Escribir ficción con ínfulas de periodista y ser mujer en la era del #MeToo

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Presentación de Isabel Plant

Quizás a más de alguna mujer le ha pasado: encontrarse en una camilla de salón de belleza, sin ropa, con las piernas en ángulos curiosos y la vida misma al aire, esperando que otra mujer te arranque los pelos de un tirón. Quizás en ese momento alguna también se haya cuestionado que en esa cabina por lo general blanca, en ese metro cuadrado, uno está teniendo un momento de intimidad profunda con otro ser humano; pocas personas en el mundo te ven tan desnuda y tan de cerca como las encargadas de la belleza. Es quizás la mayor intimidad física que se pueda tener sin sexo, o sin contar la consulta del doctor.

Pasan los siglos, se instalan corrientes nuevas de feminismo y  movimientos  como el #Metoo, pero muchas de nosotras seguimos atendiendo costumbres casi tribales por crear lo que consideramos es bello, bonito, atractivo, tanto para nosotras como para el resto. Pocos universos femeninos son tan impenetrables como los que visitamos para que nos pinten uñas, saquen pelos y alisen rulos, y la autora colombiana Melba Escobar justamente lo ha usado como telón de fondo y epicentro de su novela llamada La Casa de  la belleza, que habla  no sólo de depilación brasileña, sino de hombres, mujeres, pobreza, riqueza, y de género  de una manera profundamente latinoamericana.

La novela de Melba tiene más particularidades en ese salón; es el punto de encuentro casi único entre mujeres de clase alta y baja. En la novela hay hombres malos y poderosos que se cuidan las espaldas, y que usan y abusan de las mujeres. Pero entre los personajes femeninos hay también tanta hermandad como envidia, traición y desconfianza. Las mujeres aquí retratadas son tan familiares como particulares: está la belleza de provincia que llega a la capital dejando  un hijo atrás y esperando mejor vida, pero que será  devorada por la gran ciudad. Está la mujer fina y educada que tendrá muchos más prejuicios de  lo que su progresismo le permite ver; está la mujer del político que necesita humillar a las más humildes para sentirse  que sigue viva, y está la que dejó al marido quedarse con los créditos de su trabajo.

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La casa de la belleza es  así una novela feminista, pero que no cae en generar mártires: es dura en su descripción de este universo femenino donde cada una sobrevive como puede, ya sea viva en  un  departamento de lujo o en uno compartido y en el barrio malo de la ciudad. Quizás sea consecuencia que finalmente, lo que muestra Escobar es una cultura muy latina de mujeres esclavizadas: ya sea de los parámetros de belleza que llevan a una adolescente a depilarse el pubis completo para satisfacer al macho alfa, o de un trabajo que apenas alcanza para vivir y que nunca permitirá, siendo honrada, salir del círculo de la pobreza. También es la esclavitud de mujeres en relaciones afectivas dañinas, o del qué dirán de la sociedad, o del sistema político y judicial corrupto. La historia es finalmente una de crimen y de instituciones que se caen a pedazos, y la resignación de moverse dentro de ella. Las mujeres del libro de Melba son las que hemos visto aparecer como personajes secundarios, fugaces, en novelas, series y películas. En este libro son el centro, lo cual es ya en su génesis un acto casi político.

La casa de la belleza tiene  una excelente observación  de un microcosmos femenino  y sus comportamientos, y además se roba eventos reales de la crónica de su país, y también bellos pasajes de descripciones de lo que es Colombia para nosotros que la miramos de fuera, desde sus sabores a sus olores. Para quienes no la conozcan, Melba Escobar  es  colombiana y vive en Bogotá; La casa de la belleza es su tercera novela, pero ella también se mueve cómodamente en la crónica periodista y en las columnas, publicando en El tiempo de Colombia o en El país de España, entre otros. Ha generado a veces debate en redes sociales al proclamarse feminista pero cuestionar al movimiento ·Me- too por ejemplo, o también ha escrito de las mujeres que leyó  y la hicieron convertirse en la persona que es hoy.

Conferencia

Melba Escobar
El nombre.

Soy la última de cuatro hermanas. Mientras esperaban que naciera, mis papás habían dado por sentado que sería un varón. Los entiendo. Después de tres mujeres, les parecía lo más lógico. Tener un varón en la familia era un sueño al que se aferraban aun poniendo la salud de mi mamá en riesgo. Ella tenía cuarenta años, en una época en la que las mujeres ya eran abuelas a su edad. A mí mamá le recomendaron un “aborto preventivo”. No hizo caso. Siguió adelante con el embarazo. El niño iba a llamarse Juan. Siempre me he preguntado cómo es que de Juan, pasaron a Melba Beatriz. También me he preguntado, sin llegar a decírselo a mi mamá, qué habría pasado si entonces se hubiese podido conocer el género antes del parto. El día que nací, mis hermanas prefirieron ir a la feria de la ciencia a ir a conocer a su nueva hermana. Papá estaba en un viaje de trabajo. Mi tía Melba, su hermana, había venido a acompañar a mi mamá en el hospital, así que me llamaron Melba, como ella. Quizá para empatar, también me llamaron Beatriz, como la hermana de mi mamá. Melba Beatriz. Mi nombre es un homenaje y una cacofonía. “Una venganza por haber nacido hembra”, dice una de mis hermanas, medio en broma, medio no.

El caso es que el Melba se lo debo a mi tía de Cali, la hermana de mi papá. Una mujer solterona, rezandera, y cínica, liberal hasta la médula a pesar de tener un cilicio colgando en la pared de su cuarto, al que siempre vi más como una provocación retórica de una bruja sagaz, que como el instrumento de flagelación de la carne de una mística cristiana. Melba Lucía, mi tía, no pudo ser monja porque siendo la menor de las hijas y la única soltera se vio obligada a quedarse en casa cuidando de sus padres. Cuando murieron mis abuelos, mi tía ya había pasado los cuarenta años y, su universo, en contraste con los matrimonios, viajes hijos y empleos de sus hermanos  y hermanas, se circunscribía a las cuatro paredes de una casa vieja al Norriente de Cali toda adornada de santos y con un olor a incienso que sigue siendo hoy capaz de transportarme a la infancia. Su casa era un mundo donde ella jugaba a llamarme “la Melba buena”, mientras que ella era, en cambio, “la Melba mala”.

