Cristina Rivera Garza: «El mejor libro es un libro incómodo»

No fue su alumna ni su amiga ni su discípula. No intercambió cartas ni lo escuchó en alguna charla ni lo vio por casualidad en la calle. Tampoco conoció a su familia. La relación de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza con Juan Rulfo fue y sigue siendo así: mediada única y exclusivamente por la lectura. Un vínculo devoto y crítico al mismo tiempo. Por eso donde dice «lectura» no debe entenderse verticalidad y menos pasividad. «La lectura es imaginación, ciertamente, o no es», advierte la novelista, viajera, poeta, historiadora, ensayista y activa bloguera en las primeras páginas de Había mucha neblina o humo o no sé qué (Penguin Random House, 2016). Y luego zanja: «Éste es, luego entonces y sin duda, un Rulfo mío de mí». Porque este libro, que va del diario de viaje a la ficción, pasando por el ensayo, la poesía, la crónica y una particular etnografía, es sin duda sobre Juan Rulfo y su obra, pero también sobre quien escribe estas doscientas cuarenta y cinco páginas. Y sobre el México de mediados del siglo xx y el México de hoy. Y sobre el progreso asociado al despojo. Y, en definitiva, sobre las relampagueantes huellas del tiempo en el presente.

Rivera Garza, quien reside en Estados Unidos desde 1989 y ha sido distinguida con un doctorado honoris causa en la Universidad de Houston, lleva años escarbando en la obra del escritor jalisciense. En su blog Mi Rulfo mío de mí, que inauguró en 2011, transcribió fragmento a fragmento y reconfiguró, con distintas estrategias visuales, la novela Pedro Páramo. Una reescritura personalísima y acaso el embrión de este nuevo libro que, en su proceso, la condujo a indagar en archivos, bibliotecas y hemerotecas, a recorrer los pueblos y los rincones apartados que alguna vez visitó el escritor, a caminar junto a él en un cruce temporal, a subir el Zempoaltépetl (el cerro sagrado de los mixes), tal como lo hizo el Rulfo alpinista, y a seguir, con los ojos muy abiertos, los rastros de un fantasma demasiado vivo como para no dejarse guiar por sus pasos.

«Como suele ser el caso, hay más de un inicio. Todo depende del angular. Tal vez un inicio sea esa primera lectura de Rulfo asignada en una escuela pública del norte de México –dice la escritora, nacida en el estado de Tamaulipas–. Tal vez los regresos constantes, continuos, avorazados a lo largo de los años, hasta ese puñado de páginas. O tal vez los recorridos gozosos, extenuantes, por las sierras de Oaxaca. Y, en definitiva, también ese esfuerzo lúdico de reescritura de Pedro Páramo —palabra por palabra, signo de puntuación por signo de puntuación, en una especie de traducción alucinada del párrafo a la línea corta en distintas métricas. Hay, en todos estos proyectos o exploraciones, la necesidad y el gusto de estar lo más cerca posible de una escritura admirada y querida (no por nada creo que las formas más detalladas de la lectura son tanto la traducción como la transcripción) . Escribir así, haciendo visibles los lazos de deuda que unen a la lectura con la reescritura, por cierto, no es apropiar sino desapropiar: su contrario estético y político.»

Decimos, en Chile, Juan Pérez cuando queremos decir cualquiera, un tipo de a pie, un ciudadano común y corriente. Decimos Juan Pérez para indicar normalidad, medianía. Había mucha neblina o humo o no sé qué es un libro que habla de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno: de un sujeto que tuvo una vida «de a de veras», con las contradicciones, los dilemas éticos y las inquietudes propias de un hombre cualquiera. Intentando establecer vínculos activos entre la obra y la vida de Juan N. Pérez V., Rivera Garza indagó en su experiencia laboral y en las condiciones materiales que sostuvieron la escritura y la obra completa (no sólo sus dos libros publicados, sino también sus miles de fotografías y su rol como editor en el Instituto Nacional Indigenista). En una entrevista que dio a la televisión española al recibir el Premio Príncipe de Asturias, en 1983, Rulfo fue interrogado sobre su largo silencio. «Lo que pasa es que yo trabajo», dijo entonces. Rivera Garza se pregunta en este libro qué significaba trabajar «para un escritor de medio siglo que se veía a sí mismo, además, como el proveedor de una casa». Y su respuesta va al hueso: «Significaba, entre otras cosas, caminar sobre dagas». La autora desentierra minuciosamente esas dagas y nos muestra al escritor como capataz de obreros, agente de ventas y editor de una guía de viajes para una trasnacional de llantas, que impulsó el negocio del turismo en México. Y, más tarde, como asesor de la Comisión del Papaloapan, un organismo oficial que, entre otras funciones y siempre en nombre del progreso y la modernidad, abrió camino al desalojo de comunidades indígenas para albergar grandes represas en sus territorios.

