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CROQUIS

El viaje después del viaje

Joaquín Fermandois

El viaje después del viaje

UNO
“Hoy, en rigor, no viajamos: sólo nos trasladamos”, decía Martín Cerda. Uno nunca se pierde si es que se recurre a la idea del viaje. Y no sólo su corporeidad, cuando brincamos a un bus, a un auto, a un avión; la misma metáfora del viaje, el hombre como homo viator, parece ser una definición de la condición humana: “la vida como viaje”; “la muerte como viaje”; “la historia como viaje”, tanto en el sentido de hecho como de narración.

El viaje se encontraría entre la era de la exploración y la del turismo. En la primera, el moverse tiene el aire del nunca jamás; como mucho, sólo se puede esperar un regreso en la vida, que sería el definitivo. Ese desplazarse a otro paisaje y continente pasaba a definir la totalidad de la vida. El que regresaba no volvía a un origen con una carga añadida, con un paisaje que lo acompañaba como un territorio al que es posible regresar y mantener la conversación perpetua, que es una de las características del viaje. No, en el caso del explorador. Estaba físicamente más allá de sus posibilidades llevar una vida de “exploración y regreso”. Era demasiado alta la ley de probabilidades de la muerte por accidente humano o por la corta esperanza de vida.


DOS
La sensación del viaje tiene que ver así con una posibilidad de repetición; con un mundo de orden relativo y que está comunicado; con una mente sensible a la diferencia y a la introspección; un criterio que juzga percibiendo la diferencia y las analogías. Los seres humanos somos iguales y distintos. Caer en la cuenta de qué significa esta especie de cuadratura del círculo, debe ser una de las capacidades consumadas de todo hombre maduro. Se dan seres privilegiados a quienes ya en la adolescencia les ha sido entregado (o han descubierto en ellos mismos) el don de visualizar esta rara síntesis, o la capacidad de poder manejar la circunstancia y verla. En la vida de acción, aquella de la “razón vital”, es la capacidad de hallar en los seres vivos el acomodo para poder uno hacer surgir la riqueza contradictoria de la vida, y no el callejón sin salida en la que muchas veces consiste.


TRES
El viaje tenía un tiempo, suponía una relación de tiempo y espacio que hacía aparecer la comparación entre dos normalidades. Una de ellas era la del mundo del que se salía, o se escabullía, o se renunciaba con dolor, no para siempre; la otra normalidad, al comienzo inusitada y no tenida por tal, era la que se hallaba. Parte del ethos del viajero consiste en adentrase en esta nueva normalidad, la meta provisoria de ese viaje, uno a varios lugares de destino. El viajero se halla entre dos o más “normalidades”, pero sólo la de origen se le aparece como natural, como lo que la vida le ha mostrado lo que “las cosas deben ser”. Claudio Magris ha captado este problema, al decir que “el viaje es la felicidad del sedentario, que afirma en todas partes sus hábitos y sus raíces e intenta engañar con la movilidad en el espacio, la erosión del tiempo, para repetir siempre las cosas y los gestos familiares: sentarse a la mesa, charlar, amar, dormir”.

El viaje no es sólo exaltación, elixir de felicidad; esto es una mirada retrospectiva aunque necesaria. Varios cuadros de Hopper dan testimonio del desgarro del viajero; casi se puede decir que el pintor norteamericano pintó las escenas de hotel y de tren para mostrar la soledad del viajero como metáfora de la condición humana.




CUATRO
El viaje no es sólo exaltación, elixir de felicidad; esto es una mirada retrospectiva aunque necesaria. Varios cuadros de Hopper dan testimonio del desgarro del viajero; casi se puede decir que el pintor norteamericano pintó las escenas de hotel y de tren para mostrar la soledad del viajero como metáfora de la condición humana. “Cuando amas debes partir”, enfatiza Blaise Cendrars: la felicidad no puede consistir en una meta de la vida, sino que es un fruto del sufrimiento y la penitencia, quizás de la derrota y la soledad.


