Inicio / Detalle
enviar por e-mailenviar por e-mailimprimirenviar por e-mailenviar por e-mailenviar a facebook
PERFIL

La firma de Pepo

Pedro Peirano

La firma de Pepo

No es posible hablar de Pepo sin mencionar de inmediato a Condorito. Difícil tratar de apartar de la vista aunque sea un poco al pajarraco para intentar apreciar la obra y el talento del hombre que lo creó. Es obvio el porqué. Ya no existe Pepo, el acuarelista excepcional, humorista político, pícaro o deportivo, brillante comentarista social, y nada nos une al mundo en que desarrolló sus habilidades... salvo el personaje que lo sobrevivió, por transformado que esté en sus afanes de globalización. Y aunque Condorito no sea ahora más que un remedo de aquella creación cincuentera, el hecho de que aún respire indica que remeda algo robusto, algo que podríamos llamar la esencia del arte de Pepo, una fuerza de genuina honestidad y sarcástico deleite que se cuela aquí y allá en los chistes pasteurizados que ahora pueblan sus páginas.


Topaze

Pepo, o René Ríos Boettinger, era un artista de aquella época de oro del dibujo nacional, es decir, no era un artista. Era un artesano, un obrero, un humorista, que utilizaba su arte como los cómicos su voz estrepitosa, sin demasiada conciencia de su obra ni nada parecido, en un mundo –los años 30, 40, 50– en que los dibujantes existían porque tenían que existir, sin mediar para ello la más mínima nostalgia o gran valoración estética. El dibujo, simplemente, era. Los dibujantes, para la industria editorial, eran absolutamente necesarios. La fotografía era un lujo escaso, e ilustrar noticias y publicitar productos fueron tarea natural para los trabajadores del pincel por décadas. Por otro lado, una tradición cómica madurada a finales del siglo XIX, daba a los dibujantes una responsabilidad aún mayor. Eran ellos los que llevaban el peso de la sátira política y social. Sin televisión, con la radio en sus albores, las revistas y periódicos y las caricaturas que los poblaban dominaban ese espacio, estaban en boca de todos, provocaban escándalos, carcajadas y furias. Eran, por lo demás, más sencillas de entender y más atractivas de consumir en un país semianalfabeto.

Pepo irrumpió en escena a los 21 años, en julio de 1932, un buen año para un joven dibujante de talento: poco antes el legendario Jorge “Coke” Délano había creado la que sería la revista de sátira política más famosa de Chile, Topaze. Pepo fue reclutado –a 80 pesos la semana– amén de mostrar sus dotes, mayores de las que tenía, al parecer, para su abandonada carrera de Medicina. Allá en Concepción, dibujaba desde pequeño e incluso había publicado algunas cosas. Lo primero fue la caricatura de un canillita que su mismo padre llevó, henchido, al diario El Sur. Era una humorada, claro. El dibujar no era bien visto, menos para el hijo de un doctor reputado. “No es una profesión seria. Es algo destinado a la risa”, decía, refiriéndose al joven Pepo, Las Últimas Noticias: “Y una cosa que causa risa en nuestra ciudad de Santiago, es algo que no da una posición social, ni una fortuna”.

Al principio de su carrera en Santiago, los dibujos de R. Ríos B. o “Ríos”, como firmaba por entonces, eran planos, simples y con un aire tosco, como los de la mayoría de sus colegas. “Sí..., no está mal, no está mal”, dice que le dijo Coke, “pero falta que ejercites más, que sueltes tu mano...” Evidentemente imitaba el estilo de su jefe, que era un buen caricaturista pero, como los años dirían, de ostensible menor habilidad que su discípulo. Para perfeccionarse, se metió a estudiar Bellas Artes.

Como casi todos los dibujantes de Topaze, Ríos tuvo que encargarse usualmente del legendario Verdejo, el Cantinflas chileno por entonces, un personaje desdentado y vestido con harapos que Coke describía así: “Juan Verdejo es el roto aniñado que sufre pellejerías y siempre ve la vida bajo un prisma alegre. Es el roto ocurrente y dicharachero que se mete en todo y que se ha colado de rondón en nuestra revista, con las manos en los bolsillos y silbando una canción popular”. Una descripción que, poco menos de 20 años después, encarnaría perfectamente Condorito, convirtiendo al tal Verdejo en mero material de museo. Pero aunque éstos debieron ser sin duda los primeros ensayos de Pepo con un tipo condoritiano, es obvio que su obra posterior no es un robo. El “roto aniñado” es un mito necesario en todos los rincones de Latinoamérica pero, como veremos, Pepo daría al suyo un contexto más grande, profundo e interesante que lo que nunca logró Verdejo en aquellos chistes de corte político.