Entonces –era acaso inevitable– este libro, que expande las múltiples lecturas del autor y su obra, ha ido encontrando detractores. La Fundación Juan Rulfo lo catalogó de «difamatorio» y canceló su participación en un encuentro literario organizado por la UNAM, donde estaría Rivera Garza. Es más: prohibió a la universidad el uso de su nombre en la actividad. En redes sociales también han surgido voces discordantes. El escritor Heriberto Yépez, por ejemplo, ha hablado de «apropiación» y «descrédito», y se ha referido al libro como un «retrato amarillista». Pero Rivera Garza lo tiene muy claro: «Si yo hubiera creído que escribir quería decir darle gusto a alguien, jamás habría escrito. Para mí la escritura sigue siendo un ejercicio fundamentalmente crítico. Si una argumentación basada en evidencias concretas y una investigación en archivos públicos a la que cualquier lector tiene acceso resulta incómoda, algo bueno ha de estar haciendo. Un libro que toca fibras tan delicadas y provoca reacciones tan vehementes debe ser, sin duda, un libro necesario».

Alejandra Costamagna: ¿Tenías noción de lo que podrías encontrar en el rastreo de Rulfo como persona que se «gana la vida» para escribir?

Cristina Rivera Garza: Casi todos los escritores reconocidos de México (y no sería exagerado decir: de otras latitudes también) son miembros de una clase privilegiada, urbana, más criolla que mestiza. Pocos de ellos han dependido del trabajo cotidiano para sobrevivir (y, si lo hicieron, sabemos poco de esas historias). Sabía, de entrada, que no era el caso de Juan Rulfo. Y, como esa siempre ha sido mi situación (vengo de una familia migrante, nieta de deportados de Estados Unidos y de agricultores del algodón en el norte de México, con el paso del tiempo ya de la clase media; y trabajo desde los veinte años), suelo interesarme en cómo otros enfrentaron el reto de tener que trabajar mientras se desea con toda el alma tener tiempo para escribir. Supuse que ese tipo de negociación no habría sido sencilla —y eso fue precisamente lo que encontré. «Lo que pasa es que yo trabajo», fue una de esas frases que, en los labios de Rulfo, abría o una caja de Pandora o un pozo de las mil maravillas. Quise saber más. Aunque sus empleos tanto en la llantera como en la Comisión del Papaloapan no eran desconocidos, creo que sí hacía falta ponerlos en este contexto contiguo, traerlos a colación en su relación orgánica, difícil, inescapable con la escritura.

A.C: Como bien documentas y detallas, a Rulfo no sólo le tocó vivir una época inscrita en el «Milagro Mexicano», sino que en cierta forma ayudó a forjar esta primera modernización, aunque nunca haya dejado de cuestionar y hacerse preguntas sobre el estado de las cosas. Tal como escribes: «Rulfo no sólo fue el testigo melancólico del atrás que la modernidad arrasaba a su paso, sino también, en tanto empleado de empresas y proyectos que terminaron cambiando la faz del país, fue parte de la punta de lanza de la modernidad corrupta y voraz que, en nombre del bien nacional, desalojaba y saqueaba pueblos enteros para dejarlos convertidos en limbos poblados de murmullos». ¿Te paralizaron esos hallazgos en algún momento? ¿Cómo te acercaste a esas partes menos heroicas y más complejas de Rulfo?

