Fiarse de uno mismo: intuición y edición

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Presentación de Roberto Careaga

La escena sucede en 1969 en una biblioteca de Insbruck, Austria. Un joven español de 17 años que ya cursa un primer año de Filosofía y Letras está ahí realizando una investigación sobre la relación entre el poeta George Trackl, el filósofo Ludwing Wittgenstein y el editor Ludwing Von Ficker. A nadie se le escapa que se trata de un chico especialmente precoz, pero el que pasa a la acción es un hombre ya adulto que se le acerca sorprendido. Cruzan un par de palabras, todo muy cordial. El joven es un evidente  desconocido, un tal Manuel Borrás, quien se enterará un poco después que ese tal Canneti –así se presentó- era el enorme escritor Elias Canetti. Ese encuentro fugaz tendrá, sin embargo, una segunda parte bastante más duradera.

Doce años después, Manuel Borrás es el editor de un pequeño sello de Valencia, tan emergente que la crisis editorial que por esos días afecta el sector lo tiene preocupado. Muy preocupado: incluso se les aparece la posibilidad del cierre. Entonces, junto a sus socios, Borrás hace una apuesta: decide comprar los derechos para el español de Las voces  de Marrakesch, de Canetti, un libro que lleva años leyendo en alemán y que en un rapto de intuición le parece el adecuado para los tiempos que corren.

Pocos meses después de que el libro saliera a la calle, ese 1981, Canetti recibe el Premio Nobel de Literatura. Y con eso sucede lo que siempre sucede: se disparan las ventas de Canetti y aquel pequeño sello de Valencia consigue, por fin, afirmarse. En términos económicos, claro, porque editorial Pre-Textos lleva a esas alturas ya cuatro años construyendo un catálogo claramente firme.

Creada en 1976 por Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba, Pre-Textos irrumpió en escena prácticamente horas después de la muerte de Franco y cuando por fin llegaba la posibilidad de la democracia en España. En el campo editorial, ya movían sus fichas editores independientes (¿independientes?) como Ester Tusquets, en Lumen,  Beatriz de Moura, en Tusquets, o Jorge Herralde, en Anagrama. Y las movían bien. Algo nuevo estaba pasando. Pero  en Barcelona o en Madrid. No era tanto como una quijotada, pero que tres chicos que recién se empinaban a los 20 años fundaran una editorial en Valencia era un acto de arrojo. El mismo Borrás ha contado que, de hecho, tuvieron que recurrir a sus padres para subsistir los primeros años. Por suerte, esos padres estuvieron ahí. Porque Pre- Textos llegó para dar cuenta de un espacio literario e intelectual aun ignorado en  español. O quizás era simplemente que Borrás llegaba antes que todos. Dentro de los planes originales, Borrás ha contado que Pre-Textos pretendía dar cuenta de la producción literaria del exilio republicano y aunque no fue fácil levantar ese catálogo de la diáspora, finalmente consiguieron que un grupo central de autores españoles estuvieran en sus filas. Ahí están Juan Larrea, Ramón Gaya, María Zambrano, Juan Gil- Albert, Teresa Gracia, Vicente Aleixandre, Enrique de Rivas, Pedro Salinas, José Moreno Villa, Emilio Prados, Francisco Ayala y Tomás Segovia, entre tantos otros. Pero para ser sinceros, al menos acá en Chile, no son esos nombres los que se nos vienen a la cabeza cuando hablamos de la editorial Pre- Textos. A nosotros, creo, nos aparece escritores centroeuropeos o una línea de intelectuales franceses que marcaron sus días: cómo olvidar la sencilla pero elocuente edición de Rizoma, de Deleuze y Guattari, tantas veces prestado y, sí, también, es cierto, fotocopiado.

Para mí lo que define a esa figura escurridiza y  decisiva que es el editor, y el editor literario o cultural –quizás incluso el comercial–, es que en su trabajo trata de dar cuenta de  su tiempo. O, mejor, de encontrar a aquellas voces que estén narrando su tiempo. Su época. Por cierto, sucede que cada época es un revoltijo de épocas, contradictorias, nunca muy definibles y en la que no siempre son más fiables las voces de jovencitos o incluso de autores vivos. Entonces, los editores, los buenos editores, construyen un catálogo echando mano de una mezcla de autores y en el caso de  editorial  Pre-Textos ese cruce entre

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la literatura del exilio republicano y de las corrientes intelectuales francesas fueron dando forma a un visión particular y a la vez universal del mundo que corría. Y que aún nos interpela. Aún corre, de hecho. “La biografía de un editor es su catálogo”, ha repetido Manuel Borrás y habría que creerle.

