Dos vacas en el mar

Mario Bellatin hablará sobre “Los cien mil libros de Bellatin”, cien títulos suyos impresos semiartesanalmente cada uno mil veces. Yo apenas he tenido el placer de leer unos quince, los que he podido encontrar de su desperdigada bibliografía: a partir de esos libros y de algunas informaciones adicionales, anoté nueve cuestiones indicativas –pienso– de por qué y cómo es el suyo un trabajo en especial perturbador dentro de la ya usualmente perturbadora narrativa latinoamericana actual. Es una obra, la de Bellatin, que sale bien parada si es medida con el rasero de Emile Cioran: “Solo hay que escribir y sobre todo publicar cosas que hagan daño, es decir, que recordemos. Un libro debe hurgar en las llagas, suscitarlas incluso”.

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Partiré suscribiendo una entusiasta apuesta de Francisco Garamona, director de la editorial argentina Mansalva, que le ha publicado dos libros a Bellatin: “Pensar en Mario”, dice, “pensar en su literatura, es intuir algo del arte del futuro”. Podrá parecer mera futurología, pero es convincente: a pesar de que lo descolorido predomina en sus libros, la suya es una escritura luminosa, y en ese sentido más del futuro, pues propicia o alumbra nuevas posibilidades de escrituras, y no necesariamente epigonales como puede suceder con Bolaño; inimitable, la de Bellatin es una escritura que abre más posibilidades de las que cierra; y es del futuro también en el sentido de que podría tener más lectores una vez que vayan cundiendo estas escrituras, y por lo tanto estas formas de lectura, que pienso pueden arrancar de su obra.

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Hay lugares en propiedad bellatinianos –un moridero social, un cautiverio de secta, un bodegón atestado de perros, un intrincado monasterio budista, una ciudad costera semiabandonada y sin embargo sitiada, una oscura mezquita móvil, un jardín japonés, un escenario de actos sádicos, el interior o, incluso, la esencia de una hoja de violeta–. Un mundo de estos, contado con un lenguaje muy metafórico, florido, mágico o raro, sería ineficaz (no ineficiente: ineficaz). Bellatin ha usado mayormente un lenguaje llano, en ningún caso raro, un lenguaje transparente, aunque no se trata nunca de esa pobreza o vagoneo que a veces se hace pasar por claridad. Es un lenguaje frío, cortante, directo. Así por ejemplo empieza “Mi piel luminosa”: “Durante el tiempo que viví junto a mi madre nunca se me ocurrió que acomodar mis genitales en su presencia pudiera tener una repercusión mayor. Estaba equivocado”. Todo está puesto al servicio del montaje, de los planos, de esa impersonalidad con que arma relatos Bellatin. Para decirlo de otro modo: si fuera neobarroco podría perfectamente ocurrir que sus tramas se terminaran por caer a pedazos. Afortunadamente, siempre asiste la impresión de estar leyendo restos de una historia: bien ensamblados cortes de un relato más o menos escalofriante o enigmático que ha sido previamente macheteado.

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No se sabe ni se sabrá nunca con seguridad si Bellatin es un autor autobiográfico o no, o hasta qué punto lo es y hasta qué punto es un fingidor. No se sabe tampoco si esto es algo importante de dilucidar. Él ha respondido a preguntas en esa línea con respuestas como esta que dio a El Universal de México el 2007: “Mario Bellatin está en cada una y en ninguna (de mis obras) al mismo tiempo, es el mecanismo mágico e incomprensible del afuera, de ser y no ser, involucrarme y al tiempo tener una gran distancia”.

¿Quién cuenta, quién narra, quién habla en los textos de Bellatin entonces? “¿Qué importa quién habla”, escribió Beckett en sus Textos para nada, y tal vez convendría aquí aplicar (una vez más) esa feliz máxima. En todo caso, de autobiográficos los textos de Bellatin más bien aparentan tener mucho, y si bien con frecuencia da indicios para pensar que él y su vida son la materia de sus libros, una lectura atenta indica que a su propia biografía más bien la despedaza, la exagera, la deforma: finalmente la mutila. No le interesa el autor al autor. O más bien le interesa pero para borrarlo o para desintegrarlo (como hace con la protagonista de El pasante de notario Murasaki Shikibu, publicado en Chile por Editorial Cuneta). Hay una escena, en Damas chinas, que no siendo ni de lejos la más brutal ni novedosa de Bellatin me quedó grabada: una mujer junto a su marido viaja en barco y al segundo día un tripulante grita que se han caído al mar dos vacas de la bodega: “Estaban, más o menos, a diez metros del barco. Nadaban moviendo las patas delanteras rápidamente. Algunos pasajeros propusieron que el barco se detuviera para rescatarlas. Nadie les hizo caso. Aquel espectáculo duró cerca de quince minutos. Pasado ese tiempo, las vacas no eran sino dos puntos en la lejanía”. Algo así hace Bellatin en sus libros con su biografía y con su identidad; inicialmente las sube, pero a mitad de cami no las bota, convirtiéndolas, también, en dos puntos en la lejanía, no importantes. Lo que queda después, siguiendo con la metáfora, es una obra como un barco que no sabemos bien dónde se dirige ni de dónde viene –ni siquiera en la relectura– ni quién lo comanda pero sí que se mueve, que no se vara ni se hunde sino que se mueve, propicia lecturas cruzadas, especulativas, inseguras.

