Cuando el nombre es otro

La simple pretensión de querer ser otro o la situación de un sujeto que se inviste para cambiar radicalmente de identidad. ¿Será ese el tema del recurso llamado seudónimo? ¿Ocultar un yo otro para producir otro yo? En fin, podríamos intentar una fenomenología ramplona, pero nos parece más lógico pensar en una anomalía retórica que surge en un periodo de cambio epistemológico, es decir, se trataría de un asunto histórico. Porque la autoría es nueva, es moderna, dicho de otro modo. Comienza, quizás, en o con el humanismo renacentista. Incluso algunos delirantes creemos que la invención del hombre se produce en ese contexto de promoción autoral, es decir, en que el sujeto autor, con marca masculina, sobre todo, hace de la literatura la zona específica del autor-creador. Un antropocentrismo que configuró esto que conocemos como literatura.

Otro momento clave en la historia del surgimiento del autor sería aquel periodo de invención del yo –nos referimos a la dimensión epistemológica de esta emergencia– que sería un producto fundamental del modo de producción romántico. Divisa que genera un nuevo orden o un nuevo sujeto, el naciente capitalismo promueve una nueva formación social, propietaria y autoral, más acorde con sus necesidades e instituciones que la administran; aquí hacemos referencia a las ciencias y otros sistemas de disciplinariedad. Los cuerpos dóciles foucaultianos son controlados y regulados por otros sistemas de saberes (tecnologías y discursos). En este contexto el nombre otro (y no el nombre del otro, la amenaza) surge como una necesidad de toma de distancia o de sensación liberadora de un sujeto frente a un orden injusto.

Este sí es un tema de identidad, que va desde la figuralidad metafórica elemental (éste o ésta es otro) al ocultamiento del nombre “verdadero”, hasta la cuestión jurídica; es decir, un tránsito que va del registro cultural al registro civil o viceversa. Pero es también, o parece ser, un momento en que los nombres fueron más importantes que las obras; ocultar el nombre, entonces, era una forma de consagración de la autoría como eje fundamental de la creatividad artístico-literaria. En este punto, o frente al nuevo régimen cultural consagrado, y desde la perspectiva antiautoral (obviamente contra el seudónimo) o de afirmatividad de una textualidad colectiva, siempre he tenido la fantasía teórica de una literatura sin autores; en este contexto, las obras serían generadas por sistemas de producción, es decir, los supuestos autores quedarían adscritos a sistemas o esquemas de producción de obra, los que llevarían marca de fábrica. Es decir, y a modo de ejemplo, se puede identificar en el campo literario chileno que autores equis están adscritos a un sistema de producción editorial internacional que manejan su propio canon, a distancia de otros subsistemas literarios regidos por otros sistemas editoriales, de carácter local, adscritos a cánones más académicos, o también coexisten los esquemas de producción llamados marginales, que suelen exhibir una relación enfermiza o clínica con el sistema editorial internacional, aunque son capaces de mantener complicidades con el sistema académico editorial. Concluyendo, cada una de estas fábricas textuales tienen sistemas autorales de servicio, por lo tanto un usuario no lee a autores, sino sistemas de productividad autoral. El fin del hombre que alguna vez se proclamó, debía haber estado refrendado por el asesinato del autor. Por lo tanto, nuestra propuesta es más radical que estar contra el seudónimo, considerado una estrategia de posicionamiento.

Zona lírica
Los poetas suelen o solían usar seudónimos (son o fueron los reyes del seudónimo, más que otros artistas), se trataría de un cambio de nombre que les da un nuevo nacimiento, una especie de rebautizo o una nueva identidad para una nueva vida, regida por otro sistema de jerarquización en la que él tendría la supremacía. Hay que recordar que los poetas han sido muy asiduos a refundar épicamente territorios, a reescribir mitos fundacionales, lo que los ha emparentado con las deidades que fundan mundos y universos, poniéndole nombre a las cosas. Ese sujeto “dador de nombres”, se vuelve sobre sí mismo, sobre su propio Olimpo autorreferencial. No pretendemos pasar revista a los sistemas de nominación, pero sí al menos habría que comentar los procedimientos locales, por lo menos, los procedimientos que tienen que ver con otras variables, quizás mucho más domésticas, como el de espantar imágenes provincianas y de clase, en un medio social en que el nombre (y el apellido, sobre todo) es determinante para cualquier proceso de sobrevivencia. Alguna vez funcionó como un recurso blanqueador o legitimador, ocultando un origen “impresentable”, aunque tuvo mucha aceptación en el campo literario el exotismo ilustrado, con vocablos anglosajones o francófilos, o de la mitología general o de la llamada literatura universal.