C.R.G: Hace mucho que dejé de creer en el héroe romántico o en el escritor maldito. Cuando tratan de presentarme un estereotipo (por más benigno o atrayente que sea) suelo pararme en seco y preguntarme cosas. Prefiero las respuestas que vienen con evidencia y que participan de una argumentación más amplia sobre el mundo y nuestra relación con él. Lejos de paralizarme o alejarme, los hallazgos me hicieron sentir más cerca de Rulfo. No era ya un cuerpo alejado de otros cuerpos, no era una autonomía abstracta ejecutándose a sí misma, era un ser humano como tantos otros, enfrentado a retos complicados con los que él, como todos, hacía lo que podía, con la mejor de las intenciones. Además, cuando me dicen que ciertos tópicos deben ser tratados de ciertas maneras y no de otras, usual-mente no hago caso. No estoy acostumbrada a obedecer y sigo creyendo que el mejor libro es un libro incómodo.

A.C: ¿Qué tanta conciencia crees que tenía Rulfo de la magnitud del proceso del que formó parte?

C.R.G: ¿Cómo vivimos nuestra vida cotidiana hoy? ¿Sabemos, a ciencia cierta, que participamos del fin del mundo, hoy, a inicios del siglo xxi? Creo que hay intuiciones que nos permiten, como en una jugada de ajedrez, adivinar lo que viene después. Creo que hay preocupaciones que van formando e informando lo que decidimos ver, a lo que decidimos ponerle atención. Solemos tener una idea más clara de lo vivido después —cuando recapitulamos, cuando volvemos la cara atrás, cuando recordamos incluso. Pero en el día a día vamos respondiendo a los múltiples estímulos de la realidad de acuerdo a esa serie de intuiciones y preocupaciones. Es en este sentido que hablo de la participación de Rulfo en el proceso de modernización de México. Creo –y los especialistas en su obra lo han repetido no hace mucho– que le preocupaba México. No creo, y en ningún momento del libro digo algo así, que haya estado a cargo o haya diseñado maquiavélicamente un proyecto de nación ni nada por el estilo. Creo, eso sí, que las decisiones que tomó, dentro de contextos bien específicos, junto a las que tomaron otros tantos millones de habitantes de su país, construyeron esa modernidad que, al cabo de los años, se convirtió en este sistema neoliberal al que ahora sólo lo mueve la ganancia de unos pocos y ese gran desprecio por el bien común de todos los demás.

A.C: Rulfo aparece en tus páginas como artista interdisciplinario, como alpinista, como editor, como proveedor de familia, como trashumante, como «coleccionista de carreteras», como trabajador a sueldo, como oficial de inmigración, como fiscal de obreros, como policía, como publicista, como el gran experimentalista de las letras mexicanas, como autor queer. En este viaje hacia el Rulfo tuyo de ti, como dices, ¿cuánta distancia hubo entre tu afecto lector y el material que fue surgiendo? ¿Qué fue lo que más te sorprendió?

C.R.G: ¿Era Marguerite Yourcenar la que decía que había que amar con los ojos abiertos? Vivir, se entiende, pero también amar. Vivimos en sociedades profundamente desiguales, donde tanto el Estado como la Iniciativa Privada se las arreglan para transformarnos a todos los demás en cuerpos desechables. Esto no es nada nuevo, aunque sí cada vez más atroz. Estos contextos dentro de los cuales vivimos y escribimos marcan las decisiones estéticas y éticas que tomamos tanto en nuestra vida cotidiana como en nuestros libros. La información que fui encontrando acerca de la vida laboral de Rulfo me permitió verlo como a un ser más complejo, es decir, más humano. La mía no es la historia del genio que nace y se ejecuta a sí mismo sin relación alguna con su entorno. No creo que haya ser humano así, vamos. La historia que fui fraguando tiene que ver con la serie de dilemas –estéticos, éticos– a los que llevan ciertas decisiones prácticas y materiales den-ro de contextos que uno no decide o controla. Mi apuesta es que son estos dilemas –abiertos, irresueltos, graves– los que se trasminan en las obras tan sólidas de Juan Rulfo. Amar no es obedecer ni subsumirse. Amar no es, sobre todo, cerrar los ojos. Justo como cuando aceptamos a alguien en nuestras vidas con todo lo que trae encima –lo que nos gusta y lo que nos gusta menos, los más admirable y lo más difícil–, así es mi relación con mis textos favoritos. No veo necesidad alguna de edulcorar a alguien para poder admirarla/lo.

A.C: El libro es una mixtura de registros y herramientas. ¿Cómo lo fuiste elaborando? ¿Y cómo se fue modificando a medida que avanzaba?

