Fútbol y ciudad

Sin duda el caso de una simbiosis entre una ciudad y un club de fútbol no es algo único ni original, sin embargo no es tan común como pudiera creerse, muchas grandes ciudades tienen diversos equipos, algunas por barrios como Buenos Aires y Río de Janeiro, por colonias inmigrantes y hasta por sectores sociales y oficios, por lo menos en su origen fundacional.

Otras son bicéfalas como Madrid, Roma y Milán, algunas con una cabeza mucho más significativa que la otra como en el caso de Barcelona, pero no son tantas aquellas monoteístas con un solo club nada más, como le sucede a Valparaíso con Santiago Wanderers.

En el mundo globalizado en que vivimos resulta interesante la existencia de identidades lúdicas, que se sitúan en campos distintos a lo religioso, lo político y lo étnico.

Ellas, cuando no se degradan en barras bravas y conductas anómicas, son identidades amables y pasionales, que conviven con otras identidades y generan amistades y empatías que no están marcadas por el interés, me refiero naturalmente a los hinchas y no necesariamente a los inversores para los cuales se trata a veces tan solo de un negocio.

Las identidades lúdicas enriquecen la vida agregando una fuente de alegrías y pesares que pueden ser dramáticos, eufóricos, melancólicos y tristes pero raramente trágicos.

Así es la relación de Valparaíso con Santiago Wanderers, es una relación fuerte y dulce, más marcada por el infortunio que por las alegrías, por las derrotas que por los triunfos. En Nápoles, ciudad que tiene una relación parecida a la de Valparaíso con su club de fútbol, tuve ocasión de ver una pancarta que me identificó mucho como wanderino. Ella decía “Siamo nati per soffrire”, nacimos para sufrir, y allí estaba el atormentado portador de tal pancarta, en su estadio en gozoso sufrimiento.

Tal relación, construida a través del rigor, le da un sabor muy grande a las victorias, las convierte en epopeyas, celebradas de manera desmesurada por una ciudad que avanza con dificultad tras el ritmo de desarrollo del país y cuyas glorias es necesario buscar en el Siglo diecinueve.

Cuando ello sucede Valparaíso se entusiasma, se vuelve a las calles, se embanderan de verde los cerros y el “plan”, así llamamos los porteños a la angosta parte de la ciudad que no es cerro, como llamamos “pan batido” a la marraqueta y “salida de cancha” al buzo deportivo. También cantamos con ahínco un himno de rimas muy imperfectas con palabras en inglés y otras que aluden a la fauna africana, a la juventud y al honor, como todo himno que se respete.

Momentos de victoria
Como los momentos de derrota son los más, vale la pena recordar aquellos de modestas y sufridas victorias:

Tres campeonatos nacionales ha ganado Santiago Wanderers en primera división del fútbol nacional.

Parecía que nunca seríamos campeones hasta que el año 58 sucedió el milagro. Pegado a la radio escuché el 2 a 2 con O’Higgins en Rancagua que nos transformaba en campeones. Recuerdo exactamente la llegada del equipo a Valparaíso con toda la ciudad en las calles y el sabor maravilloso que tuvo el verano del 59.
El primero en 1958, el segundo en 1968 y el tercero 33 después, en el 2001.

Antes había sido vicecampeón en 1949 y en 1956 y fue ese equipo formado en casa con algunos refuerzos el que nos daría dos años después el primer campeonato. Desde muy niño comencé a ir al estadio con mi padre, un señor italiano profundamente wanderino, el cual contrataba en una empresa más pequeña que grande que dirigía a diversos jugadores del equipo para completar sus emolumentos, pues el fútbol chileno de ese entonces era modesto y parcialmente profesional, al menos en provincia.

Parecía que nunca seríamos campeones hasta que el año 58 sucedió el milagro. Pegado a la radio escuché el 2 a 2 con O’Higgins en Rancagua que nos transformaba en campeones. Recuerdo exactamente la llegada del equipo a Valparaíso con toda la ciudad en las calles y el sabor maravilloso que tuvo el verano del 59.

Las sensaciones de ir al fútbol en la niñez son inolvidables. Todo parecía más grande, el pasto más verde, los cigarrillos fumados alrededor embriagadores y las emociones tremendas.

Afortunadamente hasta hoy aquello ha cambiado poco. En Valparaíso, todavía existe un público familiar y la violencia es rara. Permanecen aún los eucaliptos descuidados y nostálgicos, y parece que en cualquier momento volverá a asomarse aquel caballero menudo de bigotito recortado cuidadosamente que también aparecía en los estadios de Santiago vendiendo el “rico veneno”, unos dulces que él anunciaba con técnicas llamativas diciendo “… y llevaban nueces, ahora llevan moscas y arañas” (los vendía todos y a cada comprador lo miraba con tristeza y le decía: “…otro que se fue cortao”).

