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ENTREVISTA

Leila Guerriero o el arte de mirar

Alejandra Costamagna

Leila Guerriero o el arte de mirar

Leila Guerriero es del interior de Argentina, de Junín. Flaca y morena, sin fe religiosa, dedos largos como alfileres. Tiene el pelo vaporoso, como si se hubiera hecho y deshecho trencitas. Es escritora y periodista autodidacta, odia el yogurt, el ajo y el aire acondicionado. Le gusta perfumar la casa con cascaritas de naranjas. Jamás ha pensado en la gloria. No tiene (no quiere tener) hijos; le divierte el asombro que producen las palabras “no quiero”. Preguntar es su ejercicio de todos los días desde hace casi veinte años. Preguntar, entrevistar, reportear. Mirar. Apretar play-rec en la grabadora; ponerse de ese lado. Leila Guerriero suele barajar más preguntas, muchas más preguntas que respuestas. Pero cuando baraja respuestas apunta al hueso: “Voy a empezar diciendo la única verdad que van a escuchar de mi boca esta mañana: yo soy periodista, pero no sé nada de periodismo. Y cuando digo nada, es nada: no tengo idea de la semiótica de géneros contemporáneos, de los problemas metodológicos para el análisis de la comunicación o de la etnografía de las audiencias. Además, me encanta poder decirlo acá, me aburre hasta las muelas Hunter S. Thompson. Y tengo pecados peores: consumo más literatura que periodismo, más cine de ficción que documentales, y más historietas que libros de investigación”.

Con esas palabras partió hace un tiempo su ponencia en una mesa redonda llamada “Sobre las mentiras del periodismo latinoamericano”, como parte del aniversario de la revista colombiana El malpensante. Y ésa es la pura verdad: Leila Guerriero es una de las mejores periodistas de Latinoamérica, y no ha pisado una escuela de periodismo en su vida.

–A mucha gente puede servirle estudiar periodismo en la universidad, pero yo siento que es un oficio que se aprende haciendo –admite hoy, recién aterrizada en su casa de la calle Darwin, en el barrio Villa Crespo de Buenos Aires, luego de una seguidilla de viajes laborales (Panamá, Turín, Bogotá y Santiago) donde estuvo dictando talleres y charlas sobre escritura creativa. Su especialidad.

–¿Por qué no estudiaste periodismo?
–Porque nunca pensé en ser periodista hasta que lo fui y ya no quise ser otra cosa. Desde que empecé a escribir y hasta mis 20 ó 21 quise ser escritora de ficción. Pero de pronto, enfrentada con la realidad, supuse que ganarse la vida con esa actividad sería más o menos imposible. Mis padres me alentaban pero temían que me echara sobre los hombros un futuro de miseria. Y yo era pusilánime: quería escribir pero no quería ser tan pobre. Cuando terminé el colegio secundario tenía una confusión importante. Me gustaba escribir, pero también me gustaba la astronomía, tenía enorme facilidad para las matemáticas, me fascinaban los estudios orientales, las religiones comparadas, la etnología, la antropología, y quería ser Indiana Jones, llevar una vida viajera, mundana, sin ataduras, ser profesora de ruso, estrella de rock y hasta espía internacional. Todo esto es literal. Una psicóloga muy buena me hizo un test vocacional. El resultado fue obvio: letras y periodismo.

"No me gustan los periodistas que terminan llorando con el protagonista de su nota. No creo que le hagan bien, a esas historias desgarradas, los lugares comunes que suelen emplearse para hablar de ellas. Quizás sea eso: un miedo pánico al lugar común, y la forma que encontré de escapar de él".



Pero Guerriero, sin ataduras, no se quedó con letras ni con periodismo. Ella quería escribir, sí. Pero no escribir sobre lo que otros escribían. Cómo iba a fosilizarse en letras. Ella quería ser espía internacional, sí, pero eso quedaba un poquito lejos del periodismo.

–Yo leía mucho periodismo pero por algún motivo no aparecía como un oficio posible para mí. Así que no estudié periodismo y no me arrepiento.

Lo que hizo al final fue estudiar un rato letras y luego turismo. La confusión, claro, seguía. Quizás había desechado la perspectiva de la estrella de rock, pero aún merodeaba en su cabeza la idea de ser escritora de ficción. Había escrito varios cuentos, y le daban ganas de publicarlos. Pero no tenía pitutos. Entonces se lanzó con su arrojo del interior: llevó sus cuentos al diario Página 12, los dejó en la recepción a nombre de Jorge Lanata y se fue para la casa. A las dos semanas uno de sus relatos salió publicado en la contratapa del diario. Y la llamaron a que se integrara al equipo periodístico. A los tres meses, con 24 años, la contrataron para trabajar en la revista Página 30 de Página 12. Y empezó a ser periodista.
Y ya no quiso ser otra cosa.

De ahí no paró más: ha escrito para medios como Etiqueta Negra, Rolling Stone, El malpensante, Don Juan, Soho, Letras Libres, Lateral, Milenio, El País (de España y de Montevideo). Hasta por Playboy ha pasado. Hoy es redactora de la revista del diario argentino La Nación y editora para Latinoamérica de las publicaciones Travesías y Gatopardo, ambas hechas en México y distribuidas en todo el continente. En Chile colabora para Las Últimas Noticias y Paula. Cientos de historias impresas, decenas de entrevistas acumuladas.

Hace dos años publicó con Tusquets, en Argentina y España, el libro Los suicidas del fin del mundo, una investigación periodística sobre la seguidilla de muertes autoinducidas de una docena de habitantes del poblado petrolero de Las Heras, en la Patagonia argentina. Hombres y mujeres jóvenes que un día cualquiera decidían matarse. Entre las infinitas versiones rumoreadas, supuestas, dichas de frentón o entretejidas en el relato, Guerriero no instala explicaciones definitivas. “Había escuchado tantas teorías para explicarlo todo”, apunta como si pensara en voz alta hacia el final de la historia. Y concluye: “Teorías. Y las cosas que se empeñaban en no tener respuestas”.

En los próximos meses lanzará un compilado de crónicas con editorial Alfaguara. Una veintena de artículos escritos entre 2001 y 2008, que aparecieron en los distintos medios donde escribe, y que será parte de una colección de cronistas contemporáneos donde figuran autores como Gay Talese, Alma Guillermoprieto y Alberto Salcedo Ramos. Si hay algo en común en las crónicas de Guerriero es la mirada bajo la superficie, el otro costado de las formas. Ella, con 41 años de vida y 17 de oficio, ve lo que otros no pueden o no quieren ver.






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