Uno
¿Dónde se hace un libro? Si convocáramos a un debate al respecto correríamos el riesgo de presenciar un espectáculo de lucha libre. De un lado los escritores dirían, certeramente, que el libro lo hace quien lo escribe, a lo que los editores responderían que eso sólo vale para el texto (o el manuscrito, si preferimos esa expresión más bien arcaica, pues ya nadie escribe a mano). El libro es otra cosa y esa otra cosa es de responsabilidad del editor. (Por fortuna a esta mesa redonda imaginaria no han sido invitados los imprenteros ni los diseñadores que también reclamarían sus velas en este entierro).
¿Quién es el que verdaderamente se arriesga?
La respuesta es variable y compleja. La relación entre el mundo de los creadores y la industria editorial es simbiótica y, a ratos, neuróticamente dependiente. La bisagra entre estos mundos suele ser el editor, de modo que el choque que se produce no sólo enfrenta a esos dos universos sino que además encara a egos distintos. Por eso Michael Korda sostuvo que, como los editores de verdad son escasos y cada vez más raros, se necesita cierta cantidad de ego. Los mejores editores tachan, cortan, cambian y reescriben insolentemente, y lo hacen con pluma, puntualiza Korda. Nada de lápiz grafito que luego pueda ser borrado o, en otras palabras, negociado.
Beatriz de Moura, en cambio, alma de Tusquets Editores, pese a su fuerte y exuberante personalidad, estima que no hay espacio para más de un ego, por tanto lo primero que tiene que hacer un editor es desprenderse del propio cueste lo que cueste. Los únicos en una editorial que por lo visto pueden permitirse el lujo de exhibirlo son los escritores, agrega, con ironía.
Para mí, quien mejor dirime esta disputa egótica es Robert Gottlieb, quien subraya que la relación de un editor con un libro debe ser invisible: “Lo último que querría saber alguien que lee Jane Eyre, por ejemplo, es que yo convencí a Charlotte Brontë de que la primera señora Rochester debía morir víctima de las llamas”. Gottlieb, por su celebridad, era todo menos invisible, pero ha sido en cambio religiosamente mudo y ha guardado en calidad de secreto de confesión buena parte de sus intervenciones. Cuenta Joseph Heller, autor de Trampa 22, que en una entrevista para The New York Times él destacó el valor que tenía Gottlieb como editor en sus libros. Inmediatamente Bob lo llamó para decirle que “no creía que fuera buena idea hablar del editing y de la contribución de los editores, ya que al público le gusta pensar que todo lo que hay en el libro ha salido directamente del autor”.
Dos
Invisibles o no, el mundo de la edición tiene sus próceres y algunos de ellos han levantado un verdadero retrato hablado a partir de los atributos, manías y rasgos constitutivos de un editor.
A confesión de partes, relevo de pruebas: aquí van diez rasgos que experimentados profesionales aseguran deben formar parte del ADN del editor.
Lector: “Porque uno puede tener todos los instrumentos editoriales, pero si no es un lector sensible no advertirá dónde están los problemas. Yo soy un lector. Mi vida es leer”. (Robert Gottlieb)
Curioso: “Haber sido agraciado con el don de la curiosidad”. (Beatriz de Moura)
Desprejuiciado: “Un libro gusta o no gusta, cualquiera que sea su género literario, de dondequiera que provenga (culturas, países o lenguas), quienquiera que lo haya escrito (mujer u hombre, negro, blanco, rojo o amarillo, hetero u homosexual, narciso, sado o masoquista o las tres cosas, creyente o ateo, de derecha o de izquierda, etcétera)”. (Beatriz de Moura)
Paciente: “Muy, pero que muy paciente –y muy, pero que muy tenaz, más terco que una mula empecinada–)”. (Beatriz de Moura)
Con capacidad empresarial (Óscar Luis Molina).
Intrépido: “Sentirse atraído por el riesgo permanente, ser intrépido sin por ello llegar a ser temerario”.(Beatriz de Moura)
Detallista: “Pienso que el auténtico editor, al igual que el escritor, es un ser un tanto anormal, vampirizado por una profesión que es su vocación radical, y no sólo trazando las grandes líneas de su proyecto, u orquestando grandes maniobras o conspiraciones de alto nivel, sino también con la pasión por los detalles, los detalles artesanales, los benditos detalles, que invocaba Nabokov, con los que está amasada la pasta de la literatura y también de la edición”. (Jorge Herralde)
Competitivo: “Aunque, muy importante, sin caer en la envidia”. (Beatriz de Moura)
Humilde: “Dicen que casi en cada libro nuevo el editor se topa con un planteamiento distinto, de modo que nunca cesa de aprender”. (Beatriz de Moura)
Apostador: “El editor tiene un rasgo de especulador y apostador. Cada libro es una apuesta distinta, y si no tienes alma de jugador, es medio difícil, porque te asustará. Los editores conservadores se hunden solos”. (Oscar Luis Molina)
Tres
Pero hay que saber cuándo jugar. A ratos el mundo de la edición puede llegar a convertirse en un universo binario que cabe en el espacio que hay entre un sí y un no. Porque en las elecciones y rechazos está el gran momento de la apuesta editorial. Por supuesto, las historias sobre desaciertos fatales –J. K. Rowling peregrinando de editorial en editorial porque en todas partes le cerraban la puerta en las narices– ya son parte del anecdotario colectivo. Como se sabe, en 2003, cuando sólo había publicado cuatro libros de la saga Harry Potter, Rowling tenía algo así como 250 millones de ejemplares vendidos, una friolera de 400 millones de euros y el honor de ser más rica que la mismísima Reina Isabel II. En la vereda opuesta está el caso del jugoso anticipo que Ediciones B pagó a Tom Wolfe por publicar en España su esperada segunda novela Todo un hombre, que consiguió magras ventas y por tanto la inversión nunca pudo ser recuperada. Es que no es tan fácil acertar. Como dice Jorge Herralde: “A menudo se ha criticado de forma tan facilota como poco generosa a grandes editores como Carlos Barral que hubiese rechazado o dejado escapar Cien años de soledad de García Márquez, o a Gallimard por haber esnobado a Proust como escritor para marquesas, Gide dixit. Estoy totalmente de acuerdo con unas declaraciones recientes del editor Olivier Cohen: ‘Un editor no debe ser juzgado por los buenos libros que ha rechazado sino por los malos libros que ha publicado’”.
En otras palabras es fundamental rechazar. Por eso Herralde habla del editor como el Doctor No: “El editor consciente tiene que ser en sus decisiones implacable como un samurai. No tener en cuenta amistades ni motivaciones espurias. Y es mejor decir NO en un primer libro que decirlo luego al segundo o tercero. La primera fidelidad de un editor es con su proyecto, es decir con sus lectores. Y así como tiene que ser durísimo y frío para el NO, debe ser apasionado y volcarse cuando da el sí”.
Y si aprender a decir “no” es la primera, la más difícil y la más importante lección para un aprendiz de editor, hay sólo una cosa, para Michael Korda, más difícil: aprender cuándo se debe decir “sí”. Apostar o no apostar, esa es siempre la cuestión.