El factor Puig: Conversación con Manuel Guedán

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Por Alberto Fuguet*

 

Soy fan de Puig, amo a Puig, lo adopté hace años como un padre, como un camino a seguir, como un norte, como un guiño. Creo en el Modo Puig (esa mirada que parece superficial, cotidiana, banal) y en lo que muchos llaman el Factor Puig (esa suma de características desdeñadas por casi todos, como el chisme como materia prima, la creencia en la cultura pop, el cine como creador de mitos, los géneros menores, la sensibilidad camp, la fragmentación, la pose estilizada). Puig me parece el más moderno de todos los escritores del Boom, acaso el que abrió más puertas. Hace unos años hice un curso sobre su obra en la UDP y pronto haré otro, levemente modificado, ampliado. Lo que me hizo repensar el curso fue Literatura Max Factor, de Manuel Guedán. Me dio ideas, afianzó mi admiración y me di cuenta de que era aun más relevante de lo que había pensado. Max Factor fue el Revlon de los años 40 a 60, una transnacional de los cosméticos. Cuando le preguntaron a Borges por el éxito de Boquitas pintadas, este comentó que «era un libro Max Factor». ¿Lo era?
¿Importa?

Beatriz Sarlo lo dijo: «Puig practicó un gesto pudoroso y al mismo tiempo exhibicionista: no escondió sus fuentes, sino que se escondió detrás de ellas. Hizo del lugar común cultural un espacio donde él y sus lectores se desplazaban con una legitimidad igualitaria. Gran nivelador, Puig enamora a los cultos por la forma en que se ubica en una cultura otra, borrando el esfuerzo del pasaje del bolero al folletín, del cine a la novela».

El ensayo de Manuel Guedán explora los prejuicios y patriarcados de las aduanas literarias que intentaron atajar a Puig pero, por sobre todo, su sensibilidad. Puig, al parecer, ganó la batalla y de Max Factor pasó a ser El Factor Puig. Guedán es un autor español nacido en 1985, doctor en literatura latinoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid y ha sido editor, coordinador de la revista Buensalvaje, autor de la novela Los favores y coordinador del libro de ensayos pop Sitcom: la comedia en la sala de estar,  onde además escribió acerca de la serie Friends (¿maldición eterna en el mundo duro de la academia?).

Su notable y provocador y cariñoso libro-ensayo tiene un subtítulo revelador: Manuel Puig y los escritores corruptos latinoamericanos. Es acerca de Puig, de su legado, de lo que él llama las aduanas literarias y entrega unos sagaces e inesperados análisis de la obra de algunos narradores latinoamericanos que serían los supuestos herederos de Puig. La portada consta de una serie de huellas de boquitas pintadas de un profundo carmesí en una servilleta. Literatura y maquillaje, la cita a una de las novelas cumbres de Puig se transmite vía imágenes. El triunfo de lo visual.

No existe tanta masa crítica acerca de Puig (su biografía fue escrita en inglés por una de sus traductoras, Suzanne Jill Levine), por lo que este análisis de lo que significa Puig, su relevancia y su seducción narrativa, cae (o me cae) en el momento preciso. Guedán sostiene decenas o acaso cientos de ideas fascinantes, pero apuesta por buscar sus herederos en español. Sostiene que algunos de ellos son Pedro Lemebel, el uruguayo Dani Umpi (que también es cantante), el argentino Alejandro López (un autor desconocido y difícil de hallar) y, para mi sorpresa, yo mismo. Hablé con Guedán por Skype y por WhatsApp y nos mandamos mails. Hablamos mucho. Ambos somos fans de Puig así que teníamos mucho en común: lo pop, las series, las películas. Acá un extracto de lo que conversamos en Modo Puig:

–Un posible sinónimo de Puig es Pop. Pe de Puig, pe de Pop. ¿Hoy qué es pop? ¿Cómo se es un escritor pop?

