Inicio / Detalle
enviar por e-mailenviar por e-mailimprimirenviar por e-mailenviar por e-mailenviar a facebook
ENTREVISTA

Alma Guillermoprieto Contra el narcisismo

Beatriz Burgos

Alma Guillermoprieto Contra el narcisismo

No es fácil presentar a Alma Guillermoprieto, tal vez porque ella misma ha reivindicado el poder de los primeros párrafos. Hay que emocionar, capturar, seducir al lector, para que nos acompañe por mucho más tiempo, hasta el final, recomienda a sus talleristas. En una entrevista reciente esta destacada periodista mexicana ha contado que las primeras frases le quitan el sueño. Que a pesar de su experiencia, sufre infinitamente cada vez que debe comenzar a escribir, y que en esos momentos corre a buscar sus libros o antiguos artículos. Y los lee. Y logra convencerse de que si una vez pudo hacerlo, por qué esta ocasión habría de ser diferente. Y continúa. “Y sigues, porque lo otro sería rendirse. Pero esa no es una opción. Así es que hay que seguir”.

Cronista de las pocas alegrías y las muchas tragedias de Latinoamérica durante los últimos 30 años, Alma Guillermoprieto traza con pulso firme la diferencia entre ficción y realidad. A un lado ordena la “interioridad”, el “narcisismo” y los deseos del autor. Por el otro, lo que necesitan saber los lectores, la capacidad de emocionarlos y una buena historia. Ella elige, sin duda, a los lectores. A esa decisión se debe la existencia de líneas estremecedoras, como esta presentación de Ernesto Guevara incluida en Historia escrita, de 2001: “Se perdieron tantas vidas: las de los supuestos guerrilleros muertos de inanición en el norte de Argentina; las de los jóvenes ahogados en tinas de excremento en Brasil; las de los mártires destripados en Guatemala; la del estudiante argentino de sociología cuya madre recibió en un frasco sus manos cercenadas. Estos son los hijos del Che”.

Actual colaboradora permanente de prestigiosas revistas como The New Yorker y The New York Review of Books, Alma comenzó su periplo en The Guardian, en 1978, cubriendo los conflictos de la inestable América Central de entonces. Después vendría The Washington Post, y una historia que la volvería legendaria: el descubrimiento de la masacre de El Mozote, ocurrida en El Salvador en 1981, que le costó la vida a más de 800 hombres, mujeres y niños a manos del Ejército salvadoreño, en momentos de plena intervención de la administración Reagan.

Alma fue conducida por los rebeldes del FMLN hasta el sitio de la matanza y reveló ante el mundo –junto al periodista Raymond Bonner de The New York Times y la fotógrafa Susan Meiselas– el horror en medio de la selva. “En los senderos, que conectaban El Mozote a otras pequeñas aldeas, yacían los cadáveres bajo un sol calcinante. Había cuerpos en los maizales abandonados, en las casas de una sola habitación donde una máquina de coser era señal de gran riqueza; había cuerpos en los naranjales donde aún trinaban los pájaros”, escribió entonces.

"Últimamente estuve releyendo con pasión a uno de los autores de mi mayor devoción, que es Proust, y vi que hasta a él, a quien yo no le quitaría una palabra, en realidad le hubiera ido muy bien con un treinta por ciento menos".



Su experiencia la convertiría después, durante casi toda la década de 1980, en jefa de la oficina para América del Sur del semanario norteamericano Newsweek. Siempre en inglés, su idioma de adopción luego de que creciera en Los Angeles, Estados Unidos, Alma centraría desde entonces su atención exclusiva en el continente al sur del Río Grande. “Cuando escribo sobre Latinoamérica me gusta pretender que los Estados Unidos no existen. Me gusta pretender que somos países independientes. Que somos libres de tomar nuestras propias decisiones. Es algo arbitrario”, dijo a la revista online Identitytheory.