C.R.G: He estado trabajando muy de cerca con distintas formas de escritura documental (a la que, por cierto, ahora llamo indocumental), tanto en sus tradiciones en inglés (el trabajo de Muriel Rukeyser, por ejemplo, o más recientemente el de Maggie Nelson) como en español. Me ha interesado mucho esta forma de escritura que en su esfuerzo de «dar cuenta» de algo (el término es de Butler en To Give an Account of Oneself) no se restringe a fuentes literarias y, sí, en cambio, recurre a una relación más compleja entre el yo y el tú y sus múltiples relaciones de dependencia, y a una documentación más di-versa dentro de la que se cuenta, sin duda, el cuerpo. Ya había leído mucho a Rulfo (y algunos críticos de Rulfo) cuando empecé a escribir, por ahí del 2006, una serie de pequeños ensayos sobre aspectos de esta obra que me resultaban especialmente perturbadores y, luego entonces, inescapables. Todo dio un vuelco cuando me topé con la famosa frase de Piglia: «La verdadera historia de la literatura se encuentra en los reportes de trabajo de sus escritores». Me di cuenta de que, en definitiva, me alejaba de esa crítica conservadora que percibe al texto como un ente autónomo, sin relación alguna con las materialidades de su contexto. También me di cuenta de que no necesitaba caer en el anacronismo de la biografía para conectar en esta historia elementos del contexto vital, económico, político y la obra misma. Que quede claro, leí fantásticas biografías de Rulfo para escribir mi libro, pero el mío no es ni desea ser ni se presenta como una biografía. En todo caso, una autoetnografía. De lo que se trataba, me daba cuenta al ir avanzando, era de crear una serie de yuxtaposiciones que, ya juntas, pudieran convertirse en una estructura porosa, abierta, veloz. Yuxtaposición es la clave aquí.

A.C: Al inicio dices que te diste cuenta tempranamente de que investigabas no sólo la vida de Rulfo sino también la tuya. Y no sólo la tuya y la de Rulfo, sino la de México entero. Y haces propia la tesis benjaminiana de la historia, cuando dejas ver que no vienes a escarbar en el pasado como verdaderamente ha sido, sino más bien a escudriñar ese fulgor en el presente: en este instante de peligro. ¿Qué precauciones tomaste para que ese pasado no quedara fijo y estancado?

C.R.G: Es necesario poner el cuerpo donde el cuerpo importa. Hay que dejar el teclado y la pantalla atrás. Hay que poner un pie adelante del otro, y luego hay que hacerlo otra vez. Acaso la mejor manera de actualizar el pasado sea yendo a esos sitios que solemos conocer como los sitios de los hechos. Una especie de autoetnografía sensorial. Hay que rastrear continuidades y descontinuidades. Hay que aceptar que la interrupción y el desvío anteceden al flujo de la memoria y los hechos. Cuando uno lee un documento, de alguna manera altera el pasado o lo desvía. Cuando uno entrevista a un habitante contemporáneo de un sitio privilegiado por la imaginación literaria, pone en cuestión un montón de cosas. En el presente, sí, pero también en el pasado. Convocar a esas voces en un enfático plural, con todas sus otras perspectivas, también tiene o podría tener un efecto descolonizador.

A.C: ¿Es muy distinto el Rulfo que tenías en tu cabeza al iniciar el proyecto del que aparece hoy, después de estos años de indagación?

C.R.G: Creo que secretamente admiraba y quería a Rulfo porque me lo imaginaba un poco así. Lo imaginaba como un camarada, un compa, uno del mismo contingente. Y, ahora, así, con toda esta complejidad a cuestas, me resulta incluso más admirable. Más de acá.

A.C: ¿Qué pasa con Rulfo de ahora en adelante para ti? ¿Se cierra el capítulo o se abre otro frente?

C.R.G: Con este libro alrededor o a través de Rulfo he aprendido a pensar en los relatos, en el acto de escribir, de otra manera. Seguramente no escribiré ya más sobre Rulfo, aunque uno nunca debe decir de esta agua no beberé, pero en el proyecto en el que trabajo ya desde hace tres años he echado mano de muchos de los recursos que tuve que usar para este libro. Archivos, viajes, caminatas, entrevistas, fotos. ¿Será esa sólo otra manera de escribir Rulfo? Tal vez.

 

Alejandra Costamagna es escritora y doctora en literatura de la Universidad de Chile. Su último libro es Imposible salir de la Tierra.

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