Decir “yo” siempre estuvo de moda

Decir “yo” siempre estuvo de moda, un yo para cada sujeto, infinitos yoes para cada yo y hasta un yo definido como cada ciudadano de determinado país: el yo es el pequeño argentino que todos llevamos adentro. El yo tiene sus escrituras, sus tecnologías, su era. Habría una relación entre el yo y la intimidad. Todos estos lugares comunes de suplemento cultural atrasarían sino se anunciara lo que dio en llamarse el giro autobiográfico en la literatura argentina. Su principal promotor es el crítico Alberto Giordano cuyo gesto fundador, realizado a través de un seminario con invitados especiales y de un libro en preparación, fue promovido con el siguiente panfleto: “Alberto Giordano, coordinador de este seminario, anota que el sorprendente giro autobiográfico de la literatura argentina de los últimos años no es sólo perceptible en la publicación de diarios, cartas y confesiones, sino también en la proliferación de blogs y de una cantidad de relatos, poemas y ensayos críticos que desconocen las fronteras entre la literatura y la ‘vida real’. La literatura argentina, señala Giordano, se ha vuelto tan desenfrenadamente egotista como lo fue durante el modernismo, cuando el principio decadentista de la exaltación de sí mismo potenció hasta la exacerbación el culto romántico al yo, y los artistas, conscientes como nunca antes de su singularidad, se dedicaron a la transmutación de sus vidas en obras de arte”. Los objetos de análisis de Giordano son El mendigo chupapijas y Un año sin amor de Pablo Pérez, Dos relatos porteños de Raúl Escari, Banco a la sombra y el programa televisivo Portarretratos de María Moreno –estoy intimidada para agregar un solo yo más–, las ficciones autobiográficas del grupo Belleza y Felicidad y el ciclo Confesionario, historia de mi vida privada que conduce la poeta Cecilia Szperling y que ya lleva dos antologías editadas por el centro Cultural Ricardo Rojas dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Y, por supuesto, los blogs de jóvenes autores que a menudo se conocen entre sí y son figuras en los medios en donde realizan periodismo cultural.

La crítica más tradicional no tardó en considerar el fenómeno como una nueva moda para estimular la producción de papers y un pase rápido al mercado pero, sobre todo, se dedicó a un reto pedagógico para recordar los trabajos que han puesto en duda la relación estrecha entre sujeto, testimonio, experiencia y verdad, mentando fundamentalmente a Benjamín, De Man y Derrida y volviendo a colocar en las pizarras las máximas que repiten que nada puede distinguir la autobiografía de la ficción en primera persona, que el yo textual sólo tiene la potencia de poner en escena un yo ausente, que su identidad con el yo de la experiencia vivida sólo se apoya en la persuasión, que el género de escrituras del yo que trabaja Giordano es lineal y con una mera lógica catártica, que las que proliferan en los blogs son autofiguraciones prêt-à-porter subsumidas al escrache, al agravio sin firma, incluso a la extorsión, que el giro sería biográfico más que autobiográfico.

¿La proliferación que encuentra Giordano sería propia de la actualidad? Recuerdo –¿dónde podría escribir con mayor impunidad en primera persona sino ahora?– que me crié atendiendo al egotismo fundante de Una excursión a los indios ranqueles del Lucio V. Mansilla y el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, libros tutores de la patria y que ponían en juego unos yoes con altoparlantes, pero también recibiendo el pase político vital de Simone de Beauvoir que me convenció de que podía escribirme a mí misma infinitamente con el único límite de la libertad de los otros y también del Aullido de Allen Ginsberg en donde el egotismo me parecía menos profiláctico y más fashion que el hippie, ya que prefería el cuero negro a la bambula y la bebida blanca a la granola.

