Escritores peruanos y chilenos: asombros comunes

En la cocina de Alonso Cueto

Cecilia García-Huidobro McA.

Hace unos años tuve el honor de presentarlo en la Feria del Libro de Santiago cuando Perú fue el país invitado. Lo había conocido un año antes en un aeropuerto y en cuanto lo vi le encontré aspecto de hidalgo español. Me pareció una especie de Alonso Quijano que en vez de acumular golpes en sus viajes, juntaba millaje como viajero frecuente. Por eso al momento de la presentación dije que entrecerrando los ojos me parecía posible imaginarlo como uno de los quijotescos capitanes de Francisco Pizarro, esos que con una rígida armadura debían enfrentarse al asombro de un mundo nuevo… O quizás deberíamos situarlo entre las huestes de Diego de Almagro, o sea algo así como en el bando equivocado, ya que don Diego, como sabemos, vino a este pobretón Chile donde se daban mejor las piedras que el oro y, lo que es peor, no tardó en descubrir que los piedrazos se daban todavía mejor. Como si fuera poco, a su regreso a Lima pagó caro su rivalidad con Pizarro.

Que Almagrito haya perdido la cabeza nos viene a recordar que en el principio más que el verbo como nos gustaría creer, estaba la violencia… y, lamentablemente, sigue estándolo en buena parte del continente. Esa es una de las tantas cosas que debemos agradecerle a la escritura de Alonso Cueto: que use el verbo para dar cuenta de esa violencia. Y –como buen Cuetolo hace escuetamente. Sin adjetivación, las situaciones son expresivas por sí mismas.

Ha retratado una violencia en su dimensión más cotidiana y por lo mismo más impactante. Y nos toca porque alude a esa especie de épica en ropa interior que significa enfrentar la vida diariamente.

Montesinos y Alberto Fujimori son apenas sombras chinas en su novela Grandes miradas. Pero en cambio sabemos de ellos a través de la vulnerabilidad de la gente sencilla como ocurre con Gabriela con sus intentos de justicia o Javier y sus muchas pequeñeces a las que lo lleva el miedo.

La novela La hora azul nos deja la sensación de que Latinoamérica en su conjunto pero también cada uno de nosotros somos hijos de un desgarro, que nuestra historia personal arranca de una especie de choque, como le ocurre a Adrián Ormache tan cerca de su perfecta madre que nunca vio el lado b de la historia, en su caso la vida de su padre. La muerte de la madre y el encuentro casual de un documento lo ponen en la pista de otro mundo, el real claro está, pero totalmente desconocido hasta ahora para él. Visto así, lo que nuestro escritor advierte en sus escritos, es que todos podemos llegar a ser sujetos violentos. Incluso la infancia no está exenta de violencia. Por el contrario y anticipando los conflictos de bullying que hoy preocupan a nuestra sociedad, El susurro de la mujer ballena nos alerta de los crueles secretos que la infancia arrastra como una monstruosidad.

El mal, como un virus, solo espera ciertas condiciones para poder desarrollarse.

Si hablé del bando errado es porque en estos tiempos que corren de tanta eficiencia, dow jones, ingreso per cápita y una expansiva terminología economicista, jugarse por la escritura como Alonso Cueto lo ha hecho, es ciertamente elegir el partido equivocado. Y con mucha conciencia pues como alguna vez dijo “uno no escribe para que lo lean hoy o mañana o algún día. Uno escribe para cristalizar, con honestidad, una experiencia esencial y para que esas páginas vuelen por el tiempo y quizá alguien, al otro lado, descubra una comunicación profunda con su autor”. Díganme ustedes si no es esa una expresión quijotesca.

De hecho, si lo pienso, entre Alonso Cueto y Alonso Quijano hay apenas un par de letras de diferencia, casi una falta de ortografía me atrevo a decir. Al igual que su casi tocayo, nuestro autor cabalga entre la ficción y la realidad libremente. No solo ficcionaliza hechos reales como el asesinato de un Juez, trama de Grandes miradas, sino que es fácil encontrar alusiones en sus páginas a personajes que aparecen todos los días en los diarios… Y la ciudad de Lima en sus relatos parece más verdadera que en la mejor guía de la ciudad. No me explico cómo las oficinas de turismo del Perú no han decidido entregar a cada turista un ejemplar de El vuelo de la ceniza o La venganza del silencio a su llegada al aeropuerto.

Cuando me tocó presentar por primera vez a este soñador para quien “un sueño es, en cierto modo, un relato que nos contamos a nosotros mismos”, mi deformación profesional de periodista me llevó a intentar encontrarle algún vicio o placer culpable. Pregunté a algunos escritores sobre él esperando dar con cierta revelación off the record. “Alonso, hombre gigantesco, taciturno pero gran conversador, culturalmente muy inquieto, apasionado tanto por la literatura como por la vida familiar” fueron las palabras de Alfredo Bryce Echenique.

