Emily Bell «Bienvenido a nuestro mundo, Mark Zuckerberg»

Emily Bell puede contarse entre aquellas personas en los medios de comunicación que, cuando empezaba el siglo, supo leer hacia dónde estaba mutando un negocio que básicamente no había cambiado en cien años. La periodista británica había sido reclutada por el diario The Guardian y se hizo cargo de la exitosa puesta en línea de una de las instituciones de la prensa inglesa. Y lo hizo con métodos que se transformarían en fórmula pero que en ese entonces no pasaban de ser apuestas audaces: desde ránkings y galerías de fotos hasta una sección de citas (Guardian Soulmates).

Como académica, a cargo desde 2010 del Tow Center for Digital Journalism en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, en Nueva York, no solo ha seguido la pista del cambiante paisaje digital, sino que ha visto venir lo que de algún modo es un tsunami en cámara lenta, que derriba a su paso los cimientos del modelo de negocios de los medios tradicionales y también muchos de los fundamentos básicos de la producción periodística.
A fines de junio de 2016, cuando el referéndum del Brexit tomó por sorpresa al mundo occidental, Emily Bell tomó nota sobre las fallas que el periodismo británico evidenció al dar cuenta de ese fenómeno. Unos meses después, estaría trazando paralelos con un suceso aún más sorprendente: la elección de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos y una campaña electoral que fue, por decir lo menos, extraordinaria.
Invitada por el Columbia Global Center de Santiago y la Escuela de Periodismo de la UDP, vino a Chile apenas una semana después del triunfo de Donald Trump, lo que dio aun mayor relevancia a su charla «Cómo salvar al periodismo (y a la democracia) de Facebook». Fue una semana en la que, mientras los medios tradicionales y los especialistas en encuestas y modelos predictivos hacían sus mea culpa y trataban de determinar qué estuvo mal en su cobertura, desde Google y Facebook comenzaban a lidiar con la evidencia del gran tráfico de noticias falsas que circularon en sus plataformas, cuyo efecto político es difícil de medir.

–En el Tow Center estudian cómo el entorno digital impacta al periodismo y los medios. ¿Qué es lo más desafiante de entender, lo que más cuesta abarcar como fenómeno?
–Creo que lo más desafiante es esta idea de que estamos pasando de un ciclo de producción fijo y predecible en el periodismo hacia un mundo donde todo lo que sustenta el reporteo, la producción, la entrega y las ganancias económicas en el periodismo está en un constante estado de cambio. Creo que es fácil entender eso intelectualmente, pero cuando miras las áreas que están siendo guiadas por la tecnología –y el periodismo es ahora un área guiada por la tecnología– te das cuenta de que tenemos mucho conocimiento sobre lo que sostiene este mundo, pero también necesitamos constantemente aprender y adaptarnos y cambiar…, y no hay necesariamente un destino. Caracterizamos la transformación digital como solo eso: comienzas en un lugar, cambias y terminas en otro lugar.
Y cuando miras lo que realmente implica trabajar con un mundo de tecnologías en red, ves que no hay un destino, hay solo procesos que siempre cambiarán. En cierta forma, eso ha sido lo más difícil de comprender realmente para cualquiera que practica o que teoriza sobre un campo que en el fondo no había cambiado mucho en cien años.

–¿Cree que a la gente que no trabaja en medios debería importarles esto? ¿Por qué?
–Tengo que creer, porque he pasado mi vida como periodista y ahora enseño a periodistas, que el periodismo importa. Escribí un informe hace un par de años con Clay Shirky y Chris Anderson, «Periodismo posindustrial», y uno de los mensajes principales en él es que el periodismo importa. Por un tiempo se sintió, quizás en el período de 2000 a 2005, que simplemente iba a ser reemplazado por montones de datos y herramientas y por una comunidad de ciudadanos comprometidos. Entonces el periodismo parecía solo un impedimento en el camino de la gente que andaba buscando las historias que quería encontrar. Eso no pasó, por supuesto. Lo que pasó es que los sistemas de poder se han vuelto más complicados, se mueven más rápido, son más oscuros, menos comprensibles. La necesidad de contexto, de búsqueda y contextualización de la información en tiempo real ha crecido. Y el periodismo es aún el mejor mecanismo para descubrir, explicar y distribuir esos descubrimientos y explicaciones. Eso no significa que funcione todo el tiempo, a veces falla, y creo que también estamos empezando a estar menos a la defensiva sobre por qué el periodismo falla, más abiertos de mente respecto de cómo repararlo. A la gente debería importarle porque vemos lo que pasa cuando no hay periodismo. Sabemos lo que pasa cuando no sometes al poder a la revisión de su responsabilidad, y no hemos encontrado todavía un mecanismo que funcione mejor para eso que el periodismo.

