“Razones para la lectura. Para ser inteligente, para creerse inteligente, para sentirse inteligente. Para no estar solo, para estar solo, porque más que solo vale estar mal acompañado, aunque mucho se diga que no hay libro malo. Porque hace frío ahí fuera, porque llueve sobre el corazón y gusta ver la tinta sobre los campos de nieve…
Por sed, por hambre, por tierra, mar y aire. Para mirarse en el espejo, por reflejo incondicionado, para conocer quién nos habla desde el otro lado del espejo... Porque queremos ver y que nos vean, y sin embargo qué morbo da la “cita a ciegas” (el autor pone la alcoba, el editor la casa, el narrador es el que la luz apaga).
Para ver el humo que avisa dónde está el fuego. Para tener la libertad que no tiene el solitario… Porque puedes estar en misa y repicando, nadar y guardar la ropa, ser Caín y el guardián de tu hermano. Porque si no se las lleva el viento, arden las palabras. Por pie quebrado y tan callado. Para conocer la voz de mi amo y para ver si de una vez alcanzo el silencio. Para ser el enfermo y el psiquiatra.
… Por punto de partida y de hoja en hoja, y leo porque me toca. Porque hay vida más allá del punto y aparte y es sano andar a pie de página… Para jugar con fuego y no salir quemado. Porque la letra con letra entra… Porque entre todos los libros que he leído nunca he leído aquel entre cuyas letras desfallecieron de amor Paolo y Francesca.
Para tirar la mano, esconder la piedra y mojar el pan en sangre ajena… Para acabar con la propiedad privada de mis palabras. Porque si echas cuentas te sale a cuento y hasta te sobran dos quijotes y medio sancho. Y por los libros de los libros, mal o bien, pero amén”.
Estas “razones para la lectura”, que suenan a rezo, o a manifiesto, y que me interpretan pero me asustan, porque cuando todo está bien nadie escribe rezos ni manifiestos, son de Constantino Bértolo, editor por vocación o maldición, según se mire. Este hombre no es catalán, para variar un poco, sino gallego. No le gusta la literatura “simpática” y cree que un juicio literario es siempre y por definición un juicio político. También cree que un compromiso es siempre con alguien, y con alguien que pueda reclamar el cumplimiento de ese compromiso, de ahí que frases como compromiso con uno mismo, o compromiso con la literatura, o compromiso con el lenguaje le parezcan “vacías y lamentables”.
Fue crítico literario en El País, dirigió la editorial Debate (donde tan interesante es saber lo que publicó como lo que no quiso publicar), y desde 2004 está a cargo de Caballo de Troya, un sello del grupo Random House Mondadori cuyo nombre es cualquier cosa menos inocente. Caballo de Troya es una editorial destinada a ser traicionada, porque publica solo una o dos obras de autores que, si demuestran ser caballos ganadores, subirán de handicap y serán tentados con apuestas más altas. Eso no importa ahora. En realidad no ha importado nunca.
De Constantino Bértolo guardo el siguiente recuerdo personal. Hace muchos, muchos años, en un reino muy, muy lejano, una joven estudiante de bolsillo flaco compró un librito en una librería de saldo de Barcelona. Corte, segunda escena, trabajo en la oficina chilena de un grupo editorial barcelonés, uno de esos grandes, con edificio de varios pisos, muchos sellos, colecciones, diarios, revistas, multimedios, multicosas, con sus consiguientes gerentes y subgerentes y multigerentes de cosas. Un día se me ocurre rescatar un título del fondo editorial. Era ese librito que yo atesoraba por haberlo comprado en mis tiempos de estudiante de bolsillo flaco, en una librería de saldo en Barcelona. Qué feliz coincidencia, me dije, pensando que les parecería una gran idea. El libro era bueno, lo que ya podría ir siendo argumento principal y suficiente, y además había toda una retórica cooperativa en la empresa de marras, que podría resumirles más o menos así: queridas sucursales de ultramar, nos encanta oírles, valoramos tanto sus ideas, uno para todos, todos para uno, etcétera, etcétera.
Pues bien, la misma gran editorial que había publicado este título, digamos quince años atrás, no guardaba ningún registro de él, ni personal ni institucional. Nadie sabía de qué se trataba, nadie lo recordaba, no había ningún ejemplar de ese libro en todo ese edificio lleno de oficinas sin libros. Es que está descatalogado, me dijeron. No, ya sé, por eso estoy proponiendo que lo vuelvan a sacar. ¿Y no tienen por ahí una biblioteca de primeras ediciones?; digo, para saber lo que la editorial ha publicado a lo largo de su historia. ¿No? No. ¿Una bodega con escobas viejas y acaso estos libros que ya nadie extraña? ¿No? No. Al final, para que los dejara tranquilos me dijeron pregúntale a Bértolo, parece que él hizo el prólogo. No pasó nada con mi súper idea de colaboración transoceánica, pero lo que importa es que Bértolo sí sabía, sí se acordaba, y sin tener vela en ese entierro me dio la clave para entender tanta desmemoria.
