Ensayar la experiencia

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Gabriela Wiener genera experiencias para que brote la escritura
Presentación de Claudia Apablaza

No recuerdo bien en qué momento exacto conocí a la escritora Gabriela Wiener (Lima, 1975), ni el momento exacto en que comencé a leerla, pero sé que fue en Barcelona a mediados de los dos mil, tal vez en alguno de esos carretes de escritores catalanes y latinoamericanos que tomaban cerveza en algún bar de Raval para hablar de otros escritores latinoamericanos o catalanes, entre los que vi a veces a Robert Juan-Cantavella, Jaime Rodríguez, Jordi Carrión, Eloy Fernández Porta, Llucia Ramis, a la editora Ana S. Pareja, la traductora Marta Rebón, el escritor francés Mathias Enard, y en cierta ocasión a la misma Gabriela. A ese carrete yo había caído de paracaidista porque me había llevado otro amigo peruano, el periodista Ernesto Escobar Ulloa, que sabía que hace rato yo leía a Gabriela, y que al leerla me había enfrentado con algo que no encontraba en otras lecturas, razón suficiente para seguir esa pista, cambiarme de un país a otro durante seis años de mi vida, ir en busca de esos textos que me hicieran sentir menos culpable de trabajar lo autorreferencial. Eso encontré en primera instancia en los libros de Gabriela Wiener: una especie de madre redentora, una mujer fuera de una tradición, fuera del foco de lo que se llevaba en ese momento entre los escritores peruanos, donde sudaba el realismo, las escrituras europeizadas, los asesinatos de escritores y las riñas callejeras bolañescas; pienso por ejemplo en Iván Thays o en Diego Trelles Paz.

Así encontré en la lectura de Gabriela Wiener esa otra forma de narrar, primero en su libro Sexografías, publicado por la hermosa editorial Melusina cuyo editor era el gran José Pons, y también en Nueve lunas, libro publicado años más tarde, que me llegó en pdf desde algún email que traficaba publicaciones; ese texto acerca del lado B de la sexualidad de las embarazadas, donde nada pinta de rosa, sino que se mezclan las fantasías sexuales, los tríos, las masturbaciones y otras cosas ocultas de las mujeres embarazadas.

Encontré al leer a Gabriela no solo a una escritora que no temía experimentar con sus límites para volverlos escritura, sino que a la vez a una mujer que no le temía a la exposición completa de sí misma, a jugar con esa frontera, una narradora que mezcla como ninguna escritura y vida y que deja hecha una alpargata a Catherine Millet o a la mismísima Anaïs Nin.

Convengamos que casi siempre la escritura está basada en la experiencia de los escritores. Es desde ahí que se construyen todos los mundos que un escritor es capaz de armar, desde un registro autobiográfico, pasando por la autoficción y llegando a tramar enormes estructuras ficcionales. El caso de Gabriela Wiener, si bien respeta esta convención, va un poco más allá y genera experiencias para que brote la escritura. No le basta con vivir el cotidiano y plasmarlo: tiene que inventarse otros mundos o espacios límite para generar la escritura. Así como los beats lo hicieron con las drogas o Bukowski con el alcohol, Gabriela lo hace sobre todo con su cuerpo y el sexo, buscando generar experiencias radicales que la lleven a escribir acerca de lo experimentado. Sexo a través de una web cam, clubes swingers, hacerse una cuenta en Wapa o el Tinder para lesbianas, sexo vía Skype, orgías, tríos fantásticos.

En el libro Dicen de mí, publicado recientemente por Estruendomudo y presentado en Chile, ya no lleva al límite el cuerpo físico, sino que se vuelca a indagar en los límites e intimidades de las personas cercanas a Gabriela, en el sentir y pensar acerca de lo que piensan de ella misma, entrevistando así a su madre, al padre, la hija, su psicóloga, los mejores amigos, entre otros, y forjando preguntas incómodas a todos los que la rodean.

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En este libro Gabriela le pregunta a Elsi, su madre: «¿siempre tienes miedo de que me pase algo horrible?» Y su madre le dice lo siguiente, y es tal vez un párrafo que resume muy bien la forma en que escribe Gabriela: «Temo por ti porque te pones al borde de todo, y no puedo decir que yo misma no haya sido temeraria alguna vez, pero tú lo has hecho tu modo de vivir, y siempre está el riesgo de caer al precipicio».