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Total, la pesquisa a lo Janet Malcom me reportó numerosos halagos y me produjo una aguda envidia ante la entrañable amistad que le declaran muchos de los más destacados intelectuales de su país. A mí quizás lo que más me sorprende es que quien practicó el periodismo en el Perú y en España durante largo tiempo (fue director del suplemento cultural del diario El Comercio), haya cosechado tantos amigos cuando lo habitual es que ese tipo de oficios provea de respetables enemigos.

También como el Quijote, Cueto ha sido un lector omnívoro (en este punto hay que marcar la diferencia: no hay muestras de que por eso haya perdido el juicio, al menos de momento). Fue de esos raros niños que tenían tiempo para la pichanga y el libro. Luego vino el doctorado en Estados Unidos, donde conoció al mismísimo Borges y a nuestro Enrique Lihn. De ahí son también Kristin, la gringa dulcinea, y la lectura en profundidad de su admirado Onetti a quien dedicó su tesis doctoral publicada con el sugerente título de El soñador en la penumbra. Lo había conocido en España cuando lo entrevistó para el Diario 16 y no hicieron otra cosa que hablar de Humphrey Bogart.

Como se sabe, el verdadero escritor es ante todo un lector. Si bien el trono de sus lecturas lo ocupa Henry James, a quien admira por esa capacidad de contar historias sin sacrificar lo que podríamos llamar una exploración de la conciencia, en el 2009 publicó Sueños reales, donde se ocupa de otras devociones literarias como Nabokov, Conrad, Flaubert y Carver. Un libro con ese título debería estar en la biblioteca del Quijote incluso a riesgo de que la sobrina, el barbero y el cura lo manden a la hoguera. ¿Los convencí ya de su indiscutible semejanza quijotesca?

¿Sí? Magnífico, porque ahora pretendo desdecirme. Bueno, no exactamente. Suscribo todo lo anterior solo que quisiera complementarlo.

Alonso Cueto es también un Sancho Panza (aclaro que no intento hacer mención a su peso ni a si este se ha incrementado o disminuido en los últimos años… nada de eso). Lo que ocurre es que leyendo su libro Valses, rajes y cortejos, que recopila sus artículos periodísticos, descubrí que había además otro Alonso. Se trata de un autor con un oído atento para el habla, con una gran atención a la sabiduría popular y mucha sagacidad para desentrañar el santo y seña con los que las sociedades arropan sus miedos. O como él lo dice de forma inmejorable pesquisar los códigos de una filosofía de bolsillo. Como lo hizo con asertividad y humor el inmortal Sancho cuando fue gobernador en la Ínsula.

Cueto sigue, por ejemplo, con agudeza, de qué manera la buena mesa es la medida de todas las cosas para los latinoamericanos. Y lo ejemplifica con el habla cotidiana: nos hace tomar conciencia de la habitual pregunta “qué se está cocinando” para ponerse al día de novedades; o cómo lo fácil se expresa con un “es papaya”; o cómo las confesiones suelen ir precedidas de un “la verdad de la milanesa es…”, o cómo una mujer atractiva está a juicio de quien la mira “para comérsela…”

Una de mis crónicas predilectas es “El poeta caníbal” que se ocupa de esa costumbre tan arraigada en nuestro continente que supongo que nos legaron los conquistadores junto con la sífilis. Me refiero a la inevitable tendencia a la chismografía que padecemos y que Cueto califica muy bien como una “vocación clandestina por la destrucción ajena”. Mientras más notorio sea un personaje, resulta un blanco más apropiado para el chisme. En una breve paginita, nuestro autor hace un logrado retrato de este tipo de personajes que saludan con un “¿saben la última?” y cualquier cuento lo presentan con el prólogo de “a que no adivinas de lo que me he enterado…”.

 Y los llama –esto me encantacaníbales de la intimidad… De nuevo la comida presente…

No quiero llenarlos de citas, pero créanme que hay también un Sancho en la mirada y textos de este escritor peruano que hoy nos acompaña.

Nunca sabremos del todo lo que nos quiso decir el perverso de Cervantes con ese inquietante final donde se invierten los papeles entre el caballero andante y su escudero. Pero está claro que Quijote y Sancho no pueden existir separadamente como tampoco podría existir realidad sin ensoñación. Dos caras de una compleja moneda que Alonso Cueto ha sabido verter en su escritura se trate de ensayos, artículos periodísticos, novelas o relatos. Por eso es un verdadero honor tener en la Cátedra Bolaño a este gran invitado que no habría sido posible de no mediar el respaldo de la Embajada del Perú y su embajador Carlos Pareja

Escritores peruanos y chilenos:asombros comunes

Alonso Cueto

Quiero agradecer a la Universidad Diego Portales por la enorme distinción de poder acompañarlos esta mañana y aprovechar este encuentro para hablar de una vieja relación entre peruanos y chilenos. Un escritor peruano como yo, que viene a Chile casi todos los años, solo puede pensar que llega a una tierra propia, un hogar donde siempre me he sentido acogido y no solo por la amabilidad de mis amigos chilenos sino también por mi identificación con su geografía, su cultura y su gran literatura.

