Farmacia literaria

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Nunca odié tanto a los escolares como esos años. Lo peor pasaba los sábados. Antes de que dieran las diez, cuando abríamos, ya había hordas de niños impacientes y listos para agolparse en el mesón pidiendo libros para hacer tareas. Exigían biografías de Arturo Prat, dibujos de células en colores, mapas de asentamientos indígenas, resúmenes de Martín Rivas, listados de todos nuestros Presidentes con fotos incluidas, mil temas soporíferos, ecos de las horas más planas de cualquier vida escolar que yo, con diecinueve o veinte años, volví a sufrir esas mañanas de los sábados, casi siempre con algún tipo de resaca y deseoso de silencio.

Llegué a la Biblioteca Municipal de Providencia con otros diez o doce universitarios para apoyar un revolucionario programa: abrir hasta la medianoche de lunes a viernes, y sábados y domingos hasta las ocho. Debe haber sido en 1999. La idea, nos alentó el alcalde Labbé como si hablara con un grupo de soldados, era atender como una farmacia: a cualquier hora podía haber una emergencia literaria. Usábamos polerones azules con la insignia del municipio y ayudábamos a los funcionarios de planta, algunos bibliotecarios, cuando caía la noche y los fines de semana. Prestábamos libros, sacábamos fotocopias, coordinábamos el uso de Internet, ordenábamos. Por supuesto, yo en esos días leía a Borges e imaginaba las bibliotecas como un lugar misterioso, más o menos sagrado. No fue el caso.

Con un irremediable look de repartición pública, el edificio de Providencia con Antonio Bellet no era precisamente un lugar literario. Pero cuando los escolares se llevaban el ruido, casi a las diez de la noche, estaba muy cerca de convertirse en una sala de lectura ideal: nada en su aspecto esterilizado y plomizo distraía en lo más mínimo. Se llenaba entonces de estudiantes de derecho o medicina desesperados de calma. También era un refugio para los locos: recuerdo a un hombre siempre sudoroso de ojos desbocados pidiendo diarios, a una señora llena de bolsas y abrigos que nunca supe a qué iba, a un gordo de lentes que pedía libros sobre guerras y a un cuarentón de lo más normal que jamás leyó una línea.

En el segundo piso, donde se prestaban libros de materias y acechaban los escolares y los locos, era difícil leer. En el primero, donde se hacían los préstamos de novelas para la casa, era lo único que podía hacer: en la noche no llegaba nadie. Allí empecé mil libros que no terminé. Recuerdo una rara edición de Una novela china, de Aira; Las vírgenes suicidas de Eugenides (nunca escribió nada mejor), siete libros de Tabucchi a los que me hice adicto; obras de teatro de Leopoldo Marechal (me decepcionaron); las incandescentes Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Debí haberme robado la edición original de Proyecto de obras completas, de Rodrigo Lira (nunca nadie la pidió). En cuanto a los best sellers de la biblioteca, Barbara Wood era la favorita de las señoras de Providencia.

Pero ahí rara vez se hablaba de literatura. A veces, los funcionarios nos enseñaban cuál manual de biología no fallaba o qué enciclopedia había que abrir como último recurso.  También sabían perfectamente qué títulos evitar. Casi todas eran mujeres y ya se sabían de memoria qué había en cada libro, o incluso memorizaban el número de página que los escolares necesitaban revisar. Yo, cada vez que buscaba una fórmula química, por decir algo, caía en un hoyo negro: pasaba minutos eternos deambulando por el pasillo de ciencias revisando libros incomprensibles y magnéticos, escuchando a lo lejos el bullicio de los niños impacientes, odiosos, finalmente tiernos.

Cerca de las doce de la noche, cuando ya apenas quedaba alguien y el silencio apabullaba, daba vueltas por los pasillos leyendo títulos desconocidos, algunos efectivamente misteriosos. A veces los ojeaba, no intentaba llegar al final. Nunca quise manejar bien ese universo; era mejor el suspenso. Todavía no me interesa terminar los libros que leo. Aún no he tenido emergencias literarias, no sé muy bien cuáles son, pero me tranquiliza que exista una biblioteca pública que algún día pueda ayudarme.

Roberto Careaga es periodista de la UDP. Trabaja en la sección de cultura de La Tercera.

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