Ahora, a este respecto y en términos absolutamente subjetivos, haciendo algo así como una crítica al proceso de rebautizo de nuestros vates vernáculos, podríamos comentar lo siguiente: Que llamarse Neftalí Reyes es mucho más potente que llamarse Pablo Neruda, qué duda cabe. Lo mismo podríamos decir de Lucila Godoy Alcayaga, que es muchísimo más hermoso y menos chascarriento y naif que Gabriela Mistral. Estamos ante el equívoco de usar modelos exógenos que se legitiman y validan por la superioridad cultural de las referencias.

No deja de ser un rasgo de romanticismo adolescentario cambiarse el nombre, aunque a veces se vuelva patético, al menos en las antiguas generaciones tributarias del modernismo literario. Otra generación, más liberal, lo usó con sentido lúdico; es el caso de muchos escritores periodistas que usaban alias o sobrenombres, generalmente, los que practicaban el humor político. Pero también está el seudónimo que usa el cobarde, el que simplemente se oculta para agredir irresponsablemente. También, en sentido más clínico, habría que darle una vuelta de tuerca al tema, desde el punto de vista de lo que podríamos llamar la histeria de impostura, que no es otra cosa que el uso del oficio literario como encubrimiento de patologías o perversiones y pretensiones oblicuas con el poder; se trataría de un mecanismo interno, por no decir sicológico, que le acontece a un sujeto que toma la decisión brutal de hacerle al arte, y en especial al de la escritura; esa opción es claramente la asunción de una falta o una carencia, es decir, se trataría de una actividad sustitutiva. La conversión en otro sujeto, de algún modo divinizado por la palabra creativa que “inventa mundos nuevos”.

La disolución del autor
Quizás el seudónimo sea el recurso figurativo clave que provee al sujeto creador de una nueva fuerza o energía que lo proyecta hacia zonas intersticiales de la subjetividad, por decir algo sonoro. En un artículo de Iván Contreras en el diario El Sur, consultado en internet, éste lo asimila al uso de un antifaz, es decir, al juego del ocultamiento, pero que es la condición para participar del carnaval, de la mascarada. Es distinto lo que ocurre con los alias delictuales o con los deportivos, o con los llamados sobrenombres de guerreros (o guerrilleros), que más que ocultar promueven un rasgo o una marca que puede terminar siendo una especie de anagnórisis social que provoca la identificación con el público.

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Aunque también el apodo, por otra parte, puede ser motivo de humillación para el sujeto que lo padece, porque hace relevante algún elemento que, paradojalmente, él querría ocultar, pero que luego termina asumiendo por la fuerza de la costumbre. Es el caso de “el Guatón”, “el Negro”, “el Pelao”, “el Chino”, etc., que son más comunes en las artes del espectáculo, aunque suene levemente peyorativo decirlo de este modo, en un contexto de jerarquización dudosa de la producción de arte.

Pero hay otra práctica hermana de las anteriores que cuenta con un peso “estético” enorme, se trata de los heterónimos, muy cercanos al “alter ego” de ciertos autores. El más clásico suele ser Pessoa (quintuplicado), Bukovsky-Chinaski y Borges (y el otro Borges). En este caso el tema se hace un poquito más fascinante, porque al menos la noción de autor tiende a complejizarse y hasta tiende a la disolución. Lo definitivamente paradojal del procedimiento es que, por un lado, se oculta un nombre (un autor posible), y por otro, a través del mismo mecanismo se lo ensalza. La noción misma de autor es la que termina glorificándose.

A todas estas fórmulas de identidad autoral se les podría oponer la “proliferación” de estrategias artísticas (y estéticas) que tienden a su extinción, lo que implica una nueva dimensión de la función del artista envuelto en situaciones colectivas con no artistas o con trabajadores y vecinos, en situaciones comunitarias, renunciando a la noción atávica de obra autoral, quebrando con la pasión obsesiva por la firma. Se trata de escritores, artistas visuales y otros, que tal como lo relata Reinaldo Laddaga en su libro Estética de la emergencia, participan en “(…) cierto tipo de proyectos, que se deben a las iniciativas de escritores y artistas quienes, en nombre de la voluntad de articulación de la producción de imágenes, textos o sonidos y la exploración de las formas de la vida en común, renuncian a la producción de obras de arte (…), para iniciar o intensificar procesos abiertos de conversación (de improvisación) que involucren a no artistas durante tiempos largos, en espacios definidos, donde la producción estética se asocie al despliegue de organizaciones destinadas a modificar estados de cosas en tal o cual espacio, y que apunten a la constitución de ‘formas artificiales de vida social’, modos experimentales de coexistencia”.

