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PERFIL

Norman Mailer (1923-2007) Un peso pesado de todos los tiempos

Kurt Folch

Norman Mailer (1923-2007) Un peso pesado de todos los tiempos

“Deja que la lluvia se lleve lo que la luna no quiere bendecir”.
N.M., Un sueño americano

En la película The Sleeper, Woody Allen despierta  un día en el futuro, transformado en objeto de análisis. En uno de los exámenes a los que es sometido le ponen enfrente una foto de Norman Mailer y el dormilón-Allen exclama, de inmediato: “El ego más grande de la Historia”. Bueno, Allen y Mailer fueron amigos, ambos neoyorquinos, es decir, de una ciudad que mira casi siempre con extrañeza al resto del país y que a su vez es vista con recelo por toda esa inmensa nación. De New Jersey, más precisamente, era Mailer y su ego tendía efectivamente a la ebullición o, como ha dicho Rodrigo Fresán, a la “intoxicación de sí mismo”. Sólo Mailer podía afirmar que gracias a un artículo suyo (Superman va al supermercado, publicado en Esquire, en 1960) Kennedy había ganado las elecciones; únicamente un tipo como él podía escribir una biografía de Jesús (El Evangelio según el hijo) en primera persona. Pocos han hecho gala de tal desplante y confianza.

Mailer conoció la fama temprano. Con apenas veinticinco años alcanzó el estatus de celebridad por Los desnudos y los muertos (1948), considerada hasta hoy como la novela definitiva sobre la Segunda Guerra Mundial. Su experiencia durante la guerra –combatió como soldado de infantería en el Pacífico– fue crucial. Tiene razón Peter Hamill cuando dice que Mailer nunca dejó de ser un soldado. En su obra los argumentos y las ideas con frecuencia se estructuran como enfrentamientos o aluden a estrategias de enfrentamiento. Mailer parece siempre dispuesto a ocupar su lugar en la primera línea de fuego: sabe que la emoción de la violencia –desde la violencia más brutal hasta la más simbólica o abstracta– es una descarga inevitable, pero también sabe que muy rara vez es graciosa, y que en su expresión más gratuita jamás es buena. De esa mezcla de fuerzas en la cuerda floja brotaba su lucidez extrema, tan próxima, a veces, a la locura. El mundo literario era también un frente de combate y si había que abrir fuego no dudaba en hacerlo. Así fue que para muchos pareció que disparaba caóticamente sobre cualquier cosa que asomara en su horizonte. Sin duda cometió errores, errores serios, pero de ellos aprendió y los transformó en la materia prima de sus novelas y artículos. Paulatinamente la intoxicación de sí mismo fue decreciendo, dando paso a una personalidad de otro temple, menos histriónica, más certera y parca, como se lee al comienzo de Los tipos duros no bailan, una novela escrita más de tres décadas después de Los desnudos y los muertos: “Los gritos de las gaviotas me despertaban a veces al alba, con la marea baja, que dejaba al descubierto las llanas extensiones de arena. Si tenía una mala mañana, me parecía que había muerto y que aquellas aves devoraban mi corazón”.

Quizá los aspectos más polémicos de la personalidad de Mailer se deban precisamente a esa tan “americana” forma de corrupción que experimentó en carne propia tempranamente: la fama excesiva en el reino de la apariencia. “Ser famoso a los veinticinco años creaba una cadena de leyendas para todo cuanto hacía”, confiesa a Playboy, en 1968: “Si me iba de una fiesta, no era porque tal vez tenía sueño, sino porque había plantado a los invitados. Cada pequeña cosa que hacía era exagerada por los demás. Las explicaciones nada tenían que ver conmigo. Era como si cada una de mis acciones fuera pasada por un amplificador”. En la misma entrevista afirma que la temprana fama, mal que mal, tenía su lado amable, pues le había permitido acercarse a mujeres que en otras condiciones lo hubieran rechazado. En todo caso, a juzgar por el tipo de notas, reseñas y artículos aparecidos en la prensa tras su muerte, Mailer aún paga el precio de su leyenda. Da la impresión de que esa leyenda ha sustituido la lectura de su obra. ¿Le hubiera gustado verse nuevamente –por enésima vez– retratado casi como una caricatura del autor polémico, como un agitador de “escenas”? No lo creo.

Además de un ego enorme y combativo, Norman Mailer poseía valentía, lucidez y un despiadado sentido del humor que nunca dudó en ejercer sobre sí mismo. Habló abiertamente de sus obsesiones, adicciones y miserias, que no fueron pocas. De todas ellas sólo el hábito de beber le parecía de verdadera utilidad para su trabajo