Pero sé muy bien que en realidad, no soy sino un pequeño hito en el largo camino de la amistad entre escritores peruanos y chilenos. Quisiera repasar algunos personajes de esta galería de encuentros de peruanos y chilenos, en Chile, una historia que lleva ciento cincuenta años. Fue aquí, por ejemplo, donde llegó Ricardo Palma, el gran escritor clásico peruano, autor de las Tradiciones peruanas. Palma llegó desterrado a Valparaíso en los últimos días de 1860 y se quedaría aquí tres años. Aquí perteneció a la Sociedad de Amigos de la Ilustración, colaboró en la Revista del Pacífico y la Revista de Sudamérica, donde fue redactor principal. Fue aquí también donde el poeta modernista peruano José Santos Chocano vivió en diferentes épocas. Después de su primer viaje a Chile, Chocano escribiría sus obras con nombres chilenos, El estrecho de MagallanesCaupolicán y Lautaro. Cuando Chocano llegó aquí en el año 28 publicó Primicias de oro de Indias (1934) y sus Memorias (1937).

Fue aquí también donde llegó el novelista peruano Ciro Alegría. Fue en Chile, que lo acogió en el destierro, donde Ciro Alegría escribió sus novelas fundamentales. Con la Serpiente de oro ganó en 1935 el concurso de la editorial Nascimiento y con Los perros hambrientos en 1938 el segundo premio en el concurso de la editorial Zig-zag. En 1941 iba a ganar con El mundo es ancho y ajeno el concurso de la editorial Farrar and Rinehart, al que se inscribió como escritor chileno. Pocos saben que fue gracias a unas generosas donaciones de amigos chilenos que Alegría tuvo el tiempo de escribir El mundo es ancho y ajeno, una novela que hoy es considerada un clásico de la literatura peruana. Fue aquí entonces donde Ciro Alegría encontró las condiciones para escribir que no tenía en el Perú.

Fue aquí también donde vivió el ensayista e historiador peruano Luis Alberto Sánchez, quien dirigió la revista Ercilla. Un tiempo después de su estadía en Chile, en 1976, Sánchez también escribió su libro Visto y vivido en Chile a instancias de su amigo Pablo Neruda. Sánchez, que llegó desterrado como otros en diciembre de 1934, se convirtió también en el director de la editorial Ercilla, cuyo local, recuerda, quedaba en la cuarta cuadra de la calle Monjitas, cerca del espléndido Parque Forestal. Sánchez fue amigo de Agustín Edwards y visitó al presidente Alessandri a quien había conocido en Lima (el presidente Alessandri dijo alguna vez que Sánchez le salvó la vida). En 1950, Sánchez acompañó al cortejo funerario de Alessandri por la calle Independencia y recordaría luego que el presidente estaba “cargado de patriotismo y humanidad”. Sánchez también conoció bien a Joaquín Edwards Bello, cuya obra en cinco tomos publicó en la editorial Ercilla.

Durante su estancia en Chile, Sánchez se hizo de muchos amigos. Uno de los primeros fue Neruda. Sánchez se encontró por primera vez con Neruda en el Café Viena, según recuerda, en el pasaje Philips, cerca del portal Bulnes de la Plaza de Armas. Dice Sánchez de Neruda que tenía “la nariz potente, los ojos chicos, separados y maliciosos como los de un elefante” y que “sonreía con los ojos más que con los labios”. Ese primer día que se vieron, según recuerda Sánchez, Neruda le tendió la mano como a un viejo amigo. Con Sánchez en la editorial Ercilla se reeditaron numerosos libros de Neruda.
En el año 36 Sánchez se iba a encontrar con Gabriela Mistral. “Qué sensación de seguridad y de ternura daba Gabriela”, dice Sánchez, quien se refiere también a “sus ojos verdes penetrantes y su boca de amargura.”

También fue cercano a Vicente Huidobro, de quien escribió que “las pestañas le abanicaban los ojos y que el poeta manejaba sus pestañas como algunas mujeres sus abanicos”. En su oficina de Ercilla, Sánchez cuenta que conoce a Fernando Alegría, por entonces un joven socialista que le entrega la biografía de Recabarren. En 1937 y 38, Neruda y Sánchez organizaron en Chile homenajes al Perú. El objetivo de la reunión era ayudar a los presos comunistas y apristas en Lima. Hace poco vi también unas fotos del encuentro entre Gabriela Mistral y José María Eguren, otro gran poeta peruano, en 1938, en Lima.

