El país del casi-casi

La madrugada del 1 de junio de 1980 dormí sobresaltado. Cada media hora despertaba para mirar el reloj. Fue un duermevela terrible. La razón era que, exactamente a las seis de la mañana, Martín Vargas disputaba el título Minimosca frente a Yoko Gushiken en la ciudad de Kochi, Japón. La posibilidad de que un pugilista chileno se proclamara campeón mundial podía más que el sueño, el obligatorio colegio del día siguiente y la abrumadora realidad de que se trataba del cinturón menos relevante de todos los que se disputaban en el boxeo (mi abuelo Sergio de Toro se reía los días anteriores ironizando “No es mosca, es minimosca”).

Antes de la siete de la mañana, hora de Chile, Martín ya estaba de vuelta en los camarines luego de sufrir un inapelable nocaut técnico en el octavo asalto. Era la cuarta oportunidad en la que Vargas disputaba el cinturón mundial y todos decían que, al bajar de la categoría Mosca a la Minimosca (de 50,802 a menos de 48,988 kilos), el chileno debía alzarse al fin como ganador. Fue una paliza de Gushiken. Desde el blanco y negro de 14 pulgadas vi al japonés celebrar histérico y al chileno desvanecido caer en los brazos de Tito Lectoure que le hizo de empresario en su rincón. El argentino había logrado dos títulos en Japón (Horacio Acavallo y Nicolino Locche), pero ni sus hábiles negociaciones pudieron contra la velocidad y contundencia de Gushiken. Esa mañana me fui muerto de frío al colegio. Peor, me fui derrotado.

Años más tarde Vargas acusaría a la “mafia japonesa” de haberlo drogado. Culpar al bajo mundo oriental resultó muy novedoso, pero iba en el tono del deporte chileno. Siempre hubo “algo” que impedía lograr el título. Martín tenía todo tipo de explicaciones. En la primera pelea con Miguel Canto (Mérida, México 1977) le faltó “experiencia” y perdió estrechamente; en la segunda con Canto (Santiago, 1978), el mexicano “dio una lección de boxeo e hizo el mejor combate de su vida”; contra Betulio González (Maracay, Venezuela, 1978), había “llovido sobre la Plaza de Toros, con los focos de la televisión subió la humedad y Martín se ahogó”.

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Por entonces se hablaba de que Chile nunca había tenido un campeón mundial de boxeo, ni una Miss Universo, ni había ganado la OTI, ni una medalla de oro en los Juegos Olímpicos, ni la Copa Libertadores o la Copa América. La Miss Universo la tuvimos, hoy ya nadie le da bola al concurso. La OTI la ganó Fernando Ubiergo en 1984, hoy ni el cable la transmite (¿existe todavía?). Tuvimos doble oro olímpico en Atenas 2004 con el tenis, Colo Colo se impuso en la Libertadores 1991. ¿Y el boxeo? Hoy hay tantas asociaciones y federaciones distintas (en 1980 existían la CMB, la AMB y una incipiente FIB), que es posible que un compatriota sea campeón mundial pero no nos enteramos. La Copa América, en todo caso, está cada vez más lejos.

Hace 25 años el deporte chileno estaba escrito sobre mitos que hablaban de derrotas, de panes quemados en la puerta del horno.Entre las leyendas que se contaban, y se daban por ciertas, estaba la medalla de plata de Marlene Arhens que fue derrotaba por la lituana (URSS) Inese Jaunzeme en los Olímpicos de Melbourne 1956. Decían que la europea era “un hombre”, que lanzaba “con hormonas masculinas” y que “no había pasado una prueba de femineidad”. Por lo tanto la atleta chilena había perdido con trampa. Lo mismo el mito de que Manuel Plaza se había perdido en el Maratón de Amsterdam en 1928. La imaginería popular señalaba que el bravo fondista chileno, mal aconsejado o tal vez engañado, se había extraviado en las calles de la capital holandesa resignando la medalla de oro. Para darle más condimento a la historia, no pocos argumentaban que el ganador de la medalla de oro, el francés Mohammed El Ouafi, era en verdad argelino por lo tanto no correspondía que compitiera por una potencia colonial. La verdad es que Plaza sí se había perdido, pero cuatro años antes en los Juegos de París donde resultó sexto y en ningún caso hubiera podido descontar los once minutos de ventaja que le sacó Albin Stenroos (Finlandia). Siendo una leyenda de fácil desmentido, el cuento de “Plaza no ganó porque se perdió”, persiste hasta hoy.

