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Cartas a la carta

En muchos de los epistolarios de la Mistral hay temas recurrentes, casi obsesiones: la inseguridad económica, la sensación de aislamiento, la desconfianza por la élite chilena, temor a enfermedades y achaques, reales o no (con otros hipocondríacos, como Juan Ramón Jiménez, le gustaba discutir síntomas y dolencias). Casi no habla de su labor poética (muy ocasionalmente la menciona) y muestra una cierta paranoia: se siente perseguida por grupos o personas. Todo esto se repite en las cartas con Dana, sumándole los celos, la queja por el silencio y el ánimo de posesión.

El otro premio Nobel chileno, Neruda, también ha tenido fortuna. Si se pudiera caracterizar brevemente las cartas de Neruda y la Mistral, serviría la distinción que hacía Cicerón entre los estilos “familiar y festivo” y “serio y grave”. Por más pobre que fuera, las cartas de Neruda derrochan optimismo, como en las dirigidas a Albertina Azócar, e incluso ternura (levemente melancólica) como en las dirigidas a su hermana Laura.

Así, una especie de liviandad, de egoísmo infantil y despreocupado, anima los epistolarios de Neruda con Jorge Edwards y Claudio Véliz. El poeta los conoció en 1952 y 1958, respectivamente, pero las cartas comienzan en 1962, en el caso de Edwards y en 1963, en el de Véliz. Lo que más hay son encargos variados: desde tambores ingleses o el traslado de automóvil a buscar un libro de viajes, o comprarle tabaco o whisky extranjeros. Bromas, juegos de palabras, incluso para sus irritaciones pasajeras. En uno de los epistolarios, se muestra cómo Véliz ayudó a lograr, en 1965, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Oxford para Neruda, que le dio una categoría académica, aumentó su popularidad como poeta y fue importante para el otorgamiento del Nobel en 1971.

Están también las cartas entre Neruda y Matilde Urrutia que documentan su relación desde la clandestinidad como amantes, entre 1950 y 1955, hasta la muerte del poeta (superando el enamoramiento de Neruda de una sobrina de Matilde). Los viajes de Neruda en un primer tiempo y más tarde los de Matilde (para resolver diversos asuntos del poeta). Aunque hay algunas primeras cartas más largas y apasionadas, la mayoría son dictadas por la urgencia: notas para encontrarse o cosas como “Amor, si puedo paso a verte” o “Besos”. Y más tarde se reducen a compras o encargos. Cartas o mensajes de personas que nunca se separaron por mucho tiempo.

Tal vez la excepción es el epistolario Neruda-Héctor Eandi, que acabó siendo un registro detallado del proceso de escritura de la primera parte de Residencia en la Tierra, mientras Neruda sufre aislamiento y pobreza en Oriente. Vincent Kaufmann dice que la carta es una “producción de soledad” y ciertamente es uno de los mayores motivos que impulsa a escribirlas. Pero también sirven como un remedio contra ella. En este caso, aunque se llamó a Neruda “poeta epistolero” (Volodia Teitelboim), parece no haber sido el epistolero más rápido del oeste, dada su dejadez para responder cartas.

En el caso de Huidobro, un epistolario recoge los intercambios con Guillermo de Torre, Gerardo Diego y Juan Larrea. El “antipoeta y mago” se muestra, como siempre, impulsivo y de insulto fácil. A De Torre, quien en algún momento pareció reacio a reconocer su pretensión de paternidad sobre el creacionismo, le escribe, en 1920 (nombrándolo De Torres): “Pero, niño, si usted no sabe ni una palabra sobre lo que es el cubismo, ¿cómo quiere meterse a discernir sobre lo que no conoce?”, “¿Quiere usted explicarme a mí el cubismo que yo le expliqué a usted y que usted no ha jamás comprendido?”. Tampoco faltan dicterios sobre el ultraísmo (“el futurismo en tonto”) o sobre la poesía española: “casi todos los poetas españoles son tiesos, parecen escribir con alambre, son almidonados, escriben con smoking o con corsé como oficiales alemanes”. En un epistolario publicado con anterioridad, de cartas dirigidas a su madre y a otros, Huidobro despacha a los críticos chilenos más importantes de entonces y quizá del siglo, en carta a Salvador Reyes (de 1924): “El pobre Omer Emeth es una gallina ciega, era el único asno que había en Francia, por eso se sintió fraternalmente atraído a Chile” y Alone: “Díaz Arrieta es un títere que no sabe lo que es arte por definición”.

En la lectura de un autor como una construcción, buscando relaciones, claves, un fragmento más para formar el rompecabezas, sus cartas son un elemento más. El interés de la correspondencia de un escritor normalmente se relaciona con su obra (pues, lo más probable es que no leeríamos sus cartas si no hubiera obras): las cartas contendrían el germen de libros posibles, información de su “obra en progreso”. Son también fuente para reconstruir su biografía, por más que haya escrito sobre o su obra se base en ella. Para elaborar su gran biografía de Jean-Jacques Rousseau, Jean Guéhenno leyó una serie de epistolarios y, por cierto, el del propio Rousseau. “A medida que avanzaba en su lectura”, indica, “crecía en mí el sentimiento de que su vida no fue la que él mismo había creído, la que había contado en las Confesiones con probidad ejemplar. No conseguía explicarme mi sentimiento con razones simples y claras. Posiblemente sea porque uno nunca se conoce a sí mismo, porque nuestra vida, tal como la vivimos, siempre es diferente a nuestra vida, tal como la recordamos”.

No hay que extrañarse de la amplitud del epistolario de Cicerón ni de la cantidad de ellos que atesoraba Montaigne. También nosotros, dos mil años después del primero y cuatrocientos después del segundo, disfrutamos, nos emocionamos y leemos esos fragmentos de vida, esas conversaciones ajenas.



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