El pliegue y el doblez

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El poeta Carlos Alberto Trujillo cuenta que de niño aprendió a hacer décimas en la caminata diaria entre su casa y su escuela. Gracias a esa práctica solitaria por senderos de Chiloé, es capaz de plantarse frente a un grupo y sacar adelante, en voz alta, diez versos octosílabos a la oreja, con su correspondiente patrón de rima y, además, con «ocurrencia», ese ingenio repentista tan preciado por los chilenos. La décima requiere este aspecto performativo, pero si va a ir más allá del lucimiento también necesita transmitir introspección, una mirada particular al mundo desde la conciencia de lo vivido, como lo hace Violeta Parra, poeta esencialmente performática, barroca, que ocupa –diría tal vez Deleuze si la hubiera conocido– los pliegues, la materialidad concreta del lenguaje, tanto como los dobleces de la conciencia, lo inasible y urgente de la experiencia personal. Ahora que volvió a Chiloé después de treinta años en Pensilvania, Trujillo dice que cuando le toca hacer un tramo a pie todavía marca el paso con una décima improvisada. El pie forzado se lo da el entorno: el chapoteo de una bandurria en un ojo de agua, la estela de un avión en el cielo índigo, el recuerdo de los hijos que se quedaron en Pensilvania, su pliegue y su doblez.

Mientras vivió lejos de Chiloé, Carlos quiso contagiarles a sus amigos el bichito de las décimas, pero fracasó. Las veces que lo intentamos, supimos al primer balbuceo que nunca íbamos a estar a la altura de los peso-pesados con que Carlos se entreveraba, gente como Pedro Yáñez o Eduardo Peralta, poetas de buen ingenio y con oficio, siempre aperados con versos de relleno y muletillas por si flaqueaba la inspiración. Si los amateurs nos atrevíamos a improvisar en vivo, lo pasábamos muy mal, mientras que para el poeta ducho versear es puro goce. De hecho, es común entre payadores rematar la décima y explotar de la risa, no para celebrar el ingenio propio, sino para soltar la tensión de ir sacando verso a verso el desafío de un pie forzado o de una rima loba. La carcajada visceral subraya que el esfuerzo es compartido, que la gracia es de todos.

Como no halló socios para la paya, Trujillo inventó a Lope Sin Pega, bardo cesante y solitario que comentaba en sonetos y décimas de samizdat, a falta de internet, las noticias de los años menguantes de la dictadura y los inicios de la transición. Si Trujillo se metiera hoy a tuíter, se sorprendería gratamente al ver que por ahí aparecen de vez en cuando décimas de buena factura y que se arman intercambios que simulan dignamente la atmósfera de una paya real. Pero, después de maravillarse de que una décima quepa exactamente en el límite de 280 caracteres, pronto se daría cuenta de que payar en tuíter es como almorzar en instagram. Ahí cada cual arma su artefacto solitario y navega en su propio tiempo, desamarrado de la corporalidad imprevisible del canto o de la conversación en cuerpo presente.

Así como miro con cierta distancia la paya cibernética, he desarrollado una verdadera aversión hacia los hilos de tuiter, sobre todo a esos hilos industriales, tipo blockbuster, manufacturados con el propósito de causar impacto masivo. Los considero un sucedáneo nefasto del relato literario o de otras formas tradicionales de contar historias, porque funcionan a partir de exacerbar la pasividad del receptor. Estos hilos (el del español en un hotel exótico, el del celular encontrado, etc.), no trabajan la verosimilitud, sino que se concentran en premiar la credulidad. Ignoro si el entusiasmo crédulo con que se reciben estos tuiteos masivos es genuino o si es performativo, parte de la máscara de cinismo que la gente adopta en tiempos de la posverdad.

Tampoco sé qué alternativa es peor.

Roberto Castillo es doctor en Literatura y Lenguas Romances de la Universidad de Harvard.

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