En 1968, para nuestro segundo campeonato, vivíamos en plena algarabía de la reforma universitaria, en medio de tomas y desfiles, el espíritu revolucionario reinaba alegremente. Siempre había tiempo para ir a ver a los “panzers”, apodo que retrataba a un equipo más luchador que técnico, más fuerte que elegante. Solo en la última fecha, a través de un nuevo empate en el partido preliminar y otro empate que se produjo en el partido de fondo donde jugaba nuestro rival, creo que era la Universidad de Chile, logramos el campeonato. El equipo dio la vuelta olímpica en el Estadio Nacional ya vestido de calle.

Nos habíamos ido a Santiago en un bus que arrendamos desde la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Valparaíso y francamente los días que siguieron a tamaña alegría son un vago y etílico recuerdo propio de los veinte años.

El año 2001 logramos el tercer campeonato. Al principio no creíamos mucho en nuestras posibilidades, ya los equipos del fútbol chileno tenían presupuestos muy diferentes, y los así llamados clubes grandes parecían lejos del alcance de un club que había acompañado con su propia decadencia, la decadencia de Valparaíso durante esos 33 años que lo separaban del último título.

Valparaíso tiene una historia tan accidentada como su geografía. Construida arrancándole terreno al mar, no tuvo un gran desarrollo en la época colonial, ni en los primeros años de la república independiente, para conocer desde mediados del siglo diecinueve el esplendor que aún marca su arquitectura.

Punto clave en el comercio tanto hacia al sur como con la minería del norte, puerto obligado de las naves que cruzaban el estrecho de Magallanes, receptor de una emigración emprendedora ligada al comercio, Valparaíso se convirtió en una ciudad de progreso, pionera en el periodismo y en la bolsa de comercio, con un cierto aire cosmopolita, cantada por marinos de todo el mundo y cuna –así nos dice la leyenda que nunca dejaremos de creer– del club más antiguo de futbol chileno; el Santiago Wanderers, en 1892.

Se dice que el contradictorio Santiago que precede a Wanderers y que algún bárbaro pretendió cambiar hace algunos años por un banal Valparaíso Wanderers, tuvo su origen en la exclusión que los ingleses fundadores del primer Wanderers hicieron de los criollos, quienes fundaron su propio Wanderers poniéndole un Santiago como marca de chilenidad. No sé cuán cierto será, “ma se non é vero e ben trovato”.

Lo que vino después de ese Valparaíso descrito tan bien descrito por Edwards Bello, fue una paulatina caída, un terremoto devastador. La apertura del canal de Panamá, la crisis del salitre y la crisis del 29 disminuyeron drásticamente su centralidad y la empobrecieron, su burguesía comenzó a emigrar a Viña del Mar y sus fábricas a Santiago, los porteños nos volvimos más bien nostálgicos y en ocasiones hasta melancólicos. “Mucha pobreza andando” como diría la Violeta, marcaría también la canción símbolo del Gitano Rodríguez.

Tuvieron que pasar casi diez años del regreso de la democracia para que los esfuerzos de recuperación fructificaran y comenzara a repensarse la ciudad, a valorar su anfiteatro natural, a buscar motores para desarrollarla, todo ello ha sido difícil y todavía embrionario pero poco a poco comienza a recobrar impulso.

Lo más probable es que sea pura coincidencia, pero ese repensamiento coincidió con el Wandereres campeón del 2001, esta vez ganando con prestancia el último partido desgraciadamente no en Playa Ancha pero con un Estadio Nacional lleno de wanderinos.

El equipo impecablemente “terneado” fue recibido en La Moneda por el Presidente Lagos. Pero no se abrió un camino de victorias, volvimos a nuestra sufrida vida de altos y bajos con descenso incluido.

Oda al provincianismo

Habiendo sido campeones el año 2001, nos correspondió jugar en la Copa Libertadores. Debutamos nada menos que con Boca Juniors en la Bombonera. Con un grupo de amigos hinchas no resistimos y realizamos un viaje relámpago para presenciar lo que seguramente sería el momento más álgido como wanderinos en nuestras vidas. Ya en Buenos Aires nos fuimos en el bus con el equipo al estadio, atemorizados e íntimamente preparados para una derrota apabullante.

Los dirigentes de Boca Juniors nos trataban con una suerte de paternal conmiseración mientras nos mostraban los innumerables trofeos de su club. Nos invitaron a presenciar el partido en la tribuna donde van ellos normalmente y nosotros agradecíamos cada gesto amable con reverencial respeto.

El partido sin embargo concluyó empatado a cero, lo cual constituía para nosotros una hazaña. Nos emocionamos, y alguien sugirió gritar nuestro lema, cosa que hicimos en completa y provinciana ignorancia de que ello constituía una ofensa mortal en esa tribuna. Así, con inocencia, mancillamos el templo.