–Tras estas elecciones presidenciales en Estados Unidos ha habido mucha repartición de culpas y acusaciones a la prensa. Pero en cierto sentido también podría significar una reivindicación del periodismo…
–Creo que el hecho de que ambas cosas puedan ser simultáneamente verdad, que el periodismo en algunas partes haya sido reivindicado y en otras recriminado o se le haya apuntado como un fracaso, en cierto modo ilustra una verdad fundamental: que ya no estamos hablando de algo llamado «la prensa» dirigiéndose a algo llamado «el público». Tomando la idea de que ha sido un fracaso, los periodistas han fallado; los consumidores que ponen atención a las noticias sienten que no sabían que Donald Trump iba a ganar las elecciones. El mismo Trump no sabía que iba a ganar. Creo que hubo una falla sistémica de todo tipo de ciencia predictiva. El periodismo falló, las encuestas fallaron, las ciencias sociales andaban perdidas. Tuvimos una experiencia muy similar en Gran Bretaña con el Brexit, y a veces se necesita una serie de eventos impactantes. Sea cual sea el lado del espectro político en que estés, la elección de Donald Trump fue impactante, un shock para la izquierda y la derecha. Pero puedes tomar esos momentos como una manera de aclarar cosas que probablemente venían sucediendo desde hacía algún tiempo, y que no habíamos tenido ocasión de notar.
Y en cuanto a la reivindicación del periodismo, creo que a veces olvidamos que en medio de toda la recriminación y la política sucia de esta campaña también vimos algunas piezas extraordinarias, buen periodismo de investigación. Leí una gran cantidad de material con un reporteo muy profundo, muy informativo sobre rincones de Estados Unidos que yo, alguien que vive en Nueva York, no entiendo realmente, aun cuando haya pasado por ahí. Y siento que tengo una mejor comprensión del país gracias a los periodistas. Creo que el hecho de que mucha gente sienta que lo que estaba pasando no estuvo bien representado es un problema para los medios.
Y es un problema cívico, también. Y si miras la manera en que se cubrió esta elección, sabiendo lo que pasó, verás que las noticias locales en muchas partes de Estados Unidos ya no existen de la manera en que antes existían, y que el reporteo nacional e internacional aún está bastante bien provisto. Entonces tienes una cobertura eterna de los candidatos y sus políticas, pero la cobertura del electorado estuvo muy desfasada. Normalmente para eso habrías contado con una cobertura acuciosa por parte de medios locales de calidad, que son los que ayudaban a los medios nacionales a entender, reporteando en la calle. Y eso simplemente se perdió.

–¿Qué lecciones aprendidas por la prensa británica con el Brexit cree que la prensa estadounidense está aprendiendo ahora, tras la elección de Trump?
–Hay tantos paralelos. Incluso considerando que la estructura de la prensa es tan distinta en Estados Unidos y Reino Unido, la lección fundamental es la misma: tienes que estar atento al sesgo de confirmación. No hay sustituto a salir a preguntarle a la gente; digan lo que digan los números, son solo una guía para ayudarte a reportear. El término «la elite de los medios» lo considero problemático porque creo que lo que se quiere decir con eso es «estas son personas que no viven la vida como nosotros; la gente de los medios tiene buenas vidas en las grandes ciudades y están divorciados de la realidad».
Hasta cierto punto es cierto, pero hay también acá una lección en cuanto a prioridades, en cómo entendemos las prioridades editoriales. Es indudablemente el caso, si trabajas en medios nacionales o internacionales, que las prioridades que nosotros como editores pensamos que son importantes, y de lo que hablamos eternamente, como el cambio climático, las migraciones y los desplazados, estos grandes problemas de largo plazo, no son la prioridad de la gente que vive una vida corriente en lo que en Estados Unidos se llama el Rust Belt, el cinturón industrial «oxidado», o en áreas del Reino Unido que no se han beneficiado con la globalización. La manera en que la elite y los grandes medios han pensado los problemas ha sido a través de un lente completamente diferente al del común de las personas.
Los medios no crean todas estas agendas, a menudo las siguen o adoptan. Y es un espejo de lo que está pasando en política: los políticos, particularmente en Estados Unidos, se han involucrado mucho en problemas globales, en asuntos muy ligados a la política exterior del país, en conflictos en otras partes del mundo. Eso es muy distinto de los problemas para pagar las hipotecas, o de cómo alguien que tiene 55 años y ha trabajado en una fábrica toda la vida va a encontrar otro trabajo. Creo que hemos aprendido una lección no solo sobre ser «elite»; es casi como ver que es un set de prioridades completamente distinto. Y, de nuevo, ahí es donde la estructura de la prensa no ayuda mucho, porque tienes una pieza que te falta: la que se ocupa de esas partes de la audiencia. Porque no significa que estas grandes preocupaciones globales no sean legítimas, sino que no son urgentes para muchas de las personas que están leyendo las noticias.