La historia es más o menos así. Al mando de Pre-Textos, Borrás inauguró su  catálogo con títulos como Rizoma, de Deleuze y Guattari, y también Posiciones, de Derrida. Al año siguiente, lanzaron libros como El cuerpo lesbiano, Monique Wittig, El Metro Blanco, Williams Burroghs, La escritura  y la experiencia de los límites, de Philippe Sollers, y Para acabar con los números redondos, de Enrique  Vila-Matas.  Luego, en 1982, publicarán el Epistolario general, de César Vallejo, y una década después, al mismo tiempo pondrán librerías la primera novela del  rockero Nick Cave, El asno vio al ángel, y un poemario de la hoy súper estrella Margaret Atwood, Los diarios de Susanna Mood. Por supuesto, este un muy antojadizo y mezquino listado de títulos de una editorial que ha publicado más de 1.500 títulos. La biografía de Manuel Borrás también está compuesta por libros de Andrés Tapiello, Elfriede Jelinek, William Yeats, Juan Bonilla, Emile Cioran, Hugo von Hofmannsthal, Karl Kraus, Margo Glantz, Malcom Lowry, Kipling, Caballero Bonald, Eugenio Montale, Pa- trick Modiano, Paul Auster y tantos más.

Desde muy niño, su madre le leía a Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y  llegó a entender lo que era América a través de la lectura de Rubén Darío. Que para Manuel Borrás la edición es un trabajo de “soledad absoluta” en la que se encuentra con otro solitario, mucho más frágil, que es el escritor. Que un  editor  debe ser un poco intemporal o, bien, debe evitar creer que su misión es crear un “nuevo  orden”.

Que, como hace unos  días decía en una entrevista al sitio Ojo en Tinta, “hacer un  libro es fácil y editar, en sentido estricto, muy difícil”. Que después de 42 publicando al libros frente a Pre-Textos, Manuel Borrás tiene un política de mercado inesperada: jamás lo veremos en la feria del libro de Francfort: “¿Cómo se pueden pagar adelantos  millonarios por algo no escrito? ¿No es repugnante? La maldita cuenta de resultados lo ha pervertido todo”, ha dicho.

Repitamos la cifra: 42 años. Cuatro décadas lleva Pre- Textos editando libros que dan cuenta de una época que, como sabemos, ha estado marcada por crisis políticas e intelectuales. Los libros de Pre-Textos, tanto su poesía, como su narrativa y sus ensayos, son la puesta en escena de esas crisis. Pero paralelamente, otra crisis ha tenido curso: la industria editorial en la que nació Manuel Borrás es completamente distinta a la que hoy vivimos. El mercado ha sido especialmente salvaje en el sector y los sellos que surgieron en los 70 en España como faros  para  toda la lengua –Lumen, Tusquets, Anagrama– fueron absorbidos por los gigantes  que, entre otras cosas, amenazan con borrar las sutilezas y diferencias intelectuales que recoge el libro. La independencia (de nuevo: ¿independencia?) es una bandera que parece estar exclusivamente en manos de los nuevísimos editores, mientras los viejos, los de 40 años, están en retiro. Pero Pre-Textos sigue firme. No es el único, es cierto, pero hoy es uno de esos faros sólidos y distinguidos al que recurrimos confiados.

Por supuesto, no soy el primero en decir esto. Por su labor editorial Manuel Borrás fue galardonado en 1997 con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial y en 2008 con el Premio de la FIL de Gua- dalajara (México). Más allá de esos premios, Borrás es de esa estirpe cada vez más rara de los editores que entienden que el libro es un bien esencial al cual dedicar la vida y contar con su presencia hoy en Chile es todo un privilegio cuando el mercado editorial es pura ebullición y compromiso. No hay que ser adivino, para saber que puede dar un par de consejos sobre el tema. O quizás, y esto a mi me inquieta personalmente, pueda contestarnos algo del pasado: ¿qué fue lo que encontró, Manuel, allá en 1969 Insbruck investigando sobre Trackl y Wittgenstein? ¿De verdad la aparición de Canetti fue la aparición de un destino?