Al leer a Gabriela una también se vuelve un poco madre de ella, teme por ella, quiere protegerla, decirle ya basta, cuídate, pero también aflora ese lector voyeur que quiere que Gabriela vaya más allá y arriesgue un poco más esas fronteras, nos confunda un poco más, a diferencia, por ejemplo, de lo que le ruega el escritor Jordi Carrión, cuando le dice que debería dejarse de experimentos y de hablar de sí misma para escribir de una vez una gran novela.

Por otro lado, es que leer a Gabriela no es solo leerla en sus libros, también, y sobre todo, en los periódicos y revistas en que colabora: El País, Etiqueta Negra, La República, entre otros. Me imagino que los libros para ella son tan importantes como esa otra extensión de sí, que son revistas, periódicos, antologías. Es una autora muy prolífica, y creo que en eso también radica su proyecto, en esa escritura cotidiana, necesaria, urgente.

Para mí los temas de Gabriela son primero su familia: su madre, su hija, y sobre todo su marido Jaime, el gran objeto de su escritura, tal como ella dice en un pasaje del libro Dicen de mí: «Jaime sabe quién soy. Mi vida es nuestra vida». También son objeto de su escritura, desde hace poco, su hijo Amaru y su pareja Rocío, el viaje constante entre Perú y España, el primer viaje, los regresos esporádicos, el ir y venir, las anheladas vacaciones en Lima.

Estos últimos años he visto, desde las redes sociales, porque ya no vivo en España y casi nunca veo a Gabriela, que Wiener ha ido mutando su propuesta feminista en activismo puro, ya no solo batalla lo desde el texto, sino que ahora, y desde que está con Rocío, ha incluido en su trabajo esta otra forma de lucha.

Por último, y para cerrar, quiero agregar que Gabriela no siempre está en modo personaje. Encontrarse con ella es desestimar sus teorías. A veces uno se pregunta en qué momento Gabriela comienza a ser lo que narra. En qué momento Gabriela te va a agarrar y dar un beso o desnudarse arriba de la mesa o exigirte algo insólito. No digo que he estado muchas veces con ella, pero cada vez que la veo me encuentro con una Gabriela más dulce, más titubeante, más parecida a esa Gabriela tímida de su último libro, una Gabriela tierna con su marido Jaime, que se va a acostar temprano porque su hija la espera en casa. Aunque nunca olvidaré el único momento en que vi a la Gabriela personaje frente a mí. Estábamos en un barco en el puerto de Barcelona. Se celebraba el aniversario de la revista erótica Primera línea, también me habían invitado esos escritores catalanes que se juntan con escritores latinoamericanos. El tema de la fiesta era el sadomasoquismo, todo era un show tremendo a la vista de nosotros, escritores heteronormados y mojigatos. Creo que de pronto vi a Gabriela en el escenario, vestida con ropas de cuero, lista para ser maltratada con un látigo. Ahí entendí todo, desde ahí y hasta ahora, siempre le creí.

 

Ensayar la experiencia

Gabriela Wiener

 

 

 

Mi padre usaba un parche en el ojo derecho. Por lo visto lo usaba, porque yo jamás lo vi. Me lo dijo su amante poco después de su muerte. Ella no podía creer que yo jamás lo hubiera visto con un parche. A mí me costaba aceptar que él por las noches fuera Ojo Loco. Lo que yo recuerdo de él son sus dos ojos pardos diminutos abrirse y cerrarse detrás de sus lentes y el periódico abierto, como un muro infranqueable. Pero en su otra existencia, la que ocurría a pocos kilómetros de la que compartía con mi madre, mi hermana y yo, él usaba un parche en el ojo como un pirata fuera del mar. Y así conducía, almorzaba en otra mesa, hacía la siesta en otra cama, llevaba a una hija que no era yo al colegio e iba al banco. El parche era, digámoslo así, la coartada de un infiel, la más estúpida que alguien podría inventar y también la más estúpida que alguien podría creer, pero funcionaba. Probablemente  porque la doble vida del adúltero pertenece al género fantástico, y en ese universo los cerdos vuelan y los padres fingen una minusvalía. Ese es el pacto con el testigo: hay que acomodarse a las reglas de verosimilitud de los amantes, que no son las del mundo normal en el que vivimos. Es verdad que sufría de hipertensión pero la enfermedad ocular no era más que un invento. La exageración de sus males y su expresión tangible en el medio de la cara, el disfraz como permanente recordatorio de un dolor que estaba en realidad en otro lado, le servía para justificar sus ausencias. Mientras duró lo del ojo, a la mujer que no era mi madre le solía contar que las noches sin ella las pasaba en un cuartito de hospital acondicionado especialmente para el cuidado ambulatorio de su retina mientras en realidad dormía con los dos ojos cerrados en la cama que tenía con su esposa, mi madre. Más tarde, podía inventarse viajes de un lado y del otro, y así permanecer días, incluso semanas fuera de una de sus dos casas, pero cuando le tocaba volver a ambas se ponía o se sacaba el parche del ojo, según su localización. Cuando estaba con nosotras parecía poder ver con los dos ojos, pero cuando estaba con ellas había un lado de la vida que no quería mirar.