Hoy sería difícil, o poco útil, calificar a un escritor de «pop» porque toda la cultura se ha «popificado ». Las fronteras entre lo alto y lo bajo se han relajado o, al menos, hemos asumido con más naturalidad las complejas mezclas que se dan entre ambas esferas. La segregación cultural en la época de Puig era bien distinta. Él estuvo en la Nueva York de los 60 y se impregnó de lo que estaban haciendo Warhol y compañía. Y buena parte de su trabajo como escritor tuvo que ver con el collage que hacía en sus novelas a partir de boleros, tangos, folletines, policiales, radionovelas, revistas rosas… Hay autores, como Alan Pauls, que utilizan el pop de una manera más procesada, hasta casi diluirlo; en otros escritores, como Puig, tiene más que ver con una actitud de recolector, de recortar y recontextualizar.

–Así es. Dicho eso: a pesar de que uno podría creer que el mundo es pop, que ya no hace falta agregarle el pop como adjetivo cuando uno habla de cultura, pareciera que en el mundo literario no es tan así. Vargas Llosa sigue creyendo que Puig «está loco por Lana» y que sin duda es entretenido pero que es algo superficial. ¿Está el mundo literario atrasado? Da la impresión de que ser literario, culto en el viejo sentido, no estridente digamos, rinde más para alcanzar el canon.

Sí, pero Vargas Llosa nació en 1936. Eso no afecta nada a la calidad de sus novelas, pero sí nos obliga a poner entre comillas sus opiniones sobre jerarquías culturales. Le pasaron cerca varios trenes, como el de Puig, a los que no solo decidió no subirse, sino que más bien optó por amurallarse y defender una idea de la cultura tallada en mármol. Justo en esta cuestión de lo alto y lo bajo la literatura ha ido con retraso frente a las artes plásticas. La literatura culta española, por ejemplo, nació en los monasterios y la popular en los campos. Son dos esferas difíciles de conciliar. Cada etapa incorpora algunas estridencias que considera como tolerables, e incluso premiables, pero muchas otras siguen siendo sancionadas. El motivo por el que te cortan la cabeza hoy puede ser el mismo porque te levantan la estatua pasado mañana. Algo así le ha pasado a Puig.

–Sigamos con Vargas Llosa, del que ambos somos fans. Me gusta eso de que hay que perdonarle en parte sus berrinches por su edad. ¿Es La tía Julia y el escribidor una novela que contiene el Factor Puig? Parece, ¿no? Es un libro que apareció al mismo tiempo que El beso de la mujer araña y después de los primeros éxitos de Puig. ¿Fue influenciado sin querer incluso?

A mí me lo parece. Mucha gente dice que no lo hubiera escrito sin haber leído a Puig. Sin duda que le gatilló algo. Vargas Llosa ingresa al melodrama, pero es importante constatar que toca el mundo de la cultura de masas, a ese escribidor de radioteatros, con pinzas. A Vargas Llosa le gusta compartimentizar y en La tía Julia eso hace: cuela la cultura de masas en una sub-historia y no deja que impregne a la otra historia. Mi impresión es que cree que los radioteatros son menores y que lo que el autor de los radioteatros hace es un poco cutre y que debe proteger de la contaminación del libro dejándolo en esos capítulos cerrados. En Vargas Llosa lo pop, lo kitsch, no arrasa con el libro y con todos los personajes sino que está contenido. Los personajes que viven la historia de amor en Lima son más aterrizados, no se dejan llevar por la furia del pop, digamos. Camacho al final es patético. No es alguien que el autor desea imitar. Es un escribidor, no es un novelista. Ahí ya tenemos una mirada muy del Boom: ciertos autores escriben libros serios, otros optan por entretenciones. En Pubis angelical, todos los hilos, desde la parte de la ciencia ficción como las ensoñaciones de la vida de Hedy Lamarr, convergen con el drama de la protagonista. Todo es uno, no hay división.

–Hablas de Aduanis Literatis. ¿Qué es? ¿Cómo se consigue visa? ¿Se puede entrar ilegalmente? ¿Quiénes son los agentes de la aduana? ¿Sergio Ramírez y aquellos que son la oficialidad?

