El ornitólogo

Cazamoscas chocolate, chirihue austral, bandurrilla de cola negra, canastero austral y minero. Esa era la meta que el turista inglés traía consigo a su llegada al aeropuerto de Punta Arenas, hace veinte años. El hombre arribaba a la Patagonia después de visitar las selvas tropicales, con una lista hecha a mano y poblada de nombres que sonaban lejanamente a seres de la naturaleza. Cinco avecillas que se avistan nada más que en Chile, de cuya existencia este turista no accidental sabía por la lectura de libros especializados o guías de campo, y a las que necesitaba registrar –no fotografiar ni mucho menos cazar, incluso «ver» no era indispensable: con el puro canto alcanzaba– para obtener la satisfacción, para muchos incomprensible, de anotar un ticket en una libreta, junto a sus nombres.

El hombre –50 años, culto, viajado, dueño de todo el poder adquisitivo que permite las dos características anteriores– era ya un birdwatcher antes de que se inventara el término en el mercado del turismo de  intereses  especiales. En palabras simples, padecía de aquello que el poeta Pablo Neruda, uno de su misma especie, admitió con alegría en su Arte de pájaros (1966):

Sí sí sí sí sí sí

soy un desesperado pajarero, no puedo corregirme

y aunque no me conviden los pájaros a la enramada, al cielo

o al océano,

a su conversación, a su banquete, yo me invito a mí mismo

y los acecho

sin prejuicio ninguno…

El guía que recibió al inglés en el aeropuerto conocía bien los estragos de esa dulce obsesión. Enrique Couve, ornitólogo, fundador de Far South Expeditions, sufría de lo mismo desde los años sesenta. Entonces era un colegial viñamarino que se manejaba como podía con Las aves de Chile, su conocimiento y sus costumbres (1951), de J.D. Goodall, A.W. Johnson y R.A. Philippi, para identificar por su nombre las aves que observaba en la costa, los bosques del interior, el campo y las montañas de la variada región de Valparaíso. Habría que decir que esos dos tomos venerables carecían de dibujos y que entonces no había libros introductorios ni guías de campo para satisfacer su curiosidad de pajarero incipiente.

Couve se demoró años en juntar caras con nombres, pero cedía al llamado: salía, enfocaba, contemplaba, anotaba y luego chequeaba. Solo armado de binoculares, libreta y pasión, de obsesión mezclada con paciencia, de cara al sol y al viento, igual que los objetos de su estudio. Cincuenta años después, cuando publicó junto a su socio Claudio Vidal el completísimo e ilustrado Aves de Chile, sus islas oceánicas y península antártica (2017), cumplió la promesa que se hizo en esos años de obtener información a pulso: ningún amante de las aves tendría que pasar por las mismas pellejerías que él.

En el aeropuerto de Punta Arenas, le soltó a su cliente una frase que ha seguido repitiendo como mantra: «Si nadie conversa, me distrae o me hace callar, encontraremos las cinco aves». Después de un tour de una semana, por el que había cruzado un océano y pagado un dineral en dólares de la época, el inglés se fue con sus cinco tickets. Y no hubo nada de magia: solo saber buscar, y esperar. Al cazamoscas chocolate, registrado por Couve y Vidal en 1999 como un ocasional visitante de verano de la Patagonia chilena, lo encontraron en una vega cerca del Parque Nacional Pali Aike: un diminuto señor de las pampas de no más de 24 centímetros, color gris ahumado y tonos rufos en el abdomen, flancos y subalares, que al volar lo convierten en un abanico.

Un birdwatcher necesita de un buen tracker, el rastreador que conoce hábitat y comportamiento del sujeto en acecho, la distancia a la que hay que aproximarse, la ropa que usar y, si es necesario, hasta el canto con el que convocar la curiosidad de la avecilla. Al buen guía de avistamientos le basta empezar a hacer ruido con un palito en el suelo crujiente y mullido del bosque, revolviendo la tierra, para oír en menos de media hora el primer grito del huidizo tapaculo: tapacú-tapacú, una especie de ¿quién anda ahí? Si continúa con el ruido, el ave llegará a mirar de cerca. Lo mismo harán el chucao («¡Ay qué grito en esas soledades!», en el homenaje de Neruda) y el hued-hued, en la profundidad de la selva valdiviana.

