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PERFIL

Eugenio Lira Massi: Una voz popular

Nibaldo F. Mosciatti

Eugenio Lira Massi: Una voz popular

Eugenio Lira Massi es el mejor ejemplo de que no se requiere pasar por la universidad para ser un buen periodista. En tiempos como los actuales, en que los profesionales de la prensa viven ridículamente obsesionados por el carácter universitario de su profesión –sin reparar en que se trata de un oficio–, vale la pena detenerse en Lira Massi, un periodista que demostró que lo que se necesita es sensibilidad –que a uno le importe lo que le ocurre al otro–, curiosidad y arrojo.

Recordado por las inigualables semblanzas que hizo de los parlamentarios en sus libros La cueva del Senado y los 45 senadores y La Cámara y los 147 a dieta, Lira Massi ejercitó una escritura chilena y popular.

Sus textos evidencian lo que era: un tipo esencialmente simpático, pero comprometido con su oficio, al que le asignaba una causa: ser portavoz e instrumento de los sectores populares en sus luchas. En esa época hiperideologizada, el flaco Lira se hizo de izquierda, pero a su manera particular. Ajeno, por espíritu, a las burocracias y militancias, prefirió definirse como “allendista”, con todo lo que eso significaba: compromiso social, sueños de revolución, y disfrute –¡cómo no!– de los placeres terrenales (uno de los aspectos que más humanizan la imagen endiosada de Salvador Allende).

Esta puntualización no es menor. Cuando los sesudos de la izquierda, en la que él se veía interpretado, eran tipos pesadamente adustos –porque la revolución, decían, era una cuestión muy seria– Lira andaba permanentemente con una sonrisa en los labios. No, definitivamente, no era para estar encuadrado en una militancia como la de entonces, absorbente, autoritaria y sufriente.

Aunque decía que los comunistas “son los rotos más buenas personas del mundo”, no dejaba de constatar que “son tristes como caballo. Nunca tienen ganas de reírse”. Y del militante socialista, escribió, “generalmente es un amargado y le pega al resentimiento. También le pega un poco al desaseo”. Lira era todo lo contrario. Era un galán que le sacaba partido a su facha y que no perdía la ocasión para divertirse y, en el trabajo, para embromar a quienquiera.

En su recordada “La Entrevista Impertinente” de Canal 13, puso a prueba a un político famoso por su labia pidiéndole, iniciada la entrevista, que guardara silencio por un minuto exacto. El personaje de marras sudó esperando los sesenta segundos. Dijo, después, que había sido su prueba más dura.

A otro, de sopetón, apenas encendidos los focos, le soltó: “¿Usted es o se hace?”. Ya se ve que “La entrevista impertinente” valía más por las preguntas que por las respuestas.

En tiempos como los actuales, en que los profesionales de la prensa viven ridículamente obsesionados por el carácter universitario de su profesión -sin reparar en que se trata de un oficio-, vale la pena detenerse en Lira Massi, un periodista que demostró que lo que se necesita es sensibilidad, curiosidad y arrojo.



Eugenio Pascual Santos Lira Massi nació en Santiago el 30 de septiembre de 1934. Vivió su infancia en el barrio Independencia y las páginas que escribió sobre su niñez en el diario Puro Chile, en una columna titulada “Érase una vez”, son de las más emocionantes que he leído. Nada de aspavientos. Chilenidad de calle. Pueblo puro: “Nos miramos y fuimos amigos. En primer lugar, tenía cara de persona y, enseguida, me dio la mayor prueba de simpatía: se hizo pichí. Comprendimos de inmediato que seríamos inseparables, y en realidad lo fuimos. Iba a la casa de regreso de clases cuando apareció de no sé dónde. Era como una bolita peluda y café. Me siguió sin que se lo pidiera. Al atravesar la primera bocacalle titubeó. La cuneta era demasiado alta para él y se quedó ahí moviendo la colita. Lo llamé con un silbido y se pegó el porrazo. Me devolví a pararlo y fue entonces que dejó la poza. A la segunda cuadra ya se llamaba Pirincho”.

Lira Massi, que en un momento fue calificado como uno de los mejores columnistas políticos del país, nunca renegó de quien era. Al contrario: su escritura se edificaba desde ese origen, y el refinamiento que logró del habla, el humor y la picardía popular es el secreto de sus mejores páginas. A pesar de tener programas de televisión y radio, y ser citado en diarios y revistas donde siempre se destacaba su pinta, nunca olvidó de donde venía.

Su entrañable amigo –ya fallecido– José Gómez López, uno de los grandes periodistas de nuestra historia, cuenta esta anécdota: “Yo nunca había corrido en sandía. Ni tampoco hice un paseo por las calles del centro de Santiago, acompañado por el gigante de mimbre que le hacía publicidad al laxante Cretol, pero con ‘El Paco’ pasaban estas cosas. Íbamos por Moneda hacia el centro, cuando el gigante del Cretol habló: ‘Apuesto, Flaco, que ya ni te acordai pa’ ná de los pobres’, dijo el monstruo tejido de mimbre. ‘¿No me vai a decir que soi ‘El Mañungo’ de la Plaza Chacabuco?’. El gigante se detuvo, se quitó la escafandra de mimbre y dijo: ‘El mismito, pues Flaco’. Se abrazaron y se manotearon los dos. El gigante volvió a vestirse con su indumentaria de mimbre y nos echamos a andar por Moneda con el gigante al medio. Conversaron e intercambiaron noticias sobre el destino de algunos amigos y todo el mundo viandante se detenía para observar la naturalidad del diálogo del gigante de mimbre con sus acompañantes”.


Títeres sin cabeza
Fue uno de esos conocidos de la niñez el que llevó a Lira al periodismo. Alberto “El Gato” Gamboa, director del famoso diario Clarín, lo incorporó al oficio. Lira se desempeñaba como escribiente civil en la Central de Carabineros, cargo heredado tras la muerte de su padre, cuando era adolescente. Por eso le decían “El Paco” Lira. La central estaba ubicada muy cerca del diario, y un día Lira le dijo a Gamboa que le gustaría hacer dibujos, retratos, caricaturas o monitos en el periódico. Gamboa aceptó. Poco después el flaco Lira ya estaba escribiendo. 

De esos tiempos datan sus columnas en que no dejaba títere con cabeza. Durante el gobierno de Frei Montalva la columna se llamó “La nariz de La Moneda”, por razones obvias.

La década del 60 fue de crecimiento profesional. En 1965, a once meses del gobierno de Eduardo Frei Montalva, publicó Frei y los desconocidos de ahora…, con semblanzas de los líderes del partido de gobierno. Y partió con el mismísimo Presidente: “Frei es un ser extraño. Hay dos personajes en él. Tal vez son tres, pero el tercero sólo lo conocen en su casa. Uno, es el Presidente de la República, el Excelentísimo señor Frei. El otro es Eduardo. Hay una notable diferencia entre ambos (…) Cuando Frei actúa de Presidente, parece que entrara en trance. Su rostro se perfila, la nariz se le alarga, las mandíbulas se le aprietan y el espinazo se le estira. Da la impresión de estar almidonado. Si viste de frac y tiene la banda cruzada al pecho, no dan ganas de acercársele. Uno llega a lamentar no ser milico y poder cuadrarse”.





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