Evidentemente en este recuento de escritores peruanos en Chile una de las figuras más notables es José María Arguedas, quien llegó en su primer viaje al congreso de escritores de Concepción en 1961. Este iba a ser un viaje fundacional en su vida porque desde entonces Arguedas nunca dejó de volver a Chile donde encontraría amigos de siempre como Nelson Osorio, Pedro Lastra, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra. Dice Arguedas que “no he querido creo a nadie más que a Nicanor ni me he extraviado más de alguien que de él”. Aquí también, en Chile, Pedro Lastra publicaría tres libros suyos en la editorial Universitaria, empezando por Los ríos profundos. Desde esa primera vez, Arguedas iba a volver a Chile muchísimas veces. Fue aquí donde conoció a su psiquiatra, la doctora Lola Hoffman, a quien llamaba Mama Lola. En su novela Todas las sangres, leemos una dedicatoria: “A Santiago de Chile, donde encontré la resurrección”. Otra novela suya, en cierto sentido su testamento literario, El zorro de arriba y el zorro de abajo, fue escrita en parte en la casa del profesor chileno Nelson Osorio.

Al igual que los autores peruanos en Chile, también ha habido autores chilenos con presencia en el Perú.

Durante mi juventud, Neruda fue una presencia muy frecuente en Lima. Una de las ocasiones más memorables fue la de 1970. Ese año, Neruda llegó a Lima para dar un recital en beneficio de los damnificados por el terremoto. Yo fui uno de los jóvenes que lo esperaban en el escenario del teatro del colegio Santa Úrsula de Lima. Tengo grabado en mi recuerdo ese momento en el que Neruda asomó al escenario con su enorme rostro de elefante bueno, poco antes de decir: “A los lectores más jóvenes, mis poemas de amor más antiguos”, un preludio de esos primeros versos, “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, que todos interrumpimos con un aplauso.

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En uno de los episodios más singulares de su magnífico testimonio Adiós, poeta, Jorge Edwards recuerda lo que ocurrió luego de esa presentación. Por entonces Edwards ocupaba un cargo en la embajada chilena en Lima, y era el encargado de acompañar a Neruda. A la salida del recital en el colegio Santa Úrsula, un grupo de enardecidos muchachos esperábamos a Neruda para saludarlo, abrazarlo, hablar con él o, por lo menos, mirarlo. Cuando Neruda salió del local del colegio, los muchachos lo siguieron. Edwards, quien era el encargado de transportarlo, tenía un automóvil de marca Mini Minor en el que el poeta entró, casi huyendo de la turba. Cuando los estudiantes vieron a Neruda dentro del auto, fueron hacia él y lo alzaron, es decir alzaron el auto con Neruda dentro, como unos súbditos alzando al rey. Solo pienso ahora que lo recuerdo que la devoción por la gran poesía en los estudiantes peruanos, solo se comparaba con su gran fuerza muscular.

Ese abrazo a Neruda, a través del automóvil, era totalmente justificado. Nadie había descrito mejor que Neruda a Machu Picchu. Nadie nos había dado en las palabras tanta dignidad, una dignidad equivalente a la que los antiguos peruanos nos dieron en sus construcciones junto al cielo. Nadie había imaginado a Machu Picchu como “novia del mar, árbol de catedrales” y nadie había pedido como él a los antiguos peruanos que “hablaran por sus palabras y su sangre”. Esos versos siempre serán parte de la identidad peruana. Al referirse a Machu Picchu, Neruda escribe frases como “alto arrecife de la aurora humana” y también “Ramo de sal, cerezo de alas negras” y también “Escala torrencial, párpado inmenso” y también “Régimen de la garra encarnizada” y una de mis preferidas, “Vendaval sostenido en la vertiente”.

En sus memorias Confieso que he vivido, Neruda recuerda el momento en el que vio Machu Picchu por primera vez:
“Me detuve en el Perú y subí hasta las ruinas de Machu Picchu. Ascendimos a caballo. Por entonces no había carretera. Desde lo alto vi las antiguas construcciones de piedra rodeadas por las altísimas cumbres de los Andes verdes. Desde la ciudadela carcomida y roída por el paso de los siglos se desempeñaban torrentes. Masas de neblina blanca se levantaban desde el río Wilcamayo. Me sentí infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedras; ombligo de un mundo deshabitado, orgulloso y eminente, al que de algún modo yo pertenecía. Sentí que mis propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos.

Me sentí chileno, peruano, americano. Había encontrado en aquellas alturas difíciles, entre aquellas ruinas gloriosas y dispersas, una profesión de fe para la continuación de mi canto. Allí nació mi poema ‘Alturas de Machu Picchu’”.

Me he referido a Jorge Edwards, otro distinguido escritor chileno, quien vivió en Lima con un cargo diplomático y es amigo de muchos peruanos. En las memorias de Adiós, poeta, Lima aparece ciertamente con frecuencia.