Dios me libre de endiosar la figura del editor, y cualquier otra ya que estamos, pero en estos tiempos extraños algo tan simple como un editor que lea, y que por lo tanto recuerde, y que por lo tanto pueda opinar, y que por lo tanto pueda ser un líder de opinión, no es la norma. Un editor norteamericano habla de la era dorada de la edición –el Estados Unidos de los años cincuenta– como una en que hombres de tweed se publicaban entre ellos. A ese escenario cerrado, que por lo demás ya no existe, se le pueden criticar muchas cosas, pero al menos esos hombres de tweed sabían lo que publicaban, tenían un compromiso y no era solo entre ellos, y jamás habrían cometido la vulgaridad de desconocer su historia.
Por todas partes oímos de las terribles amenazas que se ciernen sobre el mundo del libro –aparatitos en competencia despiadada con otros aparatitos, la piratería, la gente que ya no lee, la crisis, el cuco, el cuco–, y creo que una respuesta a esta incertidumbre, no la única pero una respuesta, es más editores, no menos como se augura; pero más editores que se tomen en serio, no secretarios personales de escritores, ni copiadores profesionales de tendencias, ni seudofuncionarios que no leen lo que publican porque, entre reunión y reunión, entre planilla y planilla, quién tiene tiempo.
En La cena de los notables, Bértolo sostiene que hay un equívoco en pensar que es el crítico literario el puente, el intermediario entre el autor y los lectores: ése es el papel del editor, en realidad. Si creemos que la única fuente de legitimidad de la escritura es la comunidad –porque es la única que puede aceptar el acto de desigualdad que implica que uno hable mientras otros escuchan–, un texto privado es irrelevante hasta que no es hecho público, puesto en circulación, empaquetado y presentado de una determinada manera.
Por eso el concepto de responsabilidad es clave (y de eso se trata La cena de los notables). Bértolo habla del lugar del crítico, pero lo que dice se aplica al editor, que también es “un lector que se vigila, que vigila la lectura que está haciendo… porque acepta que alguien le puede pedir responsabilidades por el uso que haga del espacio público que la comunidad le deja ocupar… Como ciudadano común que es, tendrá sus propios intereses y prejuicios, pero está obligado a conocerlos y a controlarlos. Si por los motivos que sean estos intereses intervienen…, su lectura será fraudulenta”.
Pareciera que le estoy dando demasiada importancia al papel del editor, “barriendo para la casa” como se dice; pero no es eso. Lo dijo mejor que yo no un escritor, ni un sacerdote ni un filósofo sino un cómico, Jon Stewart, que como buen humorista es muy inteligente y tiene opinión. Dijo Stewart, hablando de la dimensión política de su trabajo: “Uno quiere darle al mundo algo que sea luminoso, no oscurecedor. Pero yo sé la diferencia entre el verdadero cambio social y lo que nosotros hacemos. ¿Sabes lo que nosotros hacemos? Fertilizamos el suelo. Tenemos que ser capaces de añadir fertilizante al suelo para que la gente venga y cultive sus propias ideas”.
Vivimos tiempos inciertos y nadie sabe qué pasará con el libro, ésa es la verdad. La industria se reacomodará seguramente, aunque no sería malo que sufriera un remezón tan fuerte que la dejase en los huesos, así nos veríamos obligados a empezar todo de nuevo, con menos planillas y más ideas.
Sobre el objeto en sí, lo que importa pensar es qué es lo propio, lo único del libro, qué perdemos si perdemos su forma tradicional. Quizás nada, quizás una disposición de ánimo, un modo de concentrarse, una gratificación menos inmediata; no sé, no lo sabemos.
Lo que sí sabemos es esto: si en el siglo XX la pregunta que importaba era qué autores publicar, y a qué precio, ahora que la oferta de títulos ya es casi infinita, y el precio del contenido digital tenderá a ser cero, la pregunta editorial que importa es la que siempre debió haber sido: qué quiere la comunidad, qué necesita. En el lenguaje del mercado, eso significa controlar la demanda, puesto que ya no se podrá controlar la oferta. Pero para el editor responsable eso significa estar dispuesto a rebelarse contra esta nueva clase de control, y solo podrá hacerlo si tiene una postura clara, si no se resta del debate público, si organiza de forma responsable el conocimiento que le toca trasmitir, si pone en circulación los textos que la sociedad necesita en un momento determinado.
La tarea del editor es fertilizar el suelo. Leer es un afán solitario, pero hacer libros es una responsabilidad social. Porque necesitamos ver el humo que avisa dónde está el fuego, y acabar con la propiedad privada de las palabras. Creo que Constantino Bértolo lo tiene claro.