Por su lado Beatriz, mi tía materna, es una trabajadora social que usa el apellido Wijström desde hace 50 años, herencia del sueco de dos metros con quien comparte la vida en una casa de madera cerca de Jönköping. Española como mi mamá, la tía Beatriz se fue a recorrer mundo desde muy joven, viviendo en España, Colombia, Estados Unidos, Italia y Suecia. La antítesis de Melba Lucía, se podría decir. Una mujer protestante, socialista, madre de tres hijos, trabajadora hasta sus setenta  años  cumplidos, en contraposición a la monja frustrada, conservadora, solterona, mística y dueña de su propio mundo raro encerrado en cuatro paredes descascaradas. Melba Beatriz es cacofónico, sin duda, pero es también la  primera  piedra  el  nombre de esta a quien no conocen, de quien no saben nada, y por eso comienzo por ahí. Soy Melba Beatriz Escobar, la sobrina de Melba y de Beatriz. Mucho gusto.

Las primeras historias

En la casa de mi tía  Melba, la solterona, mis tías pasaban las tardes comiendo pandebono, un panecillo de harina de maíz, almidón de yuca y queso, y tomando tinto, ese café aguado e insípido que se bebe en la mayoría de las casas de la nación que se precia de producir el café más suave del mundo. Pero como reza el dicho, “en casa de herrero, azadón de palo”. Aquí no solo se tomaba un tinto aguado y dulce, sino que todas las tías querían hablar, pero a ninguna le interesaba escuchar. Yo que soy habladora hasta el cansancio, callaba más por obligación que por gusto. Treinta y cinco años más tarde aún recuerdo las historias de Mercedes. Contaban las tías que un día había llegado su tía Mercedes de visita y se había quedado años. Decían que iba vestida no con un “sobre todo” sino con un “sobre nada”, pues debajo iba desnuda. Pintaba los zapatos con pintura del color del vestido del día, para que le hiciera juego. A sus hijos, siendo unos críos, los dejaba en casa untados de miel luego de soltarles un cúmulo de plumas. Ya con eso se iba tranquila sabiendo que, toda la tarde, los niños estarían  ocupados  desplumándose. Mis tías, especialmente las más cercanas, Melba y Gladys, murieron. No sabría explicarles el vacío que dejaron. Con el tiempo he llegado a entender que más que dos seres queridos, fueron las fundadoras de una cofradía. Cuando se habla de la voz de las mujeres y cómo se escucha, y cómo hay que dejarnos hablar y cómo se nos silencia, no puedo evitar volver al recuerdo de esas tardes donde la tía Melba, en el corazón de un matriarcado tan robusto como íntimo.

La oralidad

En ese entonces, las historias siempre quedaban a medio contar. Es así como uno sabía que Mercedes, después de vivir dos años donde mis tías, había desaparecido de un día para otro porque se había enamorado de un torero. De esa anécdota pasaban a otra donde, mis abuelos, más bien pobres, todos los domingos iban a visitar fincas  a la venta con cara de compradores para que mi papá y sus hermanas tuvieran una piscina donde bañarse, jugaran en la montaña o vieran unas vacas. Entre tanto los abuelos visitaban el pre- dio despacito para darles tiempo a los niños de disfrutar el aire libre. Tres veces por semana me dejaban a tardear donde la tía. Y entre historias, siempre contadas a retazos, esperaba el desenlace de la del día anterior. Así es como esta versión folletinesca de la novela por entregas me dejó en vilo por semanas esperando la continuación a la historia de la tía Mercedes, tía de mis tías, la que decían se había escapado con un torero. Mercedes había desaparecido junto con sus vestidos de bailadora de flamenco, sus dos pares de zapatos, sus potes de pintura, sus niños y sus plumas, sin dejar rastro. Diez años después de haberse ido con el tal torero de quien nadie nunca supo nada, anunció su regreso a Cali con bombos y platillos, con fecha y hora de llegada. Mis abuelos, como mis tías, fueron a buscarla para quedarse viendo la maleta con su nombre girar en la cinta de equipaje sin que Mercedes saliera a buscarla ni ese día ni otro ninguno. Nunca más se supo  de ella. Esa historia termina ahí. Fin. Como uno de esos cuentos de la dimensión desconocida, o una de esas películas de misterio para adolescentes. En la maleta y, por increíble que parezca, venían los mismos tres vestidos de bailadora de flamenco, sus dos pares de zapatos, las pinturas, y las plumas. De los niños ni rastro y hasta el sol de hoy, sin respuesta para el enigma. Cada tanto una amiga de la tía Gladys, que sí tenía relación con el mundo exterior, venía a contar que zutanita estuvo de vacaciones en Miami y vio a Mercedes en un mall muy maja, con un vestido rojo y unos tacones del mismo color, de gancho de un gringo rojito.

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–Todavía se ve igualitica, añadía. No le ha pasado un año.

La felicidad aún sigue siendo esa época en la que me sentaba por horas a escuchar mientras mis tías conversaban, entre el canto de las chicharras, el bochorno vespertino, y el ronroneo de la mecedora. Nunca me dijeron que me callara, el respeto reverencial que sentía hacia ellas me impedía intervenir. El tiempo pasaba como un soplo. El asombro no daba  tregua. Y  como  si en la familia Escobar se reprodujera el gen de la fabulación, mis primos mayores sorprendían con historias que, así fuesen inventadas, bien podrían haber sido ciertas.