Hay varios agentes de control: la prensa, la academia, los otros escritores y, ahora, también las redes. Esta vía de acceso es la que muchos al principio consideraban ilegal, porque sus guardianes son personal no especializado. Tampoco es cierto que con las redes, y la plebeyización de la opinión, la oficialidad haya quedado desbancada. Conservan los premios, las columnas de prensa, las cátedras universitarias, los cargos en instituciones culturales y muchos otros espacios desde donde seguir sancionando qué es lo aceptable. Cada vía de acceso, eso sí, tiene sus aciertos, sus rigideces, sus complejos…

–¿Puig es del canon? ¿De cuál? ¿De qué hablamos de canon cuando hablamos de canon?

Las novelas de Puig siguen formando parte del catálogo de Seix Barral, aunque es la propia Seix Barral la que ya no tiene nada que ver con lo que fue, el sello de un editor que, en sus orígenes, rechazó a Puig. Ahora, aunque forma parte del conglomerado Planeta, sus novelas siguen allí y han sobrevivido al propio editor. Eso no te hace formar parte del canon automáticamente, pero sí te permite seguir siendo leído en numerosos países, incluso treinta años después de muerto. Puig pervive también en las películas que se hicieron de sus novelas, en adaptaciones teatrales como la que Pablo Messiez hizo recientemente en Argentina de Cae la noche tropical, y en las obras de muchos escritores actuales, que reformulan su legado. Ese canon, el que se redefine constantemente en las obras de los vivos es el que me interesa y del que hablo en Literatura Max Factor.

–Puig es global. Supera el idioma. Eso creo. ¿Qué crees? De hecho escribió en tres idiomas, capaz que cuatro, con el italiano. ¿Te parece que una de sus tantas traiciones fue no persignarse antes de usar el castellano?

Puig rechazó siempre el castellano de los grandes narradores, el castellano de quien todo lo sabe y todo lo ve, y buscó siempre el castellano de las frases inconclusas, el que titubea, el que se construye y se complementa entre distintas voces.

–Y qué voces. ¿Hablar de Puig como un autor hispano no es quedarse corto? ¿Es no entenderlo del todo? ¿Es no valorizar su obra? ¿No crees que Puig trasciende su lengua?

Sin duda. Y quizás, como sus coetáneos al principio lo negaban, empezó a ser más valorado en el exterior. De ahí que logró influir afuera y pasó muy pronto de local a global. Rastrear las influencias de Puig en otros es más complicado por el tema del idioma y las culturas, pero no me cabe duda de que es un autor global que le abrió los ojos a muchos artistas.

–¿Es Puig un autor hispano? ¿O capaz que sea de un canon mayor? Cuando dices que es global, ¿lo dices en todos los sentidos?

Completamente. El mundo de Puig es, por un lado muy hispanoamericano, muy de su pueblo, y, a la vez, es un universo que supera sus orígenes y su idioma y su país y su contexto. Puig tiene muy pronto en su vida una experiencia de extranjería que no es la del exilio político que es la que tienen tantos autores de su generación. Tampoco es una extranjería cultural: irse a Barcelona porque en el Perú o en Colombia no están dadas las condiciones para ser escritor. Él se va porque desea hacer cine. Él tiene una extranjería voluntaria y no literaria. Primero Roma para aprender cine, luego Nueva York pero a trabajar en Air France y luego después Brasil y México. Luego tiene una extranjería con la novela pues él empieza a escribir una novela como un guion… No llega a la novela como un peregrino sino como un extranjero. Llega desde el cine, por no haber sido capaz de realizar cine… Eso que empezó a escribir era un monólogo interior y creció tanto que dejó de ser un guion y pasó a ser La traición de Rita Hayworth. Su castellano es glorioso y tiene una capacidad de captación de lo oral estupenda, pero él jugaba a decir que no era capaz de escribir novelas puras con narrador porque no dominaba lo suficiente el castellano por vivir tanto tiempo fuera… Él empezó a sentirse extranjero en el castellano, tanto así que, para de alguna manera acercarse a los idiomas en que estaba sumergido, escribió dos novelas en otros idiomas, usando una grabadora. Dos novelas experimentales y quizás no del todo redondas pero claramente dos grandes gestos… Maldición eterna a quien lea estas páginas la escribió en inglés y luego él la tradujo, y luego Sangre de amor correspondido que fue escrita en portugués (a partir de grabaciones a un albañil), para luego ser traducida o reescrita al castellano por sí mismo… ¿Cuántos escritores hay que hayan realizado esa tarea? Es, te repito, un escritor que permanentemente es extranjero.