Los cuentos de Arhens y Plaza se cruzaban con los de Estanislao Loayza y Arturo Godoy, ambos boxeadores iquiqueños. El “Tany” peleó el título mundial de la categoría Liviano contra el estadounidense Jimmy Goodrich el 25 de mayo de 1925 en el viejo Madison Square Garden. El mito señalaba que el chileno había sido pisado por el réferi Gonboat Smith, que pesaba 90 kilos, fracturándose el peroné. Con esa desventaja Goodrich lo noqueó sin piedad. La historia real fue que Loayza enredó el cordón de su zapatilla en la lona y ahí se fracturó. Sonaba más escabroso un pisotón del juez y esa versión persistió.

Este resentimiento, este miedo permanente a ser engañados propició la instalación de la filosofía de “ganar de cualquier manera”. El guaripola de “todas las formas de lucha” fue el pintoresco entrenador Luis Santibáñez. El antofagastino, que metió a Unión Española en la final de la Copa en 1975 solo para tropezar con Independiente de Avellaneda otra vez, declamaba a mandíbula batiente que “los partidos se ganan dentro y fuera de la cancha”. Para él el “fútbol de pasillo” era tan importante como el que se desarrollaba en la grama.

Lo de Godoy es más controvertido porque supone una mala intención, el abuso de Estados Unidos sobre este “verdejo” sin un diente, este país arrinconado y pobre llamado Chile. El 9 de febrero de 1940 el pugilista nacido en Caleta Buena le aguantó 15 asaltos a Joe Louis en el Madison por el título mundial de los Pesados. Perdió en las tarjetas, incluso un jurado (Johnny Hote), dio ganador al chileno. Pese a que la película del combate, que se exhibió en los cines acá, muestra claramente que Godoy hizo una pelea especulativa, agazapándose más abajo del cinturón de Louis, el reclamo del “despojo” quedó. En el boxeo el aspirante debe hacer méritos para derrotar al campeón, esa vez el iquiqueño hizo un combate inteligente, pero jamás para amagar al gran boxeador nacido en Alabama. Para evitar dudas, Godoy tuvo una nueva chance contra Louis, esta vez en el Yankee Stadium de Nueva Jersey, perdiendo por nocaut en el octavo episodio. Para la revancha le habían prohibido al pugilista nacional agacharse tanto.

La conspiración de árbitros y dirigentes (cuando no políticos), era un argumento habitual para explicar las derrotas. En la Copa Libertadores el recuerdo de Colo Colo escamoteado por los jueces en 1973 era inevitable. Romualdo Arpi Filho (Brasil), Milton Lorenzo (Uruguay) y José Romei (Paraguay), trío que dirigió aquella final contra Independiente de Avellaneda, están entre los villanos más reconocibles de la historia del fútbol chileno. Las pruebas en contra de ellos son bastantes, incluso se habla de una cifra (30 mil dólares de la época), pero la sensación es que solo a Chile se le podía birlar una copa de manera tan evidente. El gol anulado a Carlos Caszely por offside ante 85 mil personas en el Estadio Nacional, cuando lo habilitaban seis rivales, debe ser una de las escenas más dramáticas en la cultura popular chilena.

Este resentimiento, este miedo permanente a ser engañados propició la instalación de la filosofía de “ganar de cualquier manera”. El guaripola de “todas las formas de lucha” fue el pintoresco entrenador Luis Santibáñez. El antofagastino, que metió a Unión Española en la final de la Copa en 1975 solo para tropezar con Independiente de Avellaneda otra vez, declamaba a mandíbula batiente que “los partidos se ganan dentro y fuera de la cancha”. Para él el “fútbol de pasillo” era tan importante como el que se desarrollaba en la grama. Su modelo de entrenador fue José “Toto” Lorenzo, un argentino formado en el fútbol italiano que a la hora de las mañas mostraba una creatividad sorprendente. Santibáñez era el “Toto” Lorenzo local, el que iba a terminar para siempre con las derrotas en manos de la “hermandad del Atlántico” (Argentina, Brasil y Uruguay).

