Fuentes cercanas: la muerte del periodismo policial

Me dijeron que el periodismo policial estaba muerto y partí a preguntarle a Carabineros. Pero no tenían idea. Los ratis dijeron que no era asunto suyo. No quise preguntarles a los fiscales para que no se enredaran más las cosas. Por eso preferí buscar a los deudos. A fuentes cercanas a la víctima, si las hay: reporteros, fotógrafos, abogados. Gente que conocí en esos barrios hace algunos años. Les sé el apellido pero todos –menos yo, lamentablemente– quedamos claros que en este texto no iba a haber nadie identificado. Fue por inercia pero porque además me propuse escribirlo a la antigua. Como en los buenos tiempos, antes que los lugares comunes mataran a las buenas historias que se leían y dejaban leer.

Bueno, tiempos que para ser honesto no eran tan buenos, tampoco. Eran más bien precarios: nos mandaban a recorrer Santiago toda la mañana, sin otro plan que seguir lo que iba pasando. Salíamos con un equipo básico de supervivencia periodística: un celular y una radio que interceptaba las frecuencias de Carabineros y bomberos, y que escuchábamos todo el día. Los locutores hablaban en claves y nosotros las teníamos memorizadas. Así sabíamos lo que estaba ocurriendo en toda la ciudad. Choques, asaltos, robos, muertos, locos sueltos en la calle, incendios. Antes de Twitter. Nos la pasábamos en eso. Y chequeando dónde estaba la competencia, claro.

No éramos buena compañía. Lo menos que nos decían era rapiña, aunque alguna vez alguien varió y nos trató –en el funeral de un viejo mafioso– de “alimañas polvorientas que merodean por los rincones”. Que llegáramos a un lugar era mala señal: un drama. Su mala noticia es mi sueldo.

Así se nos pasaba el día. Entre dramas ajenos y matando el tiempo contándonos historias. Ahí no había nadie que hubiera dicho “esto es lo que quiero hacer con mi vida”. Todos íbamos llegando por descarte. Azar.

Frente policial le llamaban a eso en los diarios y nosotros también, a veces. Ahora me preguntan si eso se murió, si se acabó la crónica roja. No, pienso. Imposible.

Qué se va a haber terminado esa maldad. A lo más es una presunta desgracia.

Buenos días, señor cara de chaqueta

“Ustedes la mataron”, acusa un abogado en un café de Sanhattan, el barrio de oficinas más exclusivo de Santiago. En la cuadra del lado, a los pies de una torre, un grupo de camarógrafos y periodistas espera que salgan los accionistas de Colo Colo para preguntar por la Garra Blanca y la crisis del club.

Los periodistas que aguardan son todos deportivos. Están en la misma posición que la que teníamos nosotros cuando nos parábamos fuera de los cuarteles. Aunque eso ocurría hace años, asumo que sigue igual. Le llaman tensa espera, pero no es cierto porque todos conversan y se cuentan chistes. Ríen. Lo único tenso es que se acerca la hora del cierre. Y no pasa nada.

Nosotros hacíamos lo mismo, pero en la puerta de las comisarías. La diferencia era que nuestra espera terminaba cuando salía alguien corriendo, esposado o con la cabeza tapada con una chaqueta. Buenos días, señor cara de chaqueta. No se detenía a contarnos con calma lo que le había pasado adentro. Ya lo sabíamos. O casi, porque la mejor parte de la historia no la contaban los policías. Pero así y todo el sistema funcionaba: la policía citaba a la prensa para mostrar a un preso y ahí estábamos. Si alguien llegaba atrasado, se le esperaba. O se metía a los presos al calabozo de nuevo y se volvía a hacer la ronda. En alguna ocasión los presos entraron y salieron tres veces. Pasaba sobre todo los fines de semana. La idea era que pareciera algo casual, porque era ilegal: la ley no deja a los agentes hablar de investigaciones en curso, de modo que las cosas se reemplazan por un telefonazo y una pauta al paso, casi para que pareciera un acierto periodístico. A veces, en los casos más graves, se hacía a la entrada del juzgado, aprovechando la última vez que el protagonista de la historia estaría a tiro antes de que el secreto del sumario le cayera encima.