–Otra extranjería sería ser gay…

Sin duda que es otra extranjería. Acaso esa sensibilidad era su país. Aunque Puig curiosamente no salió del todo del clóset. En esa época no se hablaba de ese tema y menos se le preguntaba a un escritor en una entrevista. A mí me gusta una declaración de él que dice «Yo nunca salí del armario porque en mi época el armario no se había construido». Pero, por otra parte, no dejaba que su madre leyera sus novelas en castellano; solo le pasaba sus libros traducidos. Y eso es otra extranjería: su vida privada ocurría «en otra parte». No la compartía con su familia o el mundo literario. Sus cartas fascinan por todo lo que omite.

–Hablando de omitir. Parte de su voz es contar mucho y, por otro lado, omitir.

Totalmente. A veces uno escucha solo un lado de una conversación telefónica…

–¿Crees que leyó a Arlt? Usó muy bien la jerga, el lenguaje de la calle. Eso está sobre todo en sus primeras tres obras (La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadasThe Buenos Aires Affair) y en la última, Cae la noche tropical. Escribía en argentino. Y hasta, en sus dos guiones, escribió en mexicano.

–¿Crees que leyó a Arlt? Usó muy bien la jerga, el lenguaje de la calle. Eso está sobre todo en sus primeras tres obras (La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas y The Buenos Aires Affair) y en la última, Cae la noche tropical. Escribía en argentino. Y hasta, en sus dos guiones, escribió en mexicano.

–¿Qué sensación te provoca el hecho de que haya usado la grabadora para escribir dos novelas? ¿Grabar es escribir? Personalmente me parece, en ese gesto, un ultraadelantado. Hay un texto fascinante de María Moreno acerca de cómo Puig usaba la grabadora; pudo acceder a las grabaciones que Puig había hecho al albañil de su casa en Río contándole su vida, y que fue la base de Sangre de amor correspondido.

Puig graba a narradores orales que le cuentan sus historias para componer a partir de sus relatos. Graba sus inflexiones, sus formulismos, su sintaxis, un poco como Warhol registraba las inflexiones de la luz sobre el Empire State Building. Son gestos vanguardistas. Luego, por supuesto, cada uno llega a lugares diferentes. Puig procesa bastante a partir de su grabación. Pero el gesto es humilde: le acerca al punto de partida del periodista y le aleja del gran creador. Hoy sabemos que son lugares que se pueden confundir, pero entonces no estaba nada claro. Lichtenstein ya decía: quiero ocultar las huellas de mi mano. Puig jugaba con esa idea sacrílega.

–¿Defíneme mejor tu concepto de escritores corruptos latinoamericanos? ¿Por qué corruptos? Entiendo que es un poco en broma, pero…

En el libro hablo de autores que encontraron diferentes modos de corromper la literatura. Algunos la pusieron al servicio de la reproducción, como lo que hablábamos de la grabadora, y no al servicio de la originalidad. Otros la mancharon de cine Z, de telenovela y de talk show. Otros la volvieron marica. Otros la mezclaron con pantallas…

–Hablando de sus herederos latinoamericanos corruptos, me llama la atención que todos sean hombres, todos están «despertando a la vida» cuando Puig murió en 1990, todos son gays, todos son pop… ¿se puede tener El Factor Puig o ser heredero siendo mujer o heterosexual o no siendo pop? Dicho de otra manera: ¿quiénes más que los nombrados podrían ser corruptos y herederos?

