Epifanías de provincia

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Al bárbaro lo deslumbra la inteligencia inmortal de Ravena. A la europea culta la persuaden las vísceras, los etnomachos, el salvajismo de la pampa argentina. Uno, Droctulft, muere defendiendo la ciudad que tenía el deber de atacar; la segunda –de cuyo nombre el autor carece de noticias o prefiere no acordarse– termina lanzándose al suelo para sorber sangre fresca de oveja. Antaño una iniciación fotocopiable al credo borgeano, la «Historia del guerrero y la cautiva» elude las opiniones y se resuelve con una metafísica neutra, geopolíticamente correcta: «El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales». Pero la avispada ecuanimidad de Borges no parece haber hecho escuela cuando toca referirse a los desplazamientos entre territorios antitéticos, menos si el cambio abarca por un lado a las metrópolis en vías de modernización y por el otro a esos puebluchos estacionarios que ni siquiera consiguen seducir (como sí le ocurría a la inglesa de marras) por el consumo de bestias crudas, la magia, la valentía o el ejercicio de la poligamia. En la literatura chilena, igual que en buena parte de la teoría post, el cine blockbuster y los stand-up de Netflix, no hay equivalencia de anversos y reversos sino más bien una jerarquía inconmovible: arriba y abajo, progreso y degradación, prestigio y fracaso. Al moverse desde A hacia B, el capitalino se descubre omnisapiente, superpoderoso y casi siempre inmune a la kryptonita local; de B a A –o de la provincia a la gran urbe–, lo que se revela de gol- pe es la propia miseria, el ridículo que sobreviene apenas el visitante camina, estornuda, agarra una cuchara o dice hola. Ambos personajes estarán espacialmente definidos antes y después de sus presuntas epifanías. Ya quitada, en el mejor caso, la primera venda de los ojos, volverán a apretarse las porfiadas vendas del prejuicio.

Tierra virgen

No sería un disparate plantear que aquí, en Chile, todo partió con una masiva convocatoria a la anagnórisis territorial. Quien quisiera  escribir en serio, según vislumbró Lastarria y repitieron los criollistas, debía adentrarse en el país y enseguida comunicar lo que pillara, haciendo cuenta de que se trataba de una novedad absoluta. Más allá de Santiago había un libro abierto, una  tierra virgen, un botín de imágenes cuyo brillo nacionalizante encandilaría al público del centro. Fue a la postre, desde la perspectiva de sus responsables, un programa exitoso, con un vastísimo elenco de sujetos que volvían empachados de paisajes y de cuerpos, sin miedo alguno –por razones obvias– a que sus tareas de explotación simbólica cayeran en manos de la crítica antipatriarcal o los green studies. Pocos se detuvieron a debatir si esa especie de desfloramiento resultaba benéfica para las comunidades retratadas, y la verdad es que no hubo signos de obsolescencia sino hasta cuando la generación del 50 alertó que también había vida en otros horizontes, empezando por el resto de Latinoamérica. Para entonces el tema se desembarazaría de su fervor patriótico, replegándose a la posición in illo tempore de los lares teillierianos y, luego, dictadura de por medio, a los guetos autocelebratorios del regionalismo ochentero.