¿Dónde lo guardaba? ¿En la guantera del coche? ¿En su bolsillo? Me hubiera gustado encontrarlo en su escondite, probármelo un rato ante el espejo. Quiero hacer algo con el parche en el ojo de mi padre. Siento que ese parche es algo más que un parche. Y esa corazonada guía mi voluntad. De alguna manera entiendo la escritura como ese movimiento  de ponerse y sacarse un parche. De hacer funcionar la estratagema. Y de hacerlo sin inocencia, con una sensación a veces hasta sucia de estar metiendo la vida en la literatura o, peor, de estar metiendo la literatura en la vida.

La ficción del padre se convierte en la no ficción de la hija escritora de no ficciones. La mentira impulsa la búsqueda de cierta verdad.

¿Cómo se llega a ese punto? ¿Cómo pudo? ¿Qué ánimo lo poseía? Son preguntas de estupefacción, en realidad balbuceos.

El padre muere y la hija, que se ha quedado temporalmente con el celular del difunto y es una persona incapaz de no leer la correspondencia ajena, reconstruye a partir de sus mensajes y correos íntimos los últimos años de vida de su progenitor, mientras debe lidiar con su propia crisis de parejas. Así, todo en plural, porque ella tiene dos parejas, un hombre y una mujer. Y a diferencia de las mujeres de su padre, los cónyuges de la hija saben perfectamente lo que pasa. La conclusión freudiana es evidente, casi grosera: ella se ha construido para no repetir la historia. Pero ya sabemos que el amor es el mal. La mentira, los celos, el abandono, la destrucción. Todo vuelve. El trío se rompe.

De repente, en plena hecatombe del amor libre no monógamo, ocurre algo que en principio tiene importancia solo para la esfera de la vida pero que luego la tendrá también para la de la literatura: a la hija poliamorosa se le rompen los lentes. Para ser precisos, se le parten como por arte de magia negra en dos pedazos justo a la altura del tabique nasal. Como se pasa el día y la noche llorando, ella entiende que es un mensaje cósmico y se siente aliviada de ya no tener que estar poniéndoselos y sacándoselos para limpiar las manchas que dejan sus lágrimas, y pospone la visita a la óptica, tanto que pasa días y luego semanas sin lentes. Al tiempo que todo lo que ella solía llamar existencia se desbarata, la bruma ante sus ojos hace todo menos agresivo, desdibuja los pedazos de sí misma que han quedado regados después del accidente, tanto que podría dudar de que está definitivamente rota. O podría pensar que también en este caso  como para ir a la óptica– se trata de encontrar las fuerzas suficientes. Esa es la razón de que recuerde esos días como especialmente borrosos. Y que esa media voluntad de ceguera, ese no querer ver del todo, sea para la escritora como ponerse unos parches invisibles en los ojos. Al menos en uno. Una especie de herencia paterna, otra manera de  completar el círculo, pero también, a fin de cuentas, de romper un linaje. Porque después de escuchar sobre la terapia Gestalt y las constelaciones familiares, de oír sobre su error de hacer la revolución solo hacia fuera y no hacia dentro, después de que le dijeran que era ella la que tenía que hacer el trabajo duro. Y que le machacaran lo del yoga, lo de escribir una novela, lo de cuidarse, lo del spa y la limpieza de cutis, lo de pensar en sí misma, lo de bajar de peso, lo de tirar solo con hombres, lo de meterse dos gramos en una noche, lo de dejar a su marido, lo de alejarse de las niñitas clase media aspirantes a okupas que no han vivido nada de verdad, lo de dejar de mirarle el celular, lo de gestionar los celos, lo de matar al patriarca que todos tenemos dentro. Y después de escuchar finalmente el único buen consejo: tomar clonazepán, un día, por fin, logra salir reptando de su cueva de dolor y se encarga unos lentes nuevos. Ya puede, al menos, ver sus manos y un poco más allá de sus manos. Llega entonces el momento en que la escritora comprueba que algo subyace al cruce de asuntos amorosos y problemas ópticos de esta historia, un símbolo, una orilla a la que llegar, y entonces cree entender lo que le dijo un día su amigo el documentalista: «La realidad nunca te traiciona, cuando menos lo esperas te hace un regalo». Cuando lo decía, él estaba pensando en esa tarde, en la selva del Perú, tras largas horas de mustia espera con el ojo fijo en el lente, una luz que podría calificarse de celestial bañó la escena en que Amelia, una chamana shipiba, cruzaba a remo la laguna de Yarinacocha, cantando unos preciosos íkarus. Las nubes se reflejaban en el agua y ya no sabías si navegaba o volaba.