Quisiera referirme a continuación, y brevemente, a algunos escritores peruanos y chilenos, unidos generacionalmente, que han escrito obras que me parece expresan visiones paralelas del mundo y que han creado sobre la base de ello universos literarios semejantes. En primer lugar, quisiera referirme a las extraordinarias coincidencias entre Pablo Neruda y José María Arguedas.

En 1950, después de su gran periodo que tuvo como una cima Residencia en la tierra, Neruda publica Canto General. Cuatro años después, José María Arguedas publica su libro de relatos Diamantes y pedernales. Ese mismo año, en 1954, Neruda publica Las uvas y el viento y también sus maravillosas Odas elementales. Cuatro años más tarde, en 1958, Arguedas publica su mejor novela, Los ríos profundos.

Las fechas que aproximan a las obras de ambos autores son un espejo de sus coincidencias literarias. Cualquiera que haya leído, aunque sea superficialmente estas obras, notará de inmediato las relaciones entre ambos. Arguedas ve a sus personajes insertos en un universo armónico, por el que avanzan los ríos. El río es la expresión sonora que representa el origen de la vida, el mundo sagrado al que estos hombres pertenecen. En Arguedas, la naturaleza se convierte en una fuente de revelación. Su realismo es el realismo lírico del panteísmo. Su naturaleza es sagrada pero no distante ni evanescente ni personal. Son los cerros, los valles, las flores, los árboles específicos, por los que caminan sus personajes. Son concretos y a la vez sagrados. La operación de Neruda es muy similar a la de Arguedas. En Canto General, Neruda ofrece, como ningún poeta lo ha hecho en la América Latina, la magnitud, la variedad, la profundidad, la cualidad sagrada de la naturaleza americana. En la narrativa épica de Canto General, Neruda también ve a sus personajes purificados por la naturaleza. La emoción que en Neruda despierta la complejidad del mundo natural se traslada a sus versos magníficos, que son una celebración de ese mundo. Neruda, como Arguedas, parece empecinado en comunicar a sus lectores la esencia sagrada del mundo natural americano en sus ejemplos concretos. En las Odas elementales, todo es motivo de celebración, desde la cebolla hasta el tomate, pasando por la alcachofa y el amanecer. Tanto Arguedas como Neruda descubren y celebran la naturaleza americana no como un paisaje sino como el origen del hombre, de la cultura, de la historia de este gran continente. El panteísmo de Neruda y de Arguedas se resuelve en un movimiento vivo de afirmación. Sus naturalezas son una demostración de la esencial bondad y sacralidad de los seres humanos que se insertan en ellas. América aparece en estas obras como un territorio sagrado que tiene a la naturaleza la mejor prueba de su sacralidad. Creo que una de las pruebas de las relaciones entre ambos es que los títulos de sus obras son intercambiables. Neruda habría podido escribir un poemario que se llamara Los ríos profundos y tal vez Arguedas una novela que se llamara Las uvas y el viento. La ideología socialista que ambos abrazaron, se resolvía también en ambos casos como una declaración de pertenencia a una cultura, a una comunidad, a una tierra. No me extraña por eso que Neruda fuera, como me lo ha revelado mi amigo Arturo Fontaine, un gran lector de Proust, cuyas frases ondulantes y cuya búsqueda de la esencia del tiempo comparte con el gran escritor francés.

Durante su estancia en Chile, Sánchez se hizo de muchos amigos. Uno de los primeros fue Neruda. Sánchez se encontró por primera vez con Neruda en el Café Viena, según recuerda, en el pasaje Philips, cerca del portal Bulnes de la Plaza de Armas. Dice Sánchez de Neruda que tenía “la nariz potente, los ojos chicos, separados y maliciosos como los de un elefante” y que “sonreía con los ojos más que con los labios”.

Volviendo a las semejanzas entre Neruda y Arguedas, estoy seguro de que Arguedas leyó con total identificación los primeros versos de Canto General que reproduzco a continuación: “Antes de la peluca y la casaca, / fueron los ríos, ríos arteriales, / fueron las cordilleras, en cuya onda raída, / el cóndor o la nieve parecían inmóviles.

Esta visión de la inmovilidad de lo sagrado americano, el cóndor y la nieve inmóviles, es precisamente el núcleo de la obra de Arguedas. Es el culto a la eternidad, a la profundidad, a la esencialidad de la naturaleza americana. Como la naturaleza es el origen de la historia, tal como la concibieron las culturas precolombinas, toda la cultura, los mitos y leyendas, la música, los textiles en torno a la naturaleza, son también parte del mundo natural. El mundo precolombino ve al ser humano integrado a la naturaleza, a diferencia del mundo occidental que lo ve separado y a veces en pugna con ella.