A veces no se requiere más que imitar al chuncho, el más diurno de los rapaces nocturnos, para que un destacamento de cometocinos, jilgueros y cachuditos se posen ruidosos sobre el árbol más cercano, como si los hubiera convocado la princesa Aurora. Pero el buen guía sabe que la técnica, si bien efectiva, tiene sus costos sobre el frágil aparato nervioso de las avecillas, porque ese canto suele vocalizar alarma en defensa del territorio e intensas disputas con otros machos: un buen dato a considerar cada vez que nuestro antropocentrismo nos haga creer que los pájaros cantan para nosotros.

 

Chile: destino boutique

De paseo por un bosque, en la cima de una montaña o a orillas de un humedal, es cada vez más frecuente observar, como si fuera otro elemento de la naturaleza, a un murallón de humanos vestidos de colores neutros, anclados detrás de trípodes que sostienen cámaras digitales provistas de larguísimos lentes telescópicos. Es la tecnología de moda, el digiscoping, atribuida al empresario malasio Laurence Poh, fotógrafo experto y miembro de la Malaysian Nature Society. En febrero de 1999, desesperado por obtener una buena toma del halcón que estaba observando, y consciente de que el alcance de su Nikon CoolPix 950 no sería suficiente, la acopló manualmente sobre el ojo del telescopio que también llevaba, enfocó y disparó.

Poh no inventó la pólvora; ciertamente, antes de él, otros birdwatchers debieron escurrirse de la misma manera. Pero algo cambió cuando subió la foto a internet y contó cómo la había obtenido. Meses después, el ornitólogo francés Alain Fossé ensambló la idea de lo digital con el scope y ayudó a popularizarla como la síntesis entre las propiedades de la fotografía digital y la firmeza y alcance del soporte terrestre.

Hoy, gigantes de la óptica mundial como Leica, Zeiss o Swarovski ya han entrado gozosamente en este nuevo mercado fotográfico y audiovisual, que brinda imágenes íntimas, arrebatadoramente cercanas y poderosas de especies que pudieron ser solo una silueta o una aparición de dos segundos sobre una rama lejana. El Cornell Lab of Ornithology –uno de las templos académicos de la ornitología en el mundo– ha definido el digiscoping como la posibilidad cierta «de volver accesible la fotografía de aves para cientos de personas que de otra forma nunca la hubieran experimentado».

Solo en Estados Unidos, el mercado del avistamiento de aves y otros animales mueve cerca de US$ 32 millones al año. Más de cuarenta millones de estadounidenses se definen como birdwatchers, y otros tres millones de personas declaran lo mismo en el Reino Unido. Todos miran hacia América Latina, el paraíso terrestre de las aves, con el mayor número de especies del planeta: solo en Colombia –dice Birdlife International– está el 18%, unas 1.900 especies, de todas las registradas en el mundo. Le siguen Perú, Costa Rica y Ecuador, bien posicionados  y creciendo.

Con menos de quinientas especies en todo el territorio, de las cuales la mayoría son del orden de las paseriformes (las avecillas peleadoras), Chile no tiene cómo competir numéricamente con este despliegue, con tanto esplendor, con esos vergeles de colores y sonidos, pero está cada vez más cotizado como destino boutique. Lo nuestro es  la  exclusividad, prodigada  por el aislamiento geográfico y climático que significa estar divididos por los Andes, enfriados por la corriente de Humboldt y marcados por glaciares, bosques y desiertos. Hace veinte años, el turista inglés desesperado por registrar al cazamoscas chocolate ya sabía que ver en terreno  a las doce especies endémicas o a las ochenta descritas como raras o accidentales sería una experiencia satisfactoria; lo es para los pajareros más exigentes.

Varios parajes del país ofrecen degustaciones gourmet del maridaje perfecto entre ave, ecosistema y golpe directo a la memoria emotiva, literaria o histórica. Que lo diga si no el turista que ha accedido a la elevada categoría de ser humano que ha visto el vuelo estilizado y elegante del albatros mientras se circunda el Cabo de Hornos, y que con ello se integra al selecto club descrito por el ornitólogo Robert Cusham Murphy en 1912 («I now belong to a higher cult of mortals for I have seen the albatross»). Y otro tanto pasará en el norte con el colibrí de Arica, cuyo macho luce un collar violeta; por toda la costa nacional hasta Valdivia con el churrete costero, siempre curioseando entre las rocas en busca de algas, moluscos y crustáceos; y en Atacama con la chiricoca, señora de los cerros desérticos, de garganta blanquizca y alas combinadas rufo y negro.