Yo estaba pensando en el parche en el ojo de mi padre. Y en escribirlo.

Hay quienes buscan ese regalo de verdad y extraña belleza en las cosas, eso sin nombre que la poesía intuye, eso que es más que un poema, aunque no se me ocurre nada que sea mejor que un gran poema. Quizá solo  una  gran  pregunta. Un intento de comprender algo que parece importante. Un hallazgo que da sentido. Gay Talese dice que «el trabajo  de  un  escritor  de no ficción es dar cuenta de la corriente ficcional que corre en los túneles subterráneos de lo real». Es trabajo para los místicos de la realidad. Gente que piensa mientras escribe. Gente que escribe para pensar. Gente que se pregunta cosas. Gente que ensaya la experiencia. Gente que está empeñada en ampliar los límites de lo que entendemos como real, atrapar aquella corriente haciendo alguna variante de la inmersión literaria, de la apnea, y traerlo a la superficie para desentrañar su cara más misteriosa y desconocida. Así como hay escritores que buscan la verdad a través de la ficción (la verdad de las mentiras), hay otros que buscan, como virutas de chocolate en una torta, los tropezones de ficción que se escabullen en la realidad.

Voy a contarles algo que seguro imaginan: Borges no fue mi tótem. Yo quise ser Anaïs Nin y/o Henry Miller y hacer tríos con June. Estar on the road como Kerouac, una carretera llena de paradas y en cada parada una historia. Morir en París con aguacero un día del cual me esforzaba por tener ya el recuerdo. Enamorarme de alguien más joven que yo y volver a los 17 después de vivir un siglo como Violeta. Viajar al Amazonas como Ginsberg a buscar la planta visionaria que me haría comprenderlo todo. Quise que las prostitutas fueran mis mejores amigas como lo eran de Bukowski. Y vivir en buhardillas europeas con poetas locos, como Carmen Ollé. Quise ser parte de la caravana de motos de Hunter S. Thompson y los otros. Quise que Paul B. Preciado fuera mi dealer de testosterona. Escribir poemas sobre mi útero vacío como Blanca Varela, y sobre meter la cabeza en el horno aunque estuviera muy lejos de meterla realmente como Plath. Porque todo esto que podía vivirse también podía escribirse. Y siempre, siempre quise ser Pedro Lemebel o su muchachito peruano del Jirón de la Unión. Volví a nacer el día en que vi las fotos de Ana Mendieta desnuda con un pollo decapitado y sangrante entre las piernas. Y soñé con revolcarme en la famosa cama llena de mierda y semen de Tracey Emin. Y quise abandonar a mi marido en la muralla china como Marina Abramovic. Y encontrar al ser en una cucaracha como Clarice Lispector, mirarla fijamente a los ojos como G.H. Vivir en Barcelona como Roberto Bolaño y convertirme en detective salvaje de mi propio Belano. A todas ellas quise emularlas en ese anhelo de friccionar vida y escritura. La  verdad es que me esforcé mucho e hice la mitad de las cosas que hicieron mis ídolos. No lo niego. A muchos los quise y un día los olvidé. Me quedé con algunos de sus actos exhibicionistas, de sus escritos performáticos, de sus poses de agentes encubiertos, de sus horizontes gonzos, de sus cuerpos kamikases. Para hacer algo después.