En el libro cabrían muchos nombres. Elegí solo unos pocos porque había que acotar y, más que una nómina extensa, quería analizar en detalle qué caminos estaba tomando el factor Puig en nuestros días. Si lo hiciera hoy, sin duda incorporaría a mujeres para mostrar mejor la amplitud de su onda. Por ejemplo, María Moreno o Gabriela Cabezón. También escritores heteros como Rodrigo Fresán y Edmundo Paz Soldán. O Alan Pauls y Richard Parra, aunque estos desde lugares más esquinados.

–Otros herederos que no son del mundo hispano…

No quise en mi libro elucubrar sobre la influencia de Puig en aquellos que escriben o crean en otra lengua, por ahí, claro, hay un salto de idioma. Pero sí menciono a aquellos que han manifestado públicamente su influencia: Murakami, el cineasta Wong Kar Wai, el propio David Foster Wallace, que se impresiona con el uso de los pies de página en El beso de la mujer araña y que luego usaría en sus textos de manera exponencial, sobre todo en La broma infinita y en sus libros de crónicas y ensayos.

–Otra manera de tener el Gen Puig (por denominarlo de algún modo) o de usar su pose, ese Modo Puig, es ser cinéfilo. Cinéfilo hoy, claro, implica cine, TV abierta, cable, series, Netflix, cómics, discos… capaz que moda y fotografía. ¿Qué crees?

El gen Puig supone no prestar demasiada atención a las formas de prestigio cultural, recortar las obras de su contexto y establecer con ellas una relación sentimental y estética directa, no tan mediada por el sistema del que proceden. Netflix es la plataforma que invierte en sacar adelante un proyecto inacabado de Orson Welles y lo pone junto a un montón de mainstream casi indiferenciable. Es la plataforma que permite carambolas culturales como que una serie española triunfe en Turquía de forma no prevista. Pero, claro, está vetada en el lugar más sagrado para el cine: Cannes. Las aduanas siguen existiendo.

–Puig no fue del todo aceptado aunque también creo que hizo lo posible por mantenerse al margen. No fue del Boom porque creo que le convenía más estar fuera. De ahí sus declaraciones. ¿Estás de acuerdo? No ganar nada, no ser el número uno, también es una manera de posicionarse.

Quizás lo que más le hubiera convenido era empezar fuera y acabar dentro. Como tantos. Ahora a lo mejor tendría más lectores dentro y fuera del castellano. En cualquier caso, su personalidad como escritor y su literatura se fundan en ese estar afuera y cuesta por lo tanto imaginarlo de otro modo. Por cierto. En efecto, hizo algo notable: transformó el lugar común en arte. Apostó por los géneros menores pero hizo literatura mayor. Le ofreció vanguardia a los lectores sin dejar de ser popular. Hoy esa apuesta por los géneros menores parece ser celebrada. Lo mismo que la apuesta por la diversidad. El fijarse en lo vintage parece estar en boga. Figuras como Corín Tellado o Isabel Allende han sido reendivicadas. Parece que vivimos en una época que convive bien con lo rosa, con lo kitsch, con lo gay…, entonces el Factor Puig pareciera ser ultramoderno, contemporáneo y tal, pero aun así es verdad que no tanto. El mercado se asusta. Mucho de los autores que revindico como sus herederos han terminado un poco relegados. Lemebel casi no existe en España. Dani Umpi no circula por América Latina. Esto es curioso. Pero pronto veo un relevo. El mercado y la industria literaria son o se han puesto muy conservadores. No veo a un autor que tenga estampado el Factor Puig ganándose un Cervantes pronto.

–Se habla mucho de la cinefilia de Puig. Sus portadas y algunos de sus títulos dejan claro este fanatismo. Hay citas en sus libros pero menos de lo que se cree. Tú dices algo fascinante: que Puig filmaba a veces más que escribía. Que usaba la cámara, los travellings… De hecho un libro de puros diálogos, sin narrador, es algo así como una cinta que cree en los primeros planos y los planos generales (Maldición eterna,Cae la noche…)

Sí, hay escenas de Puig que se componen claramente a semejanza de movimientos de cámara. En algunos casos él mismo lo explicó, como la influencia de algunos planos de Hitchcock en The Buenos Aires Affair, en otros simplemente el lector puede ver cómo están procesados gestos típicamente fílmicos, que al hacerse lengua escrita se transforman en otra cosa. Como esos primeros planos.