Nunca nos habían insultado tanto, nos mostraron incluso un arma. Después de prolongadas y diversas alusiones a nuestras madres (a las que se les atribuía curiosamente el mismo oficio), nos llamaron pinochetistas, y entre asustados y levemente dignos abandonamos el estadio rodeados de policías.

Al darle las gracias efusivamente al policía que me resguardó, esté me dijo: “sobre todo da gracias que soy de River, boludo”.

Sin embargo no dormimos y celebramos toda la noche en compañía de Griguol, un jugador argentino de los históricos Panzers del 68. Como la felicidad es breve, después de ganarle al Boca Juniors en Playa Ancha fuimos eliminados sin pena ni gloria por un equipo uruguayo, también llamado Wanderers.

Anatomía de un wanderino

En Valparaíso existen todo tipo de wanderinos, la enorme mayoría de extracción muy popular, una señora solitaria y eterna en las tribunas con una gran bandera, un señor que se disfraza de loro en homenaje al caturro que es el animal símbolo del club, pero creo que el hincha más excéntrico, naturalmente en cuanto a hincha, no es otro que nuestro admirado filósofo del derecho y Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, Agustín Squella.

Al igual que con la hípica, su relación con el Wanderers es pasional y esconde, con un tupido velo de emociones, la racionalidad de su pensamiento y la pureza de su verbo.

Agustín además resume en sí la pasión por Valparaíso y por el Wanderers como parte de una misma identidad.

Si bien vive en Viña del Mar, Squella piensa desde Valparaíso y la ciudad contribuye a darle a su pensamiento ese escepticismo melancólico pero también una cierta comprensión compasiva con la cual mira el mundo y sus afanes.

Pero cuando del Wanderers se trata todo se transforma en arbitrariedad y juicios categóricos y definitivos. El equipo contrario está compuesto por bandoleros mal intencionados, el árbitro es un corrupto o un cretino, y el Wanderers un equipo al cual querer pese a que está destinado al fracaso.

Mira los partidos nervioso y grita cosas que les resultan inaprensibles a los hinchas que lo rodean. Nadie le grita a un jugador adversario ¡criminal de guerra nazi! ni celebra con las metáforas que usa Squella. En una ocasión refiriéndose a un gran jugador, que no tiene un físico agraciado, después de una excelente jugada le gritó ¡monstruo!, aludiendo a su superior calidad técnica, lo que provocó a un modesto hincha ofendido retrucarle “será feíto pero es bueno pa´la pelota”.

En la entrada del estadio aparecen pidiéndole plata para poder presenciar el partido sus amigos de la hípica, algunos de ellos con más prontuario que biografía, como uno que cojea, apodado el “Quemehundo”, a quien Agustín ayuda a condición de que no se ponga a carterear en las tribunas.

Pero sobre todo resulta un peligro cuando se enfrenta con ironías mordaces a los hinchas contrarios, en particular porque podríamos salir malparados todos sus acompañantes sin contar con la defensa de quien confirma detestar la violencia física y no haberla practicado nunca.

En fin, en su pasión persistente pero escéptica, Agustín Squella refleja perfectamente el espíritu del porteño-wanderino.

Colofón

Fútbol y ciudad, Wanderers y Valparaíso constituyen una pareja bien avenida cuyo cariño ha perdurado a través de un recorrido afanoso, con más apreturas que holguras, pero se trata de una relación fuerte, intergeneracional y cada día con menos exclusividad de género. Es también una relación poética que está presente en una vieja canción urbana del Payo Grandona donde ir a ver al Wanderers es la primera cita de unos jóvenes porteños.

Es parte de un tejido comunitario que en Valparaíso es fuerte social y deportivamente, es el sueño de muchos niños, y muchas veces parte de su formación.

No se me escapa que no todo es sentimiento tratándose de un club de fútbol profesional, hablamos también de un negocio, aún cuando se requiere imaginación para vislumbrar ganancias con Wanderers. En todo caso tengo la certeza de que a algunos de los inversores, por lo menos a los wanderinos, no los ha movido aquello al poner los indispensables pesos.

Las cosas son afortunadamente ambivalentes o polivalentes, por lo tanto se pueden vivir de manera diversa y la dimensión mercantil no anula su naturaleza de gratuidad afectiva.

Puede que los esfuerzos que se han realizado para desarrollar Valparaíso prosperen y lo hagan guardando su alma, su unicidad y su memoria y también podría suceder que el Santiago Wanderers sea en el futuro un equipo más triunfador, con menos sufrimiento para sus seguidores. Lo importante es que si ello llegara a suceder, continúe existiendo entre ese equipo y su ciudad ese lazo profundo y misterioso generado por una vida compartida más en las dificultades que en los éxitos, pero con cierta altiva dignidad plebeya y bohemia envuelta en el discreto encanto del desprendimiento.

El sociólogo Ernesto Ottone es coator de Ampliando horizontes y Después de la quimera, entre otros libros. Es director de la “Cátedra globalización y democracia” de la UDP.

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