También quise, sin saberlo o sabiéndolo mucho después, ser como Nelly Bly –el seudónimo de Elizabeth Jane Cochran– la primera periodista infiltrada, una periodista gonzo en pleno siglo xix, que tenía un terrible olfato para los asuntos que podían convertirla en la protagonista absoluta de la historia periodística y que demandaban, muchas veces, un alto grado de osadía y riesgo. Hay en ella cierta perspicacia que algunos calificarían de «femenina» y una quizá falsa inocencia, una voz muy  distinta  a las de los expertos, por momentos candorosa y fresca, lo que lleva a esa pobre gente a confiar en ella, un arma, como la sonrisa de Kapuscinski. Solía decir Bly: «Para triunfar se necesitan dos cosas: La primera es conocerse a uno mismo, la segunda impedir que el mundo te conozca». En esta poética del disfraz, la periodista gonzo bordeaba incesantemente sus límites, husmeaba en el mundo, pero también en su propia curiosidad, a veces como una vagabunda en un cubo de basura, y al esconderse tras el personaje, revelaba su propia cara. En Diez días en un manicomio, Bly se hace pasar por loca para infiltrarse en un hospital mental y denunciar las atrocidades que sufrían las enfermas en la sanidad pública. Tras la publicación de su polémico reportaje, logró que se emprendieran reformas sanitarias fundamentales en el centro. Aún así, su vida fue una lucha por ser tomada en serio.

Cuando el periodismo te guiña un ojo, pero solo un ojo, solo puedes hacerte odiar por la academia de la prensa y suscribir lo que decía Günter Wallraff, el periodista indeseable, cuando lo acusaban de ser poco ético: «Son más peligrosos los que tratan de vender que son objetivos, sin aclarar quién les paga o los favores que deben».

Se puede escribir como Bly, de lo que nos queda muy lejos, de lo que no tenemos ni la menor idea, desde esa carencia, para entrar en mundos vedados. Vivir seis meses con el salario mínimo. Prestar tu cuerpo a la ciencia. Infiltrarse en un local swinger. Contar la experiencia de ese otro lejano. Pero hay más formas: por ejemplo, escribir de lo que más conoces o hasta ese momento creías conocer. Hacer relatos de ese territorio que no por inmensamente familiar e íntimo deja de guardar revelaciones.

En su libro Retratos y encuentros, Talese explica que el origen de su primer reportaje fue perder a su perro. El joven Talese llega hasta el cementerio de perros sobre el que realiza una muy completa investigación, hermosamente escrita, que se convertirá en su primer reportaje vendido al Atlantic City Press, justo antes de volverse uno de los reporteros estrella de Esquire.

En el origen de todo está un perro perdido. A veces una perra.

* * *

Ahora mismo me cuesta estar hablando de todos estos escritores y no de mí misma, lo admito. O es posible que lo esté haciendo. La vieja teoría de que incluso cuando parece que no hablamos de nosotros mismos lo hacemos. Una amiga mía dice que es de pésimo gusto que se note que queremos ser el tema de conversación, pero que alguien tenía que hacerlo. Mi último libro es un libro de entrevistas a gente a la que le pido que me hablen de un solo tema: yo. Imagínense. Hasta intenté entrevistar a una expareja que me había roto la nariz de un puñetazo. Quería que habláramos sobre machismo, veinte años después, pero él no había cambiado nada.

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El Yo debe ser uno de los asuntos más satanizados que existen si no haces poesía o si no te declaras una diva de la autoficción. Es el pez enjabonado de la teoría literaria y la deontología periodística. A Tom Wolfe le preguntaron hace poco en una entrevista de qué se arrepentía del Nuevo Periodismo que inventó y dijo: «De la primera persona». Fue titular. ¿Pero qué les pasa? Es como renegar de Nirvana. María Moreno dice que el yo siempre ha estado de moda. Caparrós dice que hay que escribir desde el yo, no sobre el yo para ser un buen cronista.

Estoy agotada de intentar cumplir el decálogo del perfecto cronista. ¿Ustedes no? ¿Y si nos da por ser imperfectos? A veces escribo desde  el yo. A veces escribo sobre el yo. Sobre todo, escribo contra el yo. El yo camina por la cuerda floja, entre lo irresistible y lo completamente insoportable. Pero hay muchas primeras personas, no todas son estúpidas o inoportunas. Esa subjetividad radical pone a quien escribe a lidiar cada día con eso tan aparatoso llamado Verdad   y –dice un señor llamado Phillip Lopate, que escribió un retrato de su cuerpo en el que habla largamente de su pene corto– también con el autoengaño. Por eso me gustan los textos que incluyen la sospecha sobre el propio texto. El lado B. Me gusta saber cuál ha sido el método que ha usado el narrador para contar los hechos, me interesa el detrás de cámaras incluso más que la historia en sí.