¿Qué se le pregunta a alguien acusado de homicidio? En una oración y a la rápida. Tiene que ser algo corto e implacable. Por eso las preguntas después suenan tan tontas. “¿Eres inocente?”, “¿Qué piensas de…?”. Pero la pregunta que lo resume todo es otra, y aunque se supone que está en la tradición del género solo la habré escuchado una vez, en la puerta del juzgado cuando llevaban a Ema Pinto a declarar:

–¿Por qué lo hiciste?

Obvio que Ema Pinto no respondió, porque esa pregunta no espera respuesta; descarta completamente una defensa. Hiciste algo, ya estás condenada, Ema. Como antes, cuando el periodista era el que impartía la justicia.

Si me preguntaran por qué lo hicieron, por qué mataron al periodismo policial, no sé qué podría contestar. Me quedaría callado.

El material

Los abogados son actores esenciales en este género. Los textos no se escriben solamente con lo que dan los policías: los abogados, que se pasean entre jueces, fi ales y cárceles, aportan lo suyo. Generalmente es la carne de la historia. Algunos los comparan con ventrílocuos, porque hablan y dicen las cosas de corrido, mejor que policías, delincuentes, jueces y fi ales. Los mejores son los que terminan explicándoles a sus clientes cómo fueron sus vidas y por qué se metieron en el problema que los tiene presos o casi presos. Y eso agota.

Para escribir esto, recurrí a varios de ellos. Los criminalistas son todos lectores. No hay ninguno que no recorriera desde niño las páginas rojas con interés. Ahora que los diarios prefi en hacerle espacio a las tendencias, suelen aburrirse. Son buenos testigos a la hora de decir quién mató a quién. La mayoría, como los reporteros, quisiera escribir. Solo algunos lo hacen. El alemán Ferdinand von Schirach es de esos. Acaba de llegar a Chile su primer libro, un monstruo que se llama Crímenes y que me cayó recomendado por un abogado penalista, que a su vez recibió la sugerencia de una periodista judicial. Literatura de pasillo de la Corte de Apelaciones. Pero contundente. Dice Von Schirach en el prólogo: “Yo cuento las historias de asesinos, trafi antes de drogas, atracadores de bancos y prostitutas. Todos tienen su historia y no son muy distintos de nosotros. Nos pasamos la vida danzando sobre una fi capa de hielo; debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ese es el momento que me interesa”.

Lo de Von Schirach es útil porque esas historias eran las que componían la vieja crónica policial. Asesinos, traficantes, asaltantes y prostitutas. El reparto lo completaban policías, jueces y periodistas. Y el crimen.

Y el crimen, en ese tiempo, no era sino una suma de errores. Las páginas policiales daban cuenta de ellos: el que dobló mal y provocó un choque; el que decidió asaltar un banco; el celoso que no pudo más; la estufa encendida y los niños encerrados en invierno. La delgada capa de hielo de Von Schirach.

Pero el error fue reemplazado por la enfermedad. El abogado de Sanhattan agrega:

–La crónica roja murió porque el crimen cambió. Hoy todo es narcotráfico, pero al narcotráfico le cuesta tener un relato todavía. No tiene héroes y te puedes encontrar con la atrocidad, con un niño metido en un microondas, pero explicable por la droga. Es un mundo simple. Alguien que aparece con un balazo en la cabeza: es un ajuste de cuentas.

Los diarios se pusieron simples. Pero no es que antes fueran especialmente complejos. Si uno revisa la prensa del fin de semana, apenas se encuentra con reseñas de los sucesos policiales. En las peores versiones, los periodistas deciden hablar de “sujetos”: un sujeto muere al caer de un edificio; otros sujetos roban un cajero automático. Hasta alguien baleado no recupera su condición de persona con RUT y apellido en un hospital: es un sujeto atacado por otro.

Sujetos más, sujetos menos, el corte es el mismo: ya no hay historias. Los diarios no apuestan por ellas. Incluso pareciera que les hacen el quite. Si hace veinte años la existencia de un par de páginas policiales obligaba a tener todos los días notas de sucesos y a rellenar con lo que hubiera –incluyendo el robo de balones de gas o los “partos asistidos por Carabineros” –, hoy solo una hecatombe puede exigir espacio, fotos, infografías y hasta editoriales. María del Pilar Pérez, por ejemplo.

El abogado de Sanhattan tiene una idea de cuándo fue que ocurrió ese cambio: cuando regresó la democracia.