–Puig de pronto se puso en extremo experimental. Hay al menos cuatro novelas que no son para nada textos que podrían ganar un premio Planeta o Primavera o Alfaguara: ahí tienes El beso de la mujer arañaPubis angelicalMaldición eterna y Sangre de amor correspondido. Novelas de estructuras o formas vanguardistas que de light tienen poco…

Completamente, pero de esas no habla Vargas Llosa en «Disparen sobre el novelista», el artículo que escribió tras la muerte de Puig. Algunos escritores, sobre todo los que se perciben como one hit wonder, son víctimas de su propio cliché. La traición de Rita HayworthMaldición eterna y Sangre de amor correspondido están muy lejos de formas de digestión más reconocibles como el policial o el folletín, pero apenas se habla de ellas, o no se las incorpora a la estampita de Puig.

–Puig partió vendiendo mucho en Argentina. Tanto que perdió todo prestigio. De ahí también el mote de literatura light.

Sí, Boquitas pintadas fue un éxito de ventas. Quizás porque fue leída como folletín y como novela de culto a la vez por lectores diferentes. Pero ese fenómeno no se dio en otras de sus novelas.

–Flipé con tu mención a William Inge, el dañado dramaturgo norteamericano. Tú ves muchas cercanías con él. Gran insight. Y seguro que Puig vio las películas basadas en sus obras como Picnic y ComebackLittle Sheba. Y por cierto el guion original que le escribió a Elia Kazan: Esplendor en la hierba. Tú ves varias conexiones: ser del Medio Oeste es como ser de la pampa, el mundo de las mujeres… Aunque una diferencia radical es que en el mundo de Inge el sexo y el deseo se paga. Hay mucha frustración… Da la impresión de que, a pesar de que muchos libros de Puig terminan mal o sus personajes caen o se inmolan, hay un goce que quizás ni Inge ni Tennessee Williams tienen.

Sí, ahí Puig es más latino, menos trágico. O si la tragedia acaba llegando, al menos deja más espacio al deseo. En eso se parece mucho a Almodóvar: amar y desear apasionadamente conducen a la muerte, pero no por ello se ama de otra forma.

–Aman como en el cine. Desean más…

En el mundo de Puig el cine penetra y se alza como una realidad mejor o al menos alternativa. Las novelas de Puig son herederas de Flaubert, que era un escritor hombre. El tema es el bovarismo. Cómo escapar. Y si lo extendemos vienen del Quijote. El Factor Puig conecta a muchos que incluso no se han leído entre ellos. Esto es muy importante porque indica que el mundo literario es superior a la obra. Hay una conexión clara que aparece por todas partes. Por la reivindicación de los géneros menores, por el interés de lo homosexual, por lo periférico del sitio donde transcurre la historia. Todos estos autores que comparten el Factor Puig tienden a repetir sus temas, aunque uno pensaría que es muy distinto estar en la pampa argentina que en la Kansas rural.

–¿Es Puig camp, para citar a Susan Sontag?

Puig es camp, sin duda, y lo sabía, pero siempre intentaba evitar la etiqueta, por si teorizarlo arruinaba su conexión estética con lo popular.

–Los autores «corruptos» en que te fijas como herederos están fuera del sistema… Casi todos carecen de gran apoyo editorial fuera de sus países, y algunos tampoco en sus países están del todo «adentro». ¿Para lograr más es mejor tener de padre a Juan Villoro o a Cortázar o a Borges o a Vargas Llosa que a Puig?

Una traducción parcial o cómoda de Puig no tiene por qué cerrar puertas. Es decir, adoptar aquellas formas culturales que vienen de ser denigradas pero que ya están aceptadas en el canon. Pero el gen Puig sería rastrear cuáles son aquellas que a día de hoy siguen siendo menospreciadas y trabajar con ellas. En ese caso sí. Seguir esa rama es complicarse el acceso a los lugares de prestigio literario.

 

 

*Alberto Fuguet es escritor y cineasta.

 

 

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