Inicio / Detalle
enviar por e-mailenviar por e-mailimprimirenviar por e-mailenviar por e-mailenviar a facebook
VITRINA

El hombre que reescribía a Carver

Alessandro Baricco

El hombre que reescribía a Carver

Todo comenzó hace algunos meses, en agosto. Compro el New York Times y encuentro en la portada del Magazine un bellísimo retrato de Raymond Carver. Ojos fijos en el objetivo y expresión impenetrable, exactamente como sus cuentos. Abro la revista y encuentro un largo artículo firmado por D. T. Max. Decía cosas curiosas.

Decía que desde hacía veinte años circulaba un rumor, a propósito de Carver, y era que sus memorables relatos no los había escrito él. Para ser preciso: los escribía, pero su editor los corregía radicalmente hasta dejarlos irreconocibles. Decía el artículo que este editor se llamaba Gordon Lish, en realidad se llama, porque todavía está vivo, aunque sé que de esta historia no habla con gusto. Luego el articulista decía que le habían dado ganas de comprobar qué cosas eran ciertas, en esta especie de leyenda urbana. Así que fue a Bloomington, en Indiana, a una biblioteca a la que Gordon Lish había vendido todas sus cartas, escritos a máquina de Carver incluidos, con todas las correcciones. Había ido y mirado. Había quedado impresionado. De manera muy norteamericana, Max tomó uno de los libros de Carver (De qué hablamos cuando hablamos de amor) y sacó la cuenta. Resultado: en su trabajo de editing, Gordon Lish había cortado casi el 50 por ciento del texto original de Carver, y había cambiado el final a diez cuentos de trece. Nada mal, ¿eh? Dado que Carver no es un narrador cualquiera sino uno de los mayores modelos literarios de las últimas décadas, pensé que acá había una historia que aclarar. Y como en los periódicos se escribe más lo que es bonito leer y mucho menos lo que realmente sucede, pensé que había un solo modo de entenderlo. Ir y comprobar. Así que fui y comprobé. Bloomington efectivamente existe, es una ciudad universitaria perdida en medio de trigos y silos. Muchos estudiantes y, en el cine, Benigni. Todo normal. La biblioteca también existe. Se lama Lilly Library, especializada en manuscritos, primeras ediciones y otros preciosos objetos fetichistas por el estilo.

Si fuera Europa, para entrar deberías dejar como rehén a un pariente, mostrar kilos de cartas de presentación y esperar pacientemente. Pero esto es Norteamérica. Das un documento, te sonríen, te explican el reglamento y te desean un buen trabajo (en casos como estos oscilo entre dos pensamientos: “son así sin embargo matan a gente en la silla eléctrica”, y “son así y por eso matan a la gente en la silla eléctrica”). Me senté y pedí el fondo Gordon Lish, y me vi llevando una gran caja de mudanzas repleta de ordenadísimas carpetas. En cada carpeta, un cuento de Carver: el original con las correcciones de Gordon Lish. Siempre que no usara bolígrafo, mantuviera los codos sobre la mesa y pasara las hojas una a una, podía tocar y mirar. Espectacular. Fui directo al (para mí) más bello cuento de Carver, “Diles a las mujeres que nos vamos”. Un artilugio casi perfecto. Una lección. Tomé la carpeta y la abrí. Me repetí que debía mantener los codos sobre la mesa y comencé a leer. Para no creerlo, de verdad.


El rumor creció, ante el escepticismo de los lectores: los célebres relatos de Raymond Carver le debían mucho, tal vez demasiado a Gordon Lish, su editor. En 1999 el narrador italiano Alessandro Baricco accedió a los borradores de Carver para comprobar qué tan importantes habían sido las correcciones de Lish.



Altman eligió también este cuento para su película Short Cuts. Le gustaba también a él. Ocho paginitas y una trama muy simple. Están Bill y Jerry. Amigos del corazón desde la primaria. De esos que se compran el auto a medias y se enamoran de la misma chica. Crecen. Bill se casa. Jerry se casa. Nacen los niños. Bill trabaja en el área de las grandes distribuciones. Jerry es vicedirector de un supermercado. El domingo, todos a casa de Jerry que tiene una piscina de plástico y parrilla. Norteamericanos normales, vidas normales, destinos normales. Un domingo, después de almuerzo, mientras las mujeres ordenan la cocina y los niños juegan en la piscina, Jerry y Bill toman el auto y van a dar una vuelta. En la calle, se cruzan con dos chicas en bicicleta. Se acercan y hacen un poco de payasos. Las muchachas ríen. No les dan mucha cuerda. Bill y Jerry se van. Luego regresan. No es que sepan muy bien qué hacer. En cierto momento, las muchachas dejan las bicicletas y entran en un camino, a pie. Bill y Jerry las siguen. Bill, un poco cansado, se detiene. Enciende un cigarro. Aquí el cuento termina. Últimas cuatro líneas: “No llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma piedra con las dos chicas: primero con la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le tocaría a Bill”.

