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Chupete Aldunate


6 The Clinic, 26 de diciembre de 2002
Despedida de Chupete Aldunate.

Sé que mi decisión provocará que se registren lamentables protestas callejeras como la de los feos de la Salud o la de los rotos del Colo Colo el domingo pasado, pero debo anunciar a mis lectores que tomo un descanso largo, quizás definitivo. Lo siento, pero es así. Sólo quiero pedirles que no salgan a la calle a defenderme, sino que se entreguen a la oración, a la personal y necesaria introspección.

Les pido paciencia. A pesar de que he sido censurado, sigo firme. Un alma literaria como la mía no puede tolerar eso, no puede tolerar que la bota marxista se pose sobre su cuerpo. Debo informar que tenía antecedentes irrefutables para desenmascarar de una vez por todas al marxista Lagos y ponerlo de patitas en la calle Morandé, pero me “sugirieron” que mejor los dejara para otra oportunidad, que ahora “el horno no está para bollos”. Esa fue la ordinaria frase que usaron. ¡Yo ya no tengo veinte años, ya voy para los ochenta, y digo lo que se me viene en gana, caramba!

¿Es una auténtica democracia en la que vivimos? Al menos, que yo recuerde, ¡jamás durante el gobierno militar se borró una línea de las diatribas que los marxistas escribían contra su excelencia, el capitán general Augusto Pinochet Ugarte! Muchas veces sin el menor antecedente sino tan sólo alimentadas por el odio y el revanchismo. Ahí están los testimonios de esas revistas vulgares como Análisis y Hoy, que por estos días ven erigidos en auténticos héroes del periodismo nacional a aquellos que entonces ocuparan su pluma soez para desprestigiar al mejor gobierno de la historia de Chile. ¿No es así, señor Schaulsen, señor Guillé, señor Cruz Johnson? Y sin embargo, hoy, a mí, un demócrata, se me prohíbe ejercer la tan manida –por los marxistas– “libertad de expresión”. Me voy con la tranquilidad que otorga la verdad, me voy con la serenidad que entrega el bien actuar, con la sabiduría del que sabe buscar nuevos derroteros por donde encauzar su mensaje de paz y sana convivencia.

Quiso el destino que este desencuentro ocurriera en Navidad, fecha maravillosa para los buenos hombres, tan cercana a las fiestas de Año Nuevo, en las que también el alma se libera de los horrores que nos hacen vivir día a día en este mundo entregado a la lujuria y la mentira.

Quiero pedir a mis lectores que empecemos el 2003 con tranquilidad, pero con firmeza. Sugiero las lecturas atentas y vigilantes de Gonzalo Vial, de Hermógenes Pérez De Arce, de Héctor Soto, de Fernando Villegas; todos estos hombres son auténticos herederos del espíritu del cerro Chacarillas, cuando el gobierno militar tuvo la genial idea de premiar a sus jóvenes héroes, a los auténticos hijos de Chile, no como estos coimeros bigotudos que gozan –¡y cómo gozan!– del poder hoy por hoy. Estoy seguro que avanzaremos, estoy seguro que llegará el día en que se abran las grandes alamedas por donde pase Joaco. Hasta siempre. Estoy alerta.


7 The Clinic, 3 de abril de 2003
Especial Aniversario de The Clinic Nª100.
Última aparición.


No quisiera volver a alimentar las páginas de este periódico con mi pluma firme y valiente, atacando al gobierno de este señor del que hasta se me olvidó el nombre, pero qué remedio me queda, si además de ladronzuelos, lesos y descoordinados son acaballados. Se meten en el Security Council, dicen una cosa, después salen con otra. Y en un suspiro, a un roto de apellido Vega (qué bien puesto el apellido, por Dios), que es nuestro ¡embajador ante la ONU en Ginebra!, le dan una orden de voto y no la cumple el lindo, por sus principios personales y no sé cuántas cosas más. ¿Y la patria? ¿Y el país? ¿Dónde queda? Claro, hay que aguantarles estas cosas a estos gallitos porque seguramente les habrán pegado un palo después del pronunciamiento militar y porque, con muy buen ojo, el general Pinochet los mandó fuera del país para ver si se cultivaban, pero no hay caso, llegaron más tontos y más incultos: son como burros, ni a patadas entienden cómo son las cosas.

Bien, pero al margen del hecho horroroso de que un Vega, barbón comunista y llorón, nos represente en Ginebra, está el peor de que con toda seguridad, lo van a nombrar ahora en otro cargo que le va a reportar sus buenas pesetas para que se siga construyendo su casita. Capaz que lo designen ministro o agregado cultural en París, para que siga tomando y durmiendo hasta la hora de San Blando, pobrecito. Así como vamos, va a llegar el día –se los doy firmado– en que veremos al cantante este que dice tanta lesera, González, de presidente del Banco del Estado, Banco Estado, como le dicen ahora estos siúticos sin remedio.

De reponerlo en algún buen cargo, se van a encargar sus amigotes de farra, Núñez (“Bigote de brocha”, como le dice mi sobrino Juan de Dios), Daniel Escalona y Gilardi, que es el peor de todos, porque no teniendo cara de roto es más roto que todos estos rotos juntos. Y más demagogo y más furiosillo. Qué decir del tal Ávila. ¿De adónde habrá salido ese gallo? No sé, pero el otro día me lo topé en un restorán –a Leonor casi le da un patatús– y hablaba con la boca llena y lo sorprendí rascándose las piernas con el tenedor. ¿Habrá rotería más grande que esa? Esto me preocupa porque los chilenos nos estamos encontrando, pero no en el alma, sino en restoranes y eso sí que es inaceptable. Muy bien el reencuentro nacional, pero cada cual come donde le corresponde.

Pero se supone que yo tengo que escribir sobre los 100 números de este periódico, hecho que, lamentablemente coincide con mi aniversario de matrimonio con Leonor, de manera que prefiero hablar de esto último. Esto me ahorra, además, referirme a la guerra –el niño Paulsen lo ha dicho ya más que todo y el pobre Raúl Rork que lo acompaña, que es el que parece que sabe, se muerde la lengua–. Y no crean que veo ese canal; estas cosas me las cuenta Marito Irarrázaval, que tiene una paciencia digna de señora de socialista –aunque la mayoría de estos rotos son separados y seguramente con razón–, y ve ese canal pornográfico. Bueno, con Leonor nos casamos hace 43 años y hemos sido muy felices. No hay más que decir. Un beso para ella y una patada en el traste para el gobierno.





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