No me detendré a cuestionar mi condición de caso testigo de la hipótesis de Alberto Giordano, cuando cada vez más soy, en lugar de una autobiógrafa, una editora de registros autobiográficos y, sin hacerme ilusiones acerca de un supuesto despojamiento narcisista –cortar, compaginar, seleccionar es ya escribir– mantengo el sueño zonzo de desaparecer como cronista para ser la partera de una polifonía de voces otras. Pero apruebo el ademán crítico de Giordano ya que su giro opone “confesión” a “autobiografía” y “privacidad”. En su ensayo Cultura de la intimidad y giro autobiográfico en la literatura argentina actual, publicado en el último número de la revista Confines, luego de ponerse bajo la protección de un axioma que le es caro (“el paso de la vida a través de las palabras”) y siguiendo a María Zambrano, dice: “Mientras el que se novela manifiesta una cierta complacencia, una aceptación de su fracaso y hasta su desesperanza, el que se confiesa los trasciende en la búsqueda de una verdad que no humille la vida, que la enamore y la transforme. Incluso para quienes no sentimos nostalgia (al menos mientras razonamos) por ese paraíso perdido que sería, para el pensamiento religioso, la unidad de la persona humana, esta teoría de la confesión como método terapéutico en que la vida se afirma por su potencia de metamorfosis, resulta interesante porque permite identificar el acto confesional como una técnica para el cuidado de sí y también como una de las formas literarias en que la intimidad podría comunicarse sin degradarse en privacidad”. Para Giordano la confesión sería tanto un acto de exploración no ajeno al pudor y al desprendimiento como uno de restricción de las tentaciones del yo por completarse bajo el cobijo de un nombre propio indiscreto en los detalles de su personalidad. Tendría no ya una dimensión religiosa, pero sí un acento ético.

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Más que de giro autobiográfico sería acertado hablar de “imaginación íntima” –el término es de Daniel Link– y más que de proliferación, de los modos y estrategias con que se escribe “yo” hoy en la Argentina. Existe una imaginación íntima que adopta la forma de una escritura del yo que se invierte en una serie de antisucesos y peripecias antirrealistas, utilizada con un efecto de inmediatez y oralidad a través de una voz única, o donde los sucesos que la tradición autobiográfica podría explotar como significativos se aplanan en una deliberada anti-intensidad como en los textos de Rosario Bléfari, o donde el “drama” se construye con elementos del dibujo animado, la historieta y el arte pop como en los de Fernanda Laguna. También hay una imaginación íntima que propone adscribirse a un efecto verdadero sin la mediación crítica de la literatura, pero sí de la crítica de arte que define la performance y el happening, como en Dos relatos porteños de Raúl Escari. Estas imaginaciones como las trabajadas por Giordano no sólo introducen novedades formales sino también variedad de discursos de la disidencia sexual. Y por último hay, con mucho mayor éxito de crítica y de mercado, lo que podría llamarse una política, si no de la imaginación íntima, de la insinuación íntima que se utiliza en obras de ficción. Alan Pauls en Historia del llanto, Daniel Guebel en Derrumbe y Sergio Bizzio en Era el cielo la utilizan para ejercer una suerte de desilusión del pacto autobiográfico a la manera de un cross en la mandíbula cuando la trama, en su deslizamiento a la ficción pura, instala episodios inverosímiles como autofiguraciones de los autores luego de que estos hayan persuadido al lector a través de los datos de contratapa, entrevistas y otras declaraciones públicas de la identidad entre autor y narrador. Si las narrativas de vanguardia de los años 70 en la Argentina abundaban en familias contra natura, en soledades patrocinadas por una lengua sucia y soltera, estas tres obras abiertamente aclamadas por los suplementos culturales entronizan a un personaje olvidado por aquellas: el niño. Ya no a la manera deleuzeana de Osvaldo Lamborghini con su sodomizado El niño proletario, ni como portador de una poética de la orfandad al estilo del poeta Arturo Carrera, sino como hijo querido, aquello que hay que preservar incluso literariamente. Derrumbe de Daniel Guebel y Era el cielo de Sergio Bizzio, más allá de sus valores ficcionales, parecen testamentos amorosos para los hijos de los autores, novelas de la disolución de la oposición entre hijos y obra –los narradores de ambas son, en mayor o menor medida, escritores– que tanto costó a las mujeres. Son ficciones paternas, heterosexuales y sobreescritas. En El pasado de Alan Pauls, los hijos son citas del cine y de la literatura –bajo las figuras del rapto y la seducción–, pero en Un diario (fragmentos), la hija es una diva de comedia, maestra, ella misma, en ficción. En las novelas de los autores de la generación de 1880, un período donde la consolidación del Estado convive con la invención de la ciudad moderna, la fe en el progreso y su demonización, la muerte del niño era una recurrencia. El niño literario era ajusticiado por ser el fruto de la mezcla contaminante, bajo el fantasma de la inmigración, prueba de los actos de lujuria cometidos en ranchos y garçonnières a lo largo de una vida de despilfarros –Sin rumbo de Eugenio Cambaceres–, fruto del adulterio, la indiferencia maternal y casamiento por interés –La gran aldea de Lucio V. López–; de indiferenciación entre amor y deseo, entre comercio y amor libre –Música sentimental de Eugenio Cambaceres. Hugo Vezzetti ve en esta insistencia el eco del niño muerto imaginario, fruto de la fecundación de la patria virgen por un ego europeo que soñó el positivismo nacional. Los hijos literarios de 2000 son hijos de la legalidad, de la angustia por su seguridad y el legado que recibirán. ¿Repliegue conservador en los sentimientos legítimos o agotamiento del modelo romántico vanguardista que sigue imponiendo la repetición de escupir en el trono y el altar en patética competencia artesanal con lo que el capitalismo tardío ofrece a los consumidores organizados por sectores de cochinos en Internet? ¿Será el pequeño boom autobiográfico el síntoma de que la literatura desea un nuevo mito del cuerpo –ya no el del militante, el loco, el marginado, o sea el sacrificado, edificante como en los 70– sin que esto se traduzca en muerte del artista? ¿Resabio del canibalismo crítico por algo que resiste precisamente a la crítica, la experiencia vivida y la experiencia vivida como del orden de una intensidad marginal? Como si la crítica se sostuviera aún en un cierto modelo pederasta ya anacrónico: el del profesor y el homosexual, la mujer loca, el buen salvaje, el alcohólico y otros raros, ocupando el objeto de estudio, el lugar del chongo en cuanto vida peligrosa y en peligro. Lo que es evidente es que la crítica antiautobiográfica genera valor de acuerdo a la tasa de ficción y que la reconoce en estas obras de imaginación íntima heterosexual paternal y que, en cuanto deja fuera del valor la heterogeneidad de recursos y contaminación genérica del resto también está dejando fuera las autofiguraciones queer.

