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CONFERENCIA

El escritor y sus ritos

Jaime Collyer

Varias cosas se me vienen a la mente con el título que Fernando Ampuero ha puesto a su conferencia de hoy. Una de ellas es anecdótica y la escuché en boca del español Juan José Millás al aludir al papel que los escritores suelen jugar en los congresos literarios. Decía Millás que en tales escenarios suele exigirse a los autores invitados que hagan una ponencia, alguna sesuda reflexión en torno –por ejemplo– al cantar de gesta y sus derivaciones, o la obra incitante del Arcipreste de Hita, temas en los que esos autores no suelen ser muy duchos, aunque deban simularlo a la hora de la ponencia. Añadía Millás que el auténtico encuentro, la hora de la verdad literaria, en que los escritores invitados llegan al fin a hablar de sus escritos, de sus quebraderos de cabeza en la escritura, de su oficio en propiedad, es en la cafetería del sitio donde ocurre el simposium o el congreso, cuando están todos ellos en la hilera de bandejas para rescatar su almuerzo o una galletita durante el cofee break, instancia en que se interrogan recíprocamente acerca de un título particularmente acertado que el otro le ha puesto a uno de sus libros recientes (“¿Y cómo se te ocurrió, de dónde lo sacaste…?”) o un personaje más logrado que otros. Fue lo que se me vino a la mente con esta referencia a los “decálogos literarios”.

Se me ocurre que esto de los decálogos es, a la vez, un territorio que los escritores frecuentan en algún momento de su vida, en especial al inicio de su trayectoria, con la vaga esperanza de hallar allí un recetario o desiderátum que les señale los procedimientos esenciales para abordar su obra en ciernes, para abolir la angustia que la precede, para redondear con regularidad sus cuentos o relatos, un poemario rebelde, una novela autobiográfica que se resiste a ser concluida. La vida literaria está llena de estos rituales o gestos recurrentes, de estos recetarios y consejos improvisados que todo el mundo cita pero casi nadie sigue. Como el decálogo famoso de Quiroga (del cual se sugiere, entre otras muchas hipótesis, que fue un recurso deliberado de Quiroga para impresionar a una mujer que lo traía en vilo), o el menos conocido, pero más certero, de Ribeyro, o el más provocativo y frontal de Bolaño, donde llama perentoriamente a no leer jamás a Camilo José Cela, recomendación entendida como una vía segura a la buena escritura.

La vida de un escritor está repleta de estas supersticiones, de asertos rimbombantes respecto al papel menor que juega en su vida la inspiración y la importancia que suele tener el oficio, o la transpiración. A los escritores latinoamericanos del boom y el post-boom (intervalo este último en el cual se sitúa el propio Fernando Ampuero y nos situamos todos) les sobrevino, con singular obcecación, esta manía de pontificar acerca de su labor, de recordarle cada tanto al mundo que ellos no escogían sus temas sino a la inversa, y que sus obsesiones y fantasmas se les imponían, y que el terror a la página en blanco solo se superaba escribiendo, y que Aureliano Buendía c’est moi, y que un autor de verdad solo se debe a su literatura y sus personajes, no acepta servidumbres. En ese proceso de adquirir, el mentado boom, carta de ciudadanía universal (otra forma bastante ampulosa de aludir al momento afortunado en que el mundo, allá por los años 60 del pasado siglo, comenzó a darle bola a nuestras letras), sus egregios representantes evidenciaron los mismos clichés y gestos grandilocuentes que evidencian las clases medias cuando se ven al fin incorporadas a los salones de la “gente bien”, a las embajadas, a los rituales de alcurnia: quieren impresionar bien a los anfitriones, no mostrar la hilacha ni la ojota, dejar constancia de que son gente de esfuerzo y honesta y que hasta es posible rastrear alguna pizca de pedigrí en su escuálido y muy oscuro árbol genealógico. Igual cosa le ocurrió a los hombres del boom, y nos ha seguido ocurriendo a todos sus herederos, en las décadas que siguieron: nos llenamos de gestos afectados y de imposturas, de recetarios y procedimientos y decálogos sacrosantos, de narcisismos metodológicos y referencias habituales a nuestro quehacer, nuestras vidas atribuladas, nuestras infancias desdichadas, cuando lo que importaba eran nuestros libros, la obra.