–En estos días hemos visto muchas noticias sobre Facebook o desde Facebook sobre el papel que esa compañía tuvo en las elecciones presidenciales estadounidenses. ¿Diría que este momento está marcando un hito para Facebook como un medio, una definición que ellos evitan?
–Sí. Creo que hemos llegado exactamente a ese punto, esto es un hito para Facebook. Algunos hemos estado desde hace tiempo bastante atentos al fenómeno: Facebook ha tomado algunas de las funciones que solían estar a cargo de la prensa. Cobra por avisos publicitarios, suma audiencias, tiene herramientas de publicación…, lo que no hace es decidir exactamente cuáles son las noticias, ni editarlas ni encargarlas a periodistas.
Y eso ha permitido que Mark Zuckerberg, por motivos comerciales muy comprensibles, sostenga que Facebook es una plataforma neutral, que no está realmente involucrada en los medios, que no es un medio, es una compañía tecnológica.
Pero Zuckerberg está aprendiendo una lección muy importante, que quienes trabajamos en la prensa sabemos desde antes: no puedes elegir tu propia narrativa. Puedes promoverla y puedes mostrar tus argumentos, pero cuando el tribunal de la opinión pública o simplemente el ánimo público cambia en cierto sentido u otro, la verdad es que no importa cuáles son tus definiciones: va a recaer en ti la culpa, la responsabilidad o incluso el crédito, de una manera que no habías previsto.
Creo que es perfectamente lógico que Facebook, que es una compañía dotada de los ingenieros más brillantes del mundo, piense en sí misma como una compañía tecnológica. Pero con todos esos ingenieros brillantes se ha transformado en el poder editorial de facto en gran parte del mundo libre. Es el portal a través del cual cerca de la mitad de los estadounidenses obtiene algunas o todas las noticias diariamente. Y su diseño, y las cosas que permite en su plataforma, su modelo de negocios, son ahora un elemento muy importante en el proceso democrático. Entiendo por qué una compañía compuesta por ingenieros puede sentirse muy incómoda con eso: te impone un montón de responsabilidades costosas, y muchas cosas están en un área gris, algo con lo que las compañías tecnológicas no se sienten confortables. En cambio la ambigüedad es algo de lo que el periodismo se nutre, amamos la ambigüedad porque nos da la oportunidad de explicarla, y porque significa que allí hay una historia. Pero en ingeniería la ambigüedad significa que algo no está funcionando. Las cosas o están bien o están mal. De modo que entiendo que Mark Zuckerberg no quiera, o no cree que sea su rol, tomar decisiones editoriales. Pero no tiene opción.

Emily Bell lleva años advirtiendo sobre el cambio de poder que ha significado la irrupción de Facebook como fuente de información para millones de personas. Tras controversias como las noticias falsas en el ciclo electoral estadounidense, hoy ve un hito en una definición que la compañía evita: que Facebook es una compañía de medios. «Zuckerberg está aprendiendo una lección muy importante, que quienes trabajamos en la prensa sabemos desde hace un tiempo: no puedes elegir tu propia narrativa».

