1. Resistencia
Permítanme que en esta época sombría empiece parafraseando a Roberto Bolaño en “Los mitos de Chtulhu”, la demoledora conferencia que cierra El gaucho insufrible, y afirme que el estado actual de la literatura tanto en México como en otros países de habla hispana se reduce a una tensión –ridícula quizá, innecesaria quizá, pero al fin y al cabo tensión– entre escritores y escribidores –otro concepto tomado de Bolaño– que ha contribuido a aumentar la confusión del lector de a pie, aquel que se acerca con toda inocencia a la mesa de novedades de una librería y se topa con el alud de productos –y subrayo: productos– que mes a mes, semana a semana, descarga la maquinaria editorial, empeñada cada vez más en promover nombres y no títulos a los que, como si se tratara de sopas instantáneas, rodea de etiquetas en las que abundan los premios, las cifras de ventas –habría que hablar de unidades y no de ejemplares– y los elogios a través de los que los productores de libros practican el viejo quid pro quo: hoy por ti, mañana por mí. Permítanme que para ilustrar la tensión a la que me refiero acuda al prólogo de On Writing, el volumen de memorias de Stephen King, donde –aunque ustedes no lo crean– uno de los nombres o franquicias más solventes del planeta se queja de la poca atención que recibe por parte de la crítica especializada. King –uno de los autores que, debo admitir, marcó mi adolescencia y del que continúo admirando ciertos libros– va más allá al decir que no se explica por qué autores como Don DeLillo o Thomas Pynchon son alabados en las publicaciones literarias de Estados Unidos mientras que marcas como él o Amy Tan son vapuleadas o simple y llanamente ignoradas: el síndrome del pato que le tira a la escopeta, o mejor, del escribidor que le tira al escritor. Un síndrome que gracias al efecto copycat ha reproducido Jorge Volpi en “El fin de la narrativa latinoamericana”, una ocurrencia futurista presentada durante el Encuentro de Escritores Latinoamericanos organizado en Sevilla en 2003. Volpi el escribidor, el heredero de Carlos Fuentes, el par que halaga Guillermo Cabrera Infante, el actual director del canal 22 de México, intenta mofarse –y digo intenta porque el humor, al igual que el diálogo y el erotismo, es algo para lo que al parecer está negado: lo que natura non da, Salamanca non presta–; intenta mofarse, pues, de los “resistentes”, es decir, de “aquellos escritores que [saben] preservar su pureza, renunciando a la fama y al mercado, e incluso al hecho de ser leídos, para construir una obra secreta que [explora] en las sutilezas de la lengua y en la reconstrucción imaginaria o metafórica de los problemas de su tiempo, prolongando con destreza y generosidad los hallazgos del realismo mágico”.
Parrafadas aparte, lo que Volpi quizá no sabe es que Julián Herbert, escritor y rockero nacido en Acapulco pero avecindado en Coahuila, al norte de México, publicó ese mismo año un magnífico libro de poemas que se titula, vaya casualidad, La resistencia. Pero dejemos a Volpi con sus interlocutores de primer nivel, con los que no son resistentes (¿qué serán entonces?) y no renuncian al hecho de ser leídos (¿qué autor, me pregunto, optará por esta absurda renuncia?); dejémoslo que, con la visión universal que lo caracteriza, concluya su modesta trilogía sobre el siglo XX con No será la tierra, una de sus fatigosas novelas-fichero. Quedémonos con lo que dice Enrique Vila-Matas: “A muchos escritores les falta humildad, bajar la cabeza y ponerse a leer”. Leer, se entiende, libros además de los propios y de los cómplices que hay que adular para ser adulados. Leer no como un acto de acopio informativo o de vana erudición sino como pieza central de ese incesante rompecabezas que es la literatura.
Propongo que, aunque haya quienes prefieran tacharla de romántica o incluso inútil, ofrezcamos al menos unos gramos de resistencia al canto de sirenas del marketing. Propongo ser más meticulosos, más responsables como lectores, y aprender a distinguir entre escritores y escribidores; la verdad sea dicha, estos últimos no están del todo mal, pero tampoco son para tanto. (En el caso de Stephen King, debo confesar que he llegado a reconciliarme con él gracias a su novela más reciente, Lisey’s Story, intenso retrato de la imaginación literaria como feudo mitológico.)
2. Memoria
En Memento, la película de Christopher Nolan que actualizó una estrategia –el relato al revés, de adelante hacia atrás– retomada por Gaspar Noé en Irreversible, se aborda un padecimiento que Oliver Sacks había analizado en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero: la memoria de corto plazo. Leonard Shelby, el protagonista del filme, es un hombre cuya capacidad memorística se ve minada luego de un violento ataque y que para armar el puzzle de su pasado debe apoyarse en una serie de prótesis: tatuajes repartidos por su cuerpo, polaroids en las que anota datos y nombres condenados al olvido casi inmediato. Me arriesgo a hacer una extrapolación para decir que en nuestro medio literario pululan los Leonard Shelby: autores que apelan al name-dropping, esa prótesis cómoda, para minimizar o disfrazar su memoria de corto plazo –un tipo de amnesia que también sufre el público lector.