Conferencia

Manuel Borrás

En primer lugar me referiré respecto a aquel azaroso encuentro en el Departamento de Literatura Alemana de la Universidad de Innsbruck, que dirigía un gran germanista, el profesor Methlagl, el cual tuvo la generosidad de invitarme a mí, que era un chico además de jovencísimo, con cierta precocidad, un chico joven que llega a la universidad porque quería investigar sobre ese triángulo que formaron Ludwig von Ficker, que yo pondría en el vértice superior del triángulo y que era el editor, Georg Trakl, el poeta, y Ludwig Wittgenstein, el gran filósofo que no necesita presentación. Era un tema que me inquietaba,  es decir, me inquietaba y me gustaba muchísimo el hecho de cómo el editor había propiciado a través de Wittgenstein la financiación del primer libro, primer y único libro publicado en vida de ese gran poeta expresionista austríaco, Sebastián en sueños. Yo  estaba allí con mis papeles y  en el departamento coincidí con la visita de un señor de aspecto patriarcal, que al verme preguntó de dónde venía yo, reparó en mi juventud y quiso acercarse a mí. Muy amablemente me preguntó qué estaba haciendo, y yo se lo expliqué y él me animó, me dijo que estaba muy bien que hubiera emprendido esa senda y, añadió (yo no  sabía  quién  era  el  señor, no  tenía  ni idea):

«Yo   también  soy  de  origen  español».  Fueron dos o tres minutos, no más. Al día siguiente, le pregunté al profesor Methlagl: «Oiga, ¿y quién era ese señor que me saludó ayer?». Entonces el profesor me dijo: «Hombre, el gran escritor Elias Canetti. Y usted que está interesado precisamente en ese periodo histórico fundamental en el que Karl Kraus fue una figura central para la cultura europea debería leerlo. «Precisamente Canetti es uno de los pocos supervivientes de  esa gran tradición de la literatura en alemán», añadió. Yo me quedé con la historia. Esa noche cenaba en casa de un amigo arquitecto y le conté la anécdota: «¿Cómo? ¿Qué has estado con Elias Canetti?». «Pues sí, yo no sabía quién era, pero luego me lo han revelado en el departamento.»

«Pero hombre, menudo privilegio.» Mi amigo se fue a su biblioteca y me trajo un librito amarillo, lo recuerdo perfectamente, editado en la colección de Carl Hanser. Me lo entregó y me dijo: «Tienes que leértelo. Ésta es la primera misión que te pongo, leerte este libro». Se trataba de Die Stimmen von Marrakesch. Recuerdo que yo estaba tan estimulado porque me decían que aquel encuentro había sido tan importante, que esa misma noche cuando me metí en la cama empecé a leer Las voces de Marrakesh. Lo leí, no en esa noche, porque me venció el sueño, pero   al día siguiente terminé la lectura y me dije a mí mismo que el día en que empezáramos el proyecto de editorial, aquél iba a ser uno de los libros que yo publicara. Esto puede quedar como una anécdota aislada, pero creo que fue providencial. Nosotros, cuando pusimos en marcha la editorial, en una primera fase tuvimos muchas dificultades para salir adelante, porque nuestros libros no tenían la acogida del público lector que esperábamos. Hubo un momento de crisis, , en el que yo estaba un poco harto de pedir a mi familia que me apoyara económicamente en aquel proyecto editorial. De hecho, pensamos muy seriamente echar la toalla y abandonar el asunto, y yo resignarme a volver a la universidad. Entonces cuando el libro de Canetti estaba ya en prensa, en imprenta, casi hubo una coincidencia cronológica: el día en que estaban saliendo los primeros ejemplares, le concedieron a Canetti el Premio Nobel. Claro, el efecto sancionador que tuvo el premio sobre la edición fue automático   y podéis imaginar que fue un  éxito. Entonces nos dijimos: «No andaremos tan desencaminados cuando hemos publicado un libro». Cuando años después me pidieron que escribiera una anécdota que  había  sido  determinante  para mi vida como editor,  escogí, como es lógico y natural, aquel encuentro. Y también dije  que allá donde estuviera Canetti, no sé si sería consciente de la importancia que había tenido para  la supervivencia de un proyecto ilusionante de unos jóvenes de una ciudad del mediterráneo español como era Valencia. Yo creo honradamente que esto, en cierto modo, ha movido mi vida siempre. Creo que el azar no existe. El azar es la conciencia de la necesidad y de lo único que  se trata es, por nuestra parte, de tratar de estar atentos a lo que está sucediendo en el exterior. Creo que eso es esencial y es esencial para ser  el editor de la naturaleza de la que somos nosotros. Es decir, estar en situación de escucha, siempre favorable respecto al mundo, respecto a la vida, respecto a los seres humanos. Desde luego aceptando el efecto rectificador que también, muy de vez en cuando, nos aplica la realidad. Creo que hay que ser obedientes a ese efecto rectificador porque, a veces, nuestro mundo es un mundo de intelectuales y a veces los intelectuales pecamos de cierta soberbia. Creo que un editor tiene una responsabilidad como agente cultural –y si hay algo que verdaderamente engrandece nuestra profesión es que servimos de puente– y precisamente ha de tener una clara conciencia de la proximidad de los otros. Digo esto y lo subrayo, porque la editorial Pre-Textos  y quizás yo como Manuel Borrás y como sus dos otros colegas, amigos y socios, siempre hemos ido demasiado por delante, cosa que tampoco es muy conveniente, o sea, es conveniente a partir de la acumulación de casi cuarenta y cinco años de ejercicio editorial. Pero no recomendaría, porque hemos pasado por ese Rubicón, a mis colegas más jóvenes que fueran demasiado por delante. Porque sé que es fatal, porque cuando  tú estás apostando por una serie de valores, esos valores tardan en recibir la sanción del público lector y se da la paradoja que cuando reciben dicha sanción, se hacen objeto del apetito de tus colegas y se convierten en lo codiciado en de la industria editorial.