Asimismo, leo estas líneas de Arguedas de un pasaje cerca del final del capítulo cinco de Los ríos profundos, y siento que Neruda podría también haberlas escrito: “Debía ser como el gran río: cruzar la tierra, cortar las rocas; pasar indetenible y tranquilo, entre los bosques y montañas; y entrar al mar, acompañado por un gran pueblo de aves que cantarían desde la altura”.

Neruda y Arguedas, que apenas se conocieron y se trataron poco, estaban haciendo sin embargo obras con una visión paralela. En ambos había un núcleo central: la veneración a las comunidades americanas y su inserción en la naturaleza y la historia. Ninguno de ellos pensó nunca que ser peruano o chileno era incompatible con ser latinoamericano y que nuestra verdadera identidad estaba en esa naturaleza y esa historia que unos unía.

Si llegamos a los años sesenta, encontramos también coincidencias profundas entre dos grandes narradores, uno peruano y uno chileno. En Coronación, su novela de 1957, José Donoso cuenta la decadencia de una familia chilena. Andrés Avalos, el protagonista de esa historia, vive en medio de la molicie, que apenas se interrumpe para visitar a su abuela, la señora Elisa, que es cuidada por unas criadas apolilladas. La llegada de la joven Estela va a cambiar las cosas. La visión de Donoso es la de la decadencia irreparable de las familias, el gran tema de El obsceno pájaro de la noche, de 1970. Esta visión de la decadencia de la familia, ¿no es acaso uno de los grandes temas de Vargas Llosa desde La ciudad y los perros (1962), y también de Alfredo Bryce, en Un mundo para Julius (1970)? Vargas Llosa muestra a personajes que desafían a sus familias, se apartan de ellas. Desde los cadetes de La ciudad y los perros hasta los personajes de La tía Julia y el escribidor, pasando por Conversación en la Catedral (1969), el tema de la decadencia familiar parece esencial a su visión de la sociedad.

El tema de la decadencia familiar no es el único que une a Vargas Llosa y a Donoso. También aparece en ambos el tema de las utopías privadas que en ambos casos toma una forma similar, la de un prostíbulo. El prostíbulo aparece como un refugio de la realidad, la casa del simulacro del amor que se puede volver real. El lugar sin límites de Donoso se publica en 1965, un año antes que La casa verde de Vargas Llosa. Ambas novelas ensayan la idealización del prostíbulo como un espacio sagrado. El lugar sin límites transcurre en ese pobre prostíbulo de la estación El Olivo, ubicado cerca de Talca. Sus pobladores han quedado fuera de toda esperanza de progreso. Lo único que funciona en la zona es la casa de la travesti, la Manuela. Allí la acompaña la Japonesita, que se encarga de cobrar el dinero a los clientes. Es entonces cuando llega Pancho Vega, que de inmediato captura la atención de Manuela. En La casa verde, el arpista Anselmo dirige una orquesta de hombres que convierte el prostíbulo en un hogar para los clientes que se quedan allí todo el día. La casa verde, como su nombre lo indica, es un hogar. La metáfora es clara: el prostíbulo es el lugar de los sueños, el refugio contra la realidad corrupta, el lugar donde puede venderse o alquilarse o comprarse la ilusión, una especie de la utopía. En el prostíbulo se cierra las puertas a la realidad de afuera, aunque esta realidad termina por derruirlos. El prostíbulo es también el espacio de transgresión, de respuesta a la realidad compuesta por esas familias añosas que aparecen en novelas como Coronación y Conversación en la Catedral.

Sin embargo, puede hacerse un tercer paralelo entre ambos autores, a propósito de El obsceno pájaro de la noche (1970) y Conversación en la Catedral que se publica un año antes. Este paralelo es el del destino del artista en la sociedad latinoamericana. El Mudito de Donoso en su novela es un ex escritor que se quedó en la casa en ruinas. Santiago Zavala, también un ex escritor, es un periodista que observa un Perú devastado por la dictadura de Odría. Ambos son una metáfora de lo que le espera al artista en América. El destino de Zavala y de El Mudito es el mismo: ser los lúcidos y desencantados testigos del deterioro. Ambos han querido ser escritores y en las novelas, son apenas unos seres derrotados por la realidad que los sobrepasa. El Mudito y Zavalita: dos ejemplos de escritores que han renunciado a sí mismos en la sociedad que los ha aplastado.

En ambas novelas, por último, la sociedad aparece reflejada a través de un sistema familiar y educativo. Incluso el mundo de las monjas de El obsceno… recuerda el de La casa verde. La monja Benita es pariente de Sor Patrocinio. El padre en la obra de Vargas Llosa busca aplastar a su hijo en el fondo del sistema social. El padre que aparece en la obra de Donoso lo hace consciente de la imposibilidad del ascenso social, en un universo dominado por el señor Jerónimo Azcoitía. En un gran episodio al final del capítulo seis de El obsceno pájaro de la noche, el narrador acompañado de su padre observa “la nostalgia incurable de su mirada dolorida que comenzaba a dolerme incurablemente a mí”, todo ello debido a “la pena que causa lo inalcanzable”. Esa “pena que causa lo inalcanzable” a la que se refiere Donoso en el final del capítulo seis es una pena atada a una estructura social rígida, un lamento que podrían haber hecho todos los personajes de Conversación en la Catedral y de La casa verde.