Charcas

A veces mimadas, dignificadas, idealizadas, como La Frontera de Teillier o el «rincón» de Latorre y Luis Durand, las aldeas y pequeñas ciudades del interior conservan inclusive a estas alturas un componente de inmutabilidad, de lentitud, de resistencia a los valores modernos. Pueden ser a cada rato redescubiertas, pueden fascinar a los forasteros, aunque por lo general  el elogio subsecuente no supera en sofisticación al afán de felicitar a un africano por su fuerza selvática o comparar a una mujer con una flor hermosa. Mucho más común ha sido sin embargo la condena pura y dura, aquella que concibe la inercia como un vicio: monotonía en vez de sabiduría, ciénaga en vez de remanso. A fines de los años veinte, por ejemplo, Raúl Silva Castro  y Ricardo Latcham alababan a un heroico novelista porque era capaz de zambullirse en las charcas nauseabundas de Copiapó y Linares, donde la «plebeyez grosera», el chismorreo de comadrejas, las caries, la calvicie y los rostros envilecidos por la chicha constituían un destino, secuela fatal de quedarse, de no viajar ni modernizarse. A tal punto se iría reproduciendo el mismo tópico, el de la inmovilidad viciosa, que nada costaría hoy por  hoy  relamerse  con un perverso  juego  novelesco:  encuentre  usted a su ciego, encuentre en este texto a su borracho, encuentre a su paralítico y a su imbécil de provincias. O, para enunciarlo en abstracto, prepárese para los momentos de ceguera (patología de la visión, ineptitud para mirar lo que ocurre por fuera de las fronteras inmediatas), alcoholismo (patología del hábito, ineptitud para escapar de las malas costumbres), parálisis (patología del movimiento, ineptitud para sumarse al vértigo de las ciudades) y retraso (patología del tiempo, ineptitud para pensar a la velocidad del presente). Entero o por rebanadas, el tópico cruza periodos y estilos, obras magnas y marginales, con un grado de previsibilidad superior al del mayordomo asesino, al del indígena cobarde o al de la rubia ingenua de California. Piezas de una identidad fija, imposibilitada de toda elección y transformación voluntaria, los provincianos son tenidos como criaturas deplorables de por sí, por ser como son y, en particular, de donde son. ¿Que no es para tanto…? A ver cuántas páginas tardamos en encontrar a nuestro ciego.

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Provisionalidad

Escena 1: Un empleaducho gordo y calvo cae dolorosamente en la cuenta. Fue apenas «capricho, juguete o instrumento» de una santiaguina que a cambio de sus servicios carnales sólo le ha dejado una fotografía del neonato. El cuento es de Augusto d’Halmar y se titula «En provincia».

Escena 2: Cuando los jóvenes vuelven a la comarca, una vez espabilados por el humo y las bocinas, toman conocimiento de que sus padres son al fin y al cabo unos «insectos». Sucede en Alhué, de José Santos González Vera.

Escena 3: Un vendedor desciende de un bus y, ya antes de hacer su ingreso a la localidad, donde por supuesto deberá encarar a  todo  un  harem de aldeanas deseantes, comienza a sentir convulsiones, como «escalofríos ante el WC». Pronto confirma, entre otras cosas, que su anfitrión usa silla de ruedas y que tiene un hijo idiota. La novela es de Gonzalo Contreras y se llama La ciudad anterior.

Escena  4: Un cura se apersona en la sureña «Villabaja» para evangelizar labriegos incontaminados por la civilización. Lo pasman las lindezas paisajísticas, lo pasman la fealdad y la maldad humanas, lo pasman los apetitos obscenos que se enseñorean de su mente, y, por último –rompiendo la regla que consagra a un afuerino provisional, es decir, que está ahí para aprovisionarse y largarse rápido e ileso–, se encarama a un tronco, sin sotana, trastornado por completo. Todo ello en un viejo relato de Manuel Ortiz  que lleva por título, vaya énfasis, Pueblo chico.

Eterno retorno

Se multiplica en la narrativa de Chile (¡busque a sus tontos en la Cartagena de Couve, busque a sus borrachos cauqueninos en las entrevistas a Bolaño!), pero no es de ninguna manera un asunto exclusivo de libros ni de esta nación donde  el  centralismo suele ocupar –junto con «la cultura»– la cola más tediosa o llorona de  los discursos de gobierno. Tampoco es mera depravación de escritores-patriarcas (¡busque a su ebrio y a su cojo en María Nadie de Marta Brunet!), ni se restringe únicamente a la época en que los viajes interregionales podían equivaler a odiseas. Sin necesidad de integrarse al contingente de lectores neovictorianos ni de sumarle una cuota de kitsch regionazi a la policía de contenidos, lo cierto es que una descripción así de ubicua nos obliga a dudar de nuestro clamoroso respeto por la diferencia. Cabría admitir, si se opta por la salida catastrófica, que existen identidades realmente inferiores, intrínsecamente asquerosas, y que se está de veras frente a una excepción, dado que el calameño o el temuquense, al contrario de cualquier otro individuo o minoría, sí son definibles por sus taras empíricas, motivadas por sus datos genético-domiciliares, entre ellas la caída del cabello, las caries y las narices rojas. Habría que seguir leyendo, a la usanza de Latcham y Silva Castro, como si la estupidez de Copiapó fuese calcable y genuina, nunca ideológica. Y aun cuando la literatura represente, como a su respectivo modo proclamaran los formalistas rusos, los teóricos de la recepción y los revolucionarios de Tel Quel, una vía para romper la rutina lingüística y pegarse el alcachofazo cognoscitivo, se acabaría aceptando que en este ámbito no puede haber más misterio que un eterno retorno a lo prescrito.