A pesar de Derrida, De Man y tuti cuanti 
“Ya lo sé… pero aun así”: con destreza, Octave Mannoni define a través de esta fórmula la estructura de la creencia. La toma de un artículo que Freud dedica en 1927 al fetichismo y en el que utiliza una palabra que suele traducirse como denegación. Freud, genial crítico literario, imagina una escena maestra, aquella en que el niño descubre la anatomía femenina, es decir la ausencia de pene, pero repudia el desmentido de la realidad con el fin de conservar su creencia en la madre fálica. Se trata de una situación simultánea en donde lo repudiado es la evidencia de la realidad y lo conservado la creencia que, sin embargo, no puede dejar de abandonar. Se trata de una actitud dividida que le servirá a Freud para pensar en 1938 el concepto de escisión del yo. “Ya lo sé… pero aún así”, comprueba el doctor Mannoni, decimos de mil maneras para formular nuestras creencias como

Incomunicadas -sin crédito en el celular hasta el próximo cliente, detenidas en su llegada a la redacción por un paro de trenes o por un bucal diurno, distraídas entre la expulsión de un hotel y un techo temporario que es preciso tramitar- aunque indudablemente dedicadas a la comunicación, las redactoras de El Teje hacen un periodismo de investigación que prescinde de la agenda pero que es de una fuerza crítica y documental de la que carecen las más encopetadas secciones de sociedad de los periódicos estrella.

