Tuve señas de su nombre hace un tiempo, cuando hojeaba un libro de Paula Croci y Mariano Mayer, Biografía de la Piel. Esbozo para una enciclopedia del Tatuaje, de Perfil Libros. El texto, dedicado a María, forma parte de una serie que ella dirige –o dirigía–. Zigzagueando esa Biografía de la piel el azar hizo que me detuviera en un párrafo relacionado con los migrantes argentinos, entendidos a fines del XIX como una amenaza, asociados con el delito y la locura y, citan los autores: “María Moreno, pensando este momento de la historia, ve al puerto de la ciudad de Buenos Aires como ‘la gran vagina donde llegaban todos los microbios’”. Esas señas, como muchas que guardamos retaceadas en la memoria, no pasaron por la homeostasis del olvido como diría Jack Goody, pues la imagen de ese Buenos Aires vaginal y femenino tuvo para mí algo de esa sutil ironía con que a veces nos referimos a esas metáforas que nos afectan, en el doble sentido del término.
Me he encontrado ahora con María Moreno en Banco a la sombra, de Editorial Sudamericana. Se trata de un libro de plazas. Una colección de traslados que pueden leerse a la sombra de una escueta biografía que indica que María Moreno es María Cristina Forero, narradora y crítica cultural, periodista, que ha vertido su escritura en múltiples géneros –como ya hemos escuchado–. Pero, sobre todo, en este Banco la he ido siguiendo en sus periplos urbanos, mi ocupación quizás se alía con la suya en su empeño intercultural por contar las plazas. “El estudioso sobre el terreno de los espacios urbanos –dice Manuel Delgado– no hace otra cosa que sistematizar la actividad ordinaria de los viandantes, que consiste en permanecer por siempre atento a lo que ocurre, actividad ésta que puede incluso prescindir de los mínimos principios de discreción en el caso del flâneur o paseante ocioso o de quien ha decidido hacer un alto en su camino y sentarse en un banco o en la terraza de un café para explicitar que están entendiendo la vida pública –vida en público en espacios públicos– como lo que en última instancia no deja de ser: un espectáculo”.
No voy a reseñar Banco a la sombra, sino solamente saltar en él como en el luche dentro de un movimiento que quizás la propia María “emplazada” ha colocado como tejo a lectoras situadas, como es mi caso, desde Chile. Quiero hacer solamente dos aros en esta lectura. El primero, se relaciona con algo que no dejé de preguntarme cuando leí su libro: ¿hay en Chile textos escritos por mujeres similares al de María Moreno? ¿A qué autoras me evoca? Sin ser especialista, sino una antropóloga curiosa de la escritura femenina nuestra: no encuentro una hebra parecida, la Mistral a veces en sus recados, en sus relatos de viajes; la Lumpérica de Diamela Eltit que vive en una plaza-eriazo, pero no se desplaza; algunas décimas de Violeta Parra, algo de Rosa Araneda en la literatura de cordel. Pienso entonces en que la comparación es infructuosa precisamente porque en Chile lo urbano, la experiencia de la calle es algo reciente. A diferencia de los(as) argentinos(as) que, según dicen, viven –en su gran vagina– de la nostalgia migratoria europea, a nosotros(as) nos ataca la melancolía campesina, le tenemos miedo a la ciudad, y sin duda las pocas plazas que construimos son más bien evocadoras de la civilidad y sólo a veces responden al imaginario rural que nos acosa. Quizás por eso es gozoso el vagabundaje al que María nos lleva a la Plaza de Catalunya, a la de Navona, a la de San Marcos.
Pero, sobre todo es gozoso porque lo hace en clave de mujer andariega, y si pensamos que cambiar de lugar luego de haber logrado salir, son dos actos –en el sentido de Delgado– que conllevan estrategias emancipadoras, lo es más en el caso de las mujeres adscritas al territorio del domus. La conducta nomádica de la María de las plazas desencadena así una capacidad de pensarse a sí misma, de valorar, de un modo u otro, su situación. Pero también su conducta, en clave de Clifford, es la del viaje como traducción en la medida de su carácter literario y al mismo tiempo de localización, quien viaja compara y lo hace siempre desde un género, una clase, una etnicidad.
De todas las plazas la que más fascina es la de Taxco, la Plaza Bordal, pues la María viajera anuda allí la muerte, muchas muertes, pero sobre todo es la de su padre –ya sabemos ese complicado duelo de las hijas con el padre. “Quedé persuadida de que mi padre reaparecería por México, en esa coordenada totalmente ajena a su vida, y hasta sus sueños…” nos dice, y me parece que esa ajenidad es la que se va proponiendo como espacio de traducción intercultural. La mirada del otro –los niños tasqueños comerciantes– que construye a María como gringa, va esculpiendo una crónica-crítica sobre el turismo postcolonial, sobre las mitologías baratas del México profundo y mágico de las Enseñanzas de Don Juan. En esa plaza a la que se llega siempre, la plaza Bordal, sin embargo, la andariega encuentra su calavera, su cráneo de mazapán o chocolate, su nombre y el descubrimiento de su susto conversando con uno de los niños comerciantes: “¿Por qué me sigue un muerto? Me había confesado. Y con un pobre chico. Qué tontería…” se dijo, aunque ese niño será sin quererlo su guía. María llevó a ese viaje un loro que su progenitor le había regalado, amuleto, fetiche, trozo del padre que llevaba impresa la palabra Taxco. Quizás ese viaje de María era para retornar el amuleto paterno a su lugar con la idea de que “su recuerdo insistente, de algún modo, se apaciguaría allí”. Sin embargo, como es celebración de Muertos en la Plaza Bordal, la viajera ella misma como un ánima recorre los barrocos escenarios del mundo popular siguiendo al niño, haciendo el camino de las flores de cenpasúchitl, sin pisar sus pétalos amarillos, pero tras las huellas de una ofrenda desconocida. María supo en la Plaza Bordal que la “verdadera orfandad (es) no tener muertos” y entonces, supo también que tenía que dejar el trozo-loro-padre en el altar de una familia mexicana. “Nunca volví a buscar el loro de Forero”, termina su relato.
Las fronteras entre la crónica y la etnografía postmoderna son tenues cuando la escritura logra hacer comparecer los sonidos callejeros, los bares, las esquinas. María Moreno nos hace transitar las plazas, sus plazas, construyendo para nosotros(as) los(as) campesinos(as) nostálgicos e isleños el mosaico transcultural de sus andanzas por “los mundos”.
Por eso mi gratitud por la invitación a presentar a María Moreno, sin duda no podré dejar de leerla y sin duda me fijaré cada vez más en las plazas Quizás por allí ande sin su loro de forero, pero con sus ojos de ciudadana de esa gran vagina del otro lado de la cordillera.