CINCO
Asumiendo las categorías que a este problema le asigna Paul Fussell, habría tres momentos del desplazarse: la exploración, el viaje y el turismo. En el último medio siglo, el turismo va devorando la experiencia del viaje. El hombre-masa se desplaza sin que pueda decir que ha experimentado el conocimiento de haber estado en algo original, un lugar y su historia (su mundo, su manera de ser, no necesariamente una cronología retrospectiva); y el acto siguiente, un momento de reflexión, de recuerdo, de trabajo del mismo, es decir, de la memoria. En esta, el llamado de la magia del “lugar” constituye quizás el corazón de la “experiencia del viaje”. Se expresa en la conversación; en la alusión recurrente aunque espontánea al viaje no como desplazamiento, sino como vivencia estética; o en la referencia de aprendizaje; o conciencia permanente de esa levadura de la experiencia de viaje, la analogía y diferencia esenciales entre una normalidad y la otra, entre los dos lugares. Se trata de lo que se atesora con el viaje, como una fuerza que permanece con el viajero, para siempre.

La gran pregunta de hoy día es si esta experiencia no ha muerto, ida para siempre no sólo por los medios de transportes acelerados y las comunicaciones instantáneas. (¿Existe realmente algo así como que los hombres se comuniquen en el mismo instante? O más bien, como hace cuarenta años decía Alone ante una afirmación semejante, ¿quién conoce a quién? si es que “comunicarse” es lo mismo que “conocer”, lo que está implícito en el advertising acerca de lo fácil e ineludible de la comunicación actual). La omnipresencia del turista, y la carencia de seguridad del explorador, sometido a un azar total, no permiten la experiencia a la postre algo más sosegada del viajero. Los viajes masivos de la era del turismo, la vulgaridad tanto en los traslados como en la propaganda que ofrecen los organizadores de turistas aniquilan un encanto preliminar necesario.


SEIS
El viaje, al convertirse en asunto cotidiano, casi normal, regular, pierde un aura de misterio, de acontecimiento más o menos único; se pierde el tiempo requerido entre viaje y viaje. El paso del tren al auto –ya observado en un célebre pasaje de Proust, en A la sombra de las muchachas en flor– significó una mecanización general de la vida. El tren mantenía, o mantiene donde aún ocupa un papel en el desplazamiento, un límite para el dominio técnico. Permanece aun un siglo y medio después del cuadro de Pizarro, “Pengue Station”. El tren todavía no rompía con el equilibrio entre la naturaleza cultural y esta nueva e irrenunciable herramienta humana, la máquina convertida en técnica, y finalmente en una cultura de recreación de la “naturaleza natural”, es decir, de artificialización del planeta, el único que está provisto de esta forma de vida en el firmamento, hasta donde sabemos. Es una pista más que nos indica que el “fin del viaje” no es solamente el que las distancias sean más cortas, sino que podría ser visto como uno de los resultados no previstos, o hasta indeseados, del enseñoramiento de la técnica.


SIETE
Lo mismo vale para el barco. Se puede decir que el paso de la vela al vapor tuvo el mismo significado que el paso de la medición del tiempo por referencias cósmicas al reloj mecánico, que fue a su vez un tránsito hacia la técnica moderna y a una nueva visión del tiempo, el tiempo “producido” y “ahorrado” de nuestros días. Sin embargo, el barco a vapor (o con turbina a petróleo, todavía) está asociado con mucha razón a la imagen del viaje. Todavía son populares los posters con anuncios de viaje, en su era dorada, la primera mitad del siglo XX. El barco como que lo tenía todo. No se requería que fuera un trasatlántico, aunque la era del Queen Mary y del Europa, de entreguerras, es la que más enciende la imaginación. El Reina del Pacífico que arribaba a nuestras costas desde Inglaterra era todo un hito para los que observábamos el ir y venir de buques en la bahía de Valparaíso hasta fines de la década de 1950. El Donizetti, el Verdi y el Rossini, de Italmar, fueron un último rastro, una estela frágil de este mundo. La foto del primero estaba en el Bogarin, en la Plaza Victoria de Valparaíso, desde los 1960, un lugar delicioso de sándwiches y jugos naturales. Era una remembranza de que en Valparaíso, como ciudad destino y de partida de viajes, el mundo de otros mundos estaba instalado en la imaginación colectiva. Esta chispa de cosmopolitismo se iría apagando en el curso del siglo XX.





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