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¿Y quién es Mario Bellatin? Más o menos lo sabrán: un escritor nacido en México en 1960 y criado en Perú y que estudió teología y cine (oficios que no ejerce, aunque está influido por sus técnicas) y es autor de intervenciones creativas y cursos que son la continuación “real”, lógica incluso, de su literatura fuera de los libros. Por ejemplo, fue hace unos años a la feria literaria de Paraty en Brasil con un dildo de aluminio en lugar de su garfio, provocando incomodidad y censura nada menos que en el país en cuyo pasado carnaval se repartieron 84 millones de condones. Y es el organizador de ese macabramente cómico y teóricamente relevante Congreso de Escritores Mexicanos en París, que contó con la presencia de los dobles de Margo Glantz, Sergio Pitol, José Agustín y Salvador Elizondo. Se trató de dobles del sexo opuesto, eso sí previamente instruidos por los mismos autores originales según lo dispuesto por Bellatin, quien evidenció así que la persona de carne y hueso tras la obra le importa e influye en sus lecturas hasta a los más severos narratólogos, los que inicialmente se habrían ofuscado un tanto al verse implicados en la acción paródica que en su propio lugar (la academia francesa) Bellatin les preparó. Además, Bellatin es profesor de una Escuela Dinámica de Escritores en México y ha oficiado de editor, de tutor de niños ciegos y de coordinador de antologías, operando como una versión latinoamericana del Maestro Ignorante del siglo XIX Joseph Jacotot, cuya historia recogió Rancière: “Un maestro ignorante no es un ignorante que decide hacerse maestro. Es un maestro que enseña sin transmitir ningún conocimiento”.

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El narrador de Bellatin es ambiguo en su perspectiva y relación con los hechos y dilata los límites entre lo raro y lo fantástico, lo sagrado y lo banal, lo extraordinario y lo común, a tal punto que son los elementos infiltrados del mundo real los que producen extrañamiento en la lectura: descoloca la sola mención de los Beatles, de latas de Coca Cola o de Marilyn Monroe, pero no la de una empresa que ofrece a sus clientes el servicio de oír voces del pasado, incluidas las de sus propias infancias. Un efecto parecido producen los cuentos de Silvina Ocampo, por tirar una línea posible. Otro sello de Bellatin es que, a pesar de sus formas breves, y en parte debido a lo circular y circulante de sus contenidos, obliga con frecuencia a retroceder en la lectura para hacer memoria y conectar hechos, sujetos, formas. U obliga a parar simplemente para rumiar lo narrado, por ejemplo el caso de un enfermero condenado a prisión perpetua por haberle inyectado SIDA a su pequeño hijo no deseado.

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Salón de belleza ha sido falsamente señalada como la obra más tradicional de Bellatin, siendo que, por lo pronto, es una de las que a más interpretaciones se ha prestado: desde que se trata de un sidario hasta que es una crítica de la belleza, hace dos años fue leída como un reducto de contagiados con gripe porcina. Yo lo leo como un cuento moral, como un canto muy sutil y al mismo tiempo demoledoramente convincente a favor de la eutanasia: “No sé de dónde nos han enseñado que socorrer al desvalido equivale a apartarlo de las garras de la muerte a cualquier precio”.

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Una obra permanentemente interconectada da la sensación de continuidad, de totalidad, de tejido en curso: una suerte de telaraña, mirada en su conjunto, describe la obra de Bellatin: “Quería que los textos se fueran entremezclando hasta convertirse todos en un mismo libro. Tal vez este ejercicio haga un poco extraña mi obra”, dice en Lo raro es ser un escritor raro, cuarta parte de Pájaro Transparente.

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Una poeta alcohólica llamada Alma, los asiduos a un bar sadomasoquista, un destructivo energúmeno de barro, un equipo de voleibolistas a cada uno de cuyos integrantes les ha sido arrancado un dedo, un ginecólogo asiduo a prostíbulos cuya vida no tiene ni para él ni para el lector ningún sentido, una banda de Matacabros que golpea travestis en la noche, un hombre inmóvil y balbuceante que entrena a 30 pastores belgas, un involuntariamente rabelesiano escritor japonés que extrae de su nariz puntos negros colosales y repugnantes, un filósofo que de noche es travesti callejero, mellizos abandonados y luego adoptados por la mencionada poeta alcohólica, un sujeto que se excita con la ancianidad, fetos deformes, un rabino que absuelve dudas por teléfono, un escritor sin pierna: tales son algunos de los personajes que aparecen y reaparecen perturbando siempre en los libros de Bellatin.

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Termino con una cita de Poeta Ciego, esa parodia escalofriante y nauseabunda de las sociedades secretas esotéricas –novela donde hasta las comas parecen mal orientadas–, una cita de resonancias coyunturales en Chile: “Con respecto al Celibato Obligatorio, después de enfrentar las teorías del Poeta Ciego con las del místico Rudolf Steiner llegaron a la conclusión de que los menores de edad no tenían por qué obedecer ese mandato. Incluso iban aún más lejos, pues si un adulto cometía el acto carnal con un menor no iba en contra de su voto de castidad. Por esa razón se habían instalado algunos kioscos en los patios de la sede, donde era permitido el trato sexual con los pupilos”.

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