En 1995 el mismísimo Gabriel García Márquez mandó a llamar a Alma Guillermoprieto para sumarla al selecto grupo de periodistas y escritores vinculados a su Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (www.fnpi.org), creada un año antes. Quería que dictara clases, que enseñara las técnicas que la han hecho famosa durante más de veinte años como cronista de Latinoamérica. A su lado estarían otros notables del continente: Javier Darío Restrepo, Jon Lee Anderson, Horacio Verbitsky, Tomás Eloy Martínez, Miguel Angel Bastenier y el ahora desaparecido y por eso aún más mítico Ryszard Kapuscinski.

Junto con su experiencia en los más cotizados medios norteamericanos, la periodista ya contaba con reconocimientos a su labor con laureles objetivos. En 1990 obtuvo el premio María Moors Cabot, el de la Latin American Studies Association al año siguiente, y el premio de la Fundación MacArthur en 1995. Y en el 2000 recibió el premio George Polk por su serie sobre Colombia, publicada en The New York Review of Books.

Con estos antecedentes, más la empatía y suavidad que la hacen favorita de los jóvenes talleristas, Alma dicta cada enero un curso de crónica en Cartagena de Indias, en el corazón de la ciudad amurallada, sede de la fundación. Envía a los reporteros a buscar historias, a escuchar a las personas, a empaparse lo más posible con lo que luego deberán contar a otros, con emoción y verdad. “Para escribir sobre la guerra hay que ir al frente, para escribir sobre la cumbia hay que bailarla, para escribir sobre los pobres hay que compartir con ellos la pobreza de su casa, de su mesa, de su vida”, señaló respecto del reportaje, frases que fueron luego compiladas en Cuadernos del Taller de periodismo (1999, FNPI).

Dueña de un estilo llano, emotivo y conciso, la autora da cuenta en esos talleres de algunos trucos indispensables para el oficio. “Hay que hacer el esfuerzo por escribir bien, por echar el cuento bien contado, por seducir al lector para que entre en el artículo, pero no hay que privilegiar nuestra poesía por encima del hecho real. Para eso hay que destacar la importancia del editor. Él es quien tiene la tarea de preguntarnos: ¿cuál es tu fuente?, ¿cómo lo sabes?, ¿quién te lo confirmó?, ¿desde hace cuánto conoces a esa persona?, ¿qué referencia tienes de ella?, ¿cómo sabes que es honesta la persona que te lo contó? Ahora vas y me consigues a dos personas más que me lo confirmen... Un buen editor o una buena editora pueden hacer toda la diferencia entre una buena y una mala nota”.

Alma Guillermoprieto fue bailarina profesional y perteneció al Ballet Nacional de México siendo adolescente. Luego recibiría lecciones de las legendarias maestras Martha Graham y Merce Cunningham en Nueva York. Sus admiradores, que son muchos en Colombia y México, dicen que escribe como si bailara. Que su prosa es elegante, precisa y rítmica, y que consigue captar momentos como cuando las palabras quedan en el aire. Ella se ríe. Dice que no sabe muy bien qué significan estos comentarios, pero que “suenan bonito”.

“Francamente, no sé cuál es la relación entre mi temprano entrenamiento (como bailarina) y lo que hago ahora. Soy muy buena captando gestos, creo. No tengo ninguna capacidad para memorizar rostros, pero recuerdo durante largo tiempo cómo alguien se encorva tras su escritorio”, le confesó en una entrevista a su amiga y traductora al español Esther Allen. “En términos del proceso de escritura, no estoy segura en absoluto. Tiendo a ser muy obsesiva, al estilo de los bailarines. Soy muy trabajadora y tengo las ideas muy claras. Cuando estoy reporteando o escribiendo en realidad no puede importarme menos cualquier otra cosa que no mejore ese párrafo en particular. Y en eso también hay algo de bailarina, supongo”.





Comenta este Artículo
Nombre
Se necesita un valor.
Comentario
  Se necesita un valor.
Secciones
PERFIL
ENTREVISTA
PRIMERA PERSONA
PUNTO SEGUIDO
CROQUIS
COLUMNAS
VITRINA
RESEÑAS
EL SPOT DE MI VIDA
CÁTEDRA BOLAÑO

AUTORES
nÚmeros