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CÁTEDRA BOLAÑO

Crónica, memoria y ficción: vuelve, ya no será lo mismo

Cristián Alarcón

Una mujer alta y rubia que fue entrenada para matar y no dejar matarse, una mujer que se salvó de una persecución salvaje de dos mil militares chilenos contra 16 guerrilleros del MIR en las montañas del sur, me recibe en una vieja y crujiente casa de Santiago. Es alta, un Aconcagua de mujer, con el pelo rucio teñido de rojo. Al final de la escalera, en un estudio tapizado de papel con sillones cubiertos de telas antiguas, se sienta de espaldas a la ventana del segundo piso por la que entra una luz crepuscular. Apenas alcanzo a verle los rasgos; de sus ojos verdes ocultos por el reflejo del sol, solo puedo pensar que me escrutan como a los pacientes tratados aquí mismo en sesiones de terapia; es psicóloga. Me ha dado una oportunidad sin saber quién soy y qué busco. Debo convencerla de que me cuente su vida. Su compromiso temprano. Su lucha. Su clandestinidad. Hablo, intento resumir. Era un niño cuando nos refugiamos en la Patagonia argentina. Hasta ese momento, un junio frío como la niebla, había vivido al cuidado de una nana, mi nana, una joven campesina venida del pueblo de Liquiñe. Se llamaba –¿se llama?– María Valencia. Aunque yo le había inventado un nombre. Le decía Yeya, mi Yeya. Pasábamos junto a María la mayor parte del día solos, en una vieja casa alemana de madera, y en esas tardes, en esas noches en que mi madre hacía guardia en el hospital, María me contaba historias. Prefería siempre hablarme del amor: María amaba al Comandante Pepe, el líder de los campesinos y obreros madereros de Neltume que a principios de octubre de 1973 fue fusilado por la Caravana de la Muerte junto a otros 11 militantes del MIR en el regimiento de Valdivia. Le hablo del sur, de esas montañas, de esas luchas olvidadas por la mayoría como la que emprendieron siete años después de los fusilamientos un pequeño grupo de jóvenes miristas que intentaron crear un foco de resistencia armada contra la dictadura de Pinochet. Le hablo, sin decirlo jamás, de ella misma, de sus piernas largas trepando la ladera de los cerros cargada de una mochila de cincuenta kilos en la espalda, igual que los hombres, sin un kilo menos, porque entonces ella, la alta, no quería parecer menos. No entendía, como lo hizo tantos años después, eso de la diferencia dentro de la igualdad. Le cuento a la mujer la historia y ella escucha y habla, pero ya no del pasado, sino de las calles otra vez llenas. Chile, con marchas y paros desatados a lo largo de toda su angostura, le parece, a lo lejos, cuando la noche cae sobre Santiago, no tan olvidadiza: quizás, piensa la mujer, en estos cabros que tienen al país de pie y sorprendido de su audacia, algo de aquellas luchas y de la resistencia a la dictadura, haya sobrevivido al tiempo. Quizás –fuma y piensa– de esto se trate ese concepto con el que intenta curar algunas heridas en este consultorio: la memoria futuro, dice.

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Practico, milito y digo la crónica desde la trinchera de los diarios y desde el lugar de la tinta en el cotidiano durante los últimos veinte años de periodismo. He rehuido al lugar del free lance por cobardía en el cobro de los salarios casados con la eventualidad, los prefiero mensuales, tranquilizadores al fin, y quizás por eso me he asumido como cronista pero también como trabajador de prensa, como obrero de la palabra, sin pretensiones, sin sueños desmesurados de reconocimiento ni peleas obtusas y vanas con editores burócratas, ajeno a la queja. La queja no es una virtud, la queja debilita, lo que no significa que uno no deba hacer huelga cuando lo están explotando. Quejarse no es tener sindicato. Quejarse no es escribir por las noches ni leer por las mañanas temprano, no es esquivar el tedio como al veneno que adormece, ni dejar de discutir un título mal puesto, un verbo mal editado. Quejarse no es pelear por el miserable espacio de la nota del día. No es resistirse al escritorio como nos resistimos a los amores muertos. Como de ellos, de los escritorios nos vamos. El miedo puede asaltarnos en la salida de esas salas con aire acondicionado y de esas sillas giratorias ante pantallas deslumbrantes: si se busca la experiencia, se busca la escritura, el miedo es asunto del peligro, no de la literatura, que es riesgo.

Soy de la escuela vieja, la que pensaba que el periodismo es el oficio más divertido del mundo. Esa adscripción es una posición en el mundo del lenguaje, y en ese sentido esa decisión juvenil más atada a la idea simmeliana de aventura que a la de informador público, produce el viaje del periodismo a la literatura. En la experiencia, en la calle, en el diálogo con el desconocido, encontré lo vital, el abismo de lo que no se controla. El aprendizaje del periodismo de mano de los técnicos que hacen de la docencia y la falta de empleo en las redacciones una alternativa, me aplastó como aplasta el conocimiento de las técnicas del bordado a un artista del bordado. No porque yo me considerara un artista –aunque todo comenzara en la poesía, en la mala poesía– sino porque las técnicas de la escritura cifrada del periodismo de consumo masivo, en las últimas seis décadas latinoamericanas, son como el punto cruz que no busca más que llenar el vacío de las telas baratas para cubrir almohadones de flacos rellenos. Cuando un joven periodista reconoce esa escasa manera de bordar a la que podría estar condenado de por vida no tiene alternativa: huye hacia la literatura. Y otra vez, la literatura en los libros y en la calle.