Si llegamos a los años setenta, creo que también encontramos coincidencias esenciales entre la obra de dos grandes poetas sudamericanos: Raúl Zurita y Antonio Cisneros. Zurita publica Purgatorio en 1979 y Anteparaíso en 1982. Luego, en 1984, publicaría El paraíso está vacío. Estos términos propios del catolicismo están presentes en toda la obra de Cisneros que publica El libro de Dios y de los húngaros en 1978, Crónicas del niño Jesus de Chilca en 1981, y Las inmensas preguntas celestes en 1992. Apenas unos años separan a estos autores que miran el mundo con los ojos claroscuros del amor y el humor, de la afirmación y de la ambigüedad.

El lenguaje del catolicismo sirve a ambos autores para darle una apariencia sagrada a los elementos de la naturaleza y la vida cotidiana. En esta vida cotidiana, la presencia del amor es constante.

“Allá va la que fue mi amor, qué más podría decirle/ si ya ni mis gemidos conmueven/ a la que ayer arrastraba su espalda por las piedras”, dice un célebre poema de amor de Zurita. “Es difícil hacer el amor, pero se aprende”, dice Cisneros en otro poema famoso. En Zurita, como en Cisneros, se produce una mezcla de ironías y de genuinas emociones. Su observación emocional del mundo es inocente pero también irónica y desencantada. Esta mezcla es esencial a la obra de dos autores que no dejan de jugar con, y a la vez amar los temas con los que escriben. “Dejemos pasar el infinito del desierto de Atacama”, dice Zurita. En su poema “El Cementerio de Vilcas Huamán”, Cisneros dice: “Solo las cruces verdes, / las cruces amarillas, / las cruces amarillas: / flores de palo entre la tierra de los hombres y el espacio que habitan los abuelos.”

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Estas alusiones a la naturaleza del territorio nacional tienen una cualidad extraña y a la vez familiar en ambos autores.

La dicción entrecortada y a la vez fluida, hecha de fragmentos y retazos que componen un conjunto extrañamente armónico, es esencial a la visión de ambos poetas. Es la adecuada a esa mezcla de inocencia y de ironía en torno a los paisajes y los escenarios cotidianos. Ese mundo cotidiano aparece como un espacio de asombros. Sin embargo, la naturaleza no tiene esa cualidad remota y panorámica que tenía en Arguedas o en Neruda. Es más bien una naturaleza próxima, observada con la ternura de la ironía y la lástima de la lucidez. La complejidad de las cosas sencillas es inseparable de la concisión y acaso el laconismo de estos versos, que convierten escenarios conocidos como el desierto de Atacama o algún pueblo peruano como el de Chilca en lugares complejos, extraños y conmovedores.

Un artista es un observador de la infinita variedad del mundo. Para serlo realmente, un artista necesita ante todo de la capacidad de asombro ante las experiencias del mundo y ante las posibilidades del lenguaje por darle una forma a estas experiencias. La hipersensibilidad que acompaña a todo escritor le asegura poder detectar realidades sobrecogedoras donde se encuentran. Todo es admirable para un artista que cumple la consigna de Proust según la cual, si uno mira un objeto o una persona o un paisaje el tiempo suficiente, llegará a la conclusión de que es un milagro.

Pero estas realidades que el artista recoge y observa, están definidas, en gran parte, por la cultura de la que viene.

Un artista no se alimenta de un país sino de una cultura. La palabra latina cultura que viene de cultivo tiene que ver con el trabajo paciente y colectivo. Es por definición una palabra que se refiere a una comunidad, a una sociedad, a un grupo. La cultura es un modo colectivo de mirar el mundo y de vivir la vida. A diferencia de los caudillos que dividen y separan a las personas en subordinados y enemigos, y de los científicos que clasifican el universo en categorías, el artista es por definición un integrador. Lo que le interesa siempre es la condición humana, aquello de esencial que compartimos.

Según Walter Benjamín, un escritor es un depositario de los secretos de la tribu, una expresión individual de una voz colectiva. El carácter sagrado del escritor, en este sentido, responde a que es quien expresa a la colectividad: las obsesiones, los traumas, los anhelos, los terrores, las esperanzas de la comunidad toman una forma en las palabras de un escritor que, por algún motivo, es quien ha interpretado las obsesiones de una sociedad, habiéndola agregado a las suyas propias. Los poemas y en especial las novelas infiltran en su lenguaje las experiencias colectivas que encuentran una forma definitiva, en las palabras. Una comunidad no tiene una sino muchas voces que la representan. Sus artistas son esa multitud de voces que a veces pueden contradecirse entre sí, con toda legitimidad. Es obvio que solo un autor como Lezama Lima, viviendo en Cuba, pudo haber escrito una obra tan cubana como Paradiso y que es imposible entender Rayuela sin la vocación argentina de Julio Cortázar. Solo un escritor que ha sabido de los desiertos de Jalisco como Juan Rulfo pudo haber escrito esos prodigios que son los relatos de El llano en llamas.

