El Big Bang y la
quinta de Beethoven

La teoría del Big Bang nos dice que vivimos vidas paralelas, que el cielo que miramos es en gran parte un cielo difunto, poblado por millones de millones de estrellas ya extinguidas pero cuya luz nos sigue llegando, y que hay infinitas otras –las magnitudes de la astrofísica no son fácilmente expresables– que han nacido pero que no podemos ver porque su luz todavía no nos llega. Lo que miramos ya ha sucedido, segundos, miles, infinidades de años antes y comprendemos de golpe que ser Hijos de las estrellas, como titula su libro María Teresa Ruiz, Premio Nacional de Ciencias y una de las más destacadas astrónomas de hoy, significa que somos hijos de un recuerdo.

Escrito en un lenguaje tan bello como accesible, Hijos de las estrellas nos narra la historia del universo desde la explosión inicial del Big Bang y esa imagen del recuerdo fue lo primero que se me vino en mente al comenzar a leerlo. En otro libro extraordinario, Voces del universo, las impresionantes imágenes estelares captadas por el Observatorio Europeo Austral (ESO) enfrentadas a los textos de la escritora Margarita Schultz, parecieran querer decirnos que esa inmensidad indescriptible, inabarcable, enloquecedora, requería para testificarse a sí misma de esa ínfima porción de carne y excrementos, de saliva y sangre que, siguiendo las palabras del pintor Francis Bacon, constituye sin más el hecho humano. Que, en suma, el universo precisaba de ese otro instante crucial, en que algo, un ser que comía, que se desplazaba, que sentía dolor o frío, comprendió que la absoluta inmovilidad que le había sobrevenido a ese otro que también hasta hace un instante comía, gruñía, se desplazaba, era exactamente la misma fijeza que algún día lo alcanzaría a él. Es el momento central de la historia de lo existente, a partir del cual ya no habrá retorno: junto con la conciencia de la muerte acaba de nacer el lenguaje, es decir, acaba de nacer ese entramado infinito de gestos, de gruñidos, de voces, que sumándose una a una terminarán construyendo las grandes sinfonías, los poemas, las teorías científicas. Es también la primera mirada que contempla las estrellas. La mirada de las millones de estrellas es la de los hombres que mueren. Miles de años después el relato de la ciencia volverá sobre ese instante en que vueltos uno con un universo que seguramente fue percibido como algo mucho más cercano, en la cosmovisión mapuche las estrellas son los espíritus de los antepasados, otros hombres ensayaron respuestas, relatos, poemas que se reiteran y que continúan conmoviéndonos porque a diferencia de la ciencia, las preguntas a las que los poemas responden aún no han sido formuladas.

Refractarias a la idea de progreso, idea que le pertenece a la ciencia y a la técnica, pero no al arte (a diferencia de Albert Einstein respecto a Ptolomeo, Picasso no es un progreso respecto a las pinturas rupestres), las respuestas del poema nos dicen que estamos concernidos con la noche estrellada porque somos parte del resplandor de la noche y que esa noche es también parte nuestra. Anterior a la noción de verdad –efectivamente en uno de los primeros poemas cosmológicos, la Teogonía de Hesíodo, las musas se le presentan a este diciéndole que ellas pueden decir muchas mentiras con apariencias de verdad y también la verdad cuando les plazca, para luego narrarle la separación del cielo y la tierra, antes unidos en una cópula interminable, que da origen al espacio y al tiempo– el relato arcaico del poema y el relato actual de la ciencia nos ponen frente a los deslindes de un doble nacimiento: somos hijos de las estrellas y todos los elementos que nos componen fueron fabricados por ellas, y al mismo tiempo, en su infinita lejanía, en su maravilla y violencia, las estrellas son hijas del convulso azar de nuestro destino, de nuestro resplandor y oscuridad.

Es la sombra muda que proyectan los grandes modelos. Interpretamos el universo e interpretamos al mismo tiempo nuestras miradas. Porque más que por sus logros o aciertos, una época se caracteriza por su inconcebible, por aquello que le está absolutamente vedado de pensar, no por aquello que sabe que ignora sino por aquello que no sabe que ignora, no porque sean inimaginables las respuestas, sino porque son inimaginables las preguntas. En los pequeños intersticios que le permite lo inconcebible, la ciencia nos muestra un adelanto de esa oscuridad, un resplandor que cruzando este tiempo nos dice que ese inmemorial gemelazgo que une las más remotas galaxias, las piedras, el flujo de las mareas y los latidos del corazón que habían intuido los grandes poemas, la citada Teogonía, el Rerum Natura de Lucrecio, la Divina Comedia, el Soneto 55 de Shakespeare o el Canto Cósmico, de Ernesto Cardenal estaba ya presente en el inicio del cosmos.