Yo  diría que para mí editar siempre ha sido compartir. Es decir, no entiendo la edición si no es un modo de compartir con los demás algo que a uno previamente le ha sido de utilidad.  Por fortuna, eso lo aprendí de mis mayores y mis maestros, y creo que ese principio es importante. Del mismo modo que aprendí de mis mayores cuán importante es dar las gracias, que es una de las cosas para las que hemos venido a esta vida, me temo, a aprender a dar las gracias. Soy un ser muy afortunado –y lo digo con toda franqueza– porque tuve la suerte de nacer en el seno de una familia burguesa liberal con biblioteca y eso, que parece una tontería, pues francamente facilita las cosas. Tuve la suerte de poder acceder pronto a la literatura y, además, tuve en mi madre una magnifica guía, junto con una cocinera que estaba empleada en casa de mis padres y que recuerdo que me contaba historias de una manera realmente maravillosa. Ahora viéndolo con perspectiva, pienso en cómo no iba a acabar siendo un lector si yo estaba recibiendo la literatura por las dos vías naturales: la oral y la escrita. A mi madre le debo muchas cosas, entre otras   la educación, y a también mi padre, por supuesto. De ellos recibí una educación bastante firme y, además, siempre contemplando un horizonte ético en cualquiera de mis comportamientos, mis gestos. Creo que por eso también he entendido siempre que editar era uno de los modos posibles de hacer pedagogía, pero, al  contrario de lo que se piensa habitualmente al referirse al término pedagogía, me inclino más por el sentido que le dieron los antiguos griegos. Es decir, si nos atenemos a la etimología o profundizamos en el vocablo «pedagogo», que viene del griego paipaidos, niño, y ágo, yo conduzco, el pedagogo es aquel que, acompaña, conduce a los niños. Y quien los conduce debe ser siempre un seductor. Quiero contar otra anécdota que  creo  que  arroja luz sobre este aspecto. Aunque parezca extraño, tuve la intención de estudiar psiquiatría infantil. Siempre me interesó el mundo de los  niños,  de  hecho,  he  estudiado  psiquiatría y psicología por mi cuenta y riesgo, incluso ya siendo editor. Y me di cuenta con  el  tiempo que aparte de ser  editor  yo  también, en  cierto modo, he ejercido la psicología infantil. Es decir, el editor está indiscutiblemente obligado   a tener una relación con sus autores. El editor firma un pacto de amistad con la literatura que  lo obliga a mantener una relación de lealtad, y consecuentemente de sinceridad, con sus autores. Es verdad que en todo creador –y yo no lo soy, lo digo con franqueza, nunca tuve el prurito de escribir, quizás de adolescente… quiero decir que pronto, por fortuna, me di cuenta de que yo no había nacido para eso, que la creación era una cosa mucho más seria y que reunía o respondía   a unas características muy especiales y esenciales–, es verdad, decía. Es verdad que detrás de todo escritor hay un niño  sobreviviente,