Pongo dos ejemplos.
Primero: en el número de Babelia del sábado 29 de noviembre de 2003, la nueva –¿nueva?– literatura mexicana es abordada por doce escritores. Ignacio Padilla, miembro de la generación del crack, uno de los consultados, señala: “Roberto Bolaño creo que fue una figura esencial para la renovación de la literatura latinoamericana. Bolaño nos dio una lección de que se podía ser latinoamericano y universal, marginándose de la moda literaria del realismo mágico. Bolaño nos enseñó el humor, que se puede ser profundamente moderno con unas raíces clásicas que desde hacía mucho tiempo –desde Borges y Cortázar– no se veían en la literatura latinoamericana. [¿Dónde están, me pregunto, Arreola, Di Benedetto, Fonseca, García Márquez, Lispector, Monterroso, Onetti, Rulfo y el extensísimo etcétera que Padilla parece haber olvidado por la premura de su name-dropping?] Bolaño nos enseñó que el buen escritor es de facto un escritor comprometido sin que lo tenga que ser en el sentido sartreano de la palabra. Un escritor tan humano, tan cálido en su literatura, tan irreverente, podía ser al mismo tiempo tan canónigo en su obra”.
Segundo: en una declaración recogida hacia finales de 2003 por el periódico mexicano La Jornada, Sandro Cohen, que contra viento y marea ha dado un buen rumbo a su sello independiente Colibrí, critica lo que llama el bestsellerismo al que se han abocado las transnacionales, algo que –afirma– va en detrimento de la literatura. Si la memoria no me falla –ya que hablamos de memoria–, esta declaración fue hecha durante la Feria del Libro de Caracas.
Pongo dos datos que tengo anotados en sendas polaroids personales.
En 1998, luego de que Bolaño obtuvo el Premio Herralde de Novela con Los detectives salvajes, Ignacio Padilla escribió en su columna “El baúl de los cadáveres”, publicada semanalmente en el suplemento cultural Sábado del periódico Unomásuno, que era increíble que semejante galardón hubiera caído tan bajo al reconocer un libro rayano en lo vulgar. (Cito de memoria, por desgracia, pero la idea fundamental es ésa.) Cinco años después, Padilla ha enmendado –o intentado enmendar– aquella opinión de Sábado con su respuesta para Babelia: un suplemento, claro está, de mayor repercusión en el mercado hispanoamericano.
En 1997, al frente de la editorial Nueva Imagen, Sandro Cohen lanzó El día del hurón, de Ricardo Chávez Castañeda; Bolero, de Pedro Ángel Palou; Herir tu fiera carne, de Eloy Urroz, y Sanar tu piel amarga, de Jorge Volpi: la primera tanda de libros que, según prometía la fajilla promocional, harían crack con la literatura mexicana. Una táctica que, hasta donde puedo entender, guarda una estrecha relación con el marketing propio del bestsellerismo.
“Olvidando los gritos de alarma, las vestiduras rasgadas y el llanto de quienes sólo son capaces de ver un triunfo de la globalización, en realidad no hay nada que lamentar”, dice Volpi en “El fin de la narrativa latinoamericana”. Por supuesto que hay algo que lamentar, digo yo, y es justamente el olvido en que incurre buena parte de nuestro medio literario a la hora de las entrevistas y las ponencias en congresos dentro y fuera de México. La hora en que se agudiza el síndrome Leonard Shelby.
“Nuestra memoria es débil –escribe Bolaño–. Nos gusta, sin embargo, guardar, atesorar, ahorrar (...) Para nosotros el ahorro es éxito, dinero, respetabilidad. Sólo nos interesa el éxito, el dinero, la respetabilidad. Somos la generación de la clase media.” En efecto, somos la generación de la clase media, la que privilegia las especialidades de la casa: la memoria a corto plazo y el name-dropping, esa forma de llenar con nombres los espacios ocupados por otros nombres un tanto borrosos que ya no son favorecidos –o que nunca han sido ni serán favorecidos– por los reflectores. Nos merecemos hasta cierto punto lo que tenemos, lo que criticamos, lo que recordamos, las novelas que rematan con un listado de lugares y fechas digno de una aerolínea demencial (Cuernavaca-París-Praga-Londres-Wellington-Kampala-Atenas-Boston, abril 1999-junio 2002) como si en algo afectara que un capítulo haya sido escrito en octubre en México y otro en febrero en Nueva Zelanda.
Propongo desconfiar de las declaraciones públicas y volver a dar un voto de confianza a la literatura, a lo que está en negro sobre blanco: el mejor remedio contra la amnesia, el ginseng ideal. Propongo que cada autor haga su colección de polaroids y anote al reverso los datos necesarios para combatir el olvido.