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El pasaje puede explicarse de muchas maneras, porque el concepto de postautonomía incluye varios procesos conectados [o superpuestos] que se siguen o se producen uno al otro y que son claves de la cultura del presente. Por ejemplo: se borra la diferencia, tan marcada hasta los años 70, entre literatura fantástica o realista, literatura de la ciudad o del campo, literatura pura o literatura social, o hasta literatura nacional y cosmopolita. Nación y sociedad eran los ejes de la representación, que se borra un poco hoy con las ideas de éxodo, migraciones y transversalidades. Los binarismos se someten a procesos de fusiones y de multiplicaciones. Y hasta se borran los géneros literarios [una escritura posautónoma puede ser ensayo, poesía, novela, cuento policial y de ciencia ficción, todo al mismo tiempo]. También parecen terminarse los enfrentamientos entre escritores [que marcaron los años 60 en América Latina: los que apoyaban a la revolución cubana y los que no decían nada o condenaban la dictadura soviética. Hoy asistimos al fin de las luchas por el poder en el interior de la literatura. El fin del ‘campo’ de Bourdieu, porque se borran, formalmente y en ‘la realidad’, las identidades literarias, que también eran identidades políticas. Y entonces puede verse claramente que esas formas, clasificaciones, identidades, divisiones, géneros y guerras, solo podían funcionar en una literatura concebida como esfera autónoma o como campo, con oposiciones en su interior. Porque lo que dramatizaban era la lucha por el poder literario y por la definición del poder de la literatura. Esa lucha hoy ha concluido: la literatura perdió poder y cambió el poder en la literatura.

Por eso puedo decir que el dispositivo de la autonomía implicaba: nación [identidades territoriales nacionales, editoriales nacionales], experimentación y modernización, y que ese dispositivo se desarticula hoy. La postautonomía implicaría otro modo de producción del libro, otro modo de escribir y otra tecnología de la escritura, otro modo de leer, otro régimen de realidad o de ficción, y otro régimen de sentido: en síntesis, la postautonomía implica otro objeto y otro campo literario. Y también otras identidades literarias. Los cambios en las tecnologías de la escritura y en la producción del libro son también cambios en los modos de leer; los cambios se superponen y no se sabe cuál es primero o causa del otro. Funcionan en sincro, conviven con los anteriores y se influyen uno al otro. Lo anterior está presente en lo actual, porque la periodización [la diferencia entre literaturas autónomas y literaturas postautónomas] no hace divisiones tajantes: la postautonomía no es anti ni contra sino post y marca ciertas alteraciones o diferencias. Y el pasado está vivo en el presente.

Decir que estamos en la era de la postautonomía significa reconocer que han cambiado, en los últimos 20 años por lo menos, los modos de leer y los modos de producción del libro. Que ha cambiado el objeto literario. Que ya no me sirve solamente la idea de autonomía, donde la literatura es pensada o imaginada como esfera separada y diferente de otras esferas o prácticas.


Así, la postautonomía no cerraría el ciclo que se abrió en el siglo XVIII, cuando cada esfera [lo político, lo literario, lo económico] se define en su independencia, su especificidad [y su autorreferencia], pero lo altera y lo pone en cuestión. No es que las literaturas se desautonomicen totalmente ni que desaparezcan: todavía existen las instituciones literarias, las academias, las carreras de letras, las revistas literarias, los congresos y los premios… Todavía existen, pero la imagen es la de algo abierto y agujereado. El movimiento central de la postautonomía es el éxodo, el atravesar fronteras, un movimiento que pone en la literatura otra cosa, que hace de la literatura [o con la literatura] otra cosa: testimonio, denuncia, memoria, crónica, periodismo, autobiografía, historia, filosofía, antropología. Puede entenderse como un movimiento trans según la distinción de Brian Holmes entre transdisciplinario y antidisciplinario. Lo antidisciplinario era dominante en los años 1960 y 70: se quería hacer antiliteratura o contraliteratura. Hoy lo dominante es lo transliterario; la literatura sale y entra de la literatura a la vez: oscila en la frontera. Y en el caso de los escritores no llamarse [o ser] solo escritores sino también artistas, performers, militantes, activistas culturales, periodistas, blogueros.

Pero el proceso central, sin el cual no puede hablarse de postautonomía, es económico: un cambio en la producción del libro [me refiero en concreto al libro en castellano y en papel]. Hoy hay otra industria del libro, por lengua y no por nación, y esto es crucial para el activismo cultural. En un momento la crítica pensó al autor, a la obra, después al texto y al intertexto; hoy para mí la literatura es un hilo de la imaginación pública, de todo lo que circula en forma de libro, y se sitúa en el interior de la industria de la lengua, que abarca teléfonos, diarios, revistas, radios, libros, internet. Y que está transnacionalizada. El libro hoy, como todo, incluido lo estético, adquiere la condición de mercancía. Dijo Fredric Jameson: cualquiera haya sido el caso en estadios y momentos anteriores del capitalismo, donde lo estético era un santuario y un refugio de los negocios y el Estado, hoy no hay ningún enclave donde la forma mercancía no reine suprema [“Notes on Globalization as Philosophical Issue.” En The Cultures of Globalization, ed Fredric Jameson and Masao Miyoshi, 54-80. Durham, NC: Duke University Press, 1998].

En los años 1960, en Argentina, los libros eran nacionales y se exportaban. Hoy en América Latina la producción del libro se divide entre conglomerados españoles y editoriales nacionales independientes [y también editoriales independientes españolas]. Y a veces se aloja en núcleos “independientes” en el interior de conglomerados [como Caballo de Troya, de Mondadori]. Las diferencias son de aparatos de distribución [o sea de territorios], clave de la industria y la parte que hoy da más ganancias. Dice André Schiffrin [El control de la palabra. Después de La edición sin editores. [Trad. De Javier Calzada] Barcelona, Anagrama, 2005]: “En la década de 1920, Henri Bergson observaba que los que controlan la distribución controlan el mundo. Esto es cada día más válido en lo que se refiere a los productos culturales. Los editores –como se vio en el caso de Le Seuil– hace tiempo que han visto que es más rentable distribuir los libros de otros que publicar ellos mismos. Pero también en este terreno la última palabra la tienen quienes controlan las grandes superficies”. [64]

Pero lo importante para mí es que esa produccción-distribución puede decidir “el valor estético” o literario. Hoy las editoriales independientes adjudican valor a sus producciones, y dicen que la literatura de calidad o la auténtica literatura está allí con ellas. Porque equiparan masividad, concentración del mercado del libro y baja calidad literaria: a los best sellers y las corporaciones oponen escrituras minoritarias [y nacionales]. Y ese es uno de los modos dominantes de estetización o atribución de valor, por eso digo que los aparatos de distribución pueden decidir el valor literario. En la postautonomía no hablamos de lo estético sino de procesos de estetización [constitución de un discurso sobre el valor literario] y de aparatos de distribución en un territorio –de la lengua.

Pero cualquiera sean sus razones, para mí la postautonomía es un modo de pensar el cambio: en el lugar del autor, en los modos de leer, en el régimen de realidad y en el régimen de sentido. Para poder hacer activismo cultural necesito pensar ese otro régimen de realidad, ese otro lenguaje y ese otro régimen de sentido.






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