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CÁTEDRA BOLAÑO

Sobre Manuel Puig: la zona íntima

Alan Pauls

Juro que el 5 de mayo del año pasado, en la sala tres del complejo Cinemark Palermo, de boca de una señora que acababa de sentarse en la fila de atrás, exactamente a mis espaldas, con un hombre que, a juzgar por la mezcla perfecta de fastidio, soberbia e indiferencia con que le hablaba, no podía ser otra cosa que su marido —juro que oí, palabras más, palabras menos, decir esto:


Entrar en la lógica de otra persona es imposible. Es como cuando ves una película: tenés que entrar en el lenguaje del director, no pensar como a vos te parece que deberían ser las cosas.


Se preguntarán ustedes por qué pongo tanto énfasis en jurarlo. Como si tropezar con una ráfaga de perspicacia en un cine de Buenos Aires fuera algo tan sobrenatural como la resurrección de un muerto o el cese de la rotación de la tierra. Pero sucede esto. Yo tenía entonces conmigo mi ejemplar de Cae la noche tropical, la última novela que publicó Manuel Puig, que por entonces releía y había llevado al cine un poco a modo de talismán, como hago siempre que voy a ver películas de las que sé poco o nada de antemano, por si la película que había elegido entonces, una biografía imaginaria de la fotógrafa norteamericana Diane Arbus, me resultaba insoportable. No me resultó insoportable. Ninguna película en la que Nicole Kidman se obstine en hacer de fea puede resultar insoportable. Pero ¿qué habría pasado si lo hubiera sido? Yo también me lo pregunto. Me lo pregunto siempre que me descubro yendo al cine sin saber bien qué voy a ver con un libro que sé que me gusta. Me pregunto: a ver ¿qué voy a hacer? ¿Me voy a poner a leer en la oscuridad en señal de protesta, a la luz de la linternita que le habré robado al acomodador? ¿Voy a estrellar el libro contra la pantalla? ¿Voy a usarlo para golpear al proyectorista, por cómplice, o a mis compañeros de fila, por necios, por no darse cuenta de la humillación a la que están siendo sometidos?

Esa tarde, sin embargo, despuntó algo así como una explicación. Tal vez lleve libros al cine, pensé, para no tener que abrirlos, para corroborar una vez más su condición de objetos mágicos: para que lo que encierran –palabras, historias, mundos– se haga oír y me llegue pero dicho desde afuera, dicho por boca de lo real, como quien dice, y me riegue como me regó la voz de la señora de la fila de atrás cuando afirmaba descreer, con bastante buen tino, por otra parte, dado el abismo que parecía separarla de la persona a la que se lo decía, sentada a menos de diez centímetros de ella, de toda posibilidad de “entrar en la lógica de otra persona”. (Manuel Puig es un escritor imbatible a la hora de producir ese efecto alucinatorio: todo lo que escribe es real –es decir: radicalmente antirrealista–, de modo que el mundo parece ser a la vez la fuente original de emisión y el espacio de resonancia de lo que escribe). Lo que quiero decir es que la frase de la señora del Cinemark Palermo me golpeó: parecía salir directamente de la novela Cae la noche tropical. Parecía poder haber sido dicha por Nidia o por Luci, las dos señoras mayores, las dos hermanas que Puig pone a conversar a lo largo de 250 páginas en un departamento de clase media de Río de Janeiro. A tal punto parecía una frase de la novela –y cuando digo “frase” podría decir “razonamiento”, “argumentación”, “lógica”, incluso “fantasma”– que, aun azorado como estaba, me negué a darme vuelta en mi butaca, me negué a ver qué cara tenía la señora que acababa de pronunciarla. No quería hacer cine: no quería montar la frase con un rostro. Quería hacer literatura: quería que la frase fuera la invención, la revelación pura de una voz, como son todas las frases en las novelas de Manuel Puig.

Si Puig es grande a la hora de saquear intimidades, nunca es tan grande como cuando las inventa. Porque el secreto, a fin de cuentas, importa siempre poco; es algo que no dura mucho, que chisporrotea y se extingue -si es que hay secreto, por otra parte, que no sea siempre ya un secreto a voces, es decir: una verdad indecible, pero indecible porque siempre de algún modo ya está dicha, entredicha, articulada a media voz.



