El autor en vivo

LA FIGURA DEL AUTOR NO SIEMPRE HA ESTADO en la vidriera en que se encuentra hoy en día. Durante el siglo XIX, con el advenimiento de la novela clásica, en particular en Inglaterra y en Francia, este género literario en auge cosechaba muchos lectores, que seguían con fervor a los personajes pero no a los autores de esas historias. Es más, desde el punto de vista del lector victoriano, las circunstancias de la vida del autor no importaban. Tampoco agregaban datos al texto ni formaban parte del corpus de la crítica. Una gran cantidad de autores escribió bajo seudónimo, inclusive hasta principios del siglo XX.

Hubo algunas excepciones, como Charles Dickens, que durante el siglo XIX fue un escritor cuya figura tomó notoriedad pública tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Realizaba giras de lecturas públicas de sus nuevas novelas y cuentos a la manera en que se lo hace en la actualidad. En aquel momento, esta faceta del autor se atribuyó a su personalidad histriónica y a las dotes que, desde pequeño, poseía para la actuación. Quizá por este motivo trascendieron algunos de sus dichos. Cuentan que cierta vez, en Boston, le mostraron un extraño aparato llamado teléfono, se trataba de una caja grande y negra que tenía una grueso cable, un embudo y una clavija. Le aseguraron que era maravilloso, que el futuro al fin había llegado, que se podía hablar con alguien que estaba en Nueva York. Dickens miró taciturno el aparato y preguntó: “¿Hablar de qué?”

Dos siglos más tarde, la situación es casi opuesta. Son escasos los autores que mantienen sus vidas privadas en discreta intimidad, pocos los que no expresan sus ideas en medios periodísticos. Resulta difícil imaginar que alguno se niegue a hacer apariciones en público. Claro está que existen excepciones, el argentino César Aira construyó su obra, en gran parte, negándose a las entrevistas en su país; el norteamericano Thomas Pynchon ha rehuido de toda exposición pública a tal punto que la única foto que se conoce de él data de hace alrededor de cuarenta años. Sus obras gozan de una enorme difusión y su negativa a exponerse como figura pública no ha ensombrecido su fama literaria. Steven Millhauser mantiene su postura de que son sus libros los que hablan por él, J.D. Salinger –el célebre autor de El guardián entre el centeno, novela que marcó un estilo en el bildungsroman– se retiró luego de escribir tres libros mientras se encontraba en la cima de su fama. Jamás volvió a aceptar el contacto con la prensa ni con editores. A pesar de que el lobby necesario para llegar al máximo galardón literario es un secreto a voces, el escritor sudafricano J.M. Coetzee recibió el Premio Nobel de literatura sin acceder a entrevistas durante su carrera y se mantuvo firme en su postura incluso después de ser premiado. Hizo una sola excepción: aceptó contestar preguntas por correspondencia de la mayor autoridad mundial sobre su obra, el crítico David Attwell. De la misma forma, Philip Roth también suele evitar las entrevistas y, en cambio, le ha concedido esta posibilidad a Hermione Lee, crítica literaria y académica inglesa especialista en su obra.

Desde los inicios del siglo XX y, en particular, luego de la Primera Guerra Mundial, varios novelistas, dentro del mundo convulsionado de entonces, tomaron una actitud diferente de la de sus antecesores. Sus voces personales comenzaron a oírse paralelamente a las publicaciones de sus cuentos y novelas. Algunos provenían de los medios, como Ernest Hemingway o Theodore Dreiser. Tanto escritores como lectores necesitaron dar cuenta de la realidad. El escritor pasó de ser un observador de su época a convertirse en un actor. Se desarrolló fuertemente la noción de experiencia que, luego, se convertiría en un relato atractivo para los lectores porque, a la vez de ser una novela, contenía información acerca de hechos reales. De alguna forma, continuaron esta corriente el novelista y cuentista F. Scott Fitzgerald y el escritor y periodista Truman Capote. Hubo también algunos diálogos que se transformaron en hitos en la historia de la cultura como uno de los que mantuvieron Hemingway y Fitzgerald. “Los ricos son distintos de nosotros”, afirmó Fitzgerald. “Sí, tienen más dinero”, respondió Hemingway. Esta anécdota, contada por Fitzgerald, ha sido generalmente tomada en su contra, entendiendo que había dicho una obviedad. Sin embargo, la literalidad con que la tomó Hemingway, desvirtuó su significado. A lo que se refería Fitzgerald era a que, en cuestiones de dinero, como en tantas otras en la vida, la cantidad, más temprano que tarde, se convierte en calidad.