Además de un ego enorme y combativo, Mailer poseía valentía, lucidez y un despiadado sentido del humor que nunca dudó en ejercer sobre sí mismo. Habló abiertamente de sus obsesiones, adicciones y miserias, que no fueron pocas. De todas ellas sólo el hábito de beber le parecía de verdadera utilidad para su trabajo. “El hombre debe beber hasta que descubra la verdad”, dice uno de los personajes de El parque de los ciervos. Años después, consultado por esa afirmación, profundizó: “El hombre que bebe trata de disolver una obsesión. (...) Se me ocurre que una obsesión es como un polo magnético, un campo psíquico de fuerza. Pienso que creamos una obsesión en la estela de un acontecimiento que alteró profundamente nuestras vidas, o de una relación con otra persona que alteró nuestras vidas de manera drástica; no obstante, ignoramos si el cambio fue para bien o para mal. Se trata de un acontecimiento o relación esenciales. Nos marcan, pero son moralmente ambiguos. (...) La obsesión es la busca de una realidad útil. (...) La bebida traslada a un hombre a un anterior estadio de sensibilidad, ello significa que lo traslada a un sitio anterior al sitio en que sufrió el estancamiento que ha dado origen a la obsesión. Si podemos regresar al momento que precedió a aquél donde sucedieron los hechos ambiguos, nos diremos: ‘vuelvo a acercarme al hecho. ¿Qué pasó en verdad? ¿Quién estaba en lo cierto? ¿Quién se equivocó? Esta vez no he de fallar’. El hombre debe beber hasta que localice la verdad. (...) Beber es una actividad seria, una seria actividad moral y espiritual: nos consumimos en busca de la verdad”.

El clímax de esta seria actividad constituye uno de los episodios más oscuros y tristes de la vida y leyenda de Norman Mailer. En 1960 casi mata a su esposa Adele de una puñalada tras una noche de excesos. Sus detractores festinaron con el escándalo. Mailer comenzó un proceso de replanteamiento personal que cristalizó en Un sueño americano, una de sus mejores novelas. Trabajo intenso, barroco y espeluznante, Un sueño americano es un viaje al infierno de la mente y el espíritu del hombre contemporáneo: su proceso de descomposición y redención pagada con sangre y dolor. El protagonista –a un pelo de ser el propio autor– empieza relatando cómo llegó a asesinar a su mujer: detalla con crudeza la forma en que poco a poco la maldad y la locura lo abandonan en una gran oleada nauseabunda de desechos y ponzoña. Se libra así –en la novela– de una auténtica araña de rincón, aunque tras renglón queda expuesto a los castigos del infierno desatado en torno suyo, castigos que irán revelándose cada vez más horribles, más abstractos y metafísicos hasta la prueba final.

La novela en su totalidad funciona como una especie de limpieza síquica, método que se repetirá en el resto de las obras de Mailer. Para él la escritura era una forma efectiva de rendir cuentas, primero que nada ante sí mismo, incluso en los libros de corte periodístico como La canción del verdugo o Los ejércitos de la noche. Las explicaciones que Mailer esgrime para exponer una perspectiva y comprender las conductas de sus personajes tienen mucho de autoanálisis en que se van desarrollando y testeando ideas fuertes y débiles. Porque, según él, “una novela, cuando es buena, es la encarnación de una visión que nos permite comprender mejor otras visiones: un microscopio, si uno explora un estanque; un telescopio, si lo que uno explora es un bosque”. En general su obra funciona como “encarnación de una visión”, que se va ampliando echando mano a todo tipo de referencias y analogías. Su curiosidad es inclusiva y aparentemente muy poco se escapa a su interés. Sus ideas no son fijas, sino que se desarrollan, se adaptan a nuevos relieves produciendo matices. Mailer de un momento a otro descarta una certeza y asume otra posibilidad que le parece mejor, más clara o útil para comprender lo que desea saber. Él mismo se jactaba de ser un “no experto” pues, en sus palabras, el experto “es un hombre que marcha en una sola dirección, hasta llegar a un punto donde debe emplear toda su energía para mantener su avance; no puede permitirse el avistar otras direcciones”. Para sus críticos este ir en otras direcciones se traducía en dispersión y autoindulgencia. Para él, en cambio, ese movimiento permanente era la fuerza motriz de su capacidad y síntoma indiscutible de una saludable actividad intelectual: “El crecer depende de que siempre estemos en movimiento, de una u otra manera. Crecer es sólo seguir adelante hasta que debamos adoptar una decisión delicada: continuar en una situación difícil o retroceder en busca de una nueva forma de seguir adelante”. Como se ve, el movimiento es por un lado una reflexión estética puesta en práctica y por otro una estrategia de sobrevivencia. Sus textos logran que el lector experimente el choque de fuerzas inmensas. La experiencia del dolor, el mal (el Mal Absoluto), el amor, el sexo, la culpa y el perdón, el odio y la locura, fueron los temas (todos juntos, mezclados) de Mailer, y la historia actual de Norteamérica el escenario. Un escenario tejido a punta de imágenes caleidoscópicas plagadas de implicaciones con las que intenta explicarse y explicar en última instancia las causas psicológicas del comportamiento de los protagonistas, sus rituales privados y el absurdo de la rutina reproduciéndose en una especie de inercia maligna. Mailer narra el proceso en que la sociedad norteamericana va acercándose inevitablemente al despeñadero: “Somos una nación dividida. Crecimos demasiado rápido y nunca hemos consumido nuestros desperdicios. Los hombres del Sistema nos inflan los testículos, estupidizan nuestra mente y diluyen el arte de la comunicación desde la Derecha a la Izquierda, con el baile de San Vito de la apariencia. Si el Sistema de Izquierda, conciencia actual de los Estados Unidos, se aterroriza ante el músculo y el cuerpo de esa Derecha que conquistó a Norteamérica con los puños (y el dinero), también es cierto que la Derecha se aterroriza ante los juicios, tropieza en su vasta y podrida tierra de hipotecas sentimentales, fertilizantes envenenados, ideológicos vendavales de polvo, y apariencias tan monumentales que es imposible erradicarlas”.





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