El tiempo y el río

James Salter. Quemar los días.
Barcelona, Salamandra, 2010.
446 páginas.

«Este es, ligeramente descolorido y como si fuera a deshacerse al menor contacto, el ramillete que conservo de aquel baile.» El baile que James Salter (Nueva York, 1925) acaba de describir, promediando Quemar los días, su libro de memorias (que él llama, más ajustadamente, reminiscencias), es un combate aéreo con una escuadrilla de MIG soviéticos en plena guerra de Corea, donde ocho aviones fueron derribados. Todos los episodios de la guerra reciben, cada uno en su matiz, el mismo tratamiento: parecen un sueño, un lento acomodarse de las capas de la realidad; la aparición de un avión en el campo visual, las maniobras, el fuego cruzado, y de pronto una, dos estelas de humo, un piloto que cae, la calma. Un baile.

Salter es autor de un puñado de libros ineludibles, y al borde de los noventa años sigue publicando: su última novela, Todo lo que hay, apareció en 2013 y acaba de ser traducida al español. Él mismo ha dicho alguna vez que los escritores nunca se retiran: «El único modo de detenerlos es arrastrarlos afuera y pegarles un tiro». Ingeniero de West Point, la academia militar por la que también pasó, fugazmente, Edgar Allan Poe, Salter se graduó como oficial y fue piloto de combate. Su experiencia como cadete, su entrenamiento como piloto y su participación en la guerra de Corea –esa guerra de algún modo olvidada tras la catástrofe de Vietnam– ocupan un buen tercio de estas memorias.

Lo primero es lo primero, aunque pueda resultar un poco injusto: Quemar los días no es Años luz, la novela de 1975 sobre la que reposa, con toda justicia, el prestigio de James Salter como narrador. Había publicado antes, desde luego, algunos buenos libros, pero Años luz es una de esas experiencias que pueden transformar a un lector si el encuentro se produce en el momento apropiado. Un libro que parece contar una anécdota trivial, el derrumbe de un matrimonio exitoso y bien avenido, con una bella casa y un par de bellas hijas, pero que por debajo de esas vidas un poco crepusculares lo que hace es capturar el sordo rumor del tiempo. Como si Hermann Broch, en lugar de La muerte de Virgilio, en lugar de Brindisi y la Eneida a los pies del poeta, hubiese escrito sobre un arquitecto de las afueras de Nueva York con una casa a orillas del Hudson.

Dicho esto, Quemar los días es Salter puro. Y lo es precisamente por las razones que hacen de Años luz una pequeña obra maestra. No son unas memorias actuariales, un registro preciso de experiencias y personajes: el relato se mueve lentamente, como el barroso río Yalu –casi un personaje más en los episodios de Corea– antes de desembocar en el Mar Amarillo. Pero la cadencia del relato se va imponiendo, desde los recuerdos de infancia hasta las historias de escritores (hay al menos un par magníficas, de Irwin Shaw y William Styron) en París o Nueva York: «… son solo generaciones que avanzan como la marea, años llenos de sonido y espuma, arrastrado todo ello por lo que viene detrás».

En Salter, y muy especialmente en Quemar los días, el cielo, el mar, el rocío de las mañanas sobre los cuarteles, la oscuridad que precede a los amaneceres, ya sea en un campamento militar o en el París de los años cincuenta, están prodigiosamente vivos y casi pueden tocarse. Los colores, las texturas, tienen un papel central. Todo en estas memorias es sensorial, táctil, perfumado, como el ramillete que se conserva alejado de la luz para evitar su deterioro. Y todo es perecedero. La muerte misma es un absurdo por que el no vale la pena preguntarse demasiado: un piloto se sale de la pista en una maniobra de rutina, para evitar, precisamente, un accidente; pero la tierra está blanda, el avión vuelca: «Murió», anota Salter. Y pasa a otra cosa.

«Al final el yo queda inacabado, abandonado por la muerte de su propietario», escribe más adelante –a propósito de Shaw, que fue su gran amigo–, y enumera luego los detalles preciados de la vida individual, fotografías, historias, imágenes, frases que parecían inmortales: de pronto se vuelven superfluas y se arremolinan como basura a los pies de alguien que ya no sabe cómo leer esas señales. Eso, más o menos, viene a decir Quemar los días, algo que su autor ha repetido más de una vez: que no hay un propósito, que la vida no tiene propósito y es, como mucho (y vaya que es bastante), juego y distracción.

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