Si la relación del editor periodístico es básicamente con los textos, porque esa es la verdad en la mayor parte de su tiempo, tiendo a creer –y puedo estar mistificando y equivocándome– que la relación del editor de libros pasa antes por la persona de los autores que por sus escritos.
Los editores, dice Roberto Bolaño, suelen ser malas personas. El problema es que, según él, “los escritores suelen ser peores porque, entre otras cosas, creen en la perdurabilidad o en un mundo regido por leyes darwinistas o tal vez porque en sus almas anida un espíritu cortesano aún más innoble”.
“Yo he tenido la desgracia”, dice el autor de Los detectives salvajes, “de conocer a varios editores que eran una penalidad incluso para sus madres y también he tenido la suerte de conocer a varios, unos siete u ocho, que eran y son unas personas responsables, algo tristes (la melancolía es una marca del gremio), inteligentes y con grandes dosis de audacia o humor, editores empeñados, por ejemplo, en publicar autores y libros de los que de antemano se sabe que venderán muy pocos ejemplares”.
Cuando se lee a Hemingway, a Capote, al propio Bolaño y para qué decir a los autores del boom literario latinoamericano, entre otros muchos escritores, es fácil que nos quedemos con una imagen del editor literario en la cual confluyen los rasgos del líder –la figura que saca a la superficie lo mejor de su gente–, del cura –el hombre que apoya al pecador vacilante en la buena dirección–, del banquero –el tipo que le tiende una mano salvadora al escritor cuando está en la ruina–, del psiquiatra –el profesional que ayuda al genio en el duro combate con sus demonios interiores–, de la madre –esa fuente de cariño incondicional capaz de acompañarnos, sin preguntar por qué, en las buenas y en las malas–, del padre –esa autoridad atemorizante que sin embargo nos infunde confianza–, del amigo –ese personaje entrañable al que podemos acudir llamándolo por teléfono en momentos de crisis así sean las tres de madrugada– y del administrador de carrera –la persona que sabe por experiencia o intuición en cuál dirección precisa el escritor debe aplicar su capital de talentos para lograr potenciarse a sí mismo y no ser víctima de sus tendencias a la autodestrucción o al suicidio–.
Obviamente todo esto es mucho. Demasiado. Por de pronto, es bastante más que el ángel de la guarda del imaginario católico. Es un superhéroe que hoy por hoy ha desaparecido hasta de los cuentos y novelas, entre otras cosas porque no resiste mucho rato el test de la posmodernidad. Es una construcción generalmente ex post de la ficción resueltamente generosa de escritores agradecidos y necesitados de inventarse una figura tutelar que los acompañe en la soledad del éxito.
José Donoso, en algunas de sus páginas de creaciones periodísticas, rescata la figura legendaria de Alfred Knopf, dueño de un sello editorial, los Borzoi Books, que en el mejor momento de la novela norteamericana del siglo pasado –los tiempos de Faulkner, Hemingway y Fitzgerald– introdujo con excelentes traducciones a autores como Thomas Mann, Franz Kafka o Albert Camus. En los años 70 Knopf había aparecido en la nómina de los diez personajes más famosos de Nueva York en una encuesta de la revista Esquire, aunque su figuración en el listado no respondía al hecho de ser un gran editor sino más bien al de ser el sibarita con mayor autoridad de todo Manhattan, puesto que allí no sobrevivía un restaurant o bar, tampoco un plato ni un miserable cóctel, sin su rigurosa aprobación. Pero el hombre también se la jugaba apasionadamente por sus autores. Los protegía, los estimulaba y, como llegó a ser un magnate, los festejaba con un sentido de la celebración, el banquete y la liberalidad tomado si se quiere directamente de los Médicis, a falta de precedentes más cercanos. Cuenta Donoso que era un perfeccionista maniático de la calidad de las ediciones. Ponía más atención al diseño de las portadas que a los estados de resultados de su editorial –sello editorial que él mismo terminó vendiendo al final a Random House– y profesaba una devoción decididamente idolátrica y obsesiva por las tipografías y texturas del papel de cada libro.