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Comenzó la construcción social del escritor como personaje mítico. Fueron varios los que sucumbieron en esta escalada de persona-personaje-escritor; por ejemplo, el mismo F. Scott Fitzgerald terminó sus días consumido por el alcoholismo mientras intentaba sostener el estilo de vida que retrató inigualablemente en relatos tales como El último Tycoon o El gran Gatsby. A su vez, su coetáneo Hemingway, luego de numerosas aventuras –que comenzaron a los dieciocho años cuando se alistó como voluntario para pelear en la Primera Guerra Mundial, siguieron en la Guerra Civil Española y culminaron en la Cuba revolucionaria–, fue sobrepasado por su propio personaje.

Hacia fines de la década del 40, particularmente en Francia, la narrativa se encontraba en un estado de estancamiento. La crítica tomó un inusitado protagonismo. Los escritores, acobardados, desaceleraron su ritmo. En 1953, un grupo de literatos norteamericanos y franceses fundaron, en París, la revista literaria The Paris Review. Una de las premisas de los impulsores del proyecto llevado a cabo por William Pene du Bois, Peter Matthiessen, Harold L. Humes y George Plimpton era devolverle a los narradores un lugar digno. Su misión fue otorgarles un espacio donde pudieran explayarse acerca de su oficio. Desde aquel número inicial se incluyó una extensa entrevista a un escritor: el primero fue el novelista inglés E.M. Forster, autor de la aclamada obra Pasaje a la India que, luego, tuvo su versión cinematográfica. El segundo entrevistado fue Ernest Hemingway que vivía en aquel momento en París y, de acuerdo con uno de los editores fundadores de la revista, fue la única persona a quien había visto comprar un ejemplar.

Hace 55 años que, ininterrumpidamente, cada número de g contiene una o más entrevistas a escritores de ficción y poetas. Se trata de una extensa lista que incluye a T.S. Eliot, William Faulkner, Jorge Luis Borges, Italo Calvino, Gabriel García Márquez, Vladimir Nabokov y Toni Morrison. Al poco tiempo, los editores de la revista advirtieron que esas entrevistas eran verdaderas piezas literarias.

La mayoría de los escritores que entrevistaron durante los años subsiguientes nunca habían sido entrevistados, a pesar de que su obra fuera mundialmente reconocida. Esto se debía, simplemente, a que la entrevista literaria no era una modalidad utilizada públicamente.

En 1973 la revista se trasladó de París a Nueva York. La redacción, situada en la calle setenta y dos, se convirtió en uno de los centros de la vida literaria de aquella ciudad en plena ebullición artística. Convocaron a varios de los artistas plásticos más consagrados para que colaborasen en el diseño de las portadas, a lo cual Andy Warhol, Willem De Kooning y Roy Lichtenstein se prestaron con entusiasmo. Fueron famosas las fiestas que se organizaban en las oficinas de la redacción durante los fines de semana. La publicación floreció rápidamente en Nueva York.

Hace cinco años falleció George Plimpton, el editor fundador que permaneció todos esos años como director de la revista. Su lugar lo tomó Philip Gourevitch y el joven escritor oriundo de Nueva York, Nathaniel Rich, es el editor general. “Nos gusta pensar las entrevistas como la afirmación autorizada del escritor sobre su obra”, dice Rich, al teléfono, a propósito de los criterios editoriales que rigen, actualmente, a la publicación: “Por este motivo queremos estar seguros de que no entrevistamos a alguien demasiado temprano en su carrera. Prestamos una concienzuda atención a su obra y al hecho de que sean, para nosotros, los escritores más importantes de nuestro tiempo. Entiendo que es una vara alta, entonces, somos muy cautelosos en nuestra selección”.

En las décadas de 1960 y 1970, a raíz del boom latinoamericano y de los cambios políticos que tenían lugar en la región, algunos escritores alzaron su voz no solamente como autores de sus libros sino como propulsores de cambios sociales. Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda y Julio Cortázar, cada uno a su manera, hicieron declaraciones públicas en entrevistas o mediante otros medios de comunicación. El autor, comprometido políticamente con su tiempo, tomó otro giro en su actuación social.