  Y sobre el tema de las noticias falsas, no sé si afectaron la elección, sospecho que probablemente no tuvieron un gran impacto, pero son sintomáticas de algo que es profundamente problemático. Es la empresa de medios más grande de Estados Unidos y una de las más grandes del mundo. Si tienes una empresa de medios que gana dinero vendiendo avisos y distribuyendo contenido, literalmente no te importa o no actuarás sobre las noticias que no son verdad, que podrían inspirar a algunas personas a votar de algún modo en particular o a congregarse en torno de ciertas visiones. Pero esa es una responsabilidad y tienes que estar a la altura. Y hemos visto el cambio en cómo la gente habla de Google y de Facebook en las últimas semanas. El llamado a la responsabilidad de esas compañías ahora creo que es más notorio que en cualquier otro momento que pueda recordar.
Y ellos mismos han cambiado de postura, desde decir «mira, si no es tan importante, no es gran cosa, por qué tanto alboroto» a «debemos hacernos cargo de esto». Bueno, bienvenido a nuestro mundo, Mark Zuckerberg, un mundo donde hay que ser reflexivos en torno a la agenda noticiosa y a la realidad política.

–¿Cree que las anteriores controversias en torno al criterio editorial de Facebook o la falta de él tienen un impacto sobre cómo están lidiando con el tema hoy?
–Sí. Creo que ha sido una historia en construcción desde hace algún tiempo. Hace dos años en el Tow Center empezamos a hablar de un cambio en el control desde las empresas de medios, y en particular organizaciones periodísticas, hacia las plataformas. Pero no era algo que se discutiera ampliamente. Ahora, dada la masividad del uso de Facebook y de las plataformas sociales como canal primario de noticias, la pregunta sobre cómo las noticias llegan a ti se volvió de interés. Y está aquello de «esto es un algoritmo», esa noción de que todo está mecanizado; bueno, un algoritmo es un mecanismo de clasificación que detecta patrones, y está diseñado por personas. De modo que no solo ha sido una oportunidad de educarnos sobre la función de Facebook, ha sido una oportunidad de educación pública acerca de cómo funciona el mundo hoy. Aquellos conceptos que eran aún muy abstractos para la mayoría de la gente –pensar en cómo un algoritmo complejo revisa miles de millones de piezas de data todos los días y entrega resultados personalizados, diferentes– se han transformado en algo muy real.
Hay dos momentos importantes relacionados con esta controversia actual. Uno fue la polémica en torno a sus Trending Topics, que no es una página que mucha gente vea porque en general no es una página que sea útil. Tengo una estudiante que trabajó en Facebeook como curadora de noticias, y me hizo entender que era muy claro que lo que hacían era tratar de destacar más las cosas que parecían útiles e interesantes y suprimir aquellas cosas falsas e inútiles. Pero un exempleado en esa función dijo «nos instruyeron que suprimiéramos noticias de websites de derecha», y se desató un infierno. Mark Zuckerberg tuvo que hacer una reunión con sitios de derecha como el sitio de Glenn Beck [The Blaze], con Breitbart, etcétera, para decir «no tenemos sesgo, y para probarlo vamos a despedir a todos nuestros editores humanos y lo vamos a dejar todo en manos de un algoritmo».
Esa es una solución terrible. Estás cediendo a la presión sin explicar que los algoritmos también tienen prejuicios incorporados, que vienen de decisiones humanas.
Ese fue el primer antecedente. El segundo fue la remoción de una fotografía de la página de Facebook de un editor noruego, una foto de la muy famosa «niña napalm», de la guerra de Vietnam. Facebook dijo que violaba sus términos de uso porque era un desnudo infantil. Fue removida de la página por eso, y los noruegos apelaron, diciendo que esto no es pornografía infantil, esto es una imagen muy importante, icónica, que nos dice algo sobre nuestro pasado y sobre un conflicto. En dos días Facebook revirtió la decisión diciendo algo como «ahora podemos entender por qué es importante y debemos permitirla», de modo que sabemos que Facebook sí está tomando decisiones editoriales todo el tiempo. Y cada vez que dice «no lo hacemos» y hay una gran polémica, tiene que actuar como un editor humano. El periodismo se trata de estos casos difíciles, totalmente, ¿verdad? Todo el tiempo estamos decidiendo lo que publicamos y lo que no publicamos. Y Facebook piensa que si publica todo eso lo convierte en neutral, pero por supuesto no es así.


Francisco Aravena es periodista. En 2015 publicó la novela La vida eterna de Phineas Gage.

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