Hoy concibo la crítica como una forma de activismo cultural y necesito definir el presente para poder actuar. El presente es para mí el presente literario, porque creo que en la escritura, y sobre todo en la literatura, se puede ver cierto funcionamiento de la imaginación pública.
Para caracterizar la literatura de hoy uso el concepto de postautonomía, y para periodizarla uso “lo que viene después”. En los dos casos rige la idea de lo post. Usar la palabra post implica que las divisiones no son tajantes ni proceden tan dialécticamente. La característica de lo que viene después es que no es anti ni contra sino alter, que no hay un corte total con lo anterior, que el pasado está presente en el presente y persiste junto con los cambios.
Uso las dos constelaciones [autonomía y postautonomía] y algunos instrumentos conceptuales [como “en sincro” y “en fusión”] para pensar el presente. No pretendo que las constelaciones y los instrumentos conceptuales sean verdaderos ni falsos. Son solo instrumentos conceptuales que sirven de base de alguna especulación y pueden ser importantes para el activismo cultural.
La postautonomía sería la condición de la literatura en la actualidad: el modo en que se podría imaginar el objeto literario, y también la institución literaria. Uso la idea, la palabra si se quiere, de postautonomía para marcar que lo central es la relación con la autonomía, con el pasado en el presente. La tensión y la oscilación entre postautonomía y autonomía definiría este presente.
Decir que estamos en la era de la postautonomía significa reconocer que han cambiado, en los últimos 20 años por lo menos, los modos de leer y los modos de producción del libro. Que ha cambiado el objeto literario. Que ya no me sirve solamente la idea de autonomía, donde la literatura es pensada o imaginada como esfera separada y diferente de otras esferas o prácticas [sobre todo separada de lo político]. Autonomía implica que la literatura tiene rasgos propios, específicos, y también que tiene una política propia, específica, con guerras y divisiones internas en el campo literario. Por ejemplo, la lucha entre realismo y literatura fantástica, o la lucha entre literatura rural o urbana, nacional o cosmopolita. Los casos más evidentes de autonomía en el siglo XX latinoamericano son la obra de Borges, de Cortázar, de Onetti [sobre todo La vida breve, 1950], y novelas como Cien años de soledad, Yo el Supremo, o La casa verde. Decir autonomía es decir también modernidad, desde el siglo XVIII hasta el XX.
En la autonomía las ideas políticas de los escritores no inciden en el valor literario porque tanto la literatura como la política ocupan esferas distintas, diferentes. Pero lo crucial del concepto de autonomía es que puede usarse políticamente en varias direcciones: es una categoría que se maneja según convenga o no en diferentes momentos: contra la autonomía de la literatura, a Borges no le dieron el premio Nobel por sus ideas políticas [me imagino un Comité Nobel izquierdista en los años 70 y 80], pero no puede decirse que la literatura de Borges sea conservadora o de derecha. Y a Vargas Llosa se lo dieron en el 2011 con el argumento de que su literatura es autónoma de toda idea política… Quiero decir con esto que la autonomía es ambivalente desde el punto de vista político. Precisamente porque separa la política de la literatura.
Pero lo importante para mí es que la era de la autonomía literaria coincide históricamente con la era de las naciones latinoamericanas desde su constitución hasta su culminación como naciones, que es el punto más alto de modernidad que han alcanzado. Y ese momento fueron los años 60, el llamado boom latinoamericano, que nos dejó los clásicos del siglo XX. Me interesa entonces ese momento para poder pensar el presente como “lo que viene después” de los años 60 y de los clásicos. Y para pensarlo con la idea de la postautonomía.
Porque el punto más alto de modernidad en América Latina es también el punto en que la literatura alcanza cierta autonomía plena. En la obra de Borges, Onetti, Cortázar y Puig, y en novelas como Cien años de soledad, La casa verde, o Yo el Supremo pueden verse formalmente los rasgos que acompañan la historia de la autonomía, que son los rasgos de los clásicos latinoamericanos del siglo XX. Y también el punto más alto del desarrollo de las naciones latinoamericanas, que es la era de las editoriales nacionales. Porque Borges, Rulfo, García Márquez, pero también Cortázar y Puig y Onetti fueron publicados por Fondo de Cultura, Emecé, Sudamericana, Jorge Álvarez o Losada.
Veamos entonces ciertos rasgos de las literaturas que llamo autónomas. Primero, cierta experimentación temporal y narrativa: era difícil leerlos cuando aparecieron por primera vez, y hoy todavía es difícil leer Pedro Páramo de Rulfo, La ciudad y los perros de Vargas Llosa, o La vida breve de Onetti. También mostraban una idea precisa de ficción como tensión entre una realidad y algún tipo de personaje, subjetividad, familia o árbol genealógico. La historia, que era la realidad, pasaba por unos personajes que eran encarnaciones o representantes de alguna nación, alguna clase, algún pueblo o algún opresor. La identidad territorial era local y al mismo tiempo nacional: la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez, la Santa María de Onetti [también el Coronel Vallejos de Puig]. En estas novelas se ve esa forma clásica de los años 1940 a 1980, que es una conjunción entre el experimentalismo moderno del XX (formas y temporalidades narrativas) y la nación (la idea de nación, el territorio de la nación, la representación de la nación, la alegoría de la nación). Las escrituras diferenciaban una realidad real (para decirlo de algún modo) de la ficción. Para los clásicos del XX, la realidad es casi siempre la realidad histórica nacional; una realidad encarnada en personajes o en familias que a su vez representan las clases de la sociedad. Y en ese sentido se podría decir que el premio Nobel de este año es anacrónico [un premio al pasado] porque tocó a un escritor del siglo XX latinoamericano con esas características, pero que ahora publica su literatura en el conglomerado más grande de la lengua, Alfaguara. Esa inserción del pasado en el presente, ese pasaje de las editoriales nacionales [e independientes] a enormes compañías de comunicaciones, es uno de los pasajes de la autonomía a la postautonomía. Porque las editoriales nacionales en que se publicaron los clásicos entre los años 40 y 70, y que exportaban literatura, fueron absorbidas en los años 90 por los conglomerados –radios, diarios, televisión–, y la última noticia en esta dirección es que María Kodama firmó con Random House Mondadori por la obra completa de Borges por algo así como dos millones de euros. La diferencia del Borges de Emecé argentina y el de Random House Mondadori es lo que imagino como diferencia entre la era de la autonomía y la de la postautonomía.