–En dictadura había crónica roja, en democracia es cuando muere porque la prensa pasó a ser un buen negocio. Los periodistas fueron reemplazados por un mundo educadito.

Llegaron los tecnócratas.

Seguridad ciudadana

En algún lugar de la costa central, un periodista policial (r) se toma algo. Puede ser una cerveza o un café. El cliché supone que los periodistas policiales siempre se están tomando algo y por eso lo que los mata es la cirrosis o el cáncer, por los cigarros que acompañaron esas cosas que tomaban.

¿Qué se le pregunta a alguien acusado de homicidio? En una oración y a la rápida. Tiene que ser algo corto e implacable.

Por eso las preguntas después suenan tan tontas. “¿Eres inocente?”, “¿Qué piensas de…?”. Pero la pregunta que lo resume todo es otra, y aunque se supone que está en la tradición del género solo la habré escuchado una vez, en la puerta del juzgado cuando llevaban a Ema Pinto a declarar: “¿Por qué lo hiciste?”.

Pero eso es mito. Este, en situación de retiro, se ve sano y ha resultado ser un tipo hogareño que bajo los últimos soles de abril –para poner un marco cronológico– explica cuándo empezó a irse del sector que durante años odió, amó y soportó:

–Un día empezamos a ver cifras. Teníamos que dedicarnos a meter cifras, políticos; políticas públicas. Las encuestas de victimización. Es frío el mundo así, no tiene historia. La gente leía esto porque tenía alma. Un alma atroz, pero la tenía.

Empezando el siglo XXI, las secciones rojas de los dos diarios principales pasaron a llamarse Seguridad Ciudadana. Al mismo tiempo, Las Últimas Noticias colgaba los guantes y emprendía el camino de la farándula, por el que más tarde transitaría también La Cuarta.

El cambio a Seguridad Ciudadana implicó que el foco se trasladara a las políticas públicas. Con su maña, porque lo que la transformación escondía era que la seguridad se había transformado en una bandera política. A partir de la elección de 1999 la derecha opositora sistematizó sus críticas al manejo concertacionista de la delincuencia y básicamente le empezó a dar como caja al asunto. Hubo políticos que hicieron carrera con el asunto. Alberto Espina, por ejemplo, fundó una Fiscalía Antidelincuencia –o algo así– y se dedicó a hacer sus propias estadísticas de victimización, aparte de denunciar puntos de venta de drogas y armas. Guido Girardi, por el lado progresista, alguna vez llegó a proponer que las familias de los infractores de la ley perdieran subsidios estatales. Desde el gobierno, las administraciones de Lagos y Bachelet respondieron con políticas cada vez más duras.

El periodista policial en retiro dice que eso le quitó vida a lo que se escribía. No solo eso. La campaña sostenida llenó las cárceles de presos. La Reforma Procesal, y después la Reforma a la Reforma, transformaron el sistema en una inmensa máquina de moler carne.

–Acá uno ve lo que estamos haciendo –me dijo alguna vez, notoriamente decepcionado, un juez de garantías desde una de las oficinas del muy impecable complejo de justicia de Pedro Montt. Desde sus ventanales se ve el patio de la ex Penitenciaría de Santiago y algo de Santiago 1. Algo parecido me dijo un periodista judicial antiguo: que la tranquilidad de los juzgados de antes se reemplazó por un edificio en que todo pasa a la velocidad del rayo y en que no hay mucho tiempo para seguir historias. Es, explicó, como querer estar pendiente de las cajas de un supermercado. Difícil, y menos cuando a los diarios tampoco les importa mucho hacerlo.

No es nostalgia. El periodista policial antiguo lo que hacía era el ejercicio mínimo de la prensa: contar algo. No había, en la mala prensa de los noventa, otro lugar para hacerlo. Se investigaba. Los reportajes de asesinatos, torturas y enjuagues cometidos en dictadura eran los hermanos mayores de este otro, que se hacía a diario y con las urgencias y pequeñeces del día a día. Mal que mal, las historias de los esbirros de Pinochet que habían convertido el país en un largo y estrecho sitio del suceso estaban en expedientes que algunos jueces empezaban a escribir, la mayor parte de las veces siguiendo el camino que periodistas como Mónica González y Patricia Verdugo habían abierto a punta de entrevistas y de arriesgar el pellejo.

