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Noticias de ayer

Matías Celedón

Noticias de ayer

La sala de Periódicos y Microformatos acoge con su temperatura inalterable. Calzo el rollo y enciendo la pantalla: durante semanas giro la manivela y desato fardos de diarios, rumeando páginas impresas con tinta que ya no mancha. No importa el soporte, la coreografía es la misma: en un primer momento, la noticia no atraviesa su sección. Luego, cada tanto, reaparece. Durante días, casi siempre en la misma página, un tímido seguimiento instala un foco de conflicto. Las partes se identifican. Mientras tanto, pocos reparan que está latente. Gana atención pese a la adversidad: una derrota deportiva, una catástrofe meteorológica, un horroroso accidente ocupan por ahora las primeras planas. En su sección, la noticia reclama espacio. Su persistencia levanta sospechas cuando lo consigue. El diario reflexiona en su editorial: ¿será posible?, ¿qué entraña? El desarrollo parece controlado hasta que ocurre un incidente imprevisto: la noticia salta a primera plana.

La novedad de los titulares deja una falsa impresión de sorpresa. A lo largo de los años, la prensa ha escrito el relato de los conflictos estudiantiles una y cien veces, ejercitando estilos. Rastreando desde la Reforma Universitaria de 1967 hasta el Movimiento Estudiantil de hoy, la narración de un argumento recurrente muestra las formas adoptadas por los diarios para camuflar su siempre conflictiva relación como testigo activo de los mismos hechos. El emblemático lienzo desplegado el 16 de agosto de 1967 en el frontis de la Casa Central para la toma de la Universidad Católica –Chileno: El Mercurio miente– en respuesta a un editorial publicado por ese diario esa mañana, abre la trama de un conflicto que ha tenido su propia evolución. Si entonces la consigna apuntaba a la tergiversación por parte de la prensa escrita, hoy los estudiantes apuntan su crítica a medios de mayor alcance y difusión. “TVN miente”, se lee en grafitis que recorren las paredes de la UTEM.

Sea cual sea la reivindicación particular de cada movimiento, su relación frente a los medios siempre ha sido conflictiva. La causa, para difundirse masivamente, necesita de esa caja de resonancia. Pero al igual que el movimiento, los medios tienen y se deben a intereses particulares que inevitablemente los sitúan en posiciones distintas, y a veces antagónicas. La selección de diarios consultados puede parecer antojadiza. Muchos, en el transcurso de estos años, han vivido cambios importantes a nivel editorial y comercial. Pero El Mercurio, La Segunda, La Tercera, Las Últimas Noticias y La Nación han optado en el tiempo por resguardar su capital simbólico. Manteniendo su nombre, estas empresas conservan el sello de una marca que se construye desde su fundación.

Cyril Connolly situaba al periodismo como uno de los enemigos del escritor, en tanto sus textos, debido a la urgencia, eran escritos para ser leídos una sola vez. Lejos de ser un análisis acabado o el riguroso desarrollo de una investigación, estas opiniones no pretenden ser otra cosa que la lectura subjetiva de una primera impresión.

Mienten
Un montaje tendencioso de los titulares de la prensa en un punto álgido del conflicto iniciado en las universidades católicas –que luego se expandiría a las otras universidades–, esto es, desde el 10 de agosto hasta el 22 de agosto de 1967, bien puede, por un lado, justificar la arremetida de los estudiantes contra El Mercurio y, por otro, arrojar luces sobre un aspecto más amplio y general presente en la cobertura y desarrollo noticioso de estos conflictos. Algunos enfoques se repetirán, con matices, en distintos momentos hasta hoy, sugiriendo un arco dramático bastante habitual:

“Estado de sitio en la UC” (La Tercera, 12 de agosto de 1967). “Crece división entre alumnos de la Universidad Católica” (El Mercurio, 14 de agosto de 1967). “Universitarios hacen vida de cuartel en la Católica” (La Nación, 14 de agosto de 1967). “La CUT ofrece apoyo a huelga de alumnos de Universidad Católica” (El Mercurio, 15 de agosto de 1967). “Ministro de educación no acepta el cogobierno universitario” (El Mercurio, 17 de agosto de 1967).
“Cogobierno introduciría en la vida universitaria factores impalpables de deterioro” (El Mercurio, 18 de agosto de 1967). “El ministro Gómez Milla pone nocaut a universitarios” (La Tercera, 16 de agosto de 1967); “Huelga indefinida acordó Unión de Federaciones Universitarias” (El Mercurio, 18 de agosto de 1967). “Aumenta la agitación de estudiantes en la capital” (El Mercurio, 19 de agosto de 1967). “El cardenal Raúl Silva fue designado mediador del conflicto de la U. Católica” (El Mercurio, 21 de agosto de 1967); “Humo blanco en la UC” (La Segunda, 21 de agosto de 1967).

Si bien las demandas se venían incubando desde antes, el conflicto alcanzó en poco tiempo un clímax que urgía un desenlace, trasluciendo en ese breve e intenso recorrido los pasajes que marcaban la lucha de los estudiantes no solo contra su antagonista primordial (el gobierno), sino también contra los obstáculos informativos que imponían los intereses de los propios medios. En un contexto de polarización, las fuerzas en conflicto estaban abiertamente politizadas. Los diarios, por supuesto, no eran la excepción. Siendo más clara su posición, el lector al menos sabía a quién y a qué representaba la línea editorial de su interlocutor.

Ahora, en cambio, cuando se intenta deslegitimar las demandas del movimiento estudiantil aduciendo el interés político de cuerpos ajenos al mismo, encontramos, antes que una investigación de la real naturaleza del movimiento, una reacción automática, casi habitual de los medios, un vicio heredado de otras circunstancias históricas y políticas, que busca simplificar o desarticular un discurso antes que profundizar en lo novedoso de su contenido.

Quizás reparando en ello, llama la atención una nota titulada “Desenmascarados ‘guerrilleros’ de la Universidad Católica”, donde con ironía La Nación (18 de agosto de 1967) hace un perfil de los alumnos sindicados como revolucionarios, tipos macanudos y de buenas familias, adhiriendo con humor en medio de un clima tenso a las acusaciones que afectaban directamente a su competencia. Por otro lado, las incipientes movilizaciones de los secundarios (“Nuevos desórdenes provocaron en el sector céntrico alumnos secundarios”, El Mercurio, 20 de agosto de 1967; “Desórdenes estudiantiles en el centro”, La Segunda, 22 de agosto de 1967; “Para no salir de órbita: un paro general inician los liceanos”, La Tercera, 23 de agosto de 1967) son visibles aunque subestimadas, siendo vistas como un arrebato pueril improcedente basado en la lógica imitadora de los niños que se preguntan: “si la Universidad Católica tenía su huelga y su toma, ¿por qué no habrían de tenerlas ellos?” (“Huelga e infantilismo de estudiantes secundarios”, editorial de La Nación del jueves 24 de agosto de 1967).

El miedo es el mensaje
La toma explícita de posición en una sociedad polarizada aporta a la verdad, al menos resaltando contrastes. Mientras, la complicidad encubierta, aunque evidente, subordinada y condescendiente a un mandato que restringe, puede hacer que el sesgo intrínseco de toda línea editorial –el sello de autoría que potesta al medio para consignar su versión de lo ocurrido– resulte una cualidad irritante que socava su credibilidad cuando las demandas sociales exigen saber qué es lo que está pasando.

En dictadura, ninguno de estos diarios era una fuente confiable. La falsa normalidad que intentaba instalar una pauta controlada generaba suspicacias en seguida, en tanto la normalidad –tanta normalidad– desde la lógica noticiosa era algo bastante anormal.






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