Por todo ello, me parece singularmente feliz la presencia hoy, aquí, de Fernando Ampuero y el título tan desconcertante, pero tan sugestivo, que ha puesto a su conferencia. Limeño y nacido en 1949, narrador, dramaturgo y poeta, y periodista por añadidura, Ampuero se inscribe por edad en esa generación latinoamericana que sucedió al boom e incluso al post-boom, vale decir, aquella generación ulterior a Bryce Echenique en el Perú, a Soriano en Argentina y a Antonio Skármeta y sus coetáneos en nuestras latitudes criollas. Una generación diversa a aquellas, porque le toca un escenario y un contexto también diversos: el escenario de violencia extrema, urbana y sórdida, que traen consigo el narcotráfico y su corruptela en Colombia, el senderismo polpotiano y homicida en el Perú, la dictadura pinochetista en Chile y otros segmentos del Cono Sur. Una generación heterogénea y múltiple, que se extiende en el tiempo y se ramifica en nuevos autores y nombres aparte del de Ampuero, nombres que han de asumir luego, en su temática recurrente, la herencia extraña de esa misma violencia, encarnada en la modernización neoliberal presunta y desigual que sucede a esos intervalos de violencia, a la muerte en emboscada de Pablo Escobar, a la captura final de Abimael Guzmán, a la muerte en su cama del dictador pinochetista. Es el escenario donde discurren las novelas de Ampuero: un mundo trastocado en sus cimientos, donde los amores nocturnos, febriles, improvisados, han de sobreponerse a la traición y la necesidad de sobrevivir en ese escenario de nuevos ricos, de conversos recientes a la democracia heredada de la violencia, de izquierdistas camaleónicos que descubren de manera repentina las ventajas del libre mercado, las asesorías de imagen o las reuniones de Directorio en cualquier empresa transnacional a la que antaño combatían con cocteles molotov. Dos cosas aporta Ampuero a la visión de sus adláteres en otras latitudes: el humor irrenunciable de sus protagonistas y la preocupación constante, endémica diríamos, por el Perú y sus devaneos recientes, sus lacras mejor arraigadas, sus esperanzas de redención nunca descartadas. Desde el amante decepcionado que en Caramelo verde termina eliminando a su díscola y ambigua noviecita sin saber si el gesto de eliminarla se justifica, hasta el peruano imperfecto de su última novela, que resume con sus nostalgias y sus fugas las de buena parte de sus conciudadanos en la hora actual, enfrentados a tensiones raciales irreparables y crónicas, a una democracia imperfecta en la que la ciudadanía ha de optar entre el militar reciclado y la hija del político encarcelado. “La realidad peruana es novela negra casi a tiempo completo”, ha dicho Ampuero, y sus temas recursivos prueban el aserto en cada nuevo libro que publica, una opción que revitaliza en el Perú el neo-policial a la manera de la novela negra, como hacían los peronistas desangelados del gordo Soriano o les ocurre ahora a los “narcos” sentimentales y fallidos de Juan Gabriel Vázquez en la narrativa más reciente de Colombia. Es neorrealismo urbano de la mejor factura, que retoma a su modo la pregunta esbozada por el Zavalita de Vargas Llosa en Conversación en la Catedral: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Ese estilete retórico que Ampuero asume como propio, como un desafío ineludible, para replicarlo con sus propios tipos humanos desconcertados, reunidos en torno a una cerveza adicional, y brindar su propia respuesta a la interrogante: el Perú no ha terminado de joderse, se jode un poco más cada día. No cabe exigir mayor sinceridad que esa a un escritor: ¡ojalá hubiera entre nosotros los chilenos, en nuestras letras tan patrioteras a ratos, una vocación tan honesta y tan crítica! Es aquí donde su visión paródica de los grandes discursos liberadores o republicanos y su habillidad sarcástica juegan su propio juego renovador, resolviendo con humor, pero sin acritud, el malestar que aqueja a sus conciudadanos. Un humor matizado de esa propensión caricaturesca que el humor neoyorquino designa como “self-deprecating”: una propensión irónica autodirigida y de talante antiheroico. Ampuero sabe cómo volver entrañables a sus engendros, por más que ellos vivan entrampados en la indecisión, que no comulguen con los códigos de su comunidad, que se salten de manera frontal las reglas de urbanidad y de decencia. En el nuevo escenario en que todos nos vimos crecer o alcanzar la madurez, la decencia pasó a ser un bien altamente subjetivo, discrecional, como le ocurre a los ciudadanos imperfectos de Ampuero en sus ficciones reveladoras.



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