si la denegación del falo materno trazara el modelo de todos los repudios de la realidad y constituyera el origen de todas las creencias que sobreviven al desmentido de la experiencia. No importa cuán irrisoria y repudiable resulte para algunos esta ficción freudiana pero, si nos atenemos precisamente a su estado de ficción, no es menos valiosa que, por ejemplo, la escena de lectura que Silvia Molloy encuentra en las autobiografías latinoamericanas (Sarmiento y Victoria Ocampo escriben que fingían leer antes de saber leer). Entonces la fórmula “Ya lo sé… pero aún así” puede descubrirse en boca de la crítica: “Ya sé que el falo no es el pene, que la castración real no es la castración simbólica, que no hay identidad posible entre el yo de la experiencia y el yo del relato, que nada puede distinguir la autobiografía de la ficción en primera persona, que el yo textual sólo tiene la potencia de poner en escena un yo ausente y su identidad con el yo de la experiencia vivida sólo puede apoyarse mediante la persuasión… pero aún así… se puede leer, escribir, hablar y escuchar como si se tratara de la vida misma, lo cual, por supuesto es una ficción”. Y esta es la política de las redactoras de El teje, un periódico redactado por y dirigido a travestis.

El pase de la cronista o cómo devenir la maestra normal perlongheana
El teje es un proyecto en común del Área de Tecnología de género del Centro Cultural Ricardo Rojas, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, la de Comunicación que dirijo, su Departamento de Producción y conocidas travestiarcas en situación de prostitución aunque con premios internacionales financiados por la comunidad GLTTB. El teje ha destruido en acto la ley de pureza genérica y llevado a lo que se define como periódico las ficciones autobiográficas, la crónica literaria, el diario íntimo, la nota de investigación, la injuria letrada, el escrache y el aforismo de graffiti. Para ellas la autobiografía sin aceptables mediaciones estéticas sería la de su deliberadamente olvidada condición biológica de hombres. Sus nombres ya son de ficción: Marlene Wayar, Lohana Berkins, Dominique Sanders, Naty Menstrual.

Si el cronista popular es por definición aquel que no sabe y debe saber y para eso sale a investigar de acuerdo a la retórica del paseo –definición de Julio Ramos– en las zonas oscuras, quejosas, prontuariadas, pintoresqueables de la ciudad pero, de una vez y en fragmentos, para poner delete antes de abrir un nuevo archivo temático convirtiéndose en el famoso homo duplex del que se quejaba Gutierrez Nájera, las cronistas del Teje que constituyen una comunidad sin archivo salvo el policial del que no son autoras, son archivos vivientes. No deben concurrir sólo por hoy como los Alcohólicos Anónimos, de acuerdo al cierre pautado del periódico o el magazine, a la Zona Moral; la caminan a diario, conocen sus aguantaderos, sus buchones, el precio de sus paradas. Son cartógrafas sin mapa de hospitales públicos zonales, chupaderos, instituciones de tutela, transportes públicos. No investigan, saben.

El periódico, cualquier periódico, acepta la fragmentación capitalista de secciones que dividen a los periodistas entre los que piensan y los que narran, los que investigan y los que entretienen. Su contenido, desde la nota de tapa en dirección a las últimas páginas, parece avanzar del género tragedia al género comedia. La cuadrícula es tan inamovible en sus compartimentos como una alineación militar al momento de fusilar a un reo. En El teje la cuadrícula es simplemente una pieza de utilería para una performance de redacción. Como en un happening gráfico la participación espontánea determina la edición final, su combinación, sin embargo nunca es redundante, como si cada reemplazo, hubiera mantenido, por un aparente azar, el principio periodístico de la variedad entre política, sociedad, salud, artes y espectáculos y literatura. Una nota ya pautada para testimoniar el trabajo sexual en las calles del primer mundo –desventuras de yirar en la nieve y sin renunciar al escote balcón y a la tanga, de llevar todo el dinero encima o de tener que esconderlo en los huecos de los árboles, por ejemplo de Champs-Élysées (según un testimonio), debido al peligro de deportación inminente, de saberse el bucal, traducción prostitucional de felatio, pero no la lengua y así siguiendo– es reemplazada caprichosamente por un inventario de tetas de la travesti popular. Cito a Naty Menstrual: “la teta de silicona, que puede ser fija como de piedra, encapsulada como de cemento, naturales como una gota o enormes como grandes pelotas, la teta de aceite (y no cocinero) que puede ser industrial o vegetal ninguna recomendable por cuestiones de salud ya que son cancerígenas y casi imposibles de lipoaspirar una vez que se meten en el cuerpo, la teta de trapo, donde uno elige el tipo de tela con la que quiere hacer el sensual bollo tetoide del gran engaño, la teta de globo: que se llena de agua tibia para evitar que se pinche y tenga temperatura similar a la corporal hasta que se te va enfriando, la teta en plataforma, de una que se inyectó aceite y no se cuidó apropiadamente formándosele una masa rectangular uniforme en el medio del pecho, sobre la que se puso dos tetas más empeorando el efecto, las tetas de doble media de seda que resisten cualquier relleno: mijo que te da una linda planta de tetas, la teta de alpiste, arena, guata, algodón, goma espuma, la teta de harina, la teta de arroz, o la teta de polenta que sirven de plato de comida cuando no hay dinero”. ¿No es esta una denuncia social tan radical como la de la desechada nota sobre explotación de travestis en el primer mundo sólo que con un leve cambio de sección, de la internacional a la nacional?.