 

Contemplación

Así como es fácil distinguir a un birdwatcher en la naturaleza, no cuesta reconocer a un ornitólogo en la ciudad. Se ven extemporáneos –como subrama de la ciencia, la ornitología es de la era victoriana, y muchos seguidores y aficionados cultivan, quizás inconscientemente, un look de naturalista– y algo desubicados en la urbe, sobre todo si esta es grande. Al tiempo que circulan por la calle, hombres y mujeres se detienen para mirar el cielo o se paran a oír debajo de un árbol, más interesados en las especies aladas que en la fauna humana.

Lo digo con conocimiento de causa  porque me ocurre, aunque nunca me llamaría a mí misma «ornitóloga». No: solo amante de las aves, porque sí, o por qué no, desde que tengo la memoria de mi sur natal recogiendo pichones desplumados que se caían de las canaletas de mi casa y a los que lograba conservar un par de días envueltos en algodón, entibiados cerca de la estufa. Las amo y las bendigo, porque me alegran el día, tanto una bandada de gaviotines antárticos como un churrete aseándose en una pocita de agua semiescarchada, un huairavo estirando el cuello, un petrel en vuelo o una desordenada colonia de  pingüinos. Sueño con conocer al chucao, al que solo he oído clamar desde la profundidad del bosque, y al martín pescador. Anoté con emoción en una agenda mi primera observación del cernícalo, parado sobre un poste en El Arrayán, que luego completé con una escaramuza de este pequeño rapaz con un vari, en la isla Navarino (ganó el cernícalo).

Mis aventuras periodísticas con las aves comenzaron en 1997, en Punta Arenas, cuando rescaté de debajo de una cocina a leña una lechuza blanca herida, que se había refugiado ahí, y luego se la entregué al Servicio Agrícola Ganadero. La consigno como periodística nada más que porque una persona llamó al diario para avisar que «había un bicho» atrapado debajo de la estufa y que por favor alguien lo sacara. Por supuesto, escribí la historia completa y la monitoreé por un mes, hasta que el ave fue dada de alta y devuelta a la naturaleza. Cerré ese año reporteando un conflicto ecológico entre la comunidad del edificio más alto de la ciudad (quince pisos) y un halcón peregrino que había elegido esa azotea para trocear y carnear a sus víctimas. Hastiados de la sangre, las vísceras y plumas que caían en la entrada del recinto, algunos vecinos querían dispararle al ave, lo que afortunadamente no ocurrió. Entonces empecé a mirar para arriba y nunca más he dejado de hacerlo, lo mismo si chilla un tiuque que si grazna una rara.

El misterio del instinto migratorio, la arquitectura del plumaje, la ingeniería del vuelo, su simple belleza, pueden ser muchas las razones –o excusas– para el hábito inveterado de pajarear. Antes de rendirme a él, pensaba que los ornitólogos –de ciencia dura o talante contemplativo, pues todos caben en ese reino– estaban un poco locos, que eran obsesivos y detallistas como científicos, pero sensibles como poetas. Ahora pienso que, si bien serían todo lo anterior, se parecen a los cazadores en el dominio del arte de la paciencia y del acecho.

Me gusta de los ornitólogos con los que he compartido el estado habitual de pregunta. Sin importar las credenciales de cada uno, no se imponen certezas en este mundo; solo registro, chequeo y verificación. La conversación comienza desde la especie que creíste ver y se desarrolla en la descripción de sus colores, envergadura, tamaño y lugar de avistamiento. Nadie jamás me ha reprochado confundir, viéndolos a distancia, un juvenil de yal con un tordo, y sí me han preguntado por los colores de las plumas y el pico.

Cuando un veterano de estas lides como Enrique Couve, guía reputado al que los turistas se disputan como líder de expedición, comenta, con genuino brillo en los ojos, que recibe diariamente una veintena de jilgueros y cometocinos  y hasta diez chincoles en los comederos del patio de su casa, en Punta Arenas, me vuelvo a preguntar por el origen de esa fascinación. Couve simplemente explica: «Las aves me han dado la paz. Me aterrizan. Es como comer tierra». Y volar alto, agregaría yo.

 

Claudia Urzúa es periodista y pajarera aficionada. Ha publicado Chile en los ojos de Darwin (Ediciones B, 2009).

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