La noción del chamán o el sacerdote contando mitos y leyendas que relatan a su modo el mundo no ha desaparecido del todo. Hoy esa función ha sido apropiada por los escritores, que de algún modo repite con una voz individual, la voz de todos. Mientras la ciencia busca interpretaciones y respuestas, el arte busca preguntas y dudas. El relato de los escritores, a diferencia del relato de los científicos, está lleno de contradicciones, de contrastes, de ambigüedades. El escritor no explica ni interpreta. Se deja llevar por sus obsesiones y las de su cultura. Al hacerlo, cuenta y revela, nos hace redescubrir el mundo y a nosotros, sus lectores, en él.

Esta noción de la literatura como un idioma cultural explica, creo, estas coincidencias entre peruanos y chilenos en la literatura. No olvidemos que estas coincidencias ocurren también en el lenguaje diario. Sabemos que también nuestra habla coloquial comparte muchos términos. A propósito de todo esto, me encuentro un blog de Cecilia García-Huidobro en el que compara expresiones comunes del habla coloquial entre peruanos y chilenos: el uso de palabras de origen indígena como “guata”, “poto”, “guagua”, y el uso del diminutivo que expresa una percepción del tiempo pequeño. Cito a Cecilia García-Huidobro cuando afirma que en el paseo Ahumada un parroquiano puede pedir “Señorita, un cafecito”, lo que haría cualquier limeño, en los mismos términos. El diminutivo es, de hecho, común a muchos países latinoamericanos. Expresa la ternura con la que hemos acogido esa pequeña porción de la realidad de la que queremos apropiarnos.

Quisiera volver a los escritores que he mencionado. La fe que Arguedas y Neruda muestran en la naturaleza intemporal se traduce en el desencanto y la frustración por la historia en las obras de Donoso y Vargas Llosa. La naturaleza que había encandilado a nuestros escritores en los años cincuenta, se resuelve desgraciadamente en la frustración por la historia social, en los de los años sesenta. Esta frustración cobra una nueva convicción, subrayada sin embargo por la ironía y el humor, en Zurita y en Cisneros, en los años setenta y ochenta. Nuestras visiones del mundo en las parejas de estos autores han sido paralelas y colectivas.

Arguedas y Neruda, Vargas Llosa y Donoso, Zurita y Cisneros. Podría mencionar otras parecidas en los últimos años. Diamela Eltit e Iván Thays, Arturo Fontaine, Antonio Skármeta, y Jorge Eduardo Benavides, Pablo Simonetti y Fernando Ampuero. Son voces que a lo largo de los años nos han acompañado, como espejos que se refractan, a peruanos y a chilenos. Son voces de países distintos pero de culturas afines, voces que expresan eso que hay de esencial en nuestros países: la geografía dramática de nuestras costas que miran al Pacífico y de nuestras sierras que se acercan al cielo, las de nuestra historia política tan llena de episodios violentos y de héroes anónimos, la de una cultura mixta que busca aprender del mundo occidental sabiendo que también debe aprender de sus tradiciones indígenas. Quizá Hipólito Taine hubiera tenido razón en apelar a la influencia del medio ambiente en estos dos países de una cultura que mira desde los ríos y las cumbres de los Andes de cerca al cielo y pocos kilómetros después, se hunde en las profundidades del océano. En estos seis autores, una misma voz se repite para decirnos que desde hace muchos años, nuestras colectividades tienen algunas obsesiones comunes: la naturaleza en Arguedas y Neruda, la historia en Donoso y Vargas Llosa, la vida cotidiana en Zurita y Cisneros.

Recuerdo en este momento dos frases, la de Francisco de Quevedo que decía “nada me desengaña, el mundo me ha hechizado.” Y otra de Mallarmé, “El mundo existe para convertirse en un bello libro”. Creo que nuestros escritores muestran que tenemos hechizos comunes: la admiración por la naturaleza, la visión de la historia cruel que nos obliga a refugiarnos en nuestras utopías privadas, la visión desencantada y a la vez apasionada del amor y de la naturaleza. Nada de lo nuestro nos es ajeno. La literatura peruana y la chilena, con tantos puntos comunes, seguirá dando frutos tan grandes como el de las obras de estos autores que me han permitido traer esta mañana. Son autores peruanos y chilenos. Son autores nuestros.

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