Incomunicadas –sin crédito en el celular hasta el próximo cliente, detenidas en su llegada a la redacción por un paro de trenes o por un bucal diurno, distraídas entre la expulsión de un hotel y un techo temporario que es preciso tramitar– aunque indudablemente dedicadas a la comunicación, las redactoras del Teje hacen un periodismo de investigación que prescinde de la agenda pero que es de una fuerza crítica y documental de la que carecen las más encopetadas secciones de sociedad de los periódicos estrella. Aun con una directora responsable, Marlene Wayar, la participación se decide con las armas de resistencia callejera: puestas en escenas de agresividad deslenguada, de victimización paródica y arte de la injuria que se resuelven al final con la inclusión de todas las redactoras en disputa y hecha con la utopía del sin límite que impone la canilla libre. Sin la mediación del antropólogo de los márgenes, el teórico queer, el periodista del chic radical, las chicas se toman testimonio entre sí bajo la forma de una conversación entre pares en donde sería precario señalar la diferencia jerárquica entre la que transcribe y la que testimonia. Ambas son deudoras de la cultura oral popular enriquecida por matices locales y de clase, invenciones

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léxicas de la comunidad, argot carcelario y la cultura letrada de los sites de google, los blogs, el cancionero popular, la comedia brillante, la performance poética –una figura rectora es Pedro Lemebel que no es casual que haya sido el primer invitado a participar en la sección literaria del Teje. Puede decirse que la cultura libresca les llega pasada por una voz que se ficcionaliza en primera persona para generar un efecto de inmediatez que sin embargo se realiza a partir de una sobreescritura. Una negociación prêt-à-porter parece resolver en acción y producción las tensiones entre las redactoras que ejercen la prostitución, las que se han recortado de esta práctica a través de profesiones como vedette o peluquera y las que forman parte de la movida cultural sexual-psico-bolche, entre el proyecto institucional –la capacitación de las personas que “hacen la calle”–, las apropiaciones de la teoría queer –la directora del Teje, Marlene Wayar, habla una lengua depuradamente académica–, el deseo de integración a un mercado que exige a la manera del cliente y que azuza a los disidentes sexuales para que sigan siendo “lo otro absoluto” (maldito, transgresor, forajido, excitante, imposible de asimilar) y la necesidad de generar un espacio para las necesidades urgentes de las travestis más carenciadas y aisladas.