Mi primo Álvaro, apenas tres o cuatro años mayor que yo, detestaba el colegio. Un día llegó a casa de mi tía y en plena sesión de tinto con pandebono, calladito y tranquilo, esperó a que le preguntaran como le había ido en el colegio:

–Regular, dijo.

–¿Y eso por qué, mijo? Preguntó la tía Gladys.

–Porque hoy se ahogó un niño en la piscina. Mis tías no paraban de exclamar. Se debatían entre llamar al colegio, a la Policía o a la mamá de mi primo Álvaro, que era la más joven y la única que trabajaba. A lo mejor fue ese día cuan- do entendí que no se habla nada más por hablar: hay que hacerse escuchar. A nadie se le ocurrió preguntarse si en el colegio había una piscina, porque entonces habrían sabido que no, no había una, pero descubrirlo les tomaría todavía un par de horas. Al contrario de lo que esperaba, ninguna lo llamó mentiroso, al contrario. Mi tía Melba, al descubrir el engaño, exclamó:

–Vea pues, cómo salió de ocurrente el niñito.

En sus ojos brillaba el orgullo, una voz que decía “este es mi sobrino”. Por su parte, la tía Gladys se rio con ganas mientras le revolvía el pelo. Así es que desde ese día querían oírle decir algo, cualquier cosa. Y así fue como el primo Álvaro pasó a ser miembro activo de la cofradía, mientras yo seguía escuchando, esperando que un día llegara mi turno. Pero como soy mitad Melba, mitad Beatriz, y aún sigo buscando el justo centro en esa polarización de identidades en conflicto, la Melba espontánea, risueña y ocurrente, se ve constantemente saboteada por la Beatriz crítica y reflexiva. Es como Dr. Jekyll y Mr. Hyde solo que peor. Treinta y cinco años más tarde, mi sueño sigue siendo entrar en la cofradía de las tías Escobar. Es una pena porque ya ellas murieron. Y cuando escucho esa pregunta comodín que a menudo les hacen a los escritores ¿Para quién escribes? No puedo contestar algo distinto que “para mis tías”. Siento que aún me falta mucho para sentarme en el recuerdo de esa sala de mis afectos, abrir un cuaderno y leer en voz alta. Sin embargo, tengo claro que mi derrotero es llegar allá, ganarme el respeto de ellas, no de ningún académico muy letrado y muy posdoctorado, ni de otras cofradías de las que no quiero ser miembro. Escribo para rendirle tributo a las tías Melba y Gladys, para intentar lidiar con mis propios fantasmas, y para arrinconar un poco a la Beatriz que hay en mí, pues ella a toda hora quiere explicar cosas mientras que a Melba nada más le interesan las historias. No es fácil. La relación entre esas dos es tensa y a veces me sobran ambas. Sin embargo, es gracias a que escribo que he podido hacer un llamado a la cordura, pero no desde la rigidez de un corsé normativo, sino desde el gozo de pensar con la imaginación.

Hoy en día, más allá de ser la madre de dos pequeños, de ser periodista o vivir del rebusque, que viene siendo lo mismo, más allá de todo eso, lo más honesto que soy, o lo más cercano a una versión propia de mí, es cuando esas dos identidades dejan de empujarse y tirarse de los pelos para entrar en un compás, componer un baile y dejarse llevar por el ritmo, aunque sea por un ratito.

El paraíso perdido

Todo escritor, para dedicarse a la soledad de ese encierro voluntario que es la escritura, tiene que haber perdido al menos un paraíso. Mi paraíso perdido es mi infancia en Cali. Conocida como la sucursal del cielo, la capital mundial de la salsa es olor a caña de azúcar recién cortada. Atravesada por dos ríos, una de las ciudades con mayor población negra en Colombia es un delirio de manjares como, el chontaduro, el pusandao y la piangua, que saben a lo que suenan, en un matrimonio exquisito entre forma y mensaje. Es así como de ese delirio de iguanas entre árboles tropicales, fui trasladada a los  siete  años, y en contra de mi voluntad, a Bogotá. La ciudad gris entre montañas, habitada por personas de modales arcaicos y desconfianza congénita, no tiene mi cordón umbilical, pero ha sido mi madre adoptiva, una a la que quiero y detesto con simétrica ferocidad.

Al llegar a Bogotá fui matriculada en un colegio de monjas. Con  obediencia  zombie,  hice la primera comunión, aprendí a temer a Dios y, ya después, me echaron por mala estudiante. El ritual del tinto con pandebono pasó a ser remplazado por el ritual de la persignación, la comunión y el rosario. Cuando las monjas me desahuciaron por malas calificaciones, ya el daño estaba hecho. Dios se había convertido en una obsesión, diría que más narrativa que espiritual. Tres años después de haber llegado de  Cali volvía a ser la nueva en un salón de clases, en otro colegio. Para entonces, la guerra de carteles salpicaba de sangre el jardín del edén en el que había vivido. La cofradía se había debilitado. Mi tía Gladys había empezado a perder la memoria, por lo que podía contar la misma anécdota una y otra vez durante toda la tarde. Mientras tanto tía Melba permanecía con gesto sereno, de vez en cuando cruzaba miradas con uno, donde volteaba los ojos o sonreía con picardía. La felicidad dejó de ser lo que era. Las vacaciones de mitad de año, a las que iba cada recomendada en un avión de Avianca en el que mi mamá me dejaba en manos de una azafata, eran una costumbre que el mismo año en que entré a un colegio mixto y laico, se fue deteriorando.

