En la cocina de Alonso Cueto

Hace unos años tuve el honor de presentarlo en la Feria del Libro de Santiago cuando Perú fue el país invitado. Lo había conocido un año antes en un aeropuerto y en cuanto lo vi le encontré aspecto de hidalgo español. Me pareció una especie de Alonso Quijano que en vez de acumular golpes en sus viajes, juntaba millaje como viajero frecuente. Por eso al momento de la presentación dije que entrecerrando los ojos me parecía posible imaginarlo como uno de los quijotescos capitanes de Francisco Pizarro, esos que con una rígida armadura debían enfrentarse al asombro de un mundo nuevo… O quizás deberíamos situarlo entre las huestes de Diego de Almagro, o sea algo así como en el bando equivocado, ya que don Diego, como sabemos, vino a este pobretón Chile donde se daban mejor las piedras que el oro y, lo que es peor, no tardó en descubrir que los piedrazos se daban todavía mejor. Como si fuera poco, a su regreso a Lima pagó caro su rivalidad con Pizarro.

Que Almagrito haya perdido la cabeza nos viene a recordar que en el principio más que el verbo como nos gustaría creer, estaba la violencia… y, lamentablemente, sigue estándolo en buena parte del continente. Esa es una de las tantas cosas que debemos agradecerle a la escritura de Alonso Cueto: que use el verbo para dar cuenta de esa violencia. Y –como buen Cuetolo hace escuetamente. Sin adjetivación, las situaciones son expresivas por sí mismas.

Ha retratado una violencia en su dimensión más cotidiana y por lo mismo más impactante. Y nos toca porque alude a esa especie de épica en ropa interior que significa enfrentar la vida diariamente.

Montesinos y Alberto Fujimori son apenas sombras chinas en su novela Grandes miradas. Pero en cambio sabemos de ellos a través de la vulnerabilidad de la gente sencilla como ocurre con Gabriela con sus intentos de justicia o Javier y sus muchas pequeñeces a las que lo lleva el miedo.

La novela La hora azul nos deja la sensación de que Latinoamérica en su conjunto pero también cada uno de nosotros somos hijos de un desgarro, que nuestra historia personal arranca de una especie de choque, como le ocurre a Adrián Ormache tan cerca de su perfecta madre que nunca vio el lado b de la historia, en su caso la vida de su padre. La muerte de la madre y el encuentro casual de un documento lo ponen en la pista de otro mundo, el real claro está, pero totalmente desconocido hasta ahora para él. Visto así, lo que nuestro escritor advierte en sus escritos, es que todos podemos llegar a ser sujetos violentos. Incluso la infancia no está exenta de violencia. Por el contrario y anticipando los conflictos de bullying que hoy preocupan a nuestra sociedad, El susurro de la mujer ballena nos alerta de los crueles secretos que la infancia arrastra como una monstruosidad.

El mal, como un virus, solo espera ciertas condiciones para poder desarrollarse.

Si hablé del bando errado es porque en estos tiempos que corren de tanta eficiencia, dow jones, ingreso per cápita y una expansiva terminología economicista, jugarse por la escritura como Alonso Cueto lo ha hecho, es ciertamente elegir el partido equivocado. Y con mucha conciencia pues como alguna vez dijo “uno no escribe para que lo lean hoy o mañana o algún día. Uno escribe para cristalizar, con honestidad, una experiencia esencial y para que esas páginas vuelen por el tiempo y quizá alguien, al otro lado, descubra una comunicación profunda con su autor”. Díganme ustedes si no es esa una expresión quijotesca.

De hecho, si lo pienso, entre Alonso Cueto y Alonso Quijano hay apenas un par de letras de diferencia, casi una falta de ortografía me atrevo a decir. Al igual que su casi tocayo, nuestro autor cabalga entre la ficción y la realidad libremente. No solo ficcionaliza hechos reales como el asesinato de un Juez, trama de Grandes miradas, sino que es fácil encontrar alusiones en sus páginas a personajes que aparecen todos los días en los diarios… Y la ciudad de Lima en sus relatos parece más verdadera que en la mejor guía de la ciudad. No me explico cómo las oficinas de turismo del Perú no han decidido entregar a cada turista un ejemplar de El vuelo de la ceniza o La venganza del silencio a su llegada al aeropuerto.

Cuando me tocó presentar por primera vez a este soñador para quien “un sueño es, en cierto modo, un relato que nos contamos a nosotros mismos”, mi deformación profesional de periodista me llevó a intentar encontrarle algún vicio o placer culpable. Pregunté a algunos escritores sobre él esperando dar con cierta revelación off the record. “Alonso, hombre gigantesco, taciturno pero gran conversador, culturalmente muy inquieto, apasionado tanto por la literatura como por la vida familiar” fueron las palabras de Alfredo Bryce Echenique.