No es extraño que José Donoso, animal literario como seguramente han existido pocos en nuestro país, sintiera especial fascinación por estos editores de leyenda. Un artículo suyo, del año 79, comienza con una confesión que si uno lo piensa bien es fuerte: “Cuando yo tenía 19 años”, dice Donoso, “a quien más me hubiera gustado conocer en todo el mundo era a Maxwell Perkins: en la crisis del escritor adolescente que quiere y no puede y que está seguro que jamás podrá sin la intervención divina, la figura de Max, vislumbrada en la vidas de Thomas Woolfe, Fitzgerald y Hemingway a quienes parecía haber creado, era para mí la figura paternal todopoderosa por excelencia que haría de mí un escritor”.
Por cierto no creo que haya muchos jovenes de 19 años hoy que quieran ser un editor. Perkins, que trabajó para la casa Charles Scribner and Sons, fue el gran editor norteamericano de los años 20 y desarrolló un trabajo decisivo pero de poca visibilidad pública. El editor nunca debiera tenerla. Por eso es sintomático que estuviera en los radares de Donoso a una edad tan temprana. Son interesantes sus observaciones.
La tarea del editor, dice Donoso “no es conocida ni apreciada, ni por el público y a veces ni siquiera por los escritores hispanoparlantes. Los libros, entre nosotros, se producen –con las consabidas honrosas excepciones– como salchichas, que se fabrican, se venden, se consumen y sanseacabó. Pero los que hemos tenido la fortuna de ver nuestros libros publicados por una gran ‘casa’ norteamericana o inglesa, conocemos el deleite, al mismo tiempo que el temor, de trabajar junto a un editor. Cada casa tiene allá, pongamos, diez, quince, veinte editors que se juntan periódicamente en reuniones editoriales, en las que dan cuenta de su trabajo y lo discuten; cada uno de estos editors posee una especie de haras de otros tantos escritores que están a su cargo, que pertenecen ‘a la casa’, pero que sobre todo les pertenecen a ellos, demiurgos apasionados y comprometidos, intermediarios entre el autor y la ‘casa’, por un lado, y entre el autor y el público por otro. El editor particular de cada autor no sólo lee el manuscrito y decide su publicación, sino que aconseja sobre el título, elige o encarga la portada, escribe la solapa, da instrucciones a los vendedores, planea la estrategia publicitaria adecuada a cada libro de cada uno de sus autores, sugiere cortes, agregados, propone trabajar más cierto personaje o atenuar otro, reescribir cierto trozo, consigue adelantos más o menos sustanciosos para el autor, lo invita a restoranes de lujo o a su casa cuando está de paso por la capital, se interesa por la vida privada (tanto económica como sentimental) de su escritor, con el que mantiene una nutridísima correspondencia...”
Decidan ustedes si no hay en estas líneas una celebración paradisíaca y gozosa, definitiva y triunfal, un himno en verdad a la literatura como mundo autónomo, autosuficiente, distinto de este otro mundo, que es prosaico y trivial, que está dominado por los orangutanes y que, no estando regido ni por el refinamiento ni el talento, tampoco por la inteligencia y menos aún por las buenas maneras, es por lo mismo muy poco receptivo a la creación de los escritores.
En ese artículo –“El fantasma de un editor” contenido en el libro Artículos de incierta necesidad– Donoso se plantea varios temas. Se plantea desde luego la legitimidad de la intervención del editor en la creación literaria. Dice que sí, que es legítima y que una novela no es ni monolítica ni intocable. Dice que El gran Gatsby no sería la obra perfecta que es sin las infinitas correcciones de Max Perkins. Dice que desaparecido el anticuado transvasijo del “yo te leo si tú me lees” con que los escritores se chantajeaban mutuamente en otra época, que muertos los cafés literarios y las tertulias de la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, sólo queda la solitaria arrogancia del escritor enfrentada con su enemigo número uno, la página en blanco. Recuerda que a la muerte de Darío el único lamento que profirió su gran amigo, Valle Inclán, fue “¿A quién le voy a poder leer ahora mis originales?”. Y concluye que el único consuelo que les queda a los escritores está en la infinita charla literaria de estos editors “con su paciencia pagada por la ‘casa’, no por el paciente como en el caso de los psicoanalistas, cuyos trabajos”, dice Donoso, “en ocasiones no son muy diferentes”.