Vicisitudes de una cronista de los placeres 
En este momento soy la editora general de El Teje. Aclaro que la función de editora también ha quedado travestida puesto que no corto ni pincho en los contenidos y hago el papel de una suerte de gramática amateur, lo que me convierte, de todas las que intervienen en El Teje, en la persona menos capacitada para lo que hace. Mi trabajo no me exime, sin embargo, de interrogarme sobre la intervención activa que ejerzo sobre textos que más que una sintaxis incorrecta para la real academia, una puntuación inventada o una ausencia absoluta de puntuación, utilizan los hallazgos expresivos del chat o del e-mail que bajan las mayúsculas, las utilizan como gritos o repiten datos contando con que, quien lee rajando, no retiene nada que quede cinco líneas más arriba –Carlos Monsiváis fue quien notó cómo el archivo temporario mental de los lectores actuales es cada vez sostenible por menos tiempo hasta el punto de volver inimaginables los tiempos en que Benito Perez Galdós escribía la saga de doce familias en fragmentos alternados y a lo largo de tres generaciones. Las redactoras del El teje no escriben según los parámetros normativos. Hay quienes han sugerido dejar los textos tal cual y que el error entre comillas provoque sentido. ¿Pero el texto original del representante de un otro hasta entonces ágrafo no condena a su autor a su eterno lugar de objeto de estudio de especialistas? Marlene Wayar se enoja si la expongo, en nombre de la no intervención, a sus fallos con el español puesto que desea trabajar como periodista en un medio profesional. Naty Menstrual defiende sus mayúsculas expresivas, sus signos de admiración triplicados y sus onomatopeyas, pero admite que escribir nombres propios o comenzar frases con mayúscula más o menos al azar y no de acuerdo a la regla de inteligibilidad de la práctica del blog o el e-mail exige una negociación. Mi papel es odioso, ocupo el lugar de los que en mis mitologías considero enemigos, la maestra normal, la gramática y otros fantasmas para escolares o de la policía de la lengua. Me queda un lugar peor, que he ocupado espontáneamente en un par de ocasiones. Las redactoras del Teje no ignoran los límites de los medios y cuando escriben una columna para aquellos periódicos de izquierda en donde el ascetismo rojo admite o necesita de los nuevos sujetos de la militancia como las minorías sexuales, el deseo de integración les hace atenuar sus estilos e increpancias aún cuando un probable jefe simpatizante les permitiría debatir los límites de la censura. En El teje ceden a una lengua transgresora aparentemente sin control, afirmaciones que sin ser especialmente revulsivas implican un efecto previsible de sanciones legales cuando no son agraviantes para la propia comunidad GLTTB. Se diría que cuentan con el no pasará que les atravesaré con rostro culpable, de hacerlo en algunos casos podría ponerse en riesgo el aval de la institución Universidad. Debo sopesar entre una cautela que corre el riego de transformarse en defensa de la seguridad institucional y el riesgo de haber sido poco previsora en cuanto efectos que amenazarían la continuidad del periódico. Y no dejo de preguntarme hasta qué punto mis reticencias no son conservadoras. Pero al mismo tiempo si ellas, las chicas del Teje, como yo sospecho, cuentan con el límite que en algún momento les he impuesto y que les permite conservar su autoimagen de ingobernables al mismo tiempo que saben preservado su proyecto común, ¿no están manteniendo la figura de una tutela de la que podrían soltarse ya que están absolutamente preparadas para hacerlo? Creo que estoy hablando como si mis actos de censura no hubieran sido excepcionales como en efecto lo fueron sólo que multiplicados en mi imaginación de “buena conciencia”. En un caso una redactora escribió de un conocido locutor: “puto reprimido a quien le gusta ver a su mujer cogiendo con otro hombre, vení que te hago un bucal, llamá al Rojas y arreglamos precio por teléfono”.

La experiencia de El teje interpela mis más profundos mitos progresistas y aunque sé que nunca estaré contenida en ese nosotras que ellas resumen como un conjunto de únicas únicas, que me está vedado el uso paródico de la injuria puto, torta, trola, triple enchufe o de tener que esconder dinero en los huecos de los árboles, por ejemplo, de Champs-Élysées –no soy una de ellas–, entre la toma de partido por el giro autobiográfico o no, opongo el yiro autobiográfico con que El teje abre su primer número diciendo: “El teje se propone como un espejo de nuestro sentir y pensar, de las formas en que reaccionamos internamente y ante el mundo exterior y nuestra propia percepción de qué y cómo somos: no somos hombres”. Pero también su interpelación: “Inventémonos lejos del hombre que nos imponen y la mujer que deliran que pretendemos ser. Nos declaramos abiertamente partidarias del error, la falla, la heterogeneidad y la contingencia humana. No nos impongan su perfección, no queremos su noventa y nueve por ciento de acierto, no nos organicen el caos por el cual se sienten cosmos. Los vamos a infectar de arte de ser!”.

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