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La última imagen antes del exilio demoró años en llegar como un rayo que aclara el recuerdo y lo hace vital aunque sea cínico asegurar, asegurarse, que es cierto. No llegó en una sesión de psicoanálisis lacaniano –como le llegan los recuerdos a tantos porteños– ni por más que llevara siglos desgranando cuitas en el diván de mi analista post lacaniana y post milleriana, pero no post apocalíptica. Llegó como una visión de otro mundo, como un cachetazo. La imagen: mis padres, mi hermano de un año y yo, de cuatro, estábamos sobre el bus que nos sacaría de La Unión, el pueblo natal en el sur de Chile –tan próximo a las montañas, tan vecino a Valdivia y a Neltume– en la puerta de la casa de madera de mis abuelos Aura Carrasco e Isaías Casanova. Desde la ventanilla vi cómo se amontonaban los diez tíos Casanova y media Aldea Campesina, para despedirnos. Eran unos treinta, o quizás, quizás cuarenta. Eran, en todo caso, para un niño, una multitud. Ella, mi abuela Aura, estrujaba con las manos el delantal que siempre usó sobre los vestidos floreados; intentaba no llorar. Cuando el bus que nos llevaba a Osorno para de ahí tomar otro hacia la frontera, aceleró, vi a Aura levantar la mano, y decirme adiós con los ojos achinados y húmedos. Cruzamos la cordillera un 25 de junio, llovía como llueve siempre en el sur de Chile, de marzo a noviembre, con esa agua que no moja, que no embarra, que corre por la tierra siempre abierta dejando apenas unos riachos mínimos, como si siempre fuera poco para el verde extremo. Llovió hasta Villa La Angostura, y luego hasta Bariloche. Allí dormimos en una residencial y esperamos a que pasaran las huelgas que paralizaban la Argentina: habíamos escapado de la dictadura y de los fantasmas del pueblo en el peor momento, el golpe de los vecinos se acercaba y nos encontraría allí, cercados por la soledad.

Practico, milito y digo la crónica desde la trinchera de los diarios y desde el lugar de la tinta en el cotidiano durante los últimos veinte años de periodismo. He rehuido al lugar del free lance por cobardía en el cobro de los salarios casados con la eventualidad, los prefiero mensuales, tranquilizadores al fin, y quizás por eso me he asumido como cronista pero también como trabajador de prensa, como obrero de la palabra.A


El dolor del destierro duró mucho: creo que hasta los veintitantos. Ya en la universidad casi convenzo a mi novia de la juventud de venirnos juntos a Chile; todo lo que quería, lo que siempre quise, fue volver. Todas las lecturas de la niñez habían sido búsquedas del tesoro, y todas las de la adolescencia habían sido una búsqueda del volver: desde el Donoso de El lugar sin límites, hasta el Donoso europeo de El jardín de al lado, y luego hasta las insoportables novelas de Edwards, todo Parra, todo Huidobro, todo el post boom, y por suerte en el 91 Fuguet. Más los épicos: Miguel Littín clandestino en Chile, y las de guerrilleros como esa nicaragüense recomendada por Cortázar, La montaña es algo más que una inmensa estepa verde. Queríamos aprender a disparar. No hubiéramos tenido miedo si había que matar. Leíamos cuentos y novelas chilenas con la desesperación del náufrago, y hacíamos lo que fuera pensando que era la última cosa tal vez que hiciéramos de ese lado de la cordillera. Ahora no puedo creer que haya vivido así. Debo haber tenido la edad de Camila Vallejo, de Giorgio Jackson –los líderes estudiantes que son la cara del movimiento que tiene contra las cuerdas al Estado chileno de hoy– cuando decidí venir a probar: qué era vivir en Chile en 1990, 1991, 1992. Ya había llegado la democracia condicionada que dejó amarrada el dictador. Las protestas en Santiago raleaban. El paroxismo político que fue la lucha por el No del plebiscito contra Pinochet se había diluido. Instalado en casa de amigos en Santiago fue duro percibir cómo en todo grupo había un pinochetista, cómo hablar de derechos humanos todavía era tabú, cómo tener cualquier diferencia quemaba y dolía. No lo soporté. Discutí de más, no pude acostumbrarme al silencio reinante, al atraso cultural, al corset ideológico. Volví a huir como en aquel bus. Dejé atrás la idea de “retornar”, que es como se le llamó en Chile al regreso de los exilios. A muy pocos “retornados” les fue bien. Es un tema pendiente, me dicen. Uno de tantos. La herida que no sangra, que no sana.






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