La crónica policial se hacía con la huella que dejaban seres humanos. Al que se le olvidaba eso alguna vez, se convertía en un funcionario, insensible al desfile de enfermos, malvados, errados, corruptos y desesperados que todos los días le tocaba conocer. Gente en problemas. Generalmente, pobres. Los malos reporteros se quedaban con el crimen.

–Es un mundo terrible, pero apasionante –añora el policial (r) en la costa.

La nostalgia tiene su qué. No había, como en otros frentes, alguien que explicara qué había pasado detrás de una mesa en una linda conferencia de prensa. No. Si había un muerto en la calle, estaba ahí. Y era cosa de ponerse a preguntarles a los vecinos para saber la historia que tenía el fallecido –Monte Seis, en la clave de los pacos– o, si había suerte, meterse en su casa y conocer cómo vivía. El simple cuento de ver que pasó algo y reconstruir eso que ocurrió sin quedarse a esperar el comunicado de prensa. Un mundo sin Extend Comunicaciones es siempre más entretenido para reportear. Era un buen lugar para hacer la práctica.

–Nos ensuciábamos los zapatos en los sitios eriazos. Recuerdo las cosas que hacía: caminar dos kilómetros por la pampa en Alto Hospicio para ubicar la boca de la mina en que Julio Pérez echaba a las niñas muertas. Ahora no sé si esas cosas se hacen. O peor: si las piden los jefes –ladra otro periodista en retiro.

Los reporteros policiales de los noventa siempre viven con nostalgia. A veces parecen esos replicantes desesperados por todos los recuerdos que se perderá la posteridad cuando mueran. Es parte de la demagogia inherente al recuerdo, creo. Pensar que todo tiempo pasado fue mejor siempre es un error. Son tiempos distintos, y una de las diferencias que había era que, existiendo algo más de desorden, el periodista podía ser inquieto o rebelde. No hay como un tozudo que te trae noticias. Y eso los transformaba en actores. Yo, modestamente, siguiendo una cabeza aparecida en un canal de Huechuraba terminé investigando la corrupción de la Corte de Apelaciones. En un mundo así de enredado, dedicarse a algo era posible. Era cosa de trabajar un poco y procurar estar lo mínimo en el escritorio.

El reportero era un actor, pero de esos que aparecen nada más en el filo de la historia, para agregarle algún dato que la hace coherente. Poder ver las cosas sin que nadie se las contara era un lujo, desaprovechado la mayor parte del tiempo. Pero mirar la pieza de una víctima y estar obligado a decir algo de ella era un ejercicio mayúsculo. O hablar con los vecinos, esas señoras siempre pendientes del resto y que se sorprenden de la vida del victimario, que siempre es un señor que saludaba todas las mañanas y que uno nunca se hubiera esperado. O al revés: un tipo lleno de oscuridades que iba derecho a los titulares de los diarios.

También se relacionaba uno con el poder. Era que no. Y eso tal vez es lo que terminó por pudrirlo todo. Durante años la relación fue tranquila. En este sector, una fuente oficial no podía hablarte; si lo hacía no solo se exponía a la ira de sus jefes: cometía un delito, expresamente tipificado en el código de procedimiento penal. El famoso 74 bis b que los jueces echaban encima de sus policías cuando una historia se les iba de las manos. La prohibición, como todas, hacía las cosas más interesantes, sobre todo con los detectives, esos personajes que caminan con un pie metido en las reglas y el otro más allá de la razón. Cafés en lugares innombrables y conversaciones a la rápida en bombas de bencina le daban color a la vida. Esa clandestinidad necesaria en un buen cuento y que nos salvaba de los lugares comunes cuando teníamos que escribir algo, siempre contra el tiempo, ese gran amigo de los clichés.

–Era un mundo. Meterse a la fila de la cárcel para entrar a una visita y contar eso después. No era turismo pero los lectores no siempre han tenido oportunidad de hacerlo, de conocer eso –dice otro ex reportero, que defiende los pequeños retratos de pedazos de sociedad olvidados.