Debía ser 1986 o 1987 cuando al salir del aeropuerto, estuvimos varias horas con mi tía buscando el carro en el parqueadero, hasta cuando ya entrada la noche recordó que ella había venido a buscarme en un  taxi.  El  “despiste”  de los Escobar, lo entendería años más tarde, despiste congénito del que soy activa representante, tiene una explicación desalentadora. Si bien no he llegado a hablarlo con un neurólogo, mis familiares, despistados hasta construir una sistemática comedia del  absurdo, resultaron diagnosticados con Alzhéimer antes de los sesenta años.

Fueron tiempos difíciles. Además del deterioro latente en la cofradía, donde tres de seis miembros perdían la memoria, en el nuevo colegio no se hablaba de Dios. Aun peor, a nadie  le interesaba.

Todo escritor, para dedicarse a la soledad de ese encierro voluntario que es la escritura, tiene que haber perdido al menos un paraíso. Mi paraíso perdido es mi infancia en Cali.

Fue entonces cuando tuve que aprender a hablar de otra cosa. Hablar, por ejemplo, de cómo a Claudia se le salía por atrás el triangulito de la tanga verde cuando hacía sentadillas, y cómo Felipe solía ubicarse a sus espaldas, sin quitarse los anteojos aunque habría sido lo más lógico en clase de gimnasia. Este tipo de “escenas de la vida real”, daban para amplias deliberaciones  a la hora del recreo. Me aburría muchísimo. Y quizá porque era muy joven para la droga, me volví adicta a las telenovelas. Aún recuerdo bien Corazón de piedra, un culebrón mexicano protagonizado por Lucía Méndez, esa mujer hermosa de inmaculado lino blanco lamentándose con el mar de fondo. Tanto el hombre de pelo en pecho como ella caminaban a la orilla del mar con la espuma del agua acariciando sus pies. Pero sufrían. Sufrían aunque la vida para ellos era ver rojos atardeceres desde la azotea de una casa de piedra. No recuerdo la trama, pero sí la añoranza de ser como Lucía Méndez. Cantaba la canción en la ducha, en el bus del colegio, cuando pasaba las tediosas tardes de domingo tumbada en la cama leyendo Mujercitas.

La otra que me marcó fue Los ricos también lloran. Esa frase ahora celebre, suerte de estribillo popular latinoamericano, fue en su momento una revelación. Ver a Verónica Castro llorar, literalmente a mares, para hacer coherencia con el título de la telenovela, me dejaba pensando qué se necesita para ser feliz. “Mi mundo lo has hecho cambiar/ por amor aprendí a llorar”, dice la canción, y yo pensaba que jamás podría ser actriz, pues no lograría hacer que me salieran tantas lágrimas. Ahora, cuando miro hacia atrás, pienso que mi proceso de aprendizaje ha consistido en combinar ingredientes improbables como se haría para uno de esos platos de cocina fusión. O quizá no, quizá todo es muy coherente y muy lógico, pero yo sigo sin entender la causalidad entre unas cosas y otras. De la cofradía de la tía Melba, a Dios, a las telenovelas, quizá no hay más que armonía y coherencia.

En todo caso, uno escribe con lo que trae consigo, y también con lo que le falta. En un brochazo, se escribe con América Latina bajo los pies, Colombia en todo el cuerpo, Bogotá por la ventana, bajo la piel de una mujer, la cuarta hija, la que no se llamó Juan sino Melba Beatriz, la que fue expulsada del paraíso a los siete años, paraíso del cual, cómo olvidarlo, los hombres eran una minoría casi absoluta. Me hice escritora con todo ese equipaje. Con mis problemas de aprendizaje, mi incapacidad de hacer una regla de tres, mi memoria de “despistada” Escobar, mi facilidad natural para inventar cualquier cosa como primera respuesta a cualquier situación, mi miedo a las alturas, a los intelectuales y a las monjas, mis ganas de descifrar el código oculto en la tragedia de esas mujeres como Topacio, Colorina, María o Yesenia, tan parecidas a Madame Bovary, que entonces no había leído, a la dama de las Camelias, a la María de Jorge Isaacs, el romántico colombiano. Cómo sufrían todas ellas y cómo ese sufrimiento las dignificaba, elevándolas a  una superioridad que las Claudias y las Marcelas de mi colegio nunca podrían encontrar. Y no la podrían encontrar porque eran muy “mostronas”, o se reían a las carcajadas. Ellas, las libertinas,  no eran material de colegio de monjas, parecía como si nunca hubieran visto telenovelas, ni leído a Corin Tellado, ni escuchado cuentos de princesas. Era como si no entendieran que ser chica no era otra cosa que obedecer, agradar, esperar a ser salvada. Como Rapunzel en la torre, como Cenicienta la noche que conoce y deslumbra al príncipe, como la Bella Durmiente, pasiva, dormida por siempre, hasta que llegue un hombre con su fuerza a sacarla de la inercia. Así es que fui obediente y sumisa, quise agradar, quise esperar, quise servir, pero nada de eso me salía natural. Entonces ya temía que una mujer mala, una Claudia, una Marcela, era la que impulsaba mis actos de pecadora irredenta con ideas propias y fuerza de voluntad. Como no pasé matemáticas, a escasos dos años de graduarme perdí el año. Ya había cumplido 19, pero aún no había perdido la fe en llegar a tener un diploma universitario. Como si fuera Lucía Méndez, lloraba apurada antes de los exámenes de cálculo, pero no llegaba a concentrarme. A diferencia de Lucía Méndez no vivía en una casa junto al mar en la Riviera Maya. Pensando en mis cuitas, tan burguesas e irrelevantes como me parecería en   la universidad las cuitas del joven Werther, aunque sin duda más pendejas, prefería cerrar el Álgebra de Baldor, limarme las uñas, leer un ratito, reflexionar, comerme una salchicha. Cuando me avisaron que había perdido décimo grado, estaba terminando de leer Ana Karenina. Al enterarse, mi papá estaba furioso. Aunque a veces creo que más bien estaba triste. Mientras me lanzaba una diatriba sobre la responsabilidad y el futuro, yo me preguntaba cómo sería ese tren atravesando la estepa siberiana. Ahora que lo pienso, ya desde entonces debía estar cocinando el personaje de Karen Valdez, el personaje principal de mi novela La Casa de la Belleza, quien como esas mujeres de la novela europea del siglo XIX, los culebrones latinoamericanos y las series de ahora, es una heroína católica, una mártir de la idea del bien, una criatura dulce, infantil y vulnerable, carente de criterio propio, así como de herramientas para librarse de la pasividad y obediencia que le fue decretada junto con el género.