Una vez asistí como cronista infiltrada a algo que se hacía llamar Taller Vivencial de tu propia muerte, en Barcelona. He ahí a lo que me refiero con ensayar las experiencias. El objetivo era ensayar la muerte. ¿Se puede ensayar la propia muerte? Lo fácil era burlarse de los talleres new age con mi tonito irónico de siempre, pero mientras iba dándome cuenta de que la gente estaba ahí por motivos serios me decidí a hacer una inmersión total. Por eso incluí en el texto mi diario personal del taller para contar mis propias experiencias, mis miedos más profundos y compartir con los demás, que se abrían de dolor, la reflexión sobre el duelo. Terminé escribiendo un ensayo sobre nuestra mortalidad. Me fui a vivirlo. O mejor dicho, me fui a morir. A través de una técnica de respiración experimentamos una catarsis emocional que aunque no nos mató, funcionó como simulacro. Acepté la muerte como una experiencia más de la vida. Me entregué. Morí o me imaginé mi muerte y me reconcilié con ella. Recuerdo haber salido empoderada de ahí y haberme animado a dar sola un paseo por el bosque sintiéndome libre, pero me entró un miedo pavoroso de que saliera un animal de la oscuridad. Me fui corriendo. No había aprendido nada. O quizá sí.

Hace un par de años, aprovechando la reedición de uno de mis libros, decidí hacerle una enmienda. Me dediqué a escribir unas minuciosas notas a pie de página. En ellas contaba todo lo que no me había atrevido a contar en los textos originales, lo que había omitido por seguir las reglas del canon periodístico o para no perder a mi marido, más o menos. Muy poca gente me ha comentado esas notas, que son para mí como el momento de sacarse el tanga en un striptease, será porque la gente nunca lee las notas a pie de página.

Juro que estoy intentando que esta conferencia no sea sobre mí, pero no lo estoy consiguiendo.

Mis libros son confesionales. Están llenos de destapes íntimos, de trascendidos incómodos. Me exponen. Muchas veces me entrego a la vergüenza propia. Quiero leerles una cosa para que sepan de qué estoy hablando y verán cómo me arde la cara de pudor. Es un trozo de un texto que escribí sobre sentirme fea:

Nadie podrá despreciarme mejor que yo. Esa es mi conquista. La voz interior es siempre un recuento de catástrofes y barroquismo: mis dientes torcidos, mis rodillas negras, mis brazos gordos, mis pechos caídos, mis ojos pequeños clavados en dos bolsas de ojeras negras, mi nariz brillante y granulienta, mis pelos negros de bruja, mis gafas, mi incipiente joroba y mi incipiente papada, mis cicatrices, mis axilas peludas y abultadas, mi piel manchada, pecosa  y lunareja, mis pequeñas manos negras con las uñas carcomidas, mi falta de cintura y curvas traseras, mi culo plano, mis cinco kilos de sobrepeso, los pelos hirsutos de mi pubis, el pelo de mi ano, los pezones grandes y marrones, mi abdomen descolgado y estriado. El tono de mi voz, mi aliento, el olor de mi vagina, mi sangre, mi fetidez. Y aún me falta hacerme vieja. Y descomponerme.

En una época me dibujaba, construía collages con fotografías recortadas, unía partes de mi imperfecto cuerpo con recortes de cuerpos de modelos increíbles. En uno de mis autorretratos tengo un rubí en el pezón y mi cuerpo es el de una heroína de cómic erótico de los setenta. Soy una muñeca recortable y tricéfala a la que le he cortado el cuerpo y le he dejado los vestidos.

Todos los acomplejados somos unos formalistas. Nietzsche lo dijo así: «el hombre se mira en el espejo de las cosas, considera bello todo lo que le devuelve su imagen», «lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración». Por lo general, se da por descontado que en el mundo hay feos pero las personas no se imaginan que pueden estar en ese grupo. En el peor de los casos, es cuestión de gustos o de puntos de vista, o la belleza es subjetiva o depende de la época o de lo que entienda la cultura occidental.

