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PRIMERA PERSONA

Los desafíos de la edición

Héctor Soto

Los desafíos de la edición

A fines de los años 60, cuando estaba terminando mis estudios de derecho, me hizo unas clases insufribles de un ramo insufrible –derecho administrativo– don Alex Varela Caballero, editorialista de El Mercurio de Valparaíso. Don Alex, que era una reserva sin fondo de cuentos, anécdotas y aforismos, me contó, no sé a título de qué, un episodio de la vida de don Joaquín Lepeley Contreras, que había sido director de ese diario entre enero de 1921 y diciembre de 1955.

Gordo, mofletudo de cara, visiblemente poco sincronizado al caminar, don Alex –y esta observación se la robo a mi amigo Agustín Squella– tenía una notable capacidad para describir a las personas en un esquema que los sofistas llamarían binario, sólo que él oponía rasgos o atributos de las personas que se contradecían sólo en apariencia. Por ejemplo, para definir a alguien –y al hablar gesticulaba con una mano en un sentido y después en el otro– decía: “muy alto, bonita letra”; “talentoso, maniático por el orden”; “gran padre de familia, impuntual”; “hombre culto, duraba poco en sus empleos”.

Cuento todo esto para dar el contexto musical, diría yo, de la anécdota que me contó de don Joaquín Lepeley. Por supuesto que lo caracterizó: “talentoso, muy conversador; gran periodista, no sabía titular”.
–¿Cómo que no sabía titular, don Alex?
–No, no sabía.

A fines de los años 20 Lepeley fue a Mendoza para cubrir el aterrizaje del que iba ser el primer cruce de la cordillera de Los Andes en planeador. Don Joaquín se instaló en Mendoza y no se perdió detalle del acontecimiento. Describió el ambiente, sacó declaraciones de los testigos, entrevistó al héroe de la jornada y escribió una estupenda crónica. La envió a Chile y efectivamente sus superiores comprobaron que se trataba de un gran trabajo periodístico.
–Pero, ¿sabe usted como tituló don Joaquín su despacho? –me preguntó don Alex.
–Ni idea –le respondí.
–“Aviación”–me dijo–. Sólo le puso como título “Aviación”.
No: don Joaquín, y esto llegó a ser dominio de todos, definitivamente no era bueno para titular.

Yo, aparte de haber celebrado muchísimo la anécdota, nunca más la olvidé y terminé convirtiéndola en muletilla. La he contado no sé cuántas veces, y la sigo contando y, en la revista que dirijo, cada vez que nos cuesta dar con un buen título, decimos todos “Aviación” para tomar conciencia de que estamos en problemas. “Aviación” es ya un código interno, una suerte de alerta temprana que obliga a apelar al ingenio o a la imaginación, porque de lo contrario vamos a salir perdiendo de todos modos: si la crónica es mediocre o mala, ni siquiera por el título lograremos salvarla. Si por el contrario está bastante bien, significa que al no tener un buen título serán muchos los lectores que la pasarán por alto. En los dos casos estamos perdiendo. Estoy lejos de creer, por cierto, que un buen título pueda redimir a un mal artículo. Desde luego que no. Pero he comprobado con frecuencia que un mal título le niega a las entrevistas o a las crónicas el cristiano derecho a la segunda oportunidad que debieran tener todos los escritos de una revista o un diario.

Yo entonces tenía menos de 20 años y lo único que escribía eran unas melancólicas críticas de cine en el diario La Unión de Valparaíso. De hecho a don Alex debo haberle escuchado miles de anécdotas más. Y las olvidé puntualmente todas. Pero ésa me quedó. Y me gusta pensar que se me quedó porque con el tiempo yo iba a dedicar buena parte de mis años como periodista –me gusta pensar que soy periodista por vocación y abogado sólo por circunstancia– a las tareas de la edición. Y como el tema de este artículo es precisamente el de los desafíos de la edición, creo que no peco al reivindicar a ese viejo notable que fue don Alex Varela, de quien aprendí muy poco derecho administrativo, cosa que agradezco y me tiene sin cuidado, pero mucho acerca de la importancia de titular razonablemente bien.

En una época que se las sabe todas en materia de producción estandarizada y en serie, parece necesario rescatar la artesanía del periodismo, el trabajo farragoso de contar historias interesantes sobre personajes que a menudo no lo son, la virtud de introducir alguna tensión intelectual o semántica en textos que no la tienen, el talento para colocar alguna ironía o distancia en afirmaciones que a menudo no son más que frases hechas o lugares comunes



He ejercido este oficio durante años con gusto y créanme que lo he disfrutado más mientras mayor conciencia he ido adquiriendo de las limitaciones del periodismo como actividad. Para qué estamos con cuentos: el periodismo no es un trabajo especialmente épico. Yo sé que es importante y cumple un rol necesario, tal vez insustituible, en una sociedad democrática. Yo sé que el periodismo no puede eludir lo que le corresponde en términos de responsabilidad social. Yo sé que los medios tienen el deber de colocar delante de la sociedad un espejo en el que ella pueda reconocer medianamente bien sus grandezas y bajezas.

De acuerdo. Pero me carga la idea del periodismo heroico en la primera frontera de la pedagogía social. Me cuesta abrirme a la idea del periodismo misional. Me abruma por cierto pensar que tenga que ser necesariamente una escuela de virtud.

No, es un oficio. Y un oficio seguramente menor. Respetable a lo mejor, como cualquier otro. Pero no es la panacea ni la vanguardia, ni la epopeya, ni la conciencia crítica de la sociedad.

En el periodismo hay mucho de artesanía y de cocina. Al decir esto, no está en mi intención desmerecerlo. Todo lo contrario. En una época que se las sabe todas en materia de producción estandarizada y en serie, en una época en que hay programas computacionales hasta para escribir novelas, parece necesario rescatar la artesanía del periodismo, el trabajo farragoso de contar historias interesantes sobre personajes que a menudo no lo son, la virtud de introducir alguna tensión intelectual o semántica en textos que no la tienen, el talento para colocar alguna ironía o distancia en afirmaciones que a menudo no son más que frases hechas o lugares comunes. Ser editor es un oficio parecido al del viejo zapatero remendón que era capaz de darle una segunda vida al calzado que ya había entregado sobradamente la primera y se parece también a esa dueña de casa que en su cocina con pocos ingredientes, generalmente baratos y plebeyos, es capaz de sacar platos que saben con frecuencia mejor que los de un sofisticado banquete.

De eso estamos hablando. Ser editor es ser artesano. Ser editor no es ser artista. En este trabajo se requiere mucha  más transpiración que inspiración. Ser editor es aprender a domar frases hirsutas. Es intentar civilizar prosas silvestres, o municipales, como alguna vez dijo Enrique Lafourcade. Es aprender a armonizar contenidos editoriales que muchas veces se muerden como perros y gatos entre sí. Es tratar de darles un cierto ritmo a las revistas o a los diarios desde la primera hasta la última página, aun sabiendo que hay lectores indisciplinados –allá ellos– que insisten en empezar por la última y acabar por la primera página. Es hacerle empeño para que el discurso del texto esté sincronizado en lo posible o por último deliberadamente confrontado con el discurso visual o gráfico, de suerte que –si la comparación fuera válida– lo que diga el pulso lo diga también la orina.





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