Fin. Frío, seco hasta el exceso, metódico, mortal. Un médico en su milésima autopsia manifestaría mayores emociones. Puro Carver. Un final fulminante, una última frase perfecta, cortada como un diamante, simplemente exacta, y escalofriante. Esa idea de despiadada velocidad, ese tipo de mirada impersonal hasta lo inhumano, son convertidas en modelo, casi un tótem. Escribir ya no es lo mismo desde que Carver escribió ese final. Bien. Y ahora una noticia. Ese final no lo escribió él. La última frase –esa espléndida, totémica, última frase– es de Gordon Lish. En su lugar Carver, en realidad, había escrito seis páginas, digo seis: tiradas a la papelera por Gordon. Leerlas tiene un decidido efecto. Carver lo cuenta todo, todo lo que, en la versión corregida, desaparece en la nada dando al cuento aquel tono formidable, de ferocidad lunar. Carver sigue a Jerry hacia la colina, cuenta largamente el acoso a una de las muchachas, cuenta que Jerry viola a la chica y luego se vuelve a levantar, y permanece como adormecido, y comienza a irse, pero luego vuelve atrás y amenaza a la chica, quiere que ella no diga nada de lo que ha ocurrido. Ella no hace más que pasarse la mano por su cabello y decir “vete”, sólo eso. Jerry continúa amenazándola, ella no dice nada, y entonces él la golpea con un puño, ella intenta escapar, él toma una piedra y le golpea la cara (“sintió el rumor de los dientes y de los huesos que se rompían”) se aleja, luego regresa, ella está todavía viva, se pone a gritar, él toma otra piedra y la mata. Todo esto en seis páginas: lo que quiere decir sin palabrería, pero también sin prisa. Con ganas de contar: no de ocultar.

Sorprendente, ¿verdad? Todavía lo es más leer el final, en realidad, las últimas líneas. ¿Qué puso el frío, inhumano, cínico Carver, en el final de esta historia? Esta escena: Bill llega a la cima de la colina y ve a Jerry, de pie, inmóvil, y a su lado el cuerpo de la chica. Quisiera escapar pero no logra moverse. La montaña y la sombra, en torno a él, le parecen un hechizo oscuro que lo encierra. Insensatamente piensa que quizás si bajara de nuevo hasta la calle e hiciera desaparecer una de las dos bicicletas todo aquello se borraría y la chica dejaría de estar allí. Última línea: “Pero Jerry ahora estaba de pie delante de él, desaparecido en sus ropas como si los huesos lo hubieran abandonado. Bill sintió la terrible cercanía de los dos cuerpos, a la distancia de un brazo, incluso menos. Luego la cabeza de Jerry cayó sobre la espalda de Bill. Él levantó una mano y, como si la distancia que ahora los separaba mereciera al menos eso, se puso a golpear a Jerry, afectuosamente, sobre la espalda, rompiendo a llorar”. Fin. Adiós, mister Carver.

Ahora bien: aquí la curiosidad no es la de entender si es más bello el cuento como lo ha escrito Carver o como ha salido de la guadaña de Gordon Lish. Lo interesante es descubrir, bajo las correcciones, el mundo original de Carver. Es como describir a la luz una pintura sobre la cual alguien, después, ha pintado otra cosa. Usas disolvente y descubres mundos ocultos. Una vez que empiezas es difícil detenerse. De hecho, no me detuve. “Diles a las mujeres que nos vamos” es la obra que es porque realiza a la perfección un modelo de historia que luego ejercería, sobre los herederos más o menos directos de Carver, una fascinación fuertísima. Lo que se cuenta ahí es una violencia que nace, sin aparentes explicaciones, de un terreno de absoluta normalidad. Mientras más violento e inmotivado es el gesto –y en especial si quien lo hace es una persona, en teoría, absolutamente corriente– más aquel modelo de historia se vuelve paradigma del mundo, y esbozo de una inquietante revelación sobre la realidad. Demasiado inquietante y fascinante como para no tomarlo en serio. Todos los chicos que, en tanta reciente buena o menos buena literatura, asesinan del modo más feroz y sin ninguna razón, nacen de allí.






Comenta este Artículo
Nombre
Se necesita un valor.
Comentario
  Se necesita un valor.
Secciones
PERFIL
ENTREVISTA
PRIMERA PERSONA
PUNTO SEGUIDO
CROQUIS
COLUMNAS
VITRINA
RESEÑAS
EL SPOT DE MI VIDA
CÁTEDRA BOLAÑO

AUTORES
nÚmeros