Total, la pesquisa a lo Janet Malcom me reportó numerosos halagos y me produjo una aguda envidia ante la entrañable amistad que le declaran muchos de los más destacados intelectuales de su país. A mí quizás lo que más me sorprende es que quien practicó el periodismo en el Perú y en España durante largo tiempo (fue director del suplemento cultural del diario El Comercio), haya cosechado tantos amigos cuando lo habitual es que ese tipo de oficios provea de respetables enemigos.

También como el Quijote, Cueto ha sido un lector omnívoro (en este punto hay que marcar la diferencia: no hay muestras de que por eso haya perdido el juicio, al menos de momento). Fue de esos raros niños que tenían tiempo para la pichanga y el libro. Luego vino el doctorado en Estados Unidos, donde conoció al mismísimo Borges y a nuestro Enrique Lihn. De ahí son también Kristin, la gringa dulcinea, y la lectura en profundidad de su admirado Onetti a quien dedicó su tesis doctoral publicada con el sugerente título de El soñador en la penumbra. Lo había conocido en España cuando lo entrevistó para el Diario 16 y no hicieron otra cosa que hablar de Humphrey Bogart.

Como se sabe, el verdadero escritor es ante todo un lector. Si bien el trono de sus lecturas lo ocupa Henry James, a quien admira por esa capacidad de contar historias sin sacrificar lo que podríamos llamar una exploración de la conciencia, en el 2009 publicó Sueños reales, donde se ocupa de otras devociones literarias como Nabokov, Conrad, Flaubert y Carver. Un libro con ese título debería estar en la biblioteca del Quijote incluso a riesgo de que la sobrina, el barbero y el cura lo manden a la hoguera. ¿Los convencí ya de su indiscutible semejanza quijotesca?

¿Sí? Magnífico, porque ahora pretendo desdecirme. Bueno, no exactamente. Suscribo todo lo anterior solo que quisiera complementarlo.

Alonso Cueto es también un Sancho Panza (aclaro que no intento hacer mención a su peso ni a si este se ha incrementado o disminuido en los últimos años… nada de eso). Lo que ocurre es que leyendo su libro Valses, rajes y cortejos, que recopila sus artículos periodísticos, descubrí que había además otro Alonso. Se trata de un autor con un oído atento para el habla, con una gran atención a la sabiduría popular y mucha sagacidad para desentrañar el santo y seña con los que las sociedades arropan sus miedos. O como él lo dice de forma inmejorable pesquisar los códigos de una filosofía de bolsillo. Como lo hizo con asertividad y humor el inmortal Sancho cuando fue gobernador en la Ínsula.

Cueto sigue, por ejemplo, con agudeza, de qué manera la buena mesa es la medida de todas las cosas para los latinoamericanos. Y lo ejemplifica con el habla cotidiana: nos hace tomar conciencia de la habitual pregunta “qué se está cocinando” para ponerse al día de novedades; o cómo lo fácil se expresa con un “es papaya”; o cómo las confesiones suelen ir precedidas de un “la verdad de la milanesa es…”, o cómo una mujer atractiva está a juicio de quien la mira “para comérsela…”

Una de mis crónicas predilectas es “El poeta caníbal” que se ocupa de esa costumbre tan arraigada en nuestro continente que supongo que nos legaron los conquistadores junto con la sífilis. Me refiero a la inevitable tendencia a la chismografía que padecemos y que Cueto califica muy bien como una “vocación clandestina por la destrucción ajena”. Mientras más notorio sea un personaje, resulta un blanco más apropiado para el chisme. En una breve paginita, nuestro autor hace un logrado retrato de este tipo de personajes que saludan con un “¿saben la última?” y cualquier cuento lo presentan con el prólogo de “a que no adivinas de lo que me he enterado…”.

 Y los llama –esto me encantacaníbales de la intimidad… De nuevo la comida presente…

No quiero llenarlos de citas, pero créanme que hay también un Sancho en la mirada y textos de este escritor peruano que hoy nos acompaña.

Nunca sabremos del todo lo que nos quiso decir el perverso de Cervantes con ese inquietante final donde se invierten los papeles entre el caballero andante y su escudero. Pero está claro que Quijote y Sancho no pueden existir separadamente como tampoco podría existir realidad sin ensoñación. Dos caras de una compleja moneda que Alonso Cueto ha sabido verter en su escritura se trate de ensayos, artículos periodísticos, novelas o relatos. Por eso es un verdadero honor tener en la Cátedra Bolaño a este gran invitado que no habría sido posible de no mediar el respaldo de la Embajada del Perú y su embajador Carlos Pareja

Puedes continuar con...