Había curiosidad. ¿Cuándo se murió eso? Vaya uno a saber. Un amigo tiene una idea: la mañana en que Felipe Harboe y los carabineros de Estación Central citaron a la prensa para mostrarles lo que habían incautado en un allanamiento en la Usach, poco antes de una fecha de protestas. Puede haber sido antes del Día del Joven Combatiente o para el más tradicional 11 de Septiembre. Sobre los mesones había machetes y la explicación oficial era que los estudiantes se preparaban para realizar una protesta con ellos. Nadie, dice mi amigo, tuvo la lucidez para preguntar si eso era cierto. O para reírse, porque eso más parecía enfrentamiento entre zulús y miembros del CNA en Sudáfrica. La prensa se tragó el anzuelo. Y el machete. Y no era cierto.

La prohibición, como todas, hacía las cosas más interesantes, sobre todo con los detectives, esos personajes que caminan con un pie metido en las reglas y el otro más allá de la razón. Cafés en lugares innombrables y conversaciones a la rápida en bombas de bencina le daban color a la vida. Esa clandestinidad necesaria en un buen cuento y que nos salvaba de los lugares comunes cuando teníamos que escribir algo, siempre contra el tiempo, ese gran amigo de los clichés.

Esa mañana a nadie se le ocurrió decir un pero. Estaban apurados por despachar.

O el día en que el mismo Harboe mostró las especies incautadas en una casa Okupa en calle San Ignacio y la versión oficiosa –nunca había una versión oficial, pero siempre una oficiosa que uniformaba todo, como tampoco se trataba de una conferencia de prensa, pero igual las cosas estaban dispuestas arriba de unos mesones, listas para que las cámaras las grabaran con un rótulo que decía EVIDENCIA– habló de literatura subversiva para describir algunos ejemplares de The Clinic, revista que se vende semanalmente en los quioscos de la república.

Pero hay que ser justos con Harboe. Él no les mató la curiosidad a los periodistas del frente policial. Me lo recuerda el reportero reciclado de la costa:

–Cuando Nelson Mery mandó colocar en una placa de bronce el nuevo lema de la Policía de Investigaciones de Chile, nadie dijo nada. ¿Y quédecía el lema? “Investigamos para detener, no detenemos para investigar”. Nada. Es lo básico en una policía.

Claro. Tampoco nadie se sorprendió. Otros tiempos: la PDI se llamaba PICH.

La basura nunca muere. Hoy se puede ver en los matinales, con las niñas a las que les encargan contar historias policiales y ellas lo hacen como si hablaran en cursivas, exagerando los detalles, alargándolo todo. Nada mejor que una historia de horror contada por una niña linda. Pero es una historia en el aire, porque no tiene razón de ser más que la recreación que siempre la acompaña. Ruido ambiente matinal; ideal para preparar el almuerzo un lunes en la mañana.

Pecados dominicales

No era tampoco el paraíso. El periodismo policial tenía un hermano loco, exagerado. La vergüenza amable de toda familia. Pero salvaje. Era homófobo, xenófobo, machista. Era salvaje. Desde chico recuerdo un titular de La Cuarta, cuando el diario ya estaba partiendo y cumplía su parte como legado de Clarín. Decía: “Monstruo violó a sus cuatro hijas”. Y el epígrafe: “Se salvó el gato porque era de yeso”. O el clásico “Lo mató porque le comió la color”. O “Fue a buscar pega y le midieron el aceite”.

Ese cuidado con la mirada empezaba reporteando. Las víctimas pasaban como completos en el mesón del Dominó. Imposible contar una historia si alguien ni siquiera se interesa por preguntarla. De ahí viene la caricatura de los monstruos que tuvimos y que algunos mantienen. El que llegaba a una casa preguntando por “la persona violada” o el fotógrafo que andaba cargando en la mochila una muñeca quemada para dejarla en un incendio. O los ingenuos y oportunistas que colocaban cruces en los eriazos. O lo peor: la mano sobrecogedora entre la nieve cuando se desplomó la montaña sobre el paso Los Libertadores en los ochenta (un reportero que estuvo ahí me preguntó, riendo: “¿y tú crees que llegamos? Si estaba todo bloqueado por la nieve”).

El periodista exagerado si llegaba a emocionarse se transformaba en vengador. “La necesidad de hacer pebre al victimario, de condenarlo, de picarlo y hasta escribir que en la cárcel le esperaban los peores tormentos, y la justicia viene de eso, creo”, me dijo uno alguna vez. Las vísceras del policial demuestran que tiene corazoncito, después de todo. Él impartía la justicia.

