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Historia abreviada del periodismo de opinión en Chile

Álvaro Matus

Historia abreviada del periodismo de opinión en Chile

Ya es imposible sentirse solo un domingo. El regalón del partido, el publicista irreverente, la justiciera del pueblo, el lobbysta profesional, el chico de la tele, el cura buena onda, la periodista con sentido común, el pierdeteuna que repite en el diario lo que dijo en la radio, el experto en estadísticas, y tantos, tantos otros,  aterrizan a la hora del desayuno como si fueran una bandada de pájaros. Fernando Villegas es el primero en mover sus alas, a izquierda y derecha, y luego se pone a cantar que “vivimos en una cultura de apariencias. El auto, la casa, la ropa, el calzado. Ojalá todo ‘de marca’. También, ahora, el rostro, el peinado, la belleza. En fin y otra vez, la ‘buena presencia’. No contar con esas cosas equivale a no tener posibilidad ninguna de hacer carrera”. Rafael Gumucio se pone nervioso. Aletea. Interrumpe. No se explica por qué a los hombres les cuesta entender que una mujer arriesgue su vida en un quirófano de mala muerte para ponerse unos pechos nuevos o unos labios más sensuales, siendo que “somos precisamente los hombres quienes exigimos esa belleza permanente e inconmovible”.

Apariencia, juventud, medicina. Primera sorpresa: el caso de una mujer que quedó en estado vegetal tras someterse a una cirugía estética llama la atención de dos de nuestros más prolíficos columnistas. La segunda sorpresa es mejor: el resto de la bandada parece no tomarlos en cuenta. Cada uno anda en la suya. El padre Hurtado es “superstar” y el sistema de pensiones “no tiene otro remedio que su demolición”, opina Florencia Browne en Las Últimas Noticias. Fernando Paulsen en Diario Siete dice que el problema de la desigualdad no se puede reducir a la mera estadística de la distribución del ingreso, y entrega un dato revelador: “Hay un sacerdote cada 15 mil habitantes en las cuatro comunas más pudientes de la capital, y uno cada 50 mil en los sectores populares. El problema de la distribución desigual no tiene que buscarlo muy lejos el arzobispo Francisco Javier Errázuriz. Está presente en su propio mando territorial”. En La Nación Domingo, Rafael Cavada sigue sacándole punta al conflicto en Irak, María Eugenia Camus recuerda el asesinato de Pepe Carrasco, y Guillermo Tejeda, a propósito del Plan Transantiago, advierte que “gobernabilidad, transparencia o funcionamiento de las instituciones se hace añicos a bordo de una 247 en hora punta”.

Para los jóvenes, el florecimiento del periodismo de opinión es una sorpresa. Sin embargo, el género periodístico más subjetivo y radical y sabroso de la prensa escrita tiene una larga historia. Es más: no resulta exagerado afirmar que el periodismo nacional fue concebido como una extensión de la plaza pública, ese espacio virtual en que se debatía (y se luchaba) por las ideas. Las noticias eran un mero agregado, mientras que las opiniones eran la carne de los periódicos.




Hay más, claro, pero ya se fue la mañana del domingo y todavía quedan columnistas o aves o escritores o periodistas o políticos o intelectuales que quieren entregar su opinión. ¿De dónde salió esta bandada?, se pregunta el lector desprevenido. ¿Tiene que ver con los ciclos migratorios? ¿Se trata simplemente de una moda? ¿Es, como dicen las encuestas, una señal de que el país ha cambiado?

Cualquiera sea la o las respuestas, hay un hecho indesmentible: además de las editoriales, cartas de los lectores y de las opiniones que acompañan reportajes específicos, cada domingo hay una treintena de columnistas estables invadiendo los hogares chilenos. Junto a su firma, una foto o una ilustración que los identifica y los vuelve más cercanos. Compañía dominical. Y en la semana la cosa sigue: hay cerca de 70 columnas permanentes.

Para los jóvenes, este florecimiento del periodismo de opinión es una sorpresa. Sin embargo, el género más subjetivo y radical y sabroso de la prensa escrita tiene una larga historia. Es más: no resulta exagerado afirmar que el periodismo nacional fue concebido como una extensión de la plaza pública, ese espacio virtual en que se debatía (y se luchaba) por las ideas. Las noticias eran un mero agregado, mientras que las opiniones eran la carne de los periódicos.


Cátedra, tribuna y barricada
Carrera, Portales, Bello, Bilbao, Vicuña Mackenna, Lastarria y Barros Arana fueron algunos de los “hombres públicos” que comprendieron, en los orígenes de la República, la importancia política de los periódicos. La imprenta de La Aurora de Chile, por ejemplo, la adquirió Carrera, consciente de que era necesario difundir las ideas patriotas, consolidar el nuevo orden social y, claro, afianzar su propio poder. El periódico, autodefinido como “político y ministerial”, se publicó entre febrero de 1812 y abril del año siguiente. A cargo de la dirección estaba fray Camilo Henrríquez, quien debió asilarse en Argentina después del desastre de Rancagua. Más allá de la disputa entre carreristas y o’higginistas, el exilio del director del primer periódico chileno revela que las opiniones en letras de molde eran de cuidado. O de temer.

Junto al debate ilustrado, a la exposición de ideas sobre temas tan esenciales como la necesidad de contrapesar el poder del Ejecutivo, la libertad de culto o la restricción del gasto militar, corrían las opiniones destempladas, los ataques despiadados y hasta la descalificación personal hacia ministros, candidatos, gobernantes e intelectuales. Los mismos nombres de los periódicos develan su intencionalidad: Guerra a la Tiranía, El O’Higginista, La Asamblea Constituyente, El Valdiviano Federal y El Canalla. Este último le declaró la guerra a El Hambriento, periódico satírico fundado por Diego Portales en 1827, con el objetivo de defender los intereses de los “estanqueros”, un influyente grupo relacionado con el otorgamiento y liquidación del monopolio de tabaco, naipes, té y licores extranjeros.





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J.C. Moreno:
"Arturo Fontaine pasaría a escribir unas columnas en El Mercurio que hoy nadie recuerda. Eran tan opacas como esos años." Uh Uh Uh.

Ricardo:
Excelente artículo, felicitaciones a su autor

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