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Una larga y angosta faja de palabras

Guillermo Hidalgo

Una larga y angosta faja de palabras

A fines del año 1987, el diario La Época decidió publicar un suplemento en el que sus periodistas contaran cómo habían reporteado su mejor caso. Fue una mala idea que no tuvo segunda parte, porque sólo a los periodistas nos interesan esas cosas. La gente, en general, cuando lee el diario no se pregunta qué hizo el periodista para sacar adelante su trabajo ni quiere saber los “sabrosos” detalles de la trastienda de éste. A la gente le importa lo que dice la crónica y a veces ni siquiera eso.

El autocomplaciente suplemento señalado incluyó también momentos autoflagelantes, como la publicación de los diez errores más lamentables cometidos por La Época durante ese año, y se dio preferencia, como es natural, a los titulares, la cara de un artículo. Uno de los más impresentables encabezó una nota escrita por mí. Decía lo siguiente: “Policías que matan a su hijo envían cheque a madre para atenuar la pena”. Un titular que reúne todo lo que un buen titular no debe tener. Es incomprensible, desde luego, pero además es largo y rebuscado.

El caso era el de la muerte de un muchacho en un cuartel de Carabineros, institución que, como una manera de mostrar buena disposición en el juicio seguido contra un par de sus funcionarios, envió un cheque a la madre del joven, quien reaccionó indignada por considerar el hecho como un intento de soborno. Sencillo. Sin embargo, el titular no deja nada claro. No se sabe de quién es madre la madre, de qué pena estamos hablando, si de la pena judicial o de la pena personal; no sabemos si el hijo es de los policías o de la madre. Incluso, la señalada madre podría ser la madre de los policías. Lo único claro es que alguien le envió un cheque a alguien. Un absoluto desastre. Mejor hubiera sido titular “Madre denuncia intento de soborno de parte de Carabineros”. Y como epígrafe: “Caso de muerte de muchacho en comisaría de Quinteros”. O bien una cita: “La vida de mi hijo no está en venta”. Y como epígrafe: “Madre de muchacho muerto en comisaría denuncia intento de soborno policial”.

¿Hubiera sido correcto titular “Carabineros acusado de soborno”? Aunque sea cierto y atractivo como título, el tema no era tan importante como para entregar una información tan limitada e imprecisa, pues parece algo muy grave y no es más que una acusación de una mujer desesperada ante una situación más bien habitual, como es el envío de un cheque de “abuenamiento”. Hubiera sido un engaño, pues este titular no explica exactamente lo que dice la crónica y seguramente causaría decepción y hasta molestia en los lectores. Esto suele ocurrir, y es una de las quejas más comunes entre el público.

Titulares simples y directos. Esa parece ser la mejor fórmula para un buen título. Pero lamentablemente no es la única, pues hay algunas menos nobles y permanentes. En Primera Plana, una película de y para periodistas, con Jack Lemmon (el reportero estrella) y Walter Matthau (el inescrupuloso editor), se da cuenta quizás de la razón más miserable por la que es necesario escribir un gran titular. En un momento, Lemmon le muestra a su jefe la nota exclusiva y éste señala con molestia que en el primer párrafo olvidó poner el nombre del diario, como el gran autor del golpe noticioso. El reportero le dice que está en el segundo. Matthau, sacando la hoja de la máquina de escribir de un tirón, le responde: "Nadie lee el segundo párrafo, idiota".



Hay otro caso que me tocó directamente cuando trabajaba en la revista Qué Pasa. En 1991 un veterinario asesinó a su esposa y a su hijo de once meses, mientras compartía con ellos un día de campo en Las Vizcachas. Cuando estábamos preparando la portada y pensando en un buen titular, Cristián Bofill, entonces editor general de Qué Pasa y actual director de La Tercera, al vernos medio complicados, nos dijo “¡Quiero sentir el aliento de la bestia!”.