Sin salida

Lloriqueo 1: En Dogville, de Lars von Trier, no faltan miopes, tullidos ni beodos, y el futuro del pueblo queda a merced de Nicole Kidman, o sea, la que viene de afuera, del centro, de «arriba». El tópico ha envenenado el cine que nos gusta.

Lloriqueo 2: En Jeidi, de Isabel Bustos, casi todas las provincianas son peludas y el abuelo de la protagonista renguea y no se despega de  su garrafa. El tópico se entromete en las novelas chilenas recientes que más queremos.

Lloriqueo 3: En Juegos florales, de Vladimir Rivera, el héroe parralino es «especial», entiéndase lento, y todo llega tarde a su «pueblo de mierda». El tópico lo reiteran además los autores oriundos, incluso los que mejor escriben.

Lloriqueo 4 (con mareos y puntadas en el estómago): En Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, ya el prólogo nos advierte que entraremos en un «agujero negro», una «trampa atrapamoscas», un pozo de anfetas y endogamia, donde no hay quien vea, no hay quien hable, no hay quien piense y se comporte como corresponde. El tópico debe manifestarse  lo  antes posible (es prejuicio, claro) y de esa forma coartar la sospecha.

Lloriqueo 5 (con arritmia y señas de asfixia): En El habitante del cielo, de Jaime Collyer, y El hombre en la montaña, de Edgardo Garrido Merino, los pueblos son por enésima vez rutinarios y estériles, pero uno está en Hungría  y el otro en España. El tópico va avanzando por doquier.

Lloriqueo agónico: No es tan distinto en la literatura argentina, no es tan distinto en la narrativa norteamericana, no es tan distinto –retrocediendo algo más– en Balzac o en Flaubert. El tópico es universal y no hay escape.

Cansado del ninguneo y la postergación, Cifuentes declara la independencia de Coelemu, abjura del dominio penquista y chillanejo, encarga un  poema  épico, comprime el universo a esa mínima latitud

A quién le importa

Las revelaciones se dan entre el polo de la modernidad y el del estancamiento, entre el modelo y la copia blooper, entre La ciudad de  los sueños (título inequívoco del tucumano Juan José Hernández) y las Casas muertas (como se llamó una novela ad-hoc del venezolano Miguel Otero Silva). A menudo el asombro a lo Droctulft no precisa de experiencias in situ, y basta con el entusiasmo vicario que por mediación francesa dio lugar a un término nuevo: el bovarismo. La capital puede ambicionarse a un nivel patético, saturado de candor, como el de esos planos parisinos que Emma Bovary hojea mientras su marido engorda y se vulgariza en el hastío infinito de Yonville. Cuando el metropolitano hace allí su acto de presencia, adquiere ribetes de aparición seráfica, de perfección chic y de contraste categórico con las caras marchitas que tanto fastidian, por poner un caso célebre, a la Eugénie Grandet balzaciana. No sería por sus desprecios a la provincia, pese a lo cargadas que iban las tintas en tal sentido, que intentaron meter a Flaubert tras las rejas, ni fue esa la razón para emprenderlas, siglo y medio más tarde, contra Sacha Baron Cohen por la orgía de ridiculizaciones que montó en Borat. Al lado de la glorificación del adulterio o la burla homofóbica, las minusvalías pueblerinas eran una otredad ligera, desprovistas de marcas demasiado visibles y, por ende, merecedoras de un sonoro «a quién le importa». El periplo de Borat Sagdijev desde su rancherío kazajo a Nueva York actualizaría no obstante una de las escenas más habituales a este respecto, una que en Chile fluctuó entre   la comedia y los paradigmas  de  meritocracia. La visita más o menos prolongada del huaso a Santiago alimentó las crónicas humorísticas de Barros Grez y Jotabeche, inspiró a Martínez Quevedo los gags de su batatazo teatral Don Lucas Gómez (desembarco con pollos vivos y saco harinero, etcétera etcétera), amplió su esca- la con el antilocalismo de Tancredo Pinochet en el Viaje plebeyo por Europa (¿que la estación de Talca se compara con Victoria Station? ¡Pamplinas!) y se afianzó como mito de superación y feliz desprovincianización en Martín Rivas. Por todo lo ancho de la serie, el mensaje apuntaba    a que no se sabía nada, no se había visto nada antes del súbito remezón de conciencia que se producía al ir a pasear, a formarse o a pulirse entre los altos edificios y los outfits a la moda. Sólo entonces se entraba en el principio de realidad: los besos, los bailes, los espejos, las plazas y los cerros debían ser «como en Santiago», aquel mantra que los nativos del mentado  Barros  Grez pronunciaban minuto a  minuto,  sketch  por sketch, como el reverso exacto de un mundo donde la ropa, los muebles, los médicos, los poetas, las universidades y, de seguro, las epifanías eran invariablemente baratijas «de provincia».