Vidas de telenovela

Karen se parece a millones de mujeres colombianas. Para no ir tan lejos, Karen se parece a mí. Ya no sé cuántas veces durante mi adolescencia temí el rechazo de los hombres, su inconformidad con algo que pudiera haber dicho, con mi aspecto, mi ropa, mi forma de bailar, mi aliento, mi maquillaje, mi tono de voz. Por supuesto, no era solo yo. Salir un viernes en la noche a la vía a la Calera, en un cerro donde estaban las discotecas, parecía ir a una feria de ganado donde cada una sacaba a desfilar su mejor meneo de trasero. Aclaro, no creo que el problema sea solamente colombiano. El sexismo, la objetivación de la mujer, etcétera, son universales. Ya hemos escuchado el discurso de sobra quienes estamos en este auditorio.

Pero lo cierto es que en Colombia hay una fijación con este tema. Lo confirma el hecho de que sea uno de los países con más salones de belleza por habitante, la obsesión con ganarse la corona de Miss Universo, el tristemente destacado lugar que ocupa mi país en turismo sexual, y el comentario frecuente de tantos hombres antes de venir por primera vez: “Las colombianas tienen fama de ser bonitas”. Cara de ponqué (haz la cara de ponqué).

Por supuesto, el turista masculino no tiene por qué ser siempre un predador. También está el europeo acomodado, un poco ingenuo, un poco desadaptado, que imagina en la mujer latina el modelo ideal de dulzura, lujuria y sumisión. Al llegar a Colombia muy posiblemente  encuentre  lo  que  está  buscando. Porque  sí, en efecto, existen. A esas mujeres extraordinarias que sufren y, a pesar de su resiliencia y su bondad, son rehenes de los cuentos de hadas sin final feliz, de la obediencia cristiana y de la cultura traqueta, a ellas está dedicada La Casa de la Belleza.

Aclaro, aunque la palabra traqueto no aparece en la RAE, sí aparece traquetear con el significa- do: “mover una cosa de una parte a otra”. Bueno pues “traqueto” es alguien que “mueve una cosa de una parte a otra”. Droga, para ser más precisos. Cocaína, en la mayoría de los casos. “Traqueto” también suele usarse como adjetivo para calificar una cierta estética propia de la mafia. Ejemplo: Camionetas de vidrios polarizados, doble bumper, rines plateados, tubo de escape ruidoso, equipo de audio Hi-Fi. Traqueto. Otro ejemplo: una mujer con uñas, nalgas, y pómulos postizos. Traqueta. O más bien, mujer de traqueto. Y, para volver a la telenovela, la mujer que parecía más feliz, la que usaba el maquillaje más estridente, la que se reía con ferocidad, la que era rica, la que tenía opiniones y se hacía escuchar: esa es, seguro, la villana.

Me gradué de lo que se conoce como un validadero. Es un sitio donde, en tres meses, le hacen a uno una preparación del examen de Estado. Si uno pasa el examen, puede reclamar un certificado de bachiller por ventanilla. Decepcionante. Poco promisorio. Desangelado y gris, como mi ciudad adoptiva. La buena noticia es que pasé    el examen de Estado. Me convertí en bachiller. El resultado podríamos decir que fue más bien mediocre, pero sin duda suficiente para entrar a la carrera de Literatura. Era lo único que quería y que podía estudiar. Sobre todo lo segundo. La única cosa que podía hacer era leer. Y por fortuna, me gustaba hacerlo. El día que me inscribí a la facultad mi papá me preguntó.

–¿Y qué harás después? ¿Vas a ser profesora?

Entenderán que para alguien que pasó por cuatro colegios ese no era precisamente un lugar de buenos recuerdos.

–Por nada del mundo, le dije.

Si alguien me hubiera dicho que cinco años más tarde ese sería el único trabajo que conseguiría, no sé si me hubiera matriculado. De todos modos, tampoco era que me quedaran muchas opciones.

La cumbiera intelectual

En la carrera de literatura teníamos que ver materias como “Novela francesa del siglo XIX”, “Thomas Mann”, “Goethe”, “Rilke”, “Siglo del Oro Español”. Estudiaba en una universidad privada, la universidad de los Andes, encaramada en los cerros orientales, sello distintivo de Bogotá, conocida por muchos como la universidad “de cara a las montañas, y de espaldas al país”.

Es así como, en esa burbuja que es Bogotá, dentro de un país inmenso y rico en el que hay selva, desierto, mar, nevados, trópico y montaña, vine a crecer al mismo tiempo en otra burbuja, la de los niños de Los Andes. Para cuando entré, en 1996, muchos hablaban varios idiomas, habían viajado a Europa, pero no conocían otros países del hemisferio. Era así. No había nada sospechoso o anómalo en eso. Simplemente, era el orden natural de las cosas. Y si no me cuento en esa lista vergonzante, es solo porque una vez fui a Ecuador cuando era muy pequeña.