Caricaturas y acuarelas

Pero en Topaze, Pepo estaba lejos aún de su más famosa creación. Era, más bien, un ilustrador prolífico –mientras más producía, más le pagaban– que comenzó a destacar en dos disciplinas. A medida que desarrollaba su estilo, se hizo evidente en él la facilidad para la caricatura propiamente dicha, el arte, digamos, de resumir un rostro exagerando sus rasgos esenciales. No todo dibujante es buen caricaturista. Esta cualidad habla del hombre que fue Pepo, de su curiosidad respecto al mundo que lo rodeaba. Siempre andaba con su lápiz y su block, y en cada comida o reunión tomaba apuntes de los rasgos de los hombres públicos. Copiar una fotografía no le bastaba. “No le agrega alma al asunto”, decía. Era, realmente, un insuperable observador de tipos humanos, no se le escapaba una nariz, mentón, corrida de dientes, forma o calidad del cabello. Esta capacidad de reducción cómica no se restringía, por cierto, a los rostros. Pepo era un espléndido caricaturista de cuerpos, posiciones, gestos, actitudes. Y lo que rodeaba a sus personajes no era para él simple fondo. Podía caricaturizar una calle llena de hoyos o una casa poblacional tan brillantemente como al presidente González Videla.

Otro arte que Pepo aprendió fue el de la acuarela, un medio indispensable para los ilustradores de antaño. Su economía y rapidez de secado la hacían favorita para quienes debían llenar páginas lo más veloz y estilosamente que pudieran. Pepo dominó ese medio, realmente, más allá de su deber. Ver una de sus acuarelas en alguna portada de la revista Pingüino o, con suerte, un original, es siempre una experiencia para quienes aprecian estas cosas. Esas hermosas pinturas cuyo único objetivo es ilustrar un más bien cándido chiste cochino, son verdaderas obras de precisión. El dinamismo del movimiento, la magnífica utilización de luces y sombras, la espontaneidad y viveza de los rostros resultan casi irritantes. ¡Sólo se trata de una revista picarona, y ahí tienen una, dos, diez, cien acuarelas magistrales!


Los presidentes

Para sus primeros esfuerzos en las lides del cómic, Pepo usó a los presidentes de turno como personajes. Cuando, durante el gobierno de su tío, Juan Antonio Ríos, realizó una historieta de cuatro viñetas denominada, en honor al mandatario, “El Jefe”, estaba creando lo que se considera la primera historieta política nacional. Ríos se ofuscó tanto por las aventuras que su sobrino le atribuía, que estuvo a punto de relegarlo a Chiloé por un chiste aparecido en la revista Saca Pica, cuya edición completa mandó retirar. Lo paradójico es que Pepo no estaba demasiado interesado en la política y odiaba estas polémicas, que muchas veces eran resultado de los guiones de Jenaro Prieto, Santiago del Campo u otros escritores que colaboraban en la revista.

Pepo llamaba a los políticos las “víctimas” de Topaze. Bautizó a su versión de Pedro Aguirre Cerda como “Don Pedrito” o “Don Sonámbulo”, y se encargó de dibujarlo porque nadie más quería, “era tan feíto, el pobre”. Cuando le tocó el turno a Gabriel González Videla, “Don Gabito”, se dedicó a dejar en evidencia la poca solemnidad del radical y su predilección por los viajes y las fiestas. Videla estaba feliz. “Me capta tan bien, que logra mostrar mis más reservados propósitos”, declaró una vez. Los dibujos de Pepo comenzaron a hacerse conocidos en revistas extranjeras, como Bon Humor de Sao Paulo, Em Paris e Interamerican de Estados Unidos. El Círculo de Periodistas le entregó en 1948 el Primer Premio a la Mejor Caricatura Política. Sin embargo, algunos de sus personajes secundarios empezaron a llamar la atención por sobre todos los demás, y no precisamente por su acidez política: las mujeres.





Comenta este Artículo
Nombre
Se necesita un valor.
Comentario
  Se necesita un valor.
Secciones
PERFIL
ENTREVISTA
PRIMERA PERSONA
PUNTO SEGUIDO
CROQUIS
COLUMNAS
VITRINA
RESEÑAS
EL SPOT DE MI VIDA
CÁTEDRA BOLAÑO

AUTORES
nÚmeros