Mi punto de partida es una cita de “Los mitos de Cthulhu” –no de Lovecraft, sino de Roberto Bolaño:
Hay una pregunta retórica que me gustaría que alguien me contestara: ¿Por qué Pérez Reverte o Vázquez Figueroa o cualquier otro autor de éxito [...] venden tanto? ¿Solo porque son amenos y claros? ¿Solo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden solo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. (El Gaucho insufrible 162)
Entiendo así la cita: las historias que se entienden son las que permiten al lector que se diga: ya sé de qué se trata; ya veo más o menos adonde va la historia. Entender, en este contexto polémico, sería asimilar el libro a un molde genérico o extraer de él un mensaje unívoco y cómodo.
Bolaño escribe ficciones que mantienen al lector en vilo sin ser entendibles en este sentido. Estoy tentado de decir: así funciona la buena literatura. Pero sería una afirmación demasiado general y fingidamente objetiva. Diría más bien que muchas de las obras narrativas que admiro comparten estas dos características –tensión narrativa y resistencia al entendimiento– y no mucho más. En esta conferencia voy a reflexionar sobre las diversas maneras en que las ficciones mantienen al lector en vilo sin dejarse entender, tomando mis ejemplos principalmente de tres novelas latinoamericanas de finales del último siglo y de comienzos de éste, novelas que giran alrededor de persecuciones, identificaciones y reconocimientos: Estrella distante (1996) de Bolaño, La orilla africana (1999) de Rodrigo Rey Rosa y La villa (2001) de César Aira.
Estrella distante es la historia de un poeta chileno exiliado contratado por un detective para ayudar a localizar e identificar a otro poeta chileno, ex oficial de las fuerzas aéreas y asesino en serie. La Orilla africana es la historia de un turista colombiano que pierde su pasaporte en Tánger. Cuando tiene su nuevo pasaporte y está a punto de salir, se enfrenta con un misterioso perseguidor que quiere robarle el documento y su identidad. La villa es la historia de un joven culturista bonaerense y de su hermana, ambos perseguidos por un policía corrupto que ha usurpado la identidad de un tocayo y es perseguido a su vez por una jueza mediática.
El lector que está en vilo goza o sufre de un estado inestable: quiere saber, y va haciéndose preguntas y movilizando hipótesis sobre varios aspectos de la historia. Según un estudio reciente de Raphaël Baroni (La Tension narrative, Seuil, 2007) tres mecanismos fundamentales generan la tensión narrativa: el suspenso, la curiosidad y la sorpresa.
El suspenso, por supuesto, es lo que siente el lector cuando un acontecimiento puede llevar a consecuencias importantes para un personaje de la ficción. Nos preguntamos ¿qué va a pasar? Hacemos pronósticos. Es una tensión que se orienta hacia el futuro de la historia.
La curiosidad, por el contrario, depende de algo encubierto o dejado en silencio por la parte anterior del relato. El texto tiene que señalar la ausencia de ese “algo” para que el lector se dé cuenta de que hay un hueco significativo. La curiosidad se orienta hacia el pasado de la historia (“¿qué pasó?”), y también hacia el presente (“¿qué está pasando?”). Estas preguntas generan diagnósticos.
A diferencia del suspenso y de la curiosidad, la sorpresa es una emoción efímera. Por eso, no puede configurar una trama, si bien acompaña la tensión narrativa y a veces la acentúa (297). Dije que la curiosidad se orienta hacia el pasado de la historia, pero tanto la curiosidad como el suspenso polarizan la interpretación hacia lo que está por relatar, mientras que la sorpresa, según Baroni, lleva al lector a reconsiderar una parte de lo que ya se ha relatado. El lector se ve obligado a reevaluar los presupuestos que fundaron su anticipación errónea. La actividad cognitiva característica de la sorpresa no es un pronóstico ni un diagnóstico, sino un cuestionamiento que puede resultar en lo que Baroni llama una “re-cognición”, no el simple reconocimiento de un objeto o personaje sino una transformación del sentido ya actualizado (299).
En la mayoría de las novelas, el suspenso, la curiosidad y la sorpresa se trenzan y se turnan para mantener la tensión narrativa. Así funcionan las tres novelas de las cuales tomaré mis ejemplos, pero a riesgo de esquematizar, enfocaré el suspenso en Bolaño, la curiosidad en Rey Rosa y la sorpresa en Aira.