En la práctica local no es otra cosa que la inscripción del agente artístico, escritor, en procesos que posibiliten la continuidad de deseos colectivos, obturados por ciertos poderes e instituciones perversas. En este contexto teórico también se habla de “ecologías culturales”, para definir esta opción renunciante del artista en relación con la construcción de obra e incorporarse a una especie de estética ciudadana. Es decir, viviríamos en una situación histórico-cultural en que el seudónimo y los juegos de la subjetividad autorreferida pierde pie porque surge un nuevo paradigma o, como dice Jacques Rancière, un nuevo régimen de las artes en que el autor no aparece como una entidad demasiado necesaria o importante, al menos de la manera como solía comparecer, en relación a procesos colectivos y comunitarios que abren otros modos del trabajo.

Desautorizaciones finales
Hoy por hoy, en el campo llamado artístico, no aparece para nada demasiado razonable el uso de otro nombre, ni para ocultarse ni para visibilizarse; en las actuales condiciones de hipervisibilidad de los quehaceres surge como una gran impostura, que nos recuerda la época en que creíamos que había genios y portentos creativos. Incluso el arcaico procedimiento del sobrenombre es sentido como torpe y hasta mamón. Cuando vemos nuestra historia literaria, a los Alone, a los Valente, a los etcétera, sentimos la distancia de un modo otro, legítimo y distinto de “mutualidad del yo” como decía Lihn. Más de alguna vez nos sentimos ridículos cuando tuvimos que inventarnos un seudónimo para competir en un concurso literario. Recuerdo haber usado el seudónimo lúdico adolescencial de Benito Camelo o el de Emeterio Saturnino Guajardo, que venían de juegos coprolálicos de la época del colegio y que funcionaban, también, como un dispositivo crítico contra esa solemnidad. Es probable que cuando la literatura chilensis abandona el seudónimo se pone más crítica y rompedora de esquemas, en el sentido de más interesante y problematizadora de los discursos institucionales, que es lo único que uno le pediría a un proyecto de escritura.

Recuerdo un poema de Nicolás Guillén, “El apellido”, que es todo un tributo a la dimensión carmínica de la poesía y que aborda el tema de la identidad asumiendo sin complejos el nombre propio, que dice más o menos así: “Desde la escuela/ y aun antes… Desde el alba, cuando apenas/ era una brizna yo de sueño y llanto/ desde entonces/ me dijeron mi nombre. Un santo y seña/ para poder hablar con las estrellas. / Tú te llamas, te llamarás…/ y luego me entregaron/ esto que veis escrito en mi tarjeta, / esto que pongo al pie de mis poemas…”. Es un largo poema que rastrea una identidad que se pierde en la colonia esclavista y que, al contrario del seudónimo, hace más relevante al nombre original, funcionando de hecho como una afirmatividad antiseudónimo, como un no ocultamiento de ese dato clave, como un orgullo de pertenencia, estamos en los albores de la literatura comprometida, supongo.

El sobrenombre, para no llamarlo seudónimo, parece funcionar mejor en el campo de acción de los travestis y en el de las bataclanas, y también en el trabajo de los payasos circenses, todos trabajos legítimos y determinados por la representación escénica, y por cierto en la lucha libre o cachacascán (catch-as-catch-can), en donde el rebautizo es parte del espectáculo (y también su fin o muerte, cuando el luchador se saca o renuncia a la máscara).

Suponemos que es el modo de producción romántico el que determinaría un “régimen de las artes” sustentado en un autor que buscará estrategias y tácticas de posicionamiento y persistencia, y el seudónimo sería una de ellas. Este se proyectará hasta las últimas vanguardias, es decir, hasta no hace mucho, no sin antes haberse convertido en “deidad pequeña” o en un demonio amalditado, o en patriarca épico o en madre continental. Recordemos que el autor, según aprendimos en el colegio, empieza en el Renacimiento, con el movimiento humanista que reacciona contra la hegemonía teocéntrica medieval, según las lecciones de mi profesor de historia. Hay un momento en la segunda mitad del siglo XX en que se desboca y pierde el control de sí mismo (el autor) y su mamonería originalista y prometeica se convierte en un espectáculo patético.

El tristemente célebre seudónimo, más que un acto adolescentario y mamón, es una impostura inútil, un arcaísmo ingenuo, una estrategia de cantante charcha, etc. Todo eso y más. Pero sobre todo nos sirve para ejercer la crítica al autor, que hoy es un hijo de la gran… dilocuencia, administrado por los sistemas editoriales que le construyen fórmulas de instalación. Ahora, siempre es válido querer ser otro, pero no es necesario un dispositivo poético o cultural para ello. Siempre será difícil asumirse como un mero usuario, levemente paradojal, del lenguaje, ni más ni menos. Ese es el maravilloso vacío en que nos movemos, en medio de las catástrofes que hay que señalar.

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