Nadie quiere ser simpático. Ninguna mujer quiere ser solo agradable. Hay pocas cosas tan en desuso como la belleza interior. Algunas veces me he aplicado al ejercicio de juzgar estéticamente a otros, como una gran entendida. Todos sabemos que para la gente realmente hermosa este no es un tema de conversación –los guapos de verdad ni se dan cuenta de lo guapos que son–, pero para la gente fea tampoco, para ellos no es un tema:  es el único tema. De hecho, alguien que no habla del físico de los demás, aunque no sea una persona guapa, solo por la abstención ya puede considerarse un poco guapa. En cambio, a alguien regular, e incluso a alguien semiguapo, le afea bastante hablar de la belleza o la fealdad de los otros.

¿Estoy loca? Creo que poca gente se siente atraída por mí a primera vista, tanto que cuando ocurre me sorprende, y esto puede ser muy molesto en un mundo donde casi la mitad de la población tiene una anécdota acerca de un amor fulminante. Y claro, cuando me conocen, sí, ven mis cualidades, también físicas, como mis pechos grandes, mi cabellera negra y brillante, mis boca pequeña y dibujada; con ese punto de exotismo e indefensión; sobre todo desnuda, parezco una nativa amazónica recién capturada, eso da morbo, morbo colonial, sí, eso dicen mis amantes o mis amigos, que a veces son genios feos: considero que si mis amantes o mis amigos son feos, también es un problema mío, me afean más. Me pasa lo mismo con lo que escribo. Lo que escribo siempre me afea. No hablaré aquí del odio que le tengo a las escritoras que además de escribir bien son portentos femeninos. Tengo a una enterrada en mi jardín. La belleza mata.

El texto es sobre sentirme fea pero también sobre el dolor de no poder encajar en los patrones de belleza normativa femenina que nos imponen. Hay textos que son egocéntricos, pero falsamente egocéntricos, al menos me gustaría que así fueran los míos. Quiero decir, son textos que hablan del yo, pero no solo hablan del yo. Normalmente la gente habla de otras cosas para hablar de sí mismas, pero hay quienes hablan de sí mismos para hablar de otras cosas. Para conseguir que «lo personal es político» no sea solo una frase manoseada. Y hacer de nuestra experiencia individual un revulsivo colectivo. E incluir al uno en el otro. Como Pedro Lemebel  y su voz travestida, lírica, canalla, narrando los vericuetos de la identidad en una Latinoamérica todavía demasiado mojigata, confrontándola. Alan Pauls en un taller de masculinidad preguntándose qué es ser hombre hoy. O la mexicana Alma Guillermoprieto buscando en sus memorias como joven profesora de danza en Cuba la explicación para el desencanto de la Revolución. Cronistas de sí mismos.

Algo que he pensado también mientras escribía esto, es que es mejor saber cuanto antes qué tipo de escritor o escritora somos. Perdonen por el tono de autoayuda: Cuando escribo cuentos, por ejemplo, cuentos de ficción –lo he hecho muy puntualmente– me siento rígida, atascada, dejo de fluir, estoy demasiado preocupada por «hacer literatura» con letras de molde. Mientras que escribiendo no ficción, testimonio, ensayo personal o crónica, el camino hacia lo que quiero decir parece más directo. ¿Le pasa a alguien aquí? ¿A lo mejor quieres ser el nuevo Cortázar y en realidad deberías soñar con parecerte a Emmanuel Carrère? ¿A lo mejor deberías concentrarte en acercarte más al Fuguet de Missing que al Fuguet de las novelas? ¿Quizá deberías, y esto me lo digo a mí misma en voz alta, fuertemente, olvidar que no serás nunca Samantha Schweblin o Valeria Luisselli, que solo puedes ser tú? ¿Quizá todos deberíamos querer ser Alejandro Zambra y punto? Un escritor me dijo que si un escritor no es capaz de traicionar de vez en cuando sus propias teorías sobre sí mismo no es un escritor. Esto también va de traicionar. A lo mejor te gusta el cine documental lleno de fotos viejas y entrevistas a padres y madres hechas por hijos, como el que hace Alan Berliner o Sarah Polley. Asúmelo, te gustan. A lo mejor eres de esa generación cuya vida es un constante reality show, de existencias hiperconectadas, de gente que escribe todo el día sobre sí misma en redes. Mi primer blog data del 2004.