Curioso, entre tanta avivada desde 1974 hasta 1989 (adivinen con qué gobierno coincide), Chile en el fútbol no ganó nada. En 1979, coludidos con autoridades, se adulteraron pasaportes para jugar un campeonato sudamericano juvenil. La selección no solo quedó eliminada en primera ronda, sino que incluso sufrió una goleada humillante (6-0) ante Paraguay ¿Para qué sirvió la trampa? Solo para mandar a la cárcel a un grupo de jóvenes de chasca “onda disco” y al entrenador que hasta hoy niega cualquier responsabilidad. La explicación del momento, incluso defendida por autoridades de uniforme, era que “no podíamos permitir que nos ganaran por ingenuos una vez más”. Aceptando que los jugadores chilenos estaban pasados en edad, se replicaba que “los paraguayos eran aún más viejos”. Es decir, igual nos hicieron trampa.

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Pese a este llamativo tropiezo al fútbol tramposo, la filosofía de “ganar adentro y afuera” fue sostenida diez años más. Solo se fue a pique definitivamente con el suicido deportivo de Roberto Rojas en Maracaná. Antes, y de manera dramática, Chile sucumbió en el Mundial de España en 1982 con Luis Santibáñez en la banca. La selección que había clasificado de manera brillante el año anterior, sin dejar margen para ser trampeada. En 1979 ese mismo equipo perdió la final de la Copa América contra Paraguay en partido de definición en Buenos Aires. Material para la literatura había sido la expulsión de Elías Figueroa en semifinales que le había impedido jugar la primera final en Asunción. Ahí los paraguayos marcaron tres goles. Con Elías de vuelta en la revancha en Santiago, Chile ganó 1-0. Se fue al tercer partido, la diferencia de gol no corría de inmediato, y la igualdad sin goles clasificó campeón a Paraguay. “Si Elías estaba en Asunción Chile gana el título”, se dijo entonces. Un descuelgue de Mario Galindo que rozó el poste izquierdo de Roberto Fernández, y un cabezazo del juvenil Pato Yáñez que el mismo “Gato” Fernández sacó con las yemas de los dedos en el último minuto profundizaron el trauma del “casi-casi”.

Ese “casi” campeón de 1979 sumaba al “casi” campeón de 1955. Final perdida con Argentina en el Estadio Nacional de Santiago y que tuvo muertos en la entrada por un tumulto. El gol de Michelli es un fantasma implacable entre los antiguos hinchas del fútbol.

Pero volvamos a España 1982. Chile había eliminado a Paraguay en 1981 (devolviendo todas las maniobras “dentro y fuera de la cancha”) y la consigna era “esta vez sí”. En el plantel tanta era la confianza que Mario Osbén se postulaba al mejor arquero del Mundial, Carlos Caszely al goleador, Patricio Yáñez a la revelación, René Valenzuela al “mejor stopper del Mundo”. Elías Figueroa vaticinaba una final con Brasil en la revista El Gráfico. Como es sabido, Chile no solo no llegó a la final, sino que perdió los tres partidos (Austria, Argelia, Alemania Federal). El golpe fue rudo no solo para el técnico que al partir en Pudahuel anunciaba que el “Carro de la victoria” no era para todos, sino que también para una forma prepotente de ver el fútbol, la que propugnaba ganar de cualquier forma y que se ahorraba toda delicadeza a la hora de conseguir el objetivo.

Si con Martín Vargas pasé una noche en vela y tal vez un día somnoliento, con el equipo de Santibáñez se malogró un año entero. Debe ser 1982 uno de los peores años de mi vida. No quiero imaginar a todos los escolares chilenos cómo les quedará la cara si Chile perdiera los tres partidos en Sudáfrica. Es casi inconcebible, desde la perspectiva de los 13 años resulta una pesadilla. Y creo que el trauma está ahí. En Francia 1998, estando presente, sufrí el “casi-casi” como una maldición (el penal de Baggio contra Italia, el gol agónico de Vastic frente a Austria). Una vez más, “Casi ganamos, si no fuera por”. Las cifras son contundentes, Chile no gana en un Mundial desde 1962, cuando derrotó a Yugoslavia en el Estadio Nacional. Ahora, si hablamos de vencer afuera, el triunfo es esquivo desde el Mundial de 1950 en Brasil (5-2 sobre Estados Unidos en Recife).

Julio Martínez, valga la cita, dijo “siempre me reclaman porque siempre estoy recordando el Mundial de 1962. No es mi culpa que desde 1962 la selección chilena no haya ganado nada”. Lo dijo en una comida en el Estadio Palestino en 1997. Sus palabras están vigentes.

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