Solo una vez en la historia se revirtió eso, me recuerda otro reportero. Fue con El chacal de Nahueltoro y gracias a la película de Miguel Littin. El resto de las veces ha sido el entusiasmo por encabezar el linchamiento. Los delincuentes son monstruos. Excepto los económicos, claro. Jueces, policías, fiscales y periodistas saben que la vida tiene sus vueltas.

Los estereotipos y las taras sociales funcionaban a gusto. Eso para el día a día, porque costaba un mundo encontrarse algo más complejo, algo que remitiera al puro miedo. Los sicópatas de Viña, por ejemplo. O El Tila, rondando en los departamentos del barrio alto. El corazoncito del policial –que lo tenía, reitero– se colocaba delicado: eso le podía pasar a cualquiera, incluido él.

Ese transmitir miedo sobrevivió a la crónica roja en los diarios. Se hizo arma política y, también, inercia. Con tres robos en Las Condes se podía hacer un titular: “Ola de asaltos en el barrio alto”. Se contaban los atracos, cada uno en su subtítulo, la estremecedora foto de la fachada de un edificio o una casa y listo. Tal vez hasta se le podía agregar un par de citas de expertos. Lenin Guardia o el coronel (r) Pedro Valdivia siempre estaban a mano en ese tiempo para darnos sus exageradas opiniones. Era inercia porque nadie se preguntaba mucho si eso era importante o no. Una vez titulamos un diario en que trabajaba con un asalto en una parcela de Pirque que cubrí yo. No me enorgullezco. ¿Era para la portada de un diario de tiraje nacional? No. Pero los jefes y los redactores queríamos irnos temprano para la casa. Un pecado de domingo, como esos titulares de cuando Colo Colo ganaba y que estaban en La Tercera todos los lunes. “El cacique hundió a Naval”. Basuras así.

La basura nunca muere. Hoy se puede ver en los matinales, con las niñas a las que les encargan contar historias policiales y ellas lo hacen como si hablaran en cursivas, exagerando los detalles, alargándolo todo. Nada mejor que una historia de horror contada por una niña linda. Pero es una historia en el aire, porque no tiene razón de ser más que la recreación que siempre la acompaña. Ruido ambiente matinal; ideal para preparar el almuerzo un lunes en la mañana.

Echar de menos eso es pura nostalgia. A la crónica roja la mató la democracia, el respeto al derecho de los otros. Si fue una muerte, más se parece a un ajusticiamiento. No siempre rige esa fórmula de que no hay muerto malo.

Los casos

Durante años, cada tarde solía verse a Víctor Hugo Albornoz paseando por el largo pasillo de la Corte flanqueado por los dos Pintos, Óscar y Marcelo. Después del despacho de La Segunda, Albornoz iba al centro a conversar con sus periodistas. Los tres eran un equipo de temer.

Albornoz fue editor de Policía y Tribunales de La Segunda durante años. Trabajó ahí un cuarto de siglo. La Segunda es un diario para gente extremadamente informada. Son pocos los que compran vespertinos en Chile. Es la maravilla de un publicista: un diario ABC1. Y como a esa gente le encanta leer de crímenes y de procesos, era un lugar para desarrollar esas historias.

Alguna vez un periodista dijo que en un país como Chile los tribunales son el pasillo de la vida, porque todo llega allá. Es cierto: en este lugar se tiende a judicializar todo. Películas, políticas de planificación familiar, fútbol, opiniones, salud. Todo llega a la Corte.

La Segunda no descubrió el fuego. Lo que hay que hacer en este frente es darle continuidad a las historias. Un periodista policial que toma un caso y lo sigue hasta los tribunales. Hasta la condena. Y un bandolero: de esos que no se reportean en manada. Es lo que podría llamarse periodismo de casos. Un caso, se sabe, engloba una sucesión de hechos. Así le colocamos nombre a un desastre que parte como explosión nuclear y que empieza a apagarse a medida que escala en el poder judicial. Enrique Krauss, cuando fue ministro del Interior de Aylwin, lo entendía bien y por eso tenía una fórmula cada vez que saltaba una emergencia. Casi por defecto, siempre pedía dos cosas: una comisión investigadora en la Cámara de Diputados y un ministro en visita. Gracias a su doctrina se instaló en los medios un cliché vergonzoso para la prensa: “la última palabra la tendrá la justicia”.