Claro está que no todos los escritores tomaron parte en contiendas partidarias, muchos se mantuvieron al margen, como Jorge Luis Borges y Octavio Paz (luego de su desilusión política). Borges fue un caso especial dentro de la entrevista literaria. En parte, dada la dificultad que presenta su obra para un lector desprevenido, que podría ser un periodista en apuros por un cierre, y gracias a la ironía que lo caracterizaba, se convirtió en artífice de desopilantes entrevistas.

“Nos gusta pensar las entrevistas como la afirmación autorizada del escritor sobre su obra”, dice al teléfono Nathaniel Rich, editor general de “The Paris Review”, a propósito de los criterios editoriales que rigen, actualmente, a la publicación: “Por este motivo queremos estar seguros de que no entrevistamos a alguien demasiado temprano en su carrera. Prestamos una concienzuda atención a su obra y al hecho de que sean, para nosotros, los escritores más importantes de nuestro tiempo. Entiendo que es una vara alta, entonces, somos muy cautelosos en nuestra selección”.

A pesar de que el fervor político-literario fue perdiendo fuerza, se instaló la idea de que un escritor es una persona calificada como observador de la realidad. Su opinión es buscada en distintos temas y, más aún, cuando la tensión social sobre algún grupo minoritario amenaza a sus integrantes. Ya sea que se trate de las mujeres, los de piel oscura o los disidentes políticos. En 2003, al recibir el Premio Nobel de Literatura, ante la avalancha de invitaciones a dictar conferencias, J.M. Coetzee afirmó: “Uno de los aspectos que siempre me ha parecido extraño de la fama literaria es el siguiente: uno prueba su competencia como escritor e inventor de historias; luego, la gente clama porque uno emita discursos y les diga qué es lo que piensa acerca del mundo”.

A partir de la década del 60 y con el advenimiento del “Nuevo periodismo”, las entrevistas literarias comenzaron a poblar las páginas de los suplementos sobre temas culturales. El periodismo, a su vez, tomó elementos de la ficción. Quizá por la facilidad con la palabra y la propensión a inventar tanto historias como personajes, fueron los novelistas quienes más las ocuparon. El mercado también tuvo su alta cuota de influencia: las novelas lideraban las ventas en literatura.

La entrevista se convirtió en una forma de conversación enaltecida, en una manera de arrojar luz sobre la obra de un autor. En algún sentido es una charla ficticia: son dos hablando sobre uno. Algunos escritores-entrevistadores la utilizaron como forma de inmersión en la prosa de un escritor que les causaba curiosidad. Para el escritor, a su vez, resultó una interesante contribución a la reflexión sobre su trabajo. La reacción de un lector que ha dedicado tiempo a estudiar su narrativa o su poesía le proponía nuevos desafíos.

La entrevista literaria desembarcó también a otros medios como la radio y la televisión. Uno de los entrevistadores de radio más importantes de Estados Unidos, Leonard Lopate, comenzó su carrera en la National Public Radio de Nueva York entrevistando escritores para luego ampliar su espectro a artistas plásticos, directores de cine, filósofos y políticos; Antonio Skármeta tuvo su programa de televisión de entrevistas a escritores; en Francia, un programa de entrevistas logró el máximo rating durante más de una década. En Estados Unidos, el nivel de repercusión del programa de entrevistas de Oprah Winfrey es tan gigantesco, que el entonces desconocido escritor Jonathan Franzen le debe gran parte de su fama a su negativa a asistir a una entrevista televisiva. Este hecho trascendió de tal manera que la opinión pública se preguntó quién era ese chico que se atrevía a rechazar a Oprah. Franzen terminó dando respuestas a distintos medios y explicando la situación en un ensayo que luego incluyó en su libro Cómo estar solo. Oprah, desde ya, le retiró su invitación a formar parte de su codiciado Club del Libro, adonde todo escritor anhela acceder por el aumento en las ventas de libros que significa.

