº 000038/2018, de la Audiencia Provincial de Navarra, contra el grupo de violadores conocidos como «La Manada».

Ahora soy una viuda, una madre privada de la hija, sucia y hambrienta, agazapada en un pantano, muerta de miedo. Podría ser la última mujer con vida en la Tierra.

 

 

1 Para efectos prácticos, adhiero aquí a la definición que ofrece Philip K. Dick, que se deshace elegantemente de las consideraciones temporales y de la parafernalia tecnológica: «Debe presentar un mundo ficticio, una sociedad que de hecho no existe pero inspirada por la nuestra, que proviene de nuestro mundo, de lo que conocemos: este mundo debe ser diferente del que aceptamos a diario en al menos un modo, y este modo debe ser suficiente para provocar eventos que no ocurren en nuestra sociedad (…) Como resultado, la mente del autor crea una nueva sociedad, la transfiere al papel, y desde el papel produce un shock convulsivo en la mente del lector: el shock del «desreconocimiento». The Collected Stories of Philip K. Dick, Nueva York, Carol Publishing, 1999, XIII-XIV.

2  No son las únicas, claro. La selección es inevitablemente arbitraria. Habría que agregar, por ejemplo, a Doris Lessing, la premio Nobel que escribe ciencia ficción aunque ella prefiera llamarla «futurismo»; a Angélica Gorodischer, que logra una voz poética inconfundiblemente argentina, a Gertrude Barrows Bennet, otra pionera feminista de comienzos del siglo Y a miles, innumerables otras. Pero me parece que tanto Gilman como Sheldon y Aldunate eligen estrategias de escritura oblicua (la fantasía de origen autobiográfico, la heteronimia, el alejamiento de los movimientos en boga) que las emparentan a pesar de pertenecer a tres momentos culturales diferentes.

«Supernatural Horror in Literature», The Recluse Magazine, 1927, disponible en hplovecraft.com. Tal vez esta descripción sea uno de los más tempranos ejemplos de mansplaining literario.

Ann J. Lane, «Introduction», en Herland, Nueva York, Pantheon, 1979. Herland permaneció en el limbo durante casi un siglo: Gilman la había publicado por entregas en una revista que ella misma editaba, y la edición de Pantheon la recupera desde la academia, con el subtítulo A lost feminist utopian novel, que, por supuesto, no estaba en el original.

The Iron Heel, Nueva York, Macmillan, Aquí, London imagina un futuro pesadillesco en el que unos Estados Unidos oligárquicos usan sus servicios secretos y su poderío militar irrefrenable para reprimir el advenimiento de repúblicas socialistas en todo el mundo. Cuando Chicago Review Press la reeditó en 1981, la portada llevaba la imagen de una bota aplastando un cartel de Salvador Allende. La novela está escrita como si fuera el diario de vida de una mujer disidente.

Women and Economics, Boston, Small, Maynard & Co., 1898. Puede que la neurobiología haya demostrado que sí existen diferencias fisiológicas en los cerebros de hombres y mujeres, pero Gilman, aquí, habla de otra cosa.

De hecho, fue un fan el que desenmascaró a Tiptree, gracias a una carta: Sheldon le escribió a un seguidor que iría al funeral de su madre en Chicago. Claramente, el destinatario de la carta tenía mucho tiempo libre: revisó los obituarios de la ciudad y llegó a la conclusión de que la única persona que podía ser la madre del autor era la escritora Mary Hastings Bradley.

8 Robert Silverberg, «Who is Tiptree, what is he?», introducción, en Warm Worlds and Otherwise, Nueva York, Ballantine, 1975.

9 Este es sólo uno de los mundos posibles que Russ explora en The Female Man: en otro, recurrente en sus relatos, la humanidad está compuesta sólo por hembras.

10 «And I Awoke and Found Me Here on the Cold Hill’s Side», en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, marzo de 1972.

11 Kathi Wolfe, «She blinded me with science fiction», Houston Voice, 4 de agosto de 2008.

12 Up the Walls of the World, Nueva York, Ace Books, 1984.

13 «Esa es, quizás, la especialidad de Sheldon: revolcarse en los mecanismos de la intimidad hasta hacer desaparecer cualquier com- placencia. Por eso se ha hecho famosa o, mejor dicho, ha hecho famoso a su heterónimo: James Tiptree Jr., que es como ha firmado su obra anterior y se ha borrado a sí misma y a su biografía: pintora, escritora, funcionaria de la CIA, psicóloga conductista. Todo eso ha desaparecido gracias a Tiptree Jr., quien gana premios, publica regularmente cuen- tos donde intenta usar una prosa nabokoviana para describir ciclos sexuales alienígenas». Álvaro Bisama, «Nuevos mapas del infierno: una lectura sobre Bolaño y la ciencia ficción», Orillas 6, Padova University Press.

14 James Tiptree «A Momentary Taste of Being», en Star Songs of an Old Primate, Nueva York, Del Rey Books, 1978.

15 María Luisa Eyzaguirre, «María Elena Aldunate: “El hombre va a ser inmortal a través de la ciencia y el espíritu”». Cosas, 29 de mayo de 1986.

16 Elena Aldunate, «Así soy yo», La Tercera, 13 de septiembre de 1981. Que le pene la ortografía del vocablo «hombre» no deja de tener cierto eco freudiano que no vale la pena interpretar de más.

17 «Juana y la cibernética», en Cuentos de Elena Aldunate, la dama de la ciencia ficción, Santiago, Cuarto Propio, 2011.

18 Rosario Guzmán, «Elena Aldunate: Amor, neurosis, literatura». Vanidades, 24 de septiembre de 1981.

19 «La bella durmiente», en Cuentos de Elena Aldunate, la dama de la ciencia ficción, Santiago, Cuarto Propio, 2011.

20 María de la Luz Urquieta, «Elena Aldunate: Su oficio, escribir. Su vocación, el hogar». La Tercera, 22 de abril de 1980.

21 Carmen Luz Ibarra, «Elena Aldunate: Entre hadas y extraterrestres». La Tercera, 2 de noviembre de 1993.

22 Joanna Russ, The Female Man, Nueva York, Bantam Books, 1975.

23 Las citas en cursiva proceden del relato de Alice Sheldon «The Screwfly Solution», de 1977, publicado en español en el número 6 de la revista El Péndulo como «El eslabón vulnerable», Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1982.

 

Patricio Urzúa es periodista y escritor. Ha publicado las novelas Nunca (Emecé, 2012) y Las variables cataclísmicas (Emecé, 2015).

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