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como he podido constatar en mis muchísimos años de relación con los autores, y ya no sólo de nuestro ámbito lingüístico, sino de otros también. Además, pienso honradamente que si no estuviera ese niño en convivencia, en coexistencia con el adulto, sería muy improbable que pudieran sacar nada de esa nada en que se mueve también el creador. A no ser claro que se trate de un autor de chistera, una especie de mago que va sacando cosas de aquélla, que también hay autores de esos. Con todo, esta figura del escritor, que respeto profundamente, no es precisamente la que me ha interesado, sino que me ha interesado la otra, la de esos niños sobrevividos. De ahí que en la relación que establece el editor con esa suerte de niño adulto también tenga que poner un grandísimo cuidado. No es que el editor tenga que ser un psiquiatra infantil, no se trata de eso, pero sí que ha de cuidar de sus autores, ha de estar velando por sus intereses, tiene que cuidar sus ediciones, tiene que darle también la mejor de las compañías en ese momento  tremendo  que es el de someter a la intemperie de los otros aquello que es producto de su estricta intimidad. Eso, queramos o no, implica una violencia, es decir, creo que la generosidad de los escritores  es la que los mueve a entregar a los otros aquello que creen que es valioso, y éste es un momento difícil, porque está también después el mundo que lo sancionará o lo ignorará. Puedo afirmar que después de cuarenta y cinco años de profesión he comprobado que no precisamente los mejores libros, o aquellos que yo considero, con toda honradez, los mejores, son los que mejor suerte comercial tienen, o sea, los que acaban imponiéndose. Tengo la suficiente perspectiva para deciros que hay libros que en un principio se mueven como en una especie de vacío y al final acaban recibiendo una  sanción  favorable. Y eso lo he comprobado muchas veces, me da muchísima satisfacción, aunque no sólo satisfacción por lo que se ha hecho. Por ejemplo, hoy, en pleno siglo xxi, estamos reeditando libros que publicamos en los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, lo que significa que no íbamos tan desencaminados cuando escogimos de aquellos títulos.

Insisto en que he sido una criatura muy afortunada no sólo por tener los padres y los maestros que he tenido, sino también por la suerte de encontrarme con personas como Silvia  Pratdesaba y Manuel Ramírez, que posibilitaron que pusiéramos en marcha un proyecto cultural (más un proyecto cultural que una empresa) como el de Pre-Textos. Creo que la edición literaria, si no va acompañada de un proyecto cultural por regular que sea (después, sobre la propia experiencia, la propia práctica, va uno modelándolo, está claro), pero si no hay un proyecto cultural, no hay absolutamente nada. Es lo mismo que repito muchas veces, a saber: que si uno no apostara por valores no consensuados previamente, tampoco serviría de nada nuestra misión, para eso está ya la misión industrial, y para eso está ya el editor oportunista. Que quede claro que tanto los industriales como los oportunistas me parecen que están en su legítimo derecho de hacer de la cultura su propio predio y un lugar donde conseguir una cuenta de beneficios abultada. Pero al menos en mi caso –y no sólo en el mío, sino en los de mucha gente como nosotros–, no quiero que nadie se equivoque al respecto: nosotros no hemos venido a eso, hemos venido a otra cosa. El catálogo de un editor literario no es sólo el mejor libro que éste haya podido escribir, sino que, al fin y al cabo, acaba constituyéndose en   su propia biografía. Si yo  tuviera que escribir un día mi autobiografía, simplemente con ir enumerando cada una de las anécdotas que se derivaron de la confección de cada uno de esos libros hubiera reconstruido mi propia vida. Ese catálogo está articulado, todo catálogo, no  sólo el de Pre-Textos, está conformado por distintas colecciones. Creo que hay que saber armonizar muy bien esas colecciones, que sean un poco como si dijéramos la columna con sus ramificaciones, pero tratar de que, en la medida de lo posible, todo esté interconectado. Es decir, que haya una relación natural y distendida entre las partes que constituyen el catálogo. Por ejemplo, nunca he creído en las disciplinas, en el amplio sentido de la palabra, pero la gran literatura, la gran filosofía están interrelacionadas. De hecho, cuando comenzamos a publicar no distinguíamos formalmente las colecciones, es decir, había una colección única, donde se publicaba de manera indistinta filosofía, poesía o narrativa, o incluso historia de las ciencias, como fue el primer libro que puso Pre-Textos en circulación. ¿Y por qué no queríamos establecer la diferencia? Porque pensamos que si en realidad existe algo ahí verdaderamente útil, está interrelacionado. No creo que existan disciplinas aisladas. Esto es algo, a lo que se ve, que no entiende el mercado. Nosotros empezamos a establecer colecciones cuando nuestros comerciales nos dijeron: «No, Manuel, así es muy difícil porque  los  libreros no saben tampoco cómo orientar». De  modo que cuando la editorial empezó a cobrar fuerza, no resultaba fácil. Rectificamos, pero procuramos que hubiera una interrelación íntima entre aquellos autores que publicamos del mundo, por ejemplo, de la poesía, con los de la filosofía, etcétera. Y creo que éste es un rasgo que ha singularizado enormemente nuestro catálogo.