Intento escribir lo que me gustaría leer. No escribo nada más. No cualquier subjetividad, no cualquier mirada, interesa  per se. El Yo que me interesa es el que está buscándose pero también buscando algo más allá de sí mismo, es un proceso de autoconocimiento pero también, simplemente, de conocimiento. Ver una subjetividad transformándose en un texto. Eso es lo que me gusta. Ver un individuo cambiando en un texto. Detectar los movimientos de su mente. Que me traiga de ella noticias nuevas. Que sus acciones me produzcan empatía o antipatía. Pero algo, lo que sea, que esté vivo. Eso es para mí ensayar las experiencias. Hay preguntas que quedan resonando siempre que  escribimos así: ¿Hasta dónde puedo llegar? ¿Cuánto puedo exponerme? ¿Voy a perjudicar a gente en el camino? ¿Cómo me libro de la autocomplacencia, de mis propios sentimientos de superioridad? ¿Puedo intervenir en la acción sin cambiar del todo el rumbo de una historia? ¿Esta es la mejor manera de contar algo? ¿Servirá lo personal para explicar una realidad compartida? Solo en los textos bien escritos están las respuestas.

Voy a poner un ejemplo final de parche en el ojo. Una mañana, en plena crisis matrimonial, recibo un mail de Milton, mi psicólogo de la época en que me metía drogas. Quiere felicitarme por mis logros, por haber sido una yonqui y ahora salir en los periódicos. Entonces desempolvo el cuaderno que llevé durante la terapia. Milton me mandaba a escribir cada día en ese cuaderno una frase positiva sobre mí misma  para que olvidara la marihuana. Este cuaderno es otro parche en el ojo. Es el aleph del ensayista personal. El hallazgo vivo que va a explicar poéticamente unas cuantas cosas. Leo ese cuaderno ahora que mi amor propio es mi punching ball, ahora que mi mujer me ha dejado en pleno postparto porque le gusta otra tipa, una especie de amiga mía a la que envía stickers de unicornios; lo sé porque tengo su clave de Facebook y he seguido su traición en directo como por Periscope, la he visto escribir y simultáneamente borrar los mensajes que no son para mí, mensajes sobre darle a probar la leche de su teta con sabor a canela. Me ha dejado porque me muero de celos y no estoy a la altura de las teorías poliamorosas. Porque me ha dejado a mí y a nuestro marido. Leo el cuaderno de la terapia ahora que se ha ido de casa de vuelta a su casa okupa, porque si se queda un minuto más nos matamos o cocinamos al niño y nos lo comemos. Leo a un año de haber mandado a hacer la enorme cama del poliamor que ahora está vacía, a pocos meses de tener un parto  emocionante  en  casa, de  hacer el nido para nuestro hijo, el mesías del amor libre, con cada palito que he traído con mi pico. Me leo ahora que ella se ha llevado a nuestro bebé, el que tuvo con mi marido y conmigo, leo mi letra de lapicero azul Novo, fea y nerviosa: Gabriela, tú vales. Gabriela, quiérete a ti misma. Gabriela, eres bella e inteligente. Lloro porque soy la celebridad del amor libre caída en desgracia. Y agrego una frase más: Gabriela, deja de llorar porque a tu novia le gusta otra. Escribir cuando ya no tengas nada con qué escribir como el Marqués de Sade, escribir con tus propios excrementos.

¿Qué mueve a un escritor a escribir una historia? ¿Por qué sabe que debe perseguirla? ¿Por qué hay libros que nos emocionan? ¿Cómo hacen para que un argumento manido, una historia de amor o poliamor, una guerra, un golpe de Estado, se convierta en algo que emocione, que trascienda la anécdota individual y se abra al mundo? En el cierre de Anatomía de un instante, uno de los libros de no ficción de Javier Cercas, el narrador descubre que en realidad ha querido contar la historia del presidente Adolfo Suárez, quieto en su escaño mientras las balas le zumbaban en los oídos aquel 23-F, en la intentona de golpe de  Estado en España, para entender a su padre, el veterinario de granja ya fallecido, un suarista de corazón con el que se pasó la vida hablando de política. Por eso escribe.

Es la conexión personal, emocional, con el tema que tratamos, lo que desencadena la escritura, lo que hace trascendente en última instancia un texto.

En el origen de todo está un perro perdido. Un padre. O un parche en el ojo.

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