No recuerdo el titular de esa portada –no debe haber sido muy bueno–, pero sí que la revista Time nos dio una clase con la portada que sacó sobre un caso aún más horrible que por esos mismos días ocurrió en Milwaukee. La policía detuvo a Jeffrey Dahmer, quien había asesinado a más de cuarenta negros y mantenía sus cuerpos mutilados en ollas y refrigeradores –se los iba comiendo de a poco–. Time hizo una portada negra y sobre ella, en apenas un tono más claro, escribió “Evil”. Una simple palabra servía para graficar lo que la mayoría de los norteamericanos sentía en ese momento: esto no puede ser sino obra de un ser humano enfermo.


Un pueblo a una guerra
Los norteamericanos, que todo lo estudian y todo lo clasifican, indican lo evidente: el titular de una noticia es el primer contacto con el lector. Y para conseguir uno bueno fijan seis características fundamentales. Un titular debe ser simple, inesperado, concreto, creíble, emotivo y con una historia detrás o un llamado a la acción o a la ensoñación o al miedo, incluso. Por ejemplo, algunas de las ideas que están más incorporadas en el inconsciente colectivo de la sociedad norteamericana son que la Muralla China se ve desde la Luna, que las personas ocupamos sólo el diez por ciento de nuestro cerebro y que la Coca-Cola corroe los huesos.

En el caso de Chile podríamos señalar que una frase pintada en un lienzo colocado en la casa central de la Universidad Católica hace cuatro décadas es una de las ideas que más recuerda la gente: “El Mercurio miente”. Apenas uno le menciona El Mercurio a alguien, la persona se acuerda de la frase y ya casi forma parte del propio nombre del diario. Es como “La alegría ya viene”, que para bien o para mal es permanente cita en reuniones sociales para referirse a la Concertación. O como lo ocurrido cuando Pinochet prometió bicicletas para todos los chilenos, y éstos a coro le respondieron “¡Que se vaya en bicicleta!”. Más marcada aún está la frase que Ricardo Lagos le dijo al propio Pinochet a través de las pantallas de Canal 13 poco antes del plebiscito de 1988: “Hablo por quince años de silencio”.

Un buen titular es una frase magistral que retrata perfectamente una situación, no sólo una parte de ella. Una buena cuña, diríamos. Y es mejor aún cuando deja cierto tufillo a misterio en el aire. Esto ocurre cuando la frase queda fija en la cabeza de quien la lee o la escucha, casi como un llamado personal, como cuando tras el bombardeo de Londres por la aviación alemana en 1940, Winston Churchill dijo “ahora sólo puedo ofrecerles sangre, sudor y lágrimas”. ¡Qué manera de describir una situación! ¡Qué manera de titular esas noches de tormento!

Ese tipo de frases, dicho sea de paso, ha servido para nutrir las poco originales mentes de algunos periodistas a la hora de titular sus crónicas de hoy. Así ocurre con “Anoche tuve un sueño”, de Martin Luther King, también citada permanentemente en diarios, libros y conferencias (incluso la Presidenta Michelle Bachelet la parafraseó hace poco). Una famosa declaración de John Kennedy, ha sido puesta de ejemplo para explicar la importancia de la simpleza y la clara dirección de una idea, cuando en 1961 dijo: “Antes de que termine esta década tenemos que llevar a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta a casa”. Seguramente, un burócrata hubiese dicho algo así como “nuestra misión es lograr ser los líderes mundiales en la industria espacial, maximizando nuestro equipos de innovación y estrategia para lograr el objetivo de llegar a la Luna lo antes posible”.

Un experto en fijar ideas es el senador Andrés Allamand. Él introdujo el concepto de la “centro derecha” y luego el de “los poderes fácticos”. Recientemente, con el título de su libro, El desalojo, provocó la molestia de la Concertación y cierta inquietud en la gente por esta especie de “cariño malo” que liga a “la centro derecha” con las soluciones violentas. Si hubiera escrito algo así como “El necesario cambio de gobierno”, no hubiera conseguido poner su punto sobre la mesa, nada menos que el subtítulo del libro: “Por qué la Concertación no debe seguir después del 2010”. Como en este caso, siempre es mejor decir lo que se tiene que decir y nada más. No inventar juegos de palabras ni nada por el estilo.






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