Volviendo  a  la  pedagogía,  cuando  hablo de hacer pedagogía, en el sentido clásico, en el sentido helénico, me estoy refiriendo a que es muy importante que el editor sepa que aquello que está ofreciendo a los lectores debe crear estados de perplejidad en los otros, porque de todos es sabido, y sobre todo de la buena pedagogía, que eso es lo que procura y facilita la transmisión de un conocimiento a los otros. Esa facilidad que se nos da, también nos implica éticamente. El editor tiene que escoger entre mucho, una parte de ese todo, y hay que ser muy cuidadoso a la hora de elegir esa parte y someterla a la intemperie   de los otros, porque a veces se pueden malograr cosas, incluso diría que vidas. Yo opino que en general los libros y alguno en concreto, y de hecho tengo testimonios, pero no vienen al caso, porque sobre este tema podríamos externdernos horas y más horas, y no solo los publicados por Pre-Textos, aunque también, han salvado la vida de varias personas. Me parece que eso es algo muy hermoso que podemos también propiciar los editores, de ahí que tengamos que llevar mucho cuidado y, desde luego, ser  muy  rigurosos en la aplicación de un criterio de  excelencia… Por ejemplo, la noción de  independencia  entre comillas. Lo de «editores  independientes» fue una expresión que se sacó de su chistera un querido colega, al que considero mi hermano mayor, Jorge Herralde, que decía que los independientes éramos los últimos mohicanos en esto de la edición. Yo le corregía y, esto se lo he dicho personalmente: «Jorge, estás totalmente equivocado, es decir, nosotros somos los editores más dependientes que hay». Por eso yo prefiero la fórmula de «editor literario». Y somos de los más dependientes que hay porque dependemos necesariamente de una cuenta de resultados y dependemos de los bancos, de que se nos fie, o de que no se nos fie, y demás. De todos es sabido que en los grandes grupos editoriales sus negocios exclusivos no son hacer libros; el hacer libros obviamente es una parte alícuota en una estructura empresarial mucho más compleja, así que esos grupos son los verdaderamente independientes. Es decir, tienen la plata suficiente para hacer lo que les dé la gana y colonizar también un espacio, el espacio de los libros. Yo creo que la responsabilidadde todos nosotros, de los escritores y los lectores, el preservar  un  espacio de bibliodiversidad necesario como son las librerías. Creo que se preserva ese espacio también sabiendo exigir, los profesionales del libro, lo que escogen para poner en sus vidrieras, para sus mesas de novedades, etcétera. Yo  creo  que en el continuum que establecemos nosotros entre autores, editores, lectores es necesario asimismo saber escoger a los otros. Es decir, no dejarse llevar por esta especie de tsunami al que estamos acostumbrados en los últimos años, en el que por fortuna sí se da una gran oferta bibliográfica, pero yo, pese a ser un gran defensor de  la bibliodiversidad, he reparado en que cada vez salgo con menos libros de una librería, quizás porque sea cada vez más mayor, más resabiado. No ha sido el caso chileno, puedo confirmar que de Chile he salido con muchos libros; creo que me llevo una maleta llena de literatura chilena, y muy gustosamente. Y me he encontrado aquí con grandes profesionales que incluso envidiaría para España. Con esto no quiero decir que en España no haya profesionales del libro o buenos libreros, los hay, pero son una especie en extinción. Otra cosa que diré es que queráis a vuestros escritores, porque a mi juicio los países que no cuidan o no quieren a sus escritores son países enfermos. Nada más.

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