Como lo expresa maravillosamente María Teresa Ruiz, el hidrógeno del agua de nuestras lágrimas es el mismo hidrógeno presente en el Big Bang, que nuestro llanto como nuestra risa se vienen gestando desde el nacimiento del cosmos y que el calcio de nuestros huesos, el oxígeno y el fierro de nuestra sangre, el carbono presente en la estructura de nuestro ADN como todos los elementos de los que estamos compuestos fueron fabricados por las estrellas. Tendidos frente a esas estrellas los hombres que mueren levantan algo que también es anterior a la verdad y que también se estrella contra lo irreparable, contra lo que está para siempre fuera del lenguaje. Es ese horizonte de eventos que rodean los hoyos negros detrás del cual todas las leyes fallan, que son invisibles porque su densidad es tal que no deja escapar la luz y del cual lo ignoramos todo. En los confines del universo se abren estas bocas por donde se desfonda el cosmos. En los confines de nuestras vidas vislumbramos también la presencia de los invisibles hoyos negros de la muerte. La vida se va desfondando en la muerte y el resplandor que emiten las estrellas antes de ser tragadas es también el resplandor de nuestros pensamientos que en el instantáneo microsegundo de nuestras vidas alcanzan a percibir lo que nos excede para siempre para luego apagarse. En una novela memorable, La muerte de Virgilio de Hermann Broch, esa prohibición es la prohibición de la muerte; Virgilio, el autor de La Eneida, acaba de morir en el puerto de Brindisi y la novela concluye diciendo: “No podemos preguntarle nada ni tenemos el derecho a hacerlo y él tampoco nos contestará nada porque está fuera del lenguaje”.

Es lo que nos hace presente María Teresa Ruiz cuando describe la explosión inicial, el Big Bang. Se trata de dimensiones inimaginables, de magnitudes de tiempos, de fracturas, de derivas que desbordan cualquier representación visual y donde –como sucede con los grandes modelos de la ciencia– debemos tachar nuestras certezas, suspender todo aquello que entendemos por sentido común porque la materia íntima de aquello que se nos describe y que nos conforma también está fuera del lenguaje o, al menos, del lenguaje con que intercambiamos los usos cotidianos de nuestras vidas. “Todo habría comenzado –nos dice María Teresa Ruiz– en un evento fenomenal conocido como el Big Bang. En él se creó el espacio y el tiempo, por lo tanto no es válido preguntarse ¿qué había antes? Tampoco ¿qué hay más allá del universo? Los remarcables poemas de Margarita Schultz nos muestran los trazos de una conversación general donde todas las cosas dialogan con todas las cosas, desde las más remotas galaxias hasta las pequeñas briznas de pastos movidas por el viento, desde las nebulosas hasta los guijarros, y donde lo humano pareciera no ser más que el triunfo de esa ínfima posibilidad que tenía el universo de testificarse a sí mismo.

Pero hablaba de esa novela de Hermann Broch, de ese más allá del lenguaje con que se describe la muerte de Virgilio, ese “él está fuera del lenguaje” y de pronto pareciera que ella es en sí un resumen de la historia del universo. Sigo entonces a María Teresa Ruiz describiéndonos el Big Bang, después de decirnos el absurdo de preguntar por un antes o un afuera, agrega “¡Qué terrible agresión a nuestro sentido común más básico! No hay ni siquiera que intentar comprender estos conceptos”. Entendemos que en efecto, es absurdo preguntar o intentar comprender. Como la muerte, como los hoyos negros, hay un horizonte de eventos frente al cual todo entendimiento rebota. Los inmensos telescopios solo registran el resplandor de las estrellas en el instante de ser tragadas. Somos hijos entonces de un recuerdo, de estrellas ya extinguidas. El libro de María Teresa Ruiz se cierra con la imagen de su hijo pequeño fotografiado en el jardín el día que ella descubrió la primera enana café. Mientras escribo esta presentación en la casa vecina alguien está escuchando la Quinta Sinfonía. Vuelvo a abrir el libro: Beethoven es hijo de las estrellas

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