El caso podía terminar siendo para el periodista un infierno. O el asunto se eternizaba y el reportero envejecía con su historia, o –cosa más rara– se desbordaba.

Hay un solo ejemplo que recuerdo de ese desborde: el caso Spiniak, que nunca tuvo la curva normal que parte con un big bang para irse apagando con el tiempo. El caso Spiniak se retroalimentaba. A la detención y el escándalo con allanamiento le siguió Pía Guzmán y su denuncia de los políticos implicados; luego, Gemita Bueno; después, Calvo. Y así, hasta el final glorioso en que Gemita se desdijo por los diarios y dejó off side al ministro en visita. Difícil no volverse loco. Incluso cuando salió el fallo, las cenizas eran tóxicas. Ese no fue un incendio: fue Chernobyl.

Los teléfonos inteligentes terminaron con las estremecedoras fachadas que eran el tormento de los fotógrafos, condenados siempre a recoger las historias horas después de sucedidas. Hoy, se queja un gráfico de ese tiempo, cualquier patán toma una foto o un video y lo sube a internet sin preocuparse de si hay sangre, si hay niños, si hay inocentes en ella. Y qué decir de los cazanoticias que hacen de su ociosidad un modelo de negocios.

Cerrar un caso era el sueño de cualquier reportero porque significaba ponerle el último punto a algo. Albornoz lo hizo, en los setenta, con el famoso crimen del Enano Maldito, que inspiró la caricatura del Puro Chile. Un brutal homicidio en el entonces Hotel Princesa, en la calle Londres del centro de Santiago (que después, golpe de Estado mediante, sería todavía más terrorífica). Albornoz tuvo la suerte de reunir, en la cárcel, al verdadero asesino con el hombre que se había pasado preso casi diez años por un crimen que no había cometido. De ese encuentro extraño salió un texto brutal en que el falso preso se encontró con el verdadero asesino. Una rareza.

Los teléfonos inteligentes terminaron con las estremecedoras fachadas que eran el tormento de los fotógrafos, condenados siempre a recoger las historias horas después de sucedidas. Hoy, se queja un gráfico de ese tiempo, cualquier patán toma una foto o un video y lo sube a internet sin preocuparse de si hay sangre, si hay niños, si hay inocentes en ella. Y qué decir de los cazanoticias que hacen de su ociosidad un modelo de negocos.

Le tocó una época ruda. La DINA y la CNI eran frentes noticiosos en ese tiempo, recuerda. Mandaban comunicados; a los tribunales llegaban peritajes e informes de ellos. La infamia no era exclusiva de la prensa. Los periodistas policiales se refugiaron en los ratis, en el cuartel de General Mackenna. Otros se dedicaron a cubrir los Servicios de Seguridad de Pinochet. Mientras, los policiales trabajaban en lo suyo, aunque fueran restos de los restos. La dictadura dejaba que la información de crímenes circulara. No había una Paz Ciudadana que tasara los datos. Lo que le importaba a los militares, sí, era que sus crímenes fueran tapados. Pero, claro: era una cosa imposible.

¿Qué pasó en el camino? Las audiencias, el gusto de la gente cambió. Ahora, se quejan los policiales transversalmente, la gente prefiere los realities. No solo eso: el canto de cisne también se centra en los nuevos periodistas, enemigos de lo complejo y malos para leer. Los acusan de cómodos, de no querer salir a la calle. Google, y YouTube en la televisión, masacraron al periodista que se perdía en las mañanas por el centro.

No solo eso. Los teléfonos inteligentes terminaron con las estremecedoras fachadas que eran el tormento de los fotógrafos, condenados siempre a recoger las historias horas después de sucedidas. Hoy, se queja un gráfico de ese tiempo, cualquier patán toma una foto o un video y lo sube a internet sin preocuparse de si hay sangre, si hay niños, si hay inocentes en ella. Y qué decir de los cazanoticias que hacen de su ociosidad un modelo de negocios.