Bolaño y el suspenso
Por razones obvias, se ha hablado mucho del detective como figura clave en la ficción de Bolaño. Sus detectives se parecen más a Philip Marlowe que a Hercule Poirot o a Sherlock Holmes. Son detectives de novela negra, más que de novela de enigma. Claro que hay enigmas: ¿Quiénes recogen los testimonios en la segunda parte de Los detectives salvajes? ¿Qué hay en los cuadernos de Cesárea Tinajero, leídos por Juan García Madero en las últimas páginas de la misma novela? ¿Quiénes están detrás de los asesinatos de mujeres en Santa Teresa en 2666? Pero más importantes para el mantenimiento de la tensión son las preguntas orientadas hacia el futuro, preguntas que subrayan el parecido estructural entre las dos meganovelas de Bolaño: ¿Terminarán Belano y Lima por encontrar en Sonora a la poeta desaparecida? ¿Terminarán los críticos por encontrar en Sonora al novelista huraño Benno Von Archimboldi?
En Estrella distante, sabemos desde el primer capítulo quién es el culpable de los asesinatos de mujeres: Carlos Wieder, que al comienzo se hace llamar Alberto Ruiz-Tagle (29-33). El relato va desgranando enigmas menores suscitados por los esfuerzos del narrador y su amigo Bibiano O’Ryan por reconstruir la vida de Wieder, pero son más bien de orden erudito. Por ejemplo ¿es o no el autor de las obras reunidas en el misterioso apartado encontrado por Bibiano en los Archivos de la Biblioteca Nacional? (104) Más que de esos enigmas, quedamos pendientes de las interrogantes siguientes. ¿Terminarán los poetas detectives, y el detective de verdad, Abel Romero, por encontrar a Wieder? ¿Quedarán impunes sus crímenes?
Las escenas más tensas de la novela son aquellas en que uno de los detectives se aproxima a Wieder, figura del mal absoluto: primero Bibiano, cuando visita a Ruiz-Tagle en su departamento antes del golpe de Estado (16-19); luego el narrador, cuando lo identifica en un bar (151-53); y finalmente Romero, cuando se enfrenta con él en su departamento en Lloret (154-56). Son escenas de suspenso puro, que se incrustan en la memoria. De la segunda, Marcelo Cohen ha escrito: “Solo los sudacas saben que ése es el mejor escenario para demorar lo peor, y solo un buen escritor podía descubrir que así, por allí precisamente pasan sin apuro la gloria y el frío del mundo” (35). Demorar lo peor: la fórmula de Cohen capta bien lo que hace Bolaño en esas escenas: desacelera la acción –rasgo típico del suspenso (Baroni 270)– intercalando detalles descriptivos en una secuencia de acciones preestablecida por la versión corta de la misma historia en La literatura nazi en América.
Bibiano, el narrador y Romero corren peligro por el simple hecho de acercarse a Wieder, que es capaz de cualquier atrocidad, pero en la ficción de Bolaño el suspenso puede hacerse sentir mucho antes de que el peligro se defina. Como saben todos sus lectores, Bolaño es experto en la instalación de atmósferas de amenaza vaga. En el curso de sus relatos, la amenaza va concretándose, y muchas veces culmina en enfrentamientos, que claramente deben algo a las peleas de Borges, en las que la inminencia de la muerte violenta acarrea una revelación que da sentido retrospectivamente a toda la vida del protagonista. En “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, Borges escribe: “Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche en que por fin oyó su nombre [...] Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe quién es” (562). En Ficciones y El Aleph el enfrentamiento violento es una epifanía de la identidad, y marca una transmutación del suspenso en curiosidad. De la pregunta ¿quién saldrá victorioso? pasamos a la pregunta ¿qué es la verdadera identidad del protagonista? ¿Quién ha sido sin saberlo? Pero, pese a los ecos indudables, no es así que funcionan la mayoría de la peleas en las ficciones de Bolaño.
En Estrella distante el enfrentamiento entre el detective Romero y Wieder no se relata directamente: el narrador espera a Romero en un parque mientras que éste rinde visita al poeta piloto en su departamento. Los hechos violentos suceden en una habitación cerrada a la que no tenemos acceso. Terminan con la vida de Wieder, pero no cambian la de Romero más allá de mejorar sus circunstancias económicas. Ninguno de los contrincantes necesita pelearse para saber quién es. No hay epifanía; no se revela el sentido de una vida. La tensión narrativa sigue orientándose hacia adelante: ¿cómo van a despedirse el detective y el poeta después de este asunto espantoso?