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CONFERENCIA

Josefina Ludmer y las fábricas de realidad

Diamela Eltit

El campo de la creación literaria está unido de manera fundamental al trabajo crítico. Lo que todavía impide comprender plenamente esta relación radica en un malentendido promovido por los análisis superficiales: entender el discurso crítico y teórico como mero ilustrador complejo del texto literario y no como un discurso en sí.

El discurso crítico es un tramado discursivo de índole político-cultural que, a través de sus objetos, propone estrategias para configurar una manera de leer o, dicho en otros términos, se trata de una práctica que formula una forma de leer el mundo mediante la analítica discursiva que se escenifica a sí misma como lectura de lecturas, de lecturas, de lecturas.

Josefina Ludmer ha construido una trayectoria notable en el campo de los estudios literarios latinoamericanos. Su penetrante mirada crítica ha acompañado no solo escrituras sino especialmente ha instalado una manera cultural de leer asociada a nudos o a problemas o aristas en las que se teje una realidad social de la que emana la literatura. Pero pensando en un sentido inverso o desde otra perspectiva, se podría señalar que el trabajo de Ludmer se funda en una arquitectura que reorganiza corpus literarios, les confiere un diseño y una espacialidad renovada. Desde una articulación otra, híper construida, incita las obras a dialogar, permite desplazamientos sorpresivos que van tramando un horizonte siempre móvil y movilizador de las problemáticas históricas y técnicas entre las que ha transcurrido y transcurre lo que entendemos por literatura latinoamericana.

A lo largo de los años en que se ha formulado su trabajo crítico, Josefina Ludmer se ha desplazado no solo por los territorios simbólicos literarios sino también por los espacios más concretos de vida y producción de saber. Desde la provincia de Córdoba donde nació hasta la Universidad de Rosario, desde Rosario a Buenos Aires en los momentos en que la política argentina experimentaba sucesivas crisis pero también los ecos de los impactantes cambios culturales y sociales de los 60 y 70 que buscaban emancipar la histórica represión y dominio sobre los cuerpos.

Años en que un estadio político-
cultural buscaba interceptar y repactar las relaciones de producción, pero en ese impetuoso tránsito de vida, no se puede obviar los efectos del dramático golpe de Estado argentino del 76 que aún circula por los imaginarios sociales del mundo por su ensañado y feroz proceder. Esos mismos años en que Josefina Ludmer se quedó en Buenos Aires y formó parte activa y primordial de la llamada “Universidad de las Catacumbas”.

Recientemente Josefina Ludmer ha sido investida con un doctorado Honoris Causa por la poderosa Universidad de Buenos Aires, esa misma universidad que salió de las “catacumbas” y en la que durante el retorno a la democracia y bajo el gobierno de Raúl Alfonsín, abrió sus puertas sin restricciones para posibilitar el acceso masivo (público y gratuito) de los estudiantes. Josefina Ludmer, entre otros destacados intelectuales y críticos, llegó a trabajar con 700 estudiantes en cada una de sus clases.

Esos actos de saber con una participación estudiantil multitudinaria dieron cuenta de una cultura académica asombrosa, política y especialmente poética.

No puedo dejar de mencionar en esta presentación el desplazamiento de Josefina Ludmer a una de las universidades más prestigiosas e influyentes del mundo en el área del saber como es Yale. Después de su permanencia por aproximadamente una década, decidió volver a Buenos Aires.

Me parece necesario poner de manifiesto que desde la Universidad de Yale la impronta de esta crítica se ha diseminado en la formación intelectual de nuevos pensadores que hoy amplían las redes analíticas como el chileno Daniel Noemi, radicado en Estados Unidos, uno de los críticos literarios más finos y propositivos del presente.

Por supuesto la trayectoria de Josefina Ludmer ha estado regida por sus aciertos de lectura. Entre sus libros destacan El género gauchesco: Un tratado sobre la patria, El cuerpo del delito: Un manual, textos que constituyen un material obligado para los estudios del campo. Hoy, en esta siempre insuficiente presentación me gustaría detenerme en las redes generales en que se articula su último libro Aquí América Latina, que pone de relieve la nueva realidad tecnológica en la que se cursan los poderes y las relaciones socioculturales que atraviesan el presente.

De manera ultracreativa, Josefina Ludmer se propuso detenerse en la convencionalidad del tiempo y leer el año 2000, un año simbólico que puso en marcha el siglo que hoy nos consume, un año en que ella se instaló en Buenos Aires desde un paréntesis de su vida en Estados Unidos, el mismo año en que se estaba incubando una de las crisis más agudas que iba a precipitar una peligrosa caída de la institucionalidad argentina, esa debacle económica y política que puso final anticipado al mandato del Presidente Fernando de la Rúa.

En ese contexto, la autora de Aquí América Latina se propuso transitar su ejercicio crítico siguiendo el protocolo del diario. Lo hizo acudiendo al yo, pero también a una diversidad de territorios: la ciudad y sus cafés, la prensa, la televisión y el aparato editorial.

Esa es la escenografía de un texto que propuso la especulación en su sentido más liberador para activar y estallar flujos teóricos. Allí radica su punto de partida y la localización crítica.

Desde allí Ludmer emprende un viaje verdaderamente vertiginoso por literaturas radicadas en distintas geografías, un viaje que recoge teorías y pensadores para ingresar así en la “fábrica de realidad”.

Es necesario insistir en que Josefina Ludmer es una de las críticas más influyentes de nuestro tiempo, lo es por su audacia y por su lucidez, por el riesgo de arriesgar, de nombrar los fundamentos que ordenan espacios fundamentales. Porque –y sigo aquí el trazado de su libro Aquí América Latina– se trata también de elaborar de un trabajo cultural de proporciones, un trabajo de restitución y creación de sentidos, porque según la autora si Latinoamérica está signada por su secundariedad “no se puede no imaginar desde aquí algún tipo de resistencia y de negatividad; no se puede siempre perder”.



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