Otro penalista tiene su idea de este enredo. Acorde con los tiempos, la manda desde su Ipad:

–La crónica roja se comió a la nacional y a la política… Además se instaló en los noticiarios de TV. Con esto comenzó una competencia entre noticiarios y diarios en que los segundos sacaron la peor parte. La baja de lectoría y el liderazgo de los nuevos formatos asfixiaron la antigua crónica roja. El nuevo modelo ponía su énfasis en el sistema de justicia, no en el drama mismo detrás del delito, porque el enfoque ahora viene desde la víctima, nuevo referente teñido ideológicamente. Quizá si el trabajo de Carlos Pinto fue la lápida de la crónica roja una vez tragada por la TV…

¿El periodismo de investigación? Sigue, pero en un formato en que se pretende que la denuncia la hagan los ciudadanos con sus celulares…

Sí, el presente está malo. Pero no porque ya no haya crónica roja. Lo que está fallando es la prensa, a secas.

La soledad

Pero ¿se murió el periodismo policial? Es frívolo decirlo cuando se mira el narcoapocalipsis mexicano. Cierto que hay diarios allá que han decidido no informar de lo que pasa como lo hacían antes. U otros que ya no tienen reportero de policía y que se van turnando el frente para no dejar a uno esperando la represalia de los traficantes. Decir que el periodismo policial está muerto es una ofensa a esa gente.

¿Pero le sirvió de algo a México que existiera un periodismo policial? Poco, aunque podría haberle servido, si alguien hubiera hecho un mínimo caso de lo que durante años publicaron revistas como Zetatijuana, de Jesús Blancornelas, que documentó cada uno de los pasos que llevaron a su país al abismo, salvando atentados con AK 47 y asesinatos en su redacción.

¿Y acá? Bueno, las cosas no suenan tanto. Pero escucho a un amigo disertar sobre lo que está pasando en Bolivia con la droga desde que salió la DEA de allí y me inquieto. O lo que me viene diciendo un policía desde hace años: que hay que mirar Arica e Iquique para entender cómo es que evolucionará el crimen en Chile. O, recién, una carta que cuenta una noche en la Triple Frontera con lo que me estoy perdiendo.

Los diarios se ven uniformes. Cuesta distinguir a unos de otros.Hay un sitio de internet que siempre reviso. Se llama http://paginapolicial.tumblr. com/ y recoge todo lo que sale en la prensa. Creo que lo dirige un antropólogo. Alguna vez en la revista lo entrevistamos y fue más que interesante. Al azar: “Violó a perro en público en el cementerio” (Cañete); “Tras las rejas psicópata de los calzones”(Los Ángeles); “Dejó que pareja violara a su hija de 12” (Angol); “Lo mató y cortó las orejas: seis años” (Lumaco); “Putas drogaron y robaron a cliente” (Temuco). Los titulares más llamativos están en regiones; en Santiago lo que manda es el narco. Ajustes de cuentas, mexicanas, traficantes. Y la forma en que están escritos es radicalmente distinta. En regiones las cosas siguen como antes, pero no es que hayan evolucionado. Antes al menos había movimiento en Crónica de Concepción, que llegó a amarmar un buen equipo. O en El Centro, en los años en que tenían Colonia Dignidad activa e impune. Pero hoy lo que manda es ese titular que más cuenta marginalidad que de violencia o de crimen. Las no historias.

En la televisión, lo mismo. Chilevisión es la única diferencia, tomando nota de lo que ocurre en la marginalidad. En los dos últimos años ha obligado a su competencia a correr a su ritmo. El año pasado dedicó un programa entero a mostrar la represión de Carabineros en las protestas. Una diferencia enorme, si consideramos que tiempo atrás Informe Especial había dedicado dos horas a mostrar las pruebas del chascarro llamado Caso Bombas. El “133” no es el periodismo policial; es periodismo de policias, se me permite el exímoron.

“El periodismo necesita de manera desesperada volver al terreno, a la clase de descubriemiento de lo local hecha en solitario y de primera mano”, dice el corresponsal Robert D. Kaplan en un texto. Tal vez sea esa la única manera de volver a darle vida a nuestras crónicas. Pero vida lo más lejos de la demagogia, que cree que metiéndole unos modismos o un poco de cinismo va a resultar algo interesante. Me refiero a algo más humilde: al viejo ejercicio de escuchar con todo respeto una historia y partir después a escribirla bien. Respeto.

Mientras no pase eso, me temo que seguiremos viendo a los reporteros policiales –esa primera línea de recolectores de cosas que ocurren en la calle– cubriendo las marchas que debieran reportear los periodistas de educación.

Pablo Vergara es periodista de la Universidad de Chile. Editor general del semanario The Clinic, es co-autor del libro Spiniak y los demonios de la Plaza de Armas. 

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