Como la señora del Cinemark Palermo, que hablaba sin duda de una hija, o un hijo, o una hermana, en todo caso alguien que de tan familiar y cercano le resultaba evidentemente inaccesible, Nidia y Luci, lejos de Buenos Aires, donde han dejado a sus familias, charlan también de aquello que tienen más cerca; charlan de Silvia, una vecina argentina bastante más joven, psicoanalista, exiliada durante el gobierno de Isabel Perón luego de recibir un par de llamados perentorios de la organización paramilitar Triple A (la acción de la novela transcurre a fines de los años 80) –charlan de Silvia, decía, cuya zigzagueante vida sentimental acechan con fervor, comentan y hasta reviven en carne propia, como si sus vicisitudes, perfectamente reales, fueran tan intensas y dramáticas, estuvieran tan puestas en escena con vistas a conmover audiencias como las vicisitudes de la telenovela que por entonces ponían en el aire la red Manchette o la Globo. Como mi vecina del Cinemark, Nidia y Luci son dos devotas del chisme; es decir: dos recalcitrantes profesionales de la alteridad, y oscilan siempre entre dos polos: el escepticismo y la compulsión. Saben, por un lado, que Silvia es efectivamente “otra persona”, que su vida tiene una lógica propia, distinta de la que rige la vida de ellas, y que por lo tanto, tabicada por esas diferencias de edad, de experiencia, de cultura, como el espacio del edificio que comparten por las paredes, mal podría serles transparente, mal podría autorizar la inflación de hipótesis, inferencias y conclusiones que sacan de ella. Pero aun así, esa vida, Nidia y Luci no pueden parar de rastrearla, morderle los talones y palpitar la intensidad de sus avatares, que desmenuzan e interpretan con la insolencia de una autoridad no autorizada, versión macarrónica de la autoridad autorizada con la que Silvia, que es psicoanalista, interpreta a puertas cerradas los monólogos de sus pacientes. Nidia y Luci también piensan que “es imposible entrar en la lógica de otra persona”. Pero esa fatalidad, lejos de arredrarlas, no hace sino exasperar el interés, la avidez, la fruición con las que monitorean día y noche una vida que, empeñada en transcurrir sin ellas, aunque muy cerca de ellas, cada vez parece necesitarlas más.

Cae la noche tropical –como Sangre de amor correspondido, la otra novela “brasileña” de Puig– es una novela extrañamente despoblada de cultura. Aquí no hay cine, ni radio, ni televisión, ni boleros, ni tangos: ninguna de las influyentes matrices de la cultura de masas que en los libros de Puig suelen tramar historias, modelar comportamientos, asilar subjetividades y configurar los ecosistemas hiper artificiales en los que se mueven los personajes de la ficción. Todo lo que hay son recortes periodísticos, antologías de noticias de suplementos viejos de diarios que Luci lee o más bien “mira” por las noches, menos para enterarse de lo que pasa en el mundo que para conciliar el sueño o, como parece insinuarlo Puig, que reproduce los fragmentos en castellano, en el castellano específico en el que los lee Luci, castellano de lectora, no de hablante, donde brillan aún algunos fósiles de bilingüismo como midia, darkes, Ancla de los Reyes, Los guardabarros del éxito, para templar su destreza de traductora. Pero si no los añoramos, si toda esa prodigiosa enciclopedia de lenguajes populares, géneros, formas de comunicación y entretenimiento ya no nos hace falta, es porque Puig, más que dejarla de lado, la ha deshidratado, la ha reducido a su mínima expresión, una especie de fórmula sinóptica que pone al desnudo como nunca el grado de eficacia de su funcionamiento. El deseo de ver y de verse en otra escena, el impulso mimético, la voluntad de proyectar, identificarse, idealizarse en una pantalla poblada de formas y sombras, la necesidad imperiosa de usar y atravesar el relato de una experiencia ajena para poder hablar de sí, para articular una verdad personal que de otro modo quedaría sumergida en el silencio: todas las pulsiones que en las novelas de Puig solían abalanzarse y saciarse con las mitologías del cine de Hollywood, el imaginario de los géneros populares, el archivo sentimental del bolero o el melodrama, todas esas pulsiones a la vez irracionales y calculadas, brutales y estratégicas, ciegas y premeditadas, se abalanzan ahora sobre un objeto banal, tan austero y a la intemperie que hace temblar: la vida desnuda. Es la vida del otro, en este caso de la otra, Silvia, la que es ahora al mismo tiempo espectáculo ofrecido y pantalla blanca, ficción a consumir y libreto proyectivo, objeto de glosa y materia prima de autobiografía.

La vida ajena no es cualquier vida, ni es cualquier aspecto de cualquier vida. Es en principio la vida de una psicoanalista, alguien que, como dice la novela, está sedienta “de saber”, vive de “saber todo, hasta el último secreto” de sus pacientes. Y la dimensión específica de esa vida en la que se abisman Nidia y Luci es la dimensión de la intimidad: la más recóndita; la que florece en la reserva, lejos de la mirada del otro; la que sólo toleraría salir a la luz si se le garantizaran un contexto adecuado y máximos protocolos de discreción. He aquí, pues, en toda su desnudez, la fórmula narrativa de Cae la noche tropical: dos mujeres chismosas, sin vida, se alimentan día y noche de la vida de otra –“la de al lado”, como la llama la novela, haciendo trabajar la paradoja de cercanía y desconocimiento que pone en juego la relación de vecindad–, una mujer cuya profesión –al menos tal como la interpretan Luci y Nidia, que lo interpretan todo– consiste a su vez en incitar, indagar, escuchar, alimentarse –es decir: vivir– de los secretos más íntimos de los otros. El texto de la novela no dice exactamente “profesión”; dice algo más sospechoso, más desviado, más puiguiano; dice “deformación profesional”. Es por deformación profesional, en efecto, que Silvia –dicen las viejas– busca hacer con un pretendiente que la tiene a maltraer, y en el espacio no profesional de la experiencia amorosa, lo mismo que hace con sus pacientes en el contexto profesional del consultorio, en ese “lugar íntimo”, dice la novela, donde “nadie los ve”: “saberle todos los secretos”, “saber todo, hasta el último recuerdo que él [el pretendiente] cargaba en la memoria. Todo del pasado y todo del presente”.





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