El caso es que éramos este grupo de jóvenes, los excluyentes excluidos. Unos pobres niños consentidos de espaldas al país fumando a todas horas, usando gafas que no eran formuladas y, en mi caso concreto, escribiendo unos poemas horrendos, cuando no estaba tratando de entender a Borges. Uno de mis compañeros de promoción era Andrés Felipe Solano, escritor de ficción y cronista colombiano que vive en Corea del Sur. Quizá algunos de ustedes sepan quién es. Solano iba a la universidad de gabardina y fumaba pipa porque en esa época estudiar literatura, como quizá lo sigue siendo ahora intentar vivir de ella, era cuestión de crear un personaje. Recuerdo noches de marihuana y aguardiente en  las que leíamos en voz alta a Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco, León de Greiff. El solo recuerdo me produce tanta ansiedad que siento que tendré que ir a buscar una bolsa de papel donde respirar. Ahora que lo pienso, es curioso cómo esos años de universidad se instalan en uno para quedarse. No importa que hayan sido unos pocos o que haya pasado mucho tiempo. Una parte de uno se queda para siempre en la facultad de letras, citando a Flaubert. Cómo me sudaban las manos cuando era mi turno de leer en taller de narrativa. No me salía la voz, el papel temblaba entre mis dedos. Desastre. En cambio la mayo- ría de los chicos, qué articulados para hablar. ¿Y las chicas? No recuerdo. Entonces éramos invisibles excepto en las fiestas.



Lo aburrido era cuando después de un par de tragos ellos se sentaban en la palabra, como todavía  pasa y, claro, también les pasa a algunas mujeres, pero nunca tanto como a los hombres, valga resaltar. Hombres explicándonos desde el significado histórico de la masacre de las bananeras, pasando por la necesidad de usar un tono de labial menos oscuro. Por aquella época, todavía no renunciaba a convertirme en una mujer  de cuento de hadas. El novio que tenía llegaba mi casa antes de las fiestas y me escogía la ropa. Yo, no solo no me molestaba, le daba las gracias. Él me estaba ayudando a ir en el camino correcto. A ser una mujer en plena regla. Si eso pasaba en mi casa un viernes por la noche, en la universidad, los hombres que explican cosas me seguían diciendo que me sobraban adjetivos, que tenía que leer a Anaïs Nin, o a Clarice Lispector, o a Marguerite Duras.

Las recomendaciones solían llegar en la intimidad de grupos pequeños, entre botellas de cerveza, en medio del ruido. ¿Por qué no mencionaban a estas escritoras en medio de una  clase magistral? ¿Y por qué tampoco lo hacía el profesor, o profesora de viva voz? No tengo la respuesta. Lo cierto es que aparte de Virginia Woolf como única excepción, en mis cinco años de carrera pocas veces escuché la referencia de una autora. Tan pocas que ni las recuerdo. Su mención era algo que se daba en la clandestinidad, por lo general en susurros:

“¿Alguna vez has leído a la escritora bogotana Elisa Mujica? ¿No?

–No.

–Ufff. Es extraordinaria. Léete “Catalina”.

–¿”Catalina”?

–Sí.

–¿Y dónde lo consigo?

–No se consigue.

–¿Y entonces?

–Hablamos mañana. Te presto las fotocopias. Al final resultaba que toda la mención a “Catalina” era solo una excusa para conseguir verlo a uno fuera del horario de clases. Al día siguiente, el mismo chico, ya sobrio y bañado, había olvidado por completo nuestra conversación. Ahora quería prestarme “La ciudad y los perros”. Cuando le pregunté por Elisa Mujica me dijo que “en realidad no lo hacía mal para ser mujer”. La condición de marginalidad parecía inherente al género femenino, sin mayor análisis del contenido.

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Las mujeres no estaban en el programa de la carrera, tampoco era un tema de clase y tampoco me  importaba. Y no me importaba  porque no había notado la omisión. Cuesta tanto trabajo ver la ausencia. Aun iban a pasar unos cuantos años antes de que llegara a darme cuenta de que algo faltaba.

El novio que me escogía la ropa, me cambió por una que le parecía más guapa. Entonces me harté de que me mandaran y me dejaran tirada por ahí. Me harté de obedecer. Me ayudó el seminario de Virginia Woolf, ese sí dentro del pensum, en el que empezaron a aflorar las primeras preguntas que me hice sobre la relación del género con la literatura. Me corté el pelo como un soldado, no volví a ponerme rímel, ni aretes, ni colorete de ningún color. Ya tenía 25 años, acuérdense  entré a la facultad de 20. Ya me iba a graduar de la universidad, pero nada había cambiado mucho, seguía siendo mala para casi todo.

Hacia el final de la carrera, con mi nuevo look y un remolino de preguntas en la cabeza, con mis tías muertas y el deseo aún vivo de querer sorprenderlas, me puse a buscar un tema para  mi tesis de grado.

El periodismo después de la literatura

Me estaba costando mucho trabajo decidir un tema para la tesis. Una amiga observó que solía pasarme mucho tiempo escarbando entre las novedades de las librerías, así como leyendo prensa y revistas.

–A lo mejor por ahí puedes hacer algo.

Esa observación coincidió con que me ofrecieron escribir reseñas para una revista literaria. Me parecía una responsabilidad inmensa. Tuve una mezcla de ilusión y pánico. La firma, el nombre de uno siguiendo el título de un texto  en letra imprenta, mejor dicho la “la autoría”, tiene un significado complemente distinto en periodismo y en literatura. Durante los cuatro años que duró mi carrera, entendí que escritores eran personas como Cervantes, Balzac, Sten- dhal, Flaubert, Vargas Llosa, García Márquez, Bolaño es decir, casi todos hombres, ahora casi todos muertos. Pienso que era por eso que me temblaban tanto el papel entre las manos. Escribir algo de ficción y encima osar leerlo en voz alta frente a una audiencia era un gesto abusivo, usurpador. Escritor: Joyce. Escritor: Kafka. Uno no podía más que tartamudear una respuesta insegura cuando le preguntaban cómo le había parecido “Niebla” de Unamuno. Y es que claro, entre mis compañeros algunos tenían clara una facilidad de expresión a la hora hacer crítica, análisis, de aprender las figuras retóricas de la literatura y usarlas correctamente. Yo seguía aterrada de imaginarme siendo profesora en un colegio, el lugar de mis recuerdos más infelices, y no atinaba a sentirme cómoda ni en lo académico ni en lo creativo. Tampoco me iba mal, pero  sí estaba en ese momento dramático, adolescencia tardía, pánico de dejar ese nido calentito que era la universidad. Y entonces salió la reseña con mi firma. Y mi firma era lo de menos, porque    la gente cuando la leyó comentaba el libro que estaba reseñando, que tristemente he olvidado, y no mi tendencia a sobre adjetivar, o mis comas mal puestas, o mi juicio errado al recomendar un libro que no les parecía nada excepcional. Era como haber volcado la atención en otro lado, como si la escritura fuera apenas un instrumento, un vehículo para hablar del mundo de afuera, no un ejercicio auto referencial. Poco a poco me fui soltando con las reseñas, pasé a hacer una que otra cosa, al principio solo periodismo literario, que años más tarde se volvería crónica y reportaje de temas de actualidad, oficio que ejerzo con gusto y cariño y en el que nunca olvido que fue ahí donde puse la primera piedra. Había leído con fascinación A sangre fría, y por primera vez con una mirada distinta donde la pregunta insistente que le hacía a Truman Capote en cada página era ¿Pero cómo lo hizo? Ya para entonces sabía que quería escribir. Pero no había podido mostrarle mis cosas a nadie fuera de clase, apenas a un novio nuevo que no me escogía la ropa pero sí me corregía mis gustos musicales y literarios. Al menos quería formarme en un terreno más afín a mis intereses. Al otro nada más le interesaba que me vistiera así o asá, pero eso nunca me pareció tan importante.

Después de un lobby de varios días con el departamento tratando de convencerlos de dejarme hacer la tesis sobre el periodismo narrativo como género literario, dijeron que eso era muy ambicioso, que tendría que acotarlo. Entonces leí a Tom Wolfe, a Michell Herr, un libro espléndido que se llama Despachos de Guerra, a Norman Mailer, y propuse el Nuevo Periodismo norteamericano como género literario. No parecían muy convencidos pero ya querían librarse de mí desde hacía rato. Me gradué al fin y, tal como predijo mi papá, entré a trabajar en un colegio. Desde entonces entendí que no hay gente más generosa, paciente y entregada que los maestros. Eso,  y que sin duda hay que tener una vocación.

Muy pronto tuve claro que vocación no tenía. Digamos que el primer día de trabajo ya estaba claro. Si bien he dado clases en la universidad  del Rosario y en la de Los Andes, lidiar con chicos y con adolescentes requiere otros atributos  de los cuales carezco por completo. Entonces tenía un novio a quien quise mucho, quien fue también mi primer esposo, ahora estoy casada por segunda vez. Juntos decidimos irnos a vivir a Barcelona, él quería ser animador en 3D cosa que hizo, yo para variar, quería obedecer o, por lo menos, delegar en un tercero la decisión de qué hacer con mi vida.

Vivimos dos años en Barcelona. Mi papá murió poco antes de que emprendiéramos viaje. Su muerte fue súbita y muy dolorosa. Fue así como más por encontrar un alivio en la palabra que por emprender un proyecto literario, comencé a escribir. Escribí mucho, como quien abre el grifo y deja el agua correr sin poder detenerse. Meses más tarde, cuando tenía claro que ya me habían cerrado la puerta en varios medios de comunicación, había ensayado la docencia, y no me gustaba la academia, entonces opté por entrar a la maestría en Escritura de Guión para Cine y Televisión de la Universidad Autónoma de Barcelona. Allá llegué con la misma pregunta que me había hecho leyendo a Sangre Fría ¿Pero cómo lo hizo? Mientras hacía la maestría era lectora  de  libros para posible compra en inglés y francés en una editorial que se llama Roca. La mayoría eran Best Sellers de misterio y acción que no me interesaban. Sin embargo, tenía que leer con el criterio de la editorial, no con el mío, y según eso, hacer un informe recomendando o rechazando la publicación en español. Creo que de ese trabajo aprendí mucho. Para empezar, aprendí a pensar con criterio prestado, cosa que cuando uno es una potra salvaje, por más que trate de domesticarse, no le viene mal ensayar. Así como algunos necesitan aprender a desbocarse cada tanto, liberar la rigidez, soltar, yo me la paso más bien desbocada y suelta, lo cual tampoco es que sea la maravilla. Por lo menos mis excesos son más bien infantiles, inocentes. Puedo comerme todos los chocolates, verme una serie de tres temporadas de una sola sentada, conversar durante horas y horas, dormir mucho o no dormir nada. Fue así como entre tazas y tazas de café, unos días, o vasos y vasos de vino, otros, se fue escribiendo casi sola esa novela intimista que apareció en 2010 bajo el título de Duermevela.

Ese librito que no cuenta nada pero está escrito con el hígado, es el minucioso retrato de una desgarradura. Perder al padre, y con la figura paterna, perder el norte, el centro de gravedad, la noción de destino.

Volví a Bogotá, trabajé como gestora cultural, como editora, dando clases, dando charlas, haciendo artículos, reportajes, crónicas, columnas, cosa que hago desde hace casi 10 años. Entre una cosa y otra escribí una novelita de aventuras para niños grandes que se llama Johnny y el mar. Me casé otra vez, entonces  empecé  a  escribir La Casa de la Belleza, una novela que para mí es como un grito.