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Coelemu independiente

Ya no se permite con los tartamudos. Ni  hablar de los odiosos chistes de peruanos. Pero con los hombrecillos y mujercillas del norte y el sur no hay mucho de qué temer. Difícil hallar otro reservorio contemporáneo de victimización impune. ¿Quizá las máquinas, los robots? Probablemente, sobre todo si es un robot de pueblo chico: el muy bovarista Jasperodus, del narrador británico Barrington Bayley. Aunque no paren de caer, enhorabuena, las malditas lógicas binarias, y aunque nuestro grito de guerra sea ¡deconstrúyete!, el descrédito perdura si se atribuye al espacio inerte donde se nació o se vivió, aviniéndose sin culpas con el paladín que exige mar para Bolivia o levanta el dedo acusador contra un tuit misógino. La comediante Hanna Gadsby puede abrir un espectáculo reivindicando su identidad lésbica y a la vez repudiando la estulticia de su villorrio natal. El opinólogo Rodrigo Guendelman puede abominar de las bromas acerca del holocausto judío y, a posteriori, achacar el descalabro del progresismo en las urnas a la ignorancia observable en algunas regiones. Y los viudos de Stuart Hall o Aimé Cesaire, en un mamotreto de lo más sobrio, pueden prevenirnos de adoptar la óptica estrecha que se estila tierra adentro.

Como una aporía traviesa, una esencia irredimible en la era de las esencias rotas y las anteojeras caídas, la provincia llena las vacantes para trapear el piso de la différance. «Quintero –anotaba Jorge Baradit–, pueblo igual a cada puto pueblo… gente con la mente en blanco… mutantes abrazados… Siempre miro Quintero desde el avión. Nunca lo encuentro. Es como si no existiera». «¿Y qué harían si en vez de decir Quintero –interpela el regionazi– dijese  Puerto Príncipe? ¿Y si las redes apalearan a Baradit por esto, igual que cuando lo juzgaban como un pornófilo machote?». Las posibles respuestas trazarían un arco extenso: desde las tragicómicas hogueras prometidas a Marcelo Mellado y Leonardo Sanhueza por escribir pestes de San Antonio y Osorno hasta la ironía cazurra y luminosa que es la fórmula elegida por el alcalde Gaspar Cifuentes y sus amigos Meneses y Plasencia en La nueva provincia, de Andrés Gallardo.

Cansado del ninguneo y la postergación, Cifuentes declara la independencia de Coelemu, abjura del dominio penquista y chillanejo, encarga un  poema  épico, comprime el universo a esa mínima latitud, y ya en la resaca emancipadora se atreve a preguntar –presa del más mordiente arrebato de lucidez–: «¿No habremos estado hueveando, Meneses?».

Mario Verdugo es poeta y doctor en Literatura.

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