En la década de los 90, el novelista británico Hanif Kureishi dio su opinión respecto de la constante exposición de los escritores en los medios de su país. “Pienso que la gente en general, en los 80, y en particular los editores, se dieron cuenta de que había muchas más posibilidades de ganar dinero con los libros de lo que creían. Una de las formas en que lograron este crecimiento económico a lo largo de esa década fue vendiendo a los escritores. Muchos editores advirtieron que gran cantidad de gente está más interesada en la vida privada de los escritores que en los libros que escriben. De hecho, leer un buen libro suele ser bastante trabajoso. Pero si escribes acerca del autor, muestras una buena foto y tienes algunos jugosos chismes, como fue el caso reciente de Fay Weldon o, como suele suceder con Martin Amis; entonces, puede ser que vendas más libros. También tiene que ver con un cambio en los medios en la misma época”. Hay, por cierto, escritores que han protagonizado diatribas a través de las entrevistas, como Martin Amis y Julian Barnes.

La tarea de entrevistar escritores no es sencilla como podría parecer. Los autores no necesariamente se asemejan a su obra. Genios del humor resultan ser personas sumamente serias, como es el caso de David Lodge, o, a la inversa, una escritora seria como Margaret Atwood afirma que “se deja llevar por el entrevistador con si estuvieran bailando”. La riqueza de la entrevista está relacionada con el nivel de preparación del entrevistador, la flexibilidad del entrevistado y la cuota de espontaneidad que surge en el momento.

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Hoy en día, cualquier escritor que publique una novela en una editorial mediana o grande, es entrevistado, al menos, cinco o seis veces en América Latina y más de una docena de veces en Estados Unidos o Europa. Esta situación lleva a que un narrador, desde el inicio de su carrera, desarrolle un personaje público y se arme de una cantidad de respuestas que pondrá en práctica no bien se encuentre con un periodista.

Como hemos visto, existe la posibilidad de negarse a la exposición pública. En un mundo saturado de gente que desea mostrarse públicamente, emerge como una postura digna y respetable. Ser entrevistado tiene sus inconvenientes: consume tiempo, distrae del trabajo, exacerba la vanidad y puede ser motivo de malos entendidos. Algunos opinan que es saludable abstenerse de la exposición mediática.

El desafío del entrevistador consiste, entonces, no ya en formular la pregunta más punzante que solamente genera retraimiento, sino en permitir que el narrador hable libremente. Sólo dejando fluir los pensamientos surgirá algo nuevo, algo que no ha repetido ya una decena de veces en las entrevistas anteriores.

En los periódicos, las entrevistas suelen centrarse en el último libro o tratar acerca de las últimas declaraciones realizadas por el autor a otro medio, mientras que poco se conoce de su obra. Resulta difícil que un periodista que trabaja en una redacción pueda interiorizarse en la obra de un escritor antes de entrevistarlo. Por este motivo, por lo general, son colaboradores externos quienes pueden contar con un conocimiento profundo de ciertos autores y parte de la agudeza de los editores de los suplementos culturales consiste en armarse de un sólido grupo de colaboradores que se especialicen en escritores tanto extranjeros como nacionales.

El mayor enemigo del entrevistador es una de las herramientas básicas de cualquier periodista: google. Al contar con la posibilidad de leer entrevistas previas que se le han hecho a un autor, pareciera razonable echarles al menos un vistazo. Sin embargo, esta costumbre ha llevado a que todas las entrevistas se parezcan. De una forma más o menos consciente esa información se adhiere y condiciona al atareado entrevistador. Un culto entrevistador en un auditorio en California cometió el error de preguntarle a Susan Sontag sobre sus dichos en una entrevista, a lo cual la ensayista respondió: “¿Cómo se atreve a preguntarme algo así teniendo la oportunidad de hablar acerca de textos que me han llevado décadas de construcción?”.

Hoy en día las estadísticas muestran que las entrevistas a escritores se leen más que las críticas de libros. En una constante búsqueda de alguna experiencia verdadera que pueda servir de ejemplo, los lectores encuentran en el escritor a un artesano que les muestra su forma de trabajar o que les revela los secretos de su inspiración. En contraposición a las figuras que, se sabe, son armadas por agencias de márketing y que ocupan largas columnas en los medios, las palabras de un escritor suenan genuinas: no se trata de alguien que esté llevando adelante ningún tipo de mensaje, más allá del deseo de que sus libros se vendan.

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