A menudo pasa que a quienes les gusta Duermevela, no les gusta La Casa de la Belleza, y viceversa. Los entiendo. No parecen escritas por la misma persona. De la novela intimista, dolida, escrita con las tripas, en un ejercicio experimental, sin embustes, a La Casa, donde mi intención fue desde un comienzo todo lo contrario: ensayarme en artificios, construir un microcosmos habitado por mujeres, hay una gran  distancia. La mujer de un escritor de autoayuda, la mujer de un congresista, la mujer de un traqueto, una presentadora de televisión. Y lo más importante. Karen. La mujer que las escucha, las depila, les hace masajes, todo en esa cabina en la penumbra donde de la desnudez del cuerpo a la desnudez de la palabra hay apenas un palmo de distancia. Como en un confesionario, Karen lo sabe todo. Karen sabe demasiado. Entenderemos que sabe demasiado cuando muere una de sus clientes poco después de haberla visto.  El  feminicidio de Sabrina Guzmán llevará a una investigación en la que Karen será ficha clave para resolver el misterio de su muerte. Pero aunque es una historia de mujeres contada por sus voces en una polifonía, los hombres son quienes en gran medida mueven la trama de la historia. Si miro a mi alrededor, pienso que no es muy distinto a lo que ocurre en la realidad. En la mayoría de los casos, las mujeres somos las víctimas, los hombres los victimarios, reflexión que me lleva a hablar de la campaña #MeToo.

Sobre #MeToo y la individualidad

Cuando la campaña del #MeToo estaba  en  boga escribí en mi muro de Facebook #NotMe. Fue una reacción más visceral que sesuda a una campaña a la que le noté un tufillo maniqueo.  “Si eres mujer, eres víctima y denuncias. Si eres hombre eres culpable o eres cómplice”. El subtexto era, a menudo, ese.

Ya lo dijo Margaret Atwood en The Guardian hace algunas semanas al defender a un profesor universitario a quien despidieron por ser acusado de acoso a pesar de haberse comprobado falsa la acusación. Que no nos vaya a pasar ahora como en la Inquisición, cuando bastaba acusar a alguien para que este fuese asumido como culpable. En los pasados meses han surgido más noticias de personajes que han rescindido a sus carreras por acusaciones de acoso, con frecuencia luego de una fuerte asonada mediática que los  ha empujado a renunciar, a pesar de no haberse llevado a cabo el debido proceso.

El género no puede ser un campo de batalla jurídico para predeterminar culpabilidad o inocencia en ningún caso.

Antes de ser hombres o mujeres, el balance está en la dignidad humana, en la justicia, en la identidad compartida de ser seres humanos que merecemos libertad, sin rótulos, sin patriarcados que nos opriman, ni consignas que predeterminen una forma de militancia.

Soy feminista, desde que comencé a detectar en mi vida cotidiana las diversas formas de machismo. Mi novela, La Casa de la Belleza, es el grito de una mujer oprimida ante una sociedad que ha llevado el machismo del cuerpo de la mujer hasta las arcas del Estado.

Pero justamente por eso puedo percibir hasta donde los hombres han sido también víctimas  de una sociedad patriarcal que les exige no llorar, los llama a ser los proveedores, a demostrar su masculinidad y su poder, so pena de poner en riesgo esa entelequia siempre sobre valorada conocida como “la hombría”.

Aún recuerdo como el ex presidente Uribe le dijo en una discusión a un opositor: “sea varón”. En Colombia todavía se dice “no sea nena”, sinónimo de no sea cobarde. O “tenga huevos”, esas expresiones que, junto a palabras como traqueto, nos ayudan a georeferenciarnos en un momento y un lugar.

Ahora que lo pienso, esta discusión no es muy distinta a la que he tenido estos días por cuenta de las elecciones presidenciales en mi país. En medio de una polarización muy violenta donde se ha llamado paramilitar a un candidato, guerrillero al contrario, olvidamos que entre el ruido y la furia, acabamos por criminalizar el pensamiento contrario.

Si bien celebro que una campaña como #Me- Too nos haga más conscientes de la desigualdad de género y, más específicamente del acoso, también me preocupa que suelan basar su narrativa en reafirmar estereotipos binarios donde la mujer es la víctima y el hombre el victimario. Pero entonces ¿Cómo señalar las desigualdades sin caer en posiciones maniqueístas? ¿Cómo mantener los matices, y los derechos de las libertades individuales, sin pasar a la generación de manuales de conducta entre géneros? No lo sé. Solo sé que empecé escribiendo por descarte, por no sentirme capaz de hacer nada más, y que con el paso del tiempo voy sintiendo que quizá puedo tener una vocación, construirla, o descubrirla allá dentro, muy dentro, donde tal vez ya existía, pero permanecía oculta.

A lo largo de esta charla he querido reflexionar sobre el género y el oficio de la escritura desde una perspectiva personal. Porque creo que mi historia de vida es una prueba de que no podemos partir de premisas. Si me hubiera creído siempre lo bruta que me decían que era, no esta- ría hoy aquí. Si me hubiera creído que todos los hombres son violentos, habría desistido del par que me tocaron así y no estaría hoy felizmente casada y con dos hijos. Si pensara que Iván Duque, nuestro presidente electo, es un paramilitar y no un líder de derecha, no tendría razones para creer que vivo en un país democrático, y lo creo. Porque la paradoja está en que, entre más furia  le ponemos a los activismos, más nos alejamos  de lo que en principio buscar estas batallas: las libertades individuales.

Creo en la fuerza de seguir un camino, ese cuyo trazo se va dibujando a medida que uno avanza. Es en ese camino torcido, desigual, impredecible, donde voy bosquejando un oficio, el que elegí, o el que me eligió, sin haber llegado aún a comprenderlo. Acaso nos elegimos ambos, como hacen los enamorados.

Ha sido con mi tercer libro, La Casa de la Belleza, con el que me he rendido a la imprevista fuerza de la escritura en mi vida. Para bien y  para mal, ya no me veo haciendo nada distinto   a pensar con palabras y contar historias. Por el tiempo que